Quien lee la documentación del esperantismo español de la posguerra se sorprende de cuánta religión hay en ella: misas en los congresos, curas en las juntas, una unión internacional de esperantistas católicos. La conclusión fácil es que el esperanto atrae a la gente religiosa. Si se compara con los demás países, lo que se ve es otra cosa: aquí no sobrevivió la rama más devota, sino la que tenía más posibilidades de funcionar a la luz pública.

Página 209 del Boletín de la Federación Esperantista Española, enero de 1951. A la derecha, los teólogos del Colegio Mayor de San Carlos Borromeo de Salamanca saludan a los esperantistas españoles; abajo, el anuncio de la nueva Katolika Esperantista Hispana Asocio, de Zaragoza, que funciona «con la aprobación de las censuras eclesiásticas».
Quién quedó
Antes de la guerra, escriben José Antonio del Barrio y Ulrich Lins en la comunicación que presentaron en 2006 a un congreso internacional sobre la Guerra Civil, «la mayoría de los esperantistas españoles eran simpatizantes de las ideas republicanas, bien por influencias liberales, nacionalistas u obreristas. No obstante, una minoría procedía del campo católico, y tomó partido por el bando nacional» (La utilización del Esperanto durante la Guerra Civil Española, p. 4). Lo que pasó después se lee en la lista de nombres que ambos reúnen.
Fueron fusilados Sidonio Pintado, pedagogo y presidente de la Asociación Española de Esperanto durante unos meses de 1935, «acusado de pertenecer a movimientos izquierdistas» —lo mataron la noche del 30 de mayo de 1939 en la montaña de l’Oliva, en Tarragona, según su consejo de guerra (Revista Cambrils, 2005)—, y Cayetano Redondo Aceña, alcalde de Madrid entre 1936 y 1937 e impulsor del esperanto dentro del Partido Socialista, fusilado en las tapias del cementerio de la Almudena el 21 de mayo de 1940 (Boletín núm. 359). En Mallorca, Xavier Margais cuenta entre los asesinados a Joan Matas Soler, Josep Salom Nadal, Antoni Coll Sastre y Sebastià Crespí Valls, que había presidido el Esperantista Klubo Palma (Kataluna Esperantisto 338, 2006); del Barrio y Lins añaden que los tres primeros eran de SAT, la asociación obrerista. En Zaragoza, Antonio Marco Botella da como ejecutados a Isidoro Achón, vicepresidente de Frateco, José Carnicer, Joaquín Larrumbe y los hermanos González (Un siglo de Esperanto en Aragón); de Carnicer, del Barrio y Lins escriben que lo mataron «al parecer debido a que se encontró en su poder una carta de Julio Mangada».
La violencia no fue en una sola dirección. Joan Font i Giralt, presidente de la unión internacional de esperantistas católicos (IKUE) de 1927 a 1935 y profesor en el seminario del Collell, fue detenido por milicianos el 15 de agosto de 1936 y asesinado en la carretera de Banyoles a Olot (IKUE).
En 1937 corrió la noticia de que las tropas franquistas habían ejecutado al completo el grupo esperantista de Córdoba. La publicaron los comunicados de prensa de la Generalitat y la recogió Popola Fronto, el boletín que se hacía en Valencia; intervinieron medios esperantistas católicos como Espero Katolika, y el Cuartel General nacional lo negó «categóricamente», con el añadido de que, si algún esperantista había sido ejecutado, «lo habría sido por otras causas». Según del Barrio y Lins, las investigaciones actuales indican que sí murió un número importante de esperantistas cordobeses, «aunque probablemente no sólo por su condición de tales, sino por su relación con círculos masones y socialistas» (p. 14).
A quien sobrevivió le tocó cárcel, miedo o exilio. Luis Hernández Lahuerta, redactor jefe de Popola Fronto, «fue condenado a muerte, aunque no se llegó a cumplir la sentencia» (p. 16). Julio Mangada y Francisco Azorín Izquierdo se marcharon al exilio. El abogado valenciano Andrés Piñó, antiguo diputado socialista, pidió al editor de Heroldo de Esperanto que no le escribiera en esperanto, porque «es peligroso hasta la muerte» —lo cuentan del Barrio y Lins a partir de las memorias del editor, Teo Jung—; Marco Botella añade que Piñó apareció asesinado cerca de Valencia. El balance de del Barrio y Lins: entre la represión y «las necesidades materiales de la posguerra», «durante una década la actividad relacionada con el esperanto se redujera exclusivamente al ámbito privado» (p. 16).
Frateco: el mecanismo, documentado
Con ese panorama, la excepción dice más que la regla. Frateco, de Zaragoza, fue el único grupo importante que no cerró, porque lo protegía su presidente, Ramón de Salas Bonal, comandante retirado con un cargo de orden público, hasta que murió en el frente en 1938. Su historia entera —el asalto falangista de 1941, lo que vino después— la contamos en Cómo volvió el esperanto después de la guerra. Lo que interesa aquí es cómo se rehízo en 1947, porque es donde el mecanismo queda escrito. Los nombres de la nueva junta tenían que pasar por el Gobierno Civil —«cada directivo debia ser individualmente aceptado por el Gobernador»—, y Marco Botella explica con qué criterio se eligieron:
«Todos los directivos eran de marcada tendencia católica, lo que ofrecía una garantía de que no iban a ser vetados por la autoridad.»
Y da la razón: en aquel momento «ya influían ostensiblemente en el gobierno de la nación los católicos, que junto con la presión de los países democráticos europeos, eran en realidad la única esperanza de una tímida evolución progresista».
A escala estatal dicen lo mismo del Barrio y Lins —la actividad pudo retomarse «gracias sobre todo al amparo de algunos de los círculos católicos» (p. 16)— y Marco Botella: al esperantismo español, «solo en el año 1947, merced al esfuerzo de algunos veteranos esperantistas y entre ellos los católicos afectos al régimen, se le permitieron existir con no pocas restricciones» (El esperanto y su «memoria histórica», 2014). No son dos voces independientes: del Barrio y Lins declaran que su texto de referencia es el de Marco Botella. Ese es el año en que se autoriza la Federación Española de Esperanto, con sede en Valencia; su primer presidente, el valenciano Manuel Caplliure Ballester, era según Garvía «un veterano esperantista muy activo en círculos católicos» (p. 11).
El permiso no quitó la desconfianza: «durante muchos años, las Juntas Generales anuales de los Centros Esperantistas solo podían celebrarse con la presencia de un policía en el estrado de la presidencia», escribe Marco Botella. La directiva tenía que entregar cada año a la autoridad la lista de socios; por eso, cuenta, en Frateco las personas «no afectas al régimen» pagaban la cuota directamente al cajero y no constaban en ninguna parte.
En el resto de Europa la reconstrucción no pasó por ninguna iglesia
En Alemania, el ministerio de Educación del Reich ordenó el 17 de mayo de 1935 que no se fomentara la enseñanza del esperanto ni se le cedieran aulas: «Die Pflege künstlich geschaffener Welthilfssprachen wie der Esperantosprache hat im nationalsozialistischen Staate keinen Raum. Ihr Gebrauch führt dazu, wesentliche Werte völkischer Eigenart zu schwächen» —el cultivo de lenguas auxiliares artificiales como el esperanto no tiene cabida en el Estado nacionalsocialista; su uso debilita valores esenciales del carácter del pueblo— (Deutsche Wissenschaft, Erziehung und Volksbildung, 1935, p. 228). Ulrich Lins, el historiador de la persecución del esperanto, ve en ello la confirmación de una supresión que ya duraba dos años (Dangerous Language, vol. 1, 2016, p. 110). El 20 de junio de 1936 un decreto de Heinrich Himmler prohibió la actividad de las organizaciones internacionales y obligó a la asociación alemana a disolverse antes del 15 de julio si quería evitar la liquidación forzosa (Lins, vol. 1, p. 117). Después de la guerra, en las zonas occidentales, el Deutscher Esperanto-Bund se refundó a finales de 1947, «antifaschistisch und pazifistisch», presidido por un miembro de SAT, la asociación obrerista (Marcus Sikosek, Die neutrale Sprache, 2006, p. 252). En la zona soviética, una disposición del 12 de enero de 1949 ordenó: «Kunstsprachengruppen sind aufzulösen» —deben disolverse los grupos de lenguas artificiales— (Lins, vol. 2, p. 75).
En la Unión Soviética, Ernest Drezen, que había dirigido la unión de esperantistas soviéticos, fue detenido en 1937 y acusado de espionaje y de dirigir una organización trotskista de esperantistas, y fusilado el 27 de octubre (Sikosek, p. 179; Lins, vol. 2, 2017, p. 11). La unión nunca fue disuelta oficialmente, y el gobierno nunca explicó por qué había suprimido el movimiento (Lins, vol. 2, p. 9 y 63).
En Bulgaria la asociación pudo publicar Internacia Kulturo desde 1945 (Lins, vol. 2, p. 72). Desde 1949 el Partido Comunista recomendó su disolución; la revista cerró en 1950 y las emisiones de Radio Sofía en 1952, y la asociación sobrevivió oficialmente a base de dar largas (Ana Velitchkova, «Nationalized Cosmopolitanism with Communist Characteristics», Social Science History 46:3, 2022, p. 631; Lins, vol. 2, p. 82). En Checoslovaquia, tras un primer año favorable, en 1950 cerraron las emisiones de Radio Praga, y en 1952 el partido aconsejó no hacer propaganda ni enseñar esperanto: el 6 de septiembre el comité de la asociación votó su autodisolución (Lins, vol. 2, p. 79-81).
Ninguna de estas reconstrucciones —ni ninguna de estas supresiones— dependió de una iglesia.
El mismo mecanismo, otro vocabulario
El paralelo más exacto de lo que pasó aquí no es religioso. A principios de septiembre de 1953, en Sankt Pölten (Austria), unas dos o tres docenas de esperantistas fundaron el Mondpaca Esperantista Movado (MEM), el Movimiento Esperantista por la Paz Mundial, con el checo Rudolf Burda como primer presidente. Pretendía, escribe Lins, legitimar la actividad de los esperantistas en las democracias populares como una forma más de la «lucha por la paz» que proclamaban los regímenes (vol. 2, p. 110).
Y en la RDA, donde el esperanto no pudo organizarse hasta 1965, la decisión la tomó la dirección del partido, el SED, y el Kulturbund —la organización cultural oficial— la ejecutó: el círculo central que volvía a hacer legal la actividad se constituyó el 31 de marzo de 1965 con once miembros, presidido por Rudi Graetz, militante del SED y antiguo dirigente de la asociación obrera de esperantistas de antes de 1933 (Lins, vol. 2, p. 121). Al Kulturbund le interesaba sobre todo, escribe Lins, que la cosa «did not get out of control» (vol. 2, p. 124). El primer manual publicado en la RDA, Wir lernen Esperanto sprechen (1967), lo escribió Ludwig Schödl, también hombre del movimiento obrero esperantista de antes de 1933.
Una junta de diez católicos aprobados uno por uno por el gobernador en Zaragoza; un círculo de once militantes del partido en Berlín. Para que hubiera esperanto hacía falta una organización que el poder no tuviera ningún motivo para vetar, y lo que cambia de un lugar a otro es el vocabulario que había que suscribir, no el mecanismo. La comparación es nuestra; los hechos que la sostienen son los de arriba.
Donde la religión sí reaparece, y no es católica
La relación entre esperanto y religión no es ningún artefacto español: existe, y es fuerte, en lugares donde la reconstrucción no dependía de un gobernador civil.
En Brasil, en 1937 Ismael Gomes Braga convenció a la Federación Espírita Brasileña de crear un departamento de esperanto, y en enero de 1940 el médium Francisco Cândido Xavier, «Chico Xavier», recibió el texto «Missão do Esperanto», atribuido al espíritu Emmanuel, que recomendaba su estudio (David Pardue, «Spiritism and Esperanto in Brazil», Esperantologio / Esperanto Studies 2, 2001, p. 17-19). En Japón, la religión Oomoto adoptó el esperanto en 1923; su tradición cuenta que el cofundador, Onisaburo Deguchi, al oír hablar de él, lo declaró la lengua del cielo (Oomoto). Y los bahá’ís, que tienen una lengua auxiliar universal entre sus principios, también lo han promovido (Pardue, p. 11).
Lo que cambia es la proporción
La pregunta «por qué el esperantismo español es tan religioso» tiene, pues, una respuesta que no habla del esperanto. La religión aparece ligada a la lengua en medio mundo, y ni siquiera es siempre la misma religión. Lo propio de aquí no es que la haya: es la proporción, y la proporción la decidió quien quedaba en condiciones de reunirse. La única junta que podía constituirse en Zaragoza en 1947 era una junta que la autoridad no vetara; los socios que no lo eran no constaban en la lista que se entregaba a la policía; y los nombres de la rama obrera y laica son, sobre todo, los de la lista de arriba. Cuesta no leer ahí una relación de causa.
Eso no quiere decir que los demás desaparecieran. Garvía subraya que la Federación de 1947 «dio cabida en posiciones de responsabilidad a esperantistas que se habían adherido a uno u otro bando durante la Guerra Civil», y el Boletín lo hacía Hernández Lahuerta, el antiguo redactor de Popola Fronto. La rama católica no ocupó todo el movimiento: ocupó la fachada que el régimen tenía que aprobar.
Lo que no tenemos es la medida. «La katolika Esperanto-movado en Hispanio ne posedas fundan historian esploron», escribía en 2007 José Antonio del Barrio (Boletín núm. 378, p. 17), y nadie ha contado todavía cuántos centros de la posguerra tenían juntas como la de Frateco. Tenemos el mecanismo documentado, no una estadística.
Fuentes. Para el caso español, José Antonio del Barrio y Ulrich Lins, «La utilización del Esperanto durante la Guerra Civil Española», comunicación al congreso internacional La Guerra Civil española 1936-1939 (Madrid, 27-29 de noviembre de 2006), publicada en las actas en CD-ROM (Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, 2006; registro en Dialnet) y también en línea; las páginas que citamos son las de la edición de SAT en Hispanio. Antonio Marco Botella, Un siglo de Esperanto en Aragón (2000) y «Esperanto y «Memoria Histórica»» (2014). Roberto Garvía, Lengua y utopía. El movimiento esperantista en España (1890-1936), Editorial Universidad de Granada, 2022 (muestra, p. 9-17). Xavier Margais, «El moviment esperantista a Mallorca: una víctima més de la repressió franquista», Kataluna Esperantisto 338 (2006). Jordi Moreno, «Sidonio Pintado Arroyo», Revista Cambrils (2005). IKUE, «P. Juan Font y Giralt». Boletín de la Federación, núm. 359 (2003) y 378 (2007). Boletín Oficial del Estado núm. 105, 13 de octubre de 1938, p. 1789. Para el resto de Europa, Ulrich Lins, Dangerous Language, vol. 1, Esperanto under Hitler and Stalin (2016) y vol. 2, Esperanto and the Decline of Stalinism (2017), Palgrave Macmillan, la obra de referencia sobre la persecución del esperanto; Marcus Sikosek, Die neutrale Sprache. Eine politische Geschichte des Esperanto-Weltbundes, tesis doctoral, Universidad de Utrecht, 2006; el decreto de 1935, en Deutsche Wissenschaft, Erziehung und Volksbildung 1 (1935), cuaderno 11, p. 228 (Biblioteca de Historia de la Educación, Berlín); Ana Velitchkova, «Nationalized Cosmopolitanism with Communist Characteristics», Social Science History 46:3 (2022), p. 617-642. Brasil: David Pardue, «Uma só língua, uma só bandeira, um só pastor: Spiritism and Esperanto in Brazil», Esperantologio / Esperanto Studies 2 (2001), p. 11-27. Oomoto, en su propia web.
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