Una asociación de esperanto puede seguir siendo profundamente esperantista aunque el esperanto haya dejado de ser la lengua habitual de sus miembros. No es una impresión nuestra: el Boletín de la Federación Española de Esperanto lleva medio siglo diagnosticando el escaso uso interno de la lengua, y la sociolingüística ha dado nombre a un fenómeno más amplio que ayuda a interpretarlo, la comunidad metalingüística. Lo que más cuesta es saber si le ocurre a un grupo concreto, porque lo que habría que medir —en qué lengua habla la gente cuando se reúne— no lo mide nadie, y lo que sí se puede contar responde a otra pregunta.

«Diagnozo de malsanoj de la loka Esperanto-grupo», artículo de Bernard Golden en el Boletín de la HEF, número 292 (septiembre-diciembre de 1989). Entre las enfermedades del grupo local aparece el troa krokodilado, el exceso de hablar en lengua nacional.
La escena que está al fondo de todo esto la describe el propio movimiento desde hace décadas. Los asistentes a un encuentro son miembros de una asociación de esperanto, algunos desde hace muchos años: defienden la lengua, organizan cursos, conmemoran a Zamenhof, participan en congresos y sostienen la entidad. La conversación, sin embargo, se desarrolla en la lengua del país.
No siempre es por desconocimiento. A menudo podrían hablarlo, pero es más cómodo pasar a la lengua común. El esperanto tiene un verbo para eso, krokodili, que La Simpla Vortaro define como «hablar con esperantistas en una lengua que no es el esperanto». Si ocurre de vez en cuando, es una anécdota. Cuando se convierte en la manera habitual de funcionar de un grupo, la pregunta es otra: ¿puede existir esperantismo sin esperantofonía?
El diagnóstico ya estaba escrito en 1989
Varias voces dentro del movimiento han respondido que sí, y lo han considerado un problema. En el número 292 del Boletín de la Federación Española de Esperanto —septiembre-diciembre de 1989— el esperantólogo Bernard Golden publicó un artículo titulado, sin eufemismos, «Diagnozo de malsanoj de la loka Esperanto-grupo», diagnóstico de las enfermedades del grupo local de esperanto. Entre las amenazas que enumera, junto a la falta de dinero y la pérdida de socios, aparece esta:
Aldone al tiuj estas la malagrabla etoso en loka klubo pro personaj konfliktoj kaj rivaleco, pro troa krokodilado kaj pro manko de interesaj programoj.
«Además de esas, está el mal ambiente en un club local por conflictos personales y rivalidad, por exceso de krokodilado y por falta de programas interesantes.»
Lo que hace interesante el artículo de Golden no es la queja, que es vieja, sino cómo formula la función del grupo. Discutiendo si el club local todavía puede cumplir el papel que tenía, escribe que habría que buscar otra estructura organizativa para unir a los esperantistas y «eduki ilin lingve kaj ideologie», educarlos lingüística e ideológicamente. Son dos cosas, y las nombra por separado. Un grupo puede hacer la segunda sin hacer la primera.
Golden llega incluso a señalar quién no necesita el grupo:
La solaj esperantistoj, kiuj ŝajne ne bezonas tiun socian ĉirkaŭmedion, estas la izoluloj.
«Los únicos esperantistas que aparentemente no necesitan ese entorno social son los aislados.»
Es decir: quien usa la lengua por su cuenta puede prescindir de la asociación. La dirección contraria —una asociación que sigue funcionando sin que la lengua circule por ella— no la dice esta cita; la documentan los testimonios que vienen ahora.
Medio siglo de la misma observación
Golden no era el primero ni sería el último. La serie se puede seguir en el archivo del Boletín, que está digitalizado entero.
En septiembre de 1972, la sección «La revuo de la revuoj» del número 193 reproduce una tipología irónica de Henri Vatré aparecida en Svisa Espero, y el redactor añade una conclusión que no tiene nada de irónica:
Efektive, kiam en Esperanta societo multiĝas la krokodiloj kaj ilin komencas manipuli unu du talpoj, tiam la societo falas en la stagnadon kaj en la pereon.
«Efectivamente, cuando en una sociedad esperantista se multiplican los cocodrilos y empiezan a manipularlos un par de topos, entonces la sociedad cae en el estancamiento y en la ruina.»
En enero de 1983, en el número 255, G. Moya propone mejorar el nivel de los cursos para evitar «la eternajn komencantojn, tiuj laŭnome esperantistoj, kiuj krokodilante plurfoje ĉeestas Kongresojn por precipe sin distri kaj fari turismon»: los eternos principiantes, esperantistas de nombre, que asisten a los congresos krokodilando y sobre todo para distraerse y hacer turismo. La expresión laŭnome esperantistoj es la distinción entera en dos palabras.
En marzo de 1989, el número 290 reproduce del KAE-Informilo un artículo firmado VELUS que habla de la composición real de los clubes:
Ni ja konscias, ke ĉiu Esperanto-Klubo havas kaj konsiderindan nombron da «simpatiantoj» kaj eble ankaŭ grupeton da «eternaj lernantoj».
«Somos bien conscientes de que cada club de esperanto tiene un número considerable de «simpatizantes» y quizá también un grupito de «eternos aprendices».»
Y añade una comparación que vale por todo el artículo: sería una incongruencia evidente que un club de esperanto usara exclusivamente la lengua nacional para sus relaciones internas, «como igualmente resultaría paradójico que, por ejemplo, un club de fútbol y sus miembros solo practicaran… ¡tenis!».
El mismo texto recuerda un episodio del Congreso de Esperanto de Zaragoza de 1954. Un congresista pidió al doctor Rafael Herrero, entonces responsable de la HEF, permiso para replicar en lengua nacional a una tesis presentada en esperanto. Herrero se negó categóricamente, argumentando que concederlo daría la razón a los escépticos que sostienen que «la esperantistoj fervore propagandas Esperanton, sed ili suspektige preferas uzi nacian lingvon en siaj konversacioj kaj kunvenoj»: que los esperantistas propagan el esperanto con fervor pero prefieren, sospechosamente, usar la lengua nacional en sus conversaciones y reuniones.
El caso inverso también existe
La separación funciona igualmente en el otro sentido. En enero de 1993, el número 309 publica el obituario del doctor José Olavide, psiquiatra madrileño vinculado al círculo de Zaragoza, que poseía unos 10.000 libros, dos mil de ellos en esperanto —probablemente, dice el Boletín, la colección privada de esperanto más grande del país—. La redacción lo describe como esperantista hasta la médula y hablante impecable de la lengua, y a continuación añade:
li kurioze ĉiam preferis krokodiladon sub ekskuzo de pli grandaj komprenebleco kaj esprimivo.
«curiosamente siempre prefería krokodilar, con la excusa de una comprensibilidad y una expresividad mayores.»
Competencia lingüística máxima y uso voluntariamente bajo, en la misma persona.
El nombre que le da la sociolingüística
Que la competencia y la adhesión sean dimensiones diferentes no es una intuición: es el punto de partida de la descripción académica de la comunidad. Ida Stria, en «Esperanto speakers – an unclassifiable community?» (2015), distingue explícitamente entre hablantes que no participan en el movimiento, partidarios del esperanto que no lo hablan y hablantes que sí participan activamente. Lo hemos tratado antes, mirando las palabras en ¿Esperantista, esperantófono o hablante de esperanto? y los perfiles en Las mil maneras de ser esperantista.
Lo que aquellos artículos no tienen es el nombre del fenómeno colectivo. La sociolingüista Netta Avineri lo propuso en su tesis doctoral de 2012 y lo desplegó después: comunidad metalingüística, definida como «una comunidad de actores sociales situados, dedicados principalmente al discurso sobre la lengua y sobre los símbolos culturales ligados a la lengua». Una lengua puede funcionar como marca de identidad y de pertenencia aunque buena parte de los miembros no la domine lo bastante para usarla como instrumento habitual de comunicación. El volumen Metalinguistic Communities (2021), que Avineri coeditó con Jesse Harasta, reúne casos de una docena de comunidades.
Uno de los casos estudiados son las escuelas judías complementarias de Estados Unidos, que Avineri analiza con Sarah Bunin Benor y Nicki Greninger. El hebreo tiene allí una importancia enorme —los alumnos aprenden a leerlo, a recitar oraciones, a cantar, a relacionarlo con la identidad judía—, pero el objetivo educativo no siempre es que acaben manteniendo conversaciones en hebreo.
La distinción que se deriva de ello es útil: en una comunidad de habla la lengua es sobre todo el medio; en una comunidad metalingüística la lengua puede convertirse también en el objeto. No solo se habla en esperanto: se habla de esperanto.
No es una etiqueta de todo o nada. Una misma asociación puede funcionar como comunidad de habla en unas actividades y como comunidad metalingüística en otras, y lo que se mueve con los años es la proporción entre las dos. Lo hemos visto aquí mismo con otra lengua: Dos academias y una lengua repasa el conflicto normativo valenciano, donde defender una lengua y usarla cada día tampoco son siempre la misma cosa.
Fragmentos de lengua como señal
Benor ha dado nombre a un mecanismo relacionado, la infusión etnolingüística (ethnolinguistic infusion), que describe desde 2018 y que ha teorizado con detalle en un artículo de 2025 en Language in Society. Describe comunidades donde la comunicación habitual se hace en la lengua dominante pero se introducen en ella fragmentos de otra lengua cargada de significado: saludos, canciones, carteles, nombres de actividades. La mayoría de los participantes pueden tener una competencia muy limitada, y el objetivo de los fragmentos no es conseguir fluidez sino reforzar la conexión entre persona, lengua y comunidad.
Hay que decir claramente qué es nuestro y qué no. Benor sitúa el concepto en grupos minoritarios «inmigrantes, indígenas, religiosos, regionales», y no menciona el esperanto ni una sola vez. La analogía es nuestra, y el concepto no se puede trasladar mecánicamente. Pero el mecanismo es reconocible: una reunión en castellano que empieza con un saluton, una actividad con nombre en esperanto, la estrella verde, el himno, la música. La lengua sigue presente; lo que ha cambiado es su función.
¿Es eso posvernacularidad?
Hay una segunda analogía posible, la posvernacularidad que Jeffrey Shandler desarrolló a partir del yidis, primero en un artículo de 2004 y después en Adventures in Yiddishland (2006). En determinadas comunidades judías el yidis perdió buena parte de su función cotidiana pero conservó —y en algunos contextos aumentó— su valor simbólico: una palabra o una canción en yidis puede ser significativa precisamente porque está en yidis.
El paralelo es sugerente e incompleto. El yidis había sido una lengua vernácula transmitida entre generaciones; el esperanto se aprende voluntariamente. Por eso es más prudente hablar, en nuestro caso, de comunidad metalingüística y no de posvernacularidad en sentido estricto.
Conviene no exagerar la diferencia. Avineri ya describe la comunidad metalingüística como «un tipo de grupo voluntario», de manera que la voluntariedad no es lo que separaría el esperanto de los casos que ella estudia. Lo que sí observa en ellos es que sus miembros, además, «naturalizan su pertenencia mediante el nacimiento y la herencia», y esa segunda vía es mucho menos central en el esperanto: hay hablantes nativos y familias esperantistas, pero no caracterizan a la comunidad en conjunto. Es comprensible que una persona de origen judío valore el yidis sin haberlo aprendido, porque representa una familia y una historia heredadas, mientras que la pertenencia a una asociación esperantista suele ser deliberada y la lengua es, al menos formalmente, su razón constitutiva. Que pueda producirse igualmente una secuencia de lengua a comunidad, de comunidad a identidad, y de identidad a un grupo que ya no necesita usar la lengua constantemente, es precisamente lo que hace el caso interesante.
Una medida que no responde a la pregunta
Todo esto describe una posibilidad. La tentación inmediata es preguntarse si nos pasa a nosotros, y buscarle un número.
Hay uno a mano: el grupo conserva el archivo de su WhatsApp desde 2019. De los 19.184 mensajes conservados, 13.403 tienen suficiente texto para clasificar su lengua, y de estos el 94,3 % están en esperanto. La cifra se mantiene por encima del 90 % en cada año de la serie 2019-2026.
Conviene desconfiar de él, porque mide mucho menos de lo que parece. Cuenta solo a quien escribe: quien pertenece al grupo y no escribe nunca —el «simpatizante» y el «eterno aprendiz» de VELUS, precisamente la persona de este artículo— no deja ningún rastro. Y la muestra está seleccionada por la variable que queríamos medir, dos veces: porque en un grupo de WhatsApp de esperanto la norma implícita es escribir en esperanto, y porque quien no se ve capaz de redactar el mensaje en la lengua a menudo no lo escribe. A eso se añade que escribir no es hablar: permite pensar la frase, consultar el diccionario, borrar y, hoy, pedir ayuda a una máquina.
De manera que el 94 % no dice que el grupo hable esperanto. Dice que en el canal donde la norma es más fuerte, y entre quienes ya han decidido participar, se escribe en esperanto. La pregunta de verdad —cuánta gente lo habla cuando se reúne a comer— no la responde ningún archivo: habría que contarlo en los encuentros, que es la única medida que serviría y la que nadie hace.
Cuantos más espacios donde usarla, más competencia
La pregunta tiene al menos un antecedente serio, y no es nuestro. Jessica Hampton y Stefano Coretta compararon las prácticas lingüísticas de dos comunidades minorizadas —el emiliano, hablado en el norte de Italia, y el esperanto— con un cuestionario sociolingüístico en línea pasado en el verano de 2020: 468 respuestas de emiliano y 154 de esperanto. En vez de preguntar solo cuánto se usa la lengua, contaron en cuántos espacios se usa —físicos, prensa, medios, virtuales— y cruzaron esa proporción con las actitudes hacia la lengua y con la competencia declarada por los informantes.
El hallazgo principal es directo y vale para los dos grupos: cuantos más espacios de uso, más competencia, en comprensión, en habla y en lectoescritura. Quien declara usar la lengua en más ámbitos tiende también a declarar una competencia más alta.
El segundo es más fino. Actitudes y espacios interactúan: cuando hay pocos espacios de uso, la actitud hacia la lengua pesa en la competencia; cuando hay muchos, ese peso se reduce hasta casi desaparecer.
the attitudes of a community member that has access to more spaces of use will be less or not correlated with their language competence.
«las actitudes de un miembro de la comunidad que tiene acceso a más espacios de uso estarán menos correlacionadas, o nada, con su competencia lingüística.»
Dicho en llano, y con el límite que viene a continuación: en los datos del emiliano, cuando faltan lugares donde usar la lengua, la actitud positiva pesa más en la competencia declarada. El entusiasmo suple la ausencia de ocasiones; cuando los espacios abundan, ya no hace falta una motivación excepcional.
El límite es que eso es, precisamente, lo que no pueden decir del esperanto. Allí el efecto no les aparece —«D1 in Esperanto does not seem to correlate with higher levels of comprehension, even when the spaces proportion is lower»— y la incertidumbre es tan grande que ellos mismos dicen que no pueden afirmar si se comporta igual o distinto que el emiliano. Advierten también de que no pueden defender ningún efecto causal y de que hacen falta más datos de esperanto.
Con esa cautela, vale la pena decir por qué nos interesa: sería un mecanismo plausible para la aparición de una comunidad cada vez más metalingüística. Si los espacios de uso menguan, los más convencidos pueden quedar sobrerrepresentados entre quienes llegan a dominar la lengua, y el resto quedarse en simpatizantes —el «simpatizante» y el «eterno aprendiz» de VELUS otra vez—. La lengua no desaparecería del grupo: se concentraría en quien ya creía en ella. Es una conjetura nuestra sobre datos ajenos, y como tal la dejamos.
Y ahora la parte que va en contra del tono fácil de este artículo: en esa comparación el esperanto no sale malparado, sale mejor. Los esperantistas declaran usar la lengua en más espacios que los emilianos, y los autores subrayan que una lengua no territorial, pensada en origen para la escritura, se mantiene en los espacios físicos casi tanto como una lengua heredada como el emiliano: la distancia entre las dos medianas es de un par de puntos.
Hay, además, un detalle que toca de lleno la sección anterior: el espacio más usado en esperanto es el virtual, por delante de los medios, la prensa y los espacios físicos, mientras que en emiliano la mediana de uso virtual es cero. Eso no salva nuestro 94 %, que sigue teniendo los mismos problemas de muestra, pero le cambia el sentido: el canal escrito y digital no es un rincón marginal de la vida del grupo, es la arena principal donde hoy se mantiene la lengua.
Que los ámbitos de uso cuenten no es una idea de estos dos autores. El documento de la UNESCO Language Vitality and Endangerment (2003) pone los ámbitos existentes y la respuesta a los ámbitos nuevos y a los medios como factores 4 y 5 de vitalidad, y deja las actitudes de la comunidad hacia su lengua en un factor separado, el 8. La separación es la misma que hace este artículo: lo que la comunidad siente y lo que la comunidad hace se miden aparte.
Conviene, eso sí, aplicarle a su número el mismo escepticismo que le hemos aplicado al nuestro, y los autores son los primeros en hacerlo: la competencia es declarada, no medida, y advierten del sesgo de autoselección en la manera de reclutar a los hablantes de esperanto —quien contesta ya se identifica con la comunidad, y por eso ningún informante declaró desconocer la lengua—. La muestra de esperanto, dicen, es de hablantes seguros de sí mismos. Es, otra vez, el problema de nuestro WhatsApp: quien no se ve capaz, no contesta.
Dos objetivos que no son lo mismo
Nada de esto quiere decir que estas comunidades sean falsas ni que quien las forma sea mal esperantista. Una comunidad social y cultural tiene valor por sí misma, y Golden ya señalaba en 1989 que las tres funciones del grupo local son informar, enseñar y aplicar el esperanto: solo la tercera exige hablarlo cada día.
Lo que sí obliga es a distinguir dos cosas que a menudo se confunden: mantener vivo el esperantismo y mantener vivo el uso del esperanto. Una asociación puede transmitir la historia del movimiento, sus símbolos, sus ideales, la preocupación por la continuidad de la entidad, el deseo de difundir la lengua y una red de amistades, sin conseguir que los nuevos miembros se conviertan en hablantes habituales.
También explica por qué tanta gente se va sin dejar de creer en la lengua, como hemos visto en Por qué la gente se va del esperantismo, y por qué la crítica de Jorge Camacho a «La zombia lingvo» —que hacemos de esperantistas por inercia— toca algo real.
Una asociación que quiera saber en qué estado se encuentra tiene a mano una pregunta muy sencilla, y la respuesta le dirá más sobre su vitalidad lingüística que el número de socios, los años de historia o las estrellas verdes colgadas en la pared: cuando nos reunimos, ¿cuánto hablamos realmente esperanto?
Fuentes
- Avineri, Netta Rose. Heritage Language Socialization Practices in Secular Yiddish Educational Contexts: The Creation of a Metalinguistic Community. Tesis doctoral, University of California, Los Angeles, 2012. Es donde se propone el concepto de comunidad metalingüística. Texto completo en eScholarship
- Avineri, Netta; Harasta, Jesse (eds.). Metalinguistic Communities: Case Studies of Agency, Ideology, and Symbolic Uses of Language. Palgrave Macmillan, 2021. Ficha de la editorial
- Avineri, Netta; Benor, Sarah Bunin; Greninger, Nicki. «Contested Hebrew: Metalinguistic Communities and Ethnolinguistic Infusion in U.S. Jewish Complementary Schools». En Metalinguistic Communities, 2021, pp. 27–50. doi:10.1007/978-3-030-76900-0_2
- Benor, Sarah Bunin. «Ethnolinguistic infusion: Community language socialization and reclamation without proficiency». Language in Society, vol. 55, núm. 3, 2026, pp. 407–431; publicado en línea el 18 de noviembre de 2025. doi:10.1017/S0047404525101851
- Boletín de la Hispana Esperanto-Federacio, núm. 193 (septiembre-octubre de 1972), sección «La revuo de la revuoj», que reproduce a Henri Vatré, Svisa Espero, junio de 1972. PDF
- Boletín núm. 255 (enero-febrero de 1983), artículo firmado por G. Moya. PDF
- Boletín núm. 290 (marzo-junio de 1989), «Nepre ni «nuezu»!», firmado VELUS, reproducido del KAE-Informilo. PDF
- Hampton, Jessica; Coretta, Stefano. «Language practices of Emilian and Esperanto communities: spaces of use, explicit language attitudes and self-reported competence». Journal of Multilingual and Multicultural Development, vol. 47, núm. 2, 2026, pp. 1105–1130; publicado en línea el 17 de octubre de 2024. En acceso abierto con licencia CC BY. doi:10.1080/01434632.2024.2413933. Los datos y el código están en el compendio de investigación (doi:10.5281/zenodo.15768992).
- UNESCO Ad Hoc Expert Group on Endangered Languages. Language Vitality and Endangerment. París: UNESCO, 2003. Los nueve factores de vitalidad; el 4 y el 5 son los ámbitos de uso, el 8 las actitudes de la comunidad. PDF
- Golden, Bernard. «Diagnozo de malsanoj de la loka Esperanto-grupo». Boletín núm. 292 (septiembre-diciembre de 1989), p. 11. PDF
- Boletín núm. 309 (enero-febrero de 1993), «Forpasis d-ro José Olavide». PDF
- Archivo de conversaciones del grupo de WhatsApp del Grupo Esperanto de Valencia, septiembre de 2019 – septiembre de 2026: 19.184 mensajes de 71 participantes, conservado por el grupo y no público, porque contiene conversaciones privadas. Las cifras de esta página son agregados por año; no se reproduce ningún mensaje ni ningún nombre.
- La Simpla Vortaro, entrada krokodili.
- Shandler, Jeffrey. «Postvernacular Yiddish: Language as a Performance Art». TDR: The Drama Review, 48(1), 2004, pp. 19–43. doi:10.1162/105420404772990655 El despliegue completo del concepto está en Adventures in Yiddishland: Postvernacular Language and Culture (University of California Press, 2006), ficha de la editorial.
- Stria, Ida. «Esperanto speakers – an unclassifiable community?». En Wojciech Malec, Marietta Rusinek y Anna Sadowska (eds.), Challenging Ideas and Innovative Approaches in Theoretical Linguistics. Lublin: Wydawnictwo KUL, 2015, pp. 175–189. Texto completo
- Stria, Ida. «Language attitudes among Esperanto speakers». Język. Komunikacja. Informacja, 12, 2017, pp. 146–158. https://doi.org/10.14746/jki.2017.12.11
Las traducciones al castellano de las citas en esperanto son nuestras. La imagen proviene del Boletín núm. 292, digitalizado en Gazetoteko.
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