¿Esperantista, esperantófono o hablante de esperanto?

La palabra esperantista puede designar a quien habla la lengua, a quien la estudia, a quien la defiende, a quien trabaja para difundirla o a quien pertenece a una asociación. Distinguir estos significados ayudaría a describir mejor la realidad del esperanto —y, de paso, a explicar mejor nuestra historia.

Primer número de La Esperantisto (Núremberg, 1 de septiembre de 1889). La cabecera dice esperantista, pero el subtítulo se presenta como revista «para los amigos de la lengua Esperanto».
Primer número de La Esperantisto (Núremberg, 1 de septiembre de 1889). La cabecera dice esperantista, pero el subtítulo se presenta como revista «para los amigos de la lengua Esperanto».

Cuando decimos que una persona es esperantista, ¿qué afirmamos exactamente? ¿Que sabe mantener una conversación en esperanto? ¿Que lo está aprendiendo? ¿Que considera deseable adoptarlo como lengua internacional? ¿Que participa activamente en el movimiento? ¿O solo que es miembro de una asociación?

Una misma persona puede reunir todas estas condiciones, pero también puede cumplir solo una. Hay hablantes habituales que no participan en ninguna organización, activistas que usan poco la lengua, estudiantes que todavía no pueden conversar y miembros de asociaciones que hace años que no asisten a ninguna actividad. Llamarlos a todos esperantistas es cómodo, pero informa muy poco.

Un nombre extraño para quien habla una lengua

No llamamos anglistas a las personas que hablan inglés ni francistas a las que hablan francés. Decimos anglófono, francófono o, sencillamente, hablante de inglés. Un anglista es habitualmente alguien que estudia profesionalmente la lengua o la cultura inglesas.

El sufijo -ista no designa solo ideologías: también aparece en profesiones y actividades, como pianista, periodista o ciclista. Sin embargo, en palabras como socialista, pacifista o ecologista sugiere adhesión a una causa. Esperantista admite las dos lecturas.

Esto se explica porque la lengua y el proyecto de difundirla nacieron juntos. En los primeros años, estudiar esperanto comportaba casi siempre participar en el intento de convertirlo en una lengua internacional. Ya en 1889, la primera revista de la comunidad se llamaba La Esperantisto. Su subtítulo, sin embargo, ya mostraba la oscilación: se presentaba como Gazeto por la amikoj de la lingvo Esperanto, «revista para los amigos de la lengua Esperanto». Amigos, no hablantes.

La solución incompleta de Boulogne

La Declaración de Boulogne, aprobada en el primer Congreso Universal de 1905, quiso evitar que el esperantismo se confundiera con una doctrina política, religiosa o moral. El punto quinto afirmaba:

Esperantisto estas nomata ĉiu persono, kiu scias kaj uzas la lingvon Esperanto, tute egale por kiaj celoj li ĝin uzas.

Por tanto, consideraba esperantista a cualquier persona que conociera y usara el esperanto, independientemente de la finalidad. Pertenecer a una asociación era recomendable, pero no obligatorio.

La intención era desideologizadora, pero la definición dejaba dos problemas. El sufijo -ista seguía sonando como el nombre de un adepto y «conocer y usar» no establecía ningún nivel mínimo: ¿cuenta quien puede leer con diccionario?, ¿quien mantiene una conversación elemental?, ¿quien lo habló hace treinta años?

La contradicción sigue viva. El Diccionari de la llengua catalana del Institut d’Estudis Catalans define esperantista como «partidario del esperanto como idioma auxiliar internacional». Según Boulogne es, principalmente, un usuario de la lengua; según el DIEC, un partidario de la propuesta. Una condición no implica necesariamente la otra.

Una ambigüedad real

La cuestión ha sido observada en estudios de diferentes países. En una investigación sobre el esperantismo catalán, el sociolingüista Hèctor Alòs i Font no se limitó a preguntar qué significaba la palabra: comparó cuatro criterios posibles —hablar la lengua, compartir sus ideales, cumplir las dos condiciones o cualquiera de las dos— y contrastó las respuestas con la manera en que cada participante se clasificaba. Ninguna definición obtuvo una mayoría clara y las respuestas individuales mostraron, además, contradicciones entre el criterio declarado y la autopercepción.

Krunoslav Puškar llegó a un resultado parecido en una encuesta a 108 esperantistas de Croacia. Ante la pregunta abierta sobre quién debía ser considerado esperantista, las respuestas se repartieron entre quien simplemente habla esperanto, quien además comparte una ideología, quien participa en el movimiento, quien usa habitualmente la lengua y quien asume determinados valores cosmopolitas o igualitarios. La diversidad no es, por tanto, una particularidad catalana.

Desde una perspectiva teórica, el sociolingüista italiano Federico Gobbo distingue expresamente los dos conceptos: esperantófono designa a quien ha adquirido una cierta competencia mediante el uso de la lengua, mientras que esperantista designa a quien apoya el esperanto, incluso si no lo usa. También señala que existen esperantófonos que rechazan la etiqueta ideológica y esperantistas sin conocimientos efectivos de la lengua, aunque los dos grupos sean minoritarios.

La confusión tiene consecuencias prácticas. Cuando una organización habla del «número de esperantistas», puede estar contando hablantes, alumnos, simpatizantes o socios. Cuando una biografía califica a alguien de esperantista, no sabemos si usaba la lengua, si la promocionaba o si solo pertenecía a una asociación.

Una terminología más precisa permitiría distinguir:

Término Qué indica Qué no implica necesariamente
Esperantófono o hablante de esperanto Puede usar la lengua en una comunicación real Que defienda su difusión
Estudiante de esperanto Está aprendiéndola Que ya la hable con autonomía
Partidario del esperanto Considera deseable la propuesta Que le dedique tiempo o hable la lengua
Activista esperantista Trabaja activamente a favor del esperanto Que lo use con fluidez
Socio o miembro Está inscrito en una entidad Que participe o domine la lengua

Las categorías pueden combinarse. Una persona puede ser esperantófona, esperantista, activista y socia a la vez; otra puede hablar la lengua sin defender ningún proyecto político; y una tercera puede trabajar para difundirla sin haber alcanzado todavía fluidez.

Un caso de casa

No hace falta ir muy lejos para encontrar el problema. En las biografías de este archivo la palabra esperantista aparece casi medio centenar de veces, y en buena parte de esos casos nosotros mismos no podemos decir qué significa exactamente. De Conchita Soler Sempere (? – 20 de noviembre de 1966), por ejemplo, escribimos que era «hija de Fernando Soler Valls y también esperantista». Sabemos que su padre le dedicó la sexta edición de su gramática y que en 1966 asistió al 27.º Congreso Español de Esperanto, en Bilbao. No sabemos si hablaba la lengua, si la estudiaba o si acompañaba a su padre en una actividad que era sobre todo de él.

Escribir ahí esperantista es, en casos así, la única opción honesta: es exactamente lo que dicen las fuentes, y afinar más sería inventar. Pero conviene saber qué no afirma la palabra. La misma etiqueta cubre, en estas páginas, a quien presidía el grupo, a quien pagaba la cuota, a quien daba clase y a quien acompañó a la familia a un congreso.

Cuando una lengua parece una ideología

Aplicar a cualquier hablante una palabra acabada en -ista puede hacer que el esperanto parezca menos una lengua que cualquier persona es libre de usar y más la lengua propia de un movimiento al que hay que adherirse. En contextos democráticos, esto es sobre todo un problema de percepción: puede sugerir que aprender esperanto comporta aceptar una ideología o integrarse en una comunidad determinada.

Esto no quiere decir que la terminación explique la represión sufrida bajo regímenes totalitarios: los nazis persiguieron el movimiento por el origen judío de Zamenhof, por el internacionalismo y por el pacifismo, y el estalinismo, por los contactos con el extranjero. Pero vale la pena observar que lo perseguido era siempre un colectivo organizado, y esperantista es, precisamente, una palabra que designa un colectivo.

Por qué la distinción no ha cuajado

La objeción más seria a todo esto es sencilla: hace ciento veinte años que la palabra existe y la comunidad sigue diciendo esperantisto. La Declaración de Boulogne le dio carta oficial, los nombres de las asociaciones la llevan y esperantófono tiene un aire técnico que a mucha gente le suena a etiqueta impuesta desde fuera. Nadie se presenta como esperantófono cuando conoce a alguien en un congreso.

Es un argumento de peso: los usos no se cambian por decreto, y tampoco proponemos sustituir nada. Esperantista seguirá siendo la palabra de la comunidad, y está bien que lo sea. Lo que proponemos es mucho más modesto y afecta sobre todo a quien escribe: cuando la frase habla de competencia lingüística —un recuento, una biografía, una nota de prensa—, vale la pena gastar dos palabras más y decir exactamente qué queremos decir.

No hace falta abandonar esperantista

Esperantista es una palabra histórica y útil para designar la vinculación con el movimiento. El problema es emplearla automáticamente cuando lo que queremos describir es una competencia lingüística.

Una convención clara sería usar esperantófono o hablante de esperanto para quien usa la lengua; esperantista para quien se identifica con el proyecto; activista para quien trabaja en ello; estudiante para quien la aprende, y socio para la relación formal con una entidad. En esperanto, la forma transparente es Esperanto-parolanto o esperantoparolanto.

Esto no convierte esperantófono en un título reservado a quien hable perfectamente. Cuando el nivel sea relevante, será mejor indicar una capacidad concreta o una certificación. La distinción no debe servir para excluir, sino para explicar con honestidad de quién y de qué estamos hablando.

El esperanto es a la vez una lengua, una comunidad cultural, una propuesta de política lingüística y un movimiento organizado. Estas realidades se superponen, pero no son idénticas. Si solo queremos decir que alguien habla la lengua, esperantófono —o, más llanamente, hablante de esperanto— es más preciso. Si queremos destacar que la defiende, entonces esperantista dice algo que hablante no dice.


Este artículo mira las palabras. Hay otro que mira a las personas: las mil maneras de ser esperantista recorre los perfiles que conviven bajo la etiqueta —el hablante, el docente, el activista, quien guarda la memoria del movimiento— y por qué dos esperantistas pueden compartir la palabra sin coincidir en nada.

La portada de La Esperantisto (1889) procede de Wikimedia Commons y es de dominio público.

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