¿Cuánta gente habla realmente esperanto?

Dos millones es la cifra que más se ha repetido durante cuarenta años. No sale de ningún censo: sale de un redondeo que su autor hizo en 1988 y que él mismo advertía que podía ser el doble de grande de lo que tocaba. Aquí revisamos de dónde salen todas las estimaciones que circulan y ponemos al lado lo que sí se puede contar. Por el camino aparece algo que no esperábamos: la única vez que esta comunidad se contó de verdad fue hace más de un siglo.

Los indicadores observables del esperantismo, en escala logarítmica: de los 79 editores mensuales de la Wikipedia en esperanto a los 320.000 perfiles de Facebook de 2014, pasando por los 21.915 numerados del Adresaro de Zamenhof.
Los indicadores observables del esperantismo, en escala logarítmica: de los 79 editores mensuales de la Wikipedia en esperanto a los 320.000 perfiles de Facebook de 2014, pasando por los 21.915 numerados del Adresaro de Zamenhof.

No existe ningún censo mundial de los hablantes de esperanto. Nunca se ha hecho ninguno. Eso no significa que la cifra buena sea 100.000, ni 60.000, ni 20.000: significa algo más sencillo y, científicamente, más importante. No sabemos cuánta gente habla esperanto.

Es la pregunta que más nos hacen, y hasta ahora la hemos contestado en dos líneas. Este artículo es la versión larga, y va en tres tiempos: qué quiere decir «hablar esperanto», y por qué la respuesta cambia la cifra por un factor de diez mil; de dónde sale cada estimación que circula —los dos millones de Culbert, los dos millones de Facebook, los sesenta y tres mil de Nielsen— y qué vale cada una; y qué se puede contar de verdad, desde los congresos hasta los editores de la Wikipedia.

Adelantemos el final, porque es lo que menos esperábamos encontrar: la única vez que esta comunidad se contó bien fue entre 1889 y 1909, y la contó Zamenhof.

Primer problema: ¿qué significa «hablar esperanto»?

Antes de contar hablantes hay que decidir quién es un hablante.

Una persona hizo un curso hace cinco años y recuerda algunas palabras. Otra lee textos sencillos, pero cuando se encuentra con un esperantista pasa enseguida al castellano o al inglés. Una tercera mantiene una conversación normal, aunque use el esperanto una vez al año. Una cuarta lee, escribe y habla habitualmente. Y una quinta lo adquirió de pequeña en una familia que lo usaba: es una denaskulo.

Categoría Qué significa aproximadamente
Ha estudiado esperanto Ha hecho alguna formación, aunque ya recuerde poco
Conocimiento pasivo Entiende parte de la lengua pero tiene dificultades para hablarla
Hablante funcional Puede mantener una conversación real
Hablante competente Se comunica con comodidad sobre una gran variedad de temas
Usuario activo Además de conocerlo, lo utiliza actualmente
Denaskulo Lo ha adquirido durante la infancia en el entorno familiar

La frontera práctica que más nos interesa es esta:

Si dos desconocidos que dicen hablar esperanto se encuentran, ¿pueden mantener la conversación en esperanto?

Quien tiene un nivel muy elemental ha aprendido esperanto y forma parte de su entorno. Pero contarlo igual que a un hablante funcional no dice casi nada sobre la dimensión de la comunidad lingüística. El problema no es exclusivo del esperanto —también es difícil decir cuánta gente «habla francés» como lengua extranjera—, pero pesa más en una lengua sin población nativa apreciable y sin ningún territorio donde el conocimiento se pueda deducir de la población.

Esa distancia tampoco es ningún descubrimiento nuestro. Ya la midió, en un barco, el mejor estilista que ha tenido la lengua.

Kazimierz Bein, «Kabe» —traductor de La Faraono, autor del primer diccionario monolingüe, vicepresidente de la Academia— contaba en 1931 que en un congreso universal, en el lago de Ginebra, los esperantistas «hablaban tan mal» que les pidió que le hablaran en su lengua nacional mientras él contestaba en esperanto. Y recordaba qué les había dicho desde la tribuna, en 1906, después de oír al cura defender que el esperanto era imprescindible para los curas y al oficial que lo era para los oficiales:

«Opino que quienes más necesariamente deben aprender esperanto son los esperantistas mismos» —cosa que el congreso aprobó con un gran aplauso.

— Kabe a Jean Forge, «Kion diris sinjoro Kabe?», Literatura Mondo, 1931

En un congreso universal, rodeado de gente que había viajado precisamente porque hablaba esperanto, uno de los mejores hablantes de la lengua tuvo que cambiar de idioma para entenderse. La distancia entre declararse hablante y sostener una conversación es tan vieja como la lengua, y cualquier recuento que no la tenga en cuenta estará contando otra cosa. (De Kabe y de sus críticas hemos hablado aparte; acabó abandonando el esperanto en 1911 y dándole el verbo kabei.)

La escala de Lindstedt: de mil a diez millones

El lingüista finlandés Jouko Lindstedt abordó el problema en 1996 de la manera más honesta posible: en lugar de fingir una precisión imposible, dio potencias de diez. La Asociación Esperantista Finlandesa sigue publicando su «estimación de tabla de multiplicar»:

Competencia Estimación
Hablan esperanto como lengua materna (siempre bilingües o trilingües) 1.000
Lo usan a menudo y lo hablan con fluidez total 10.000
Pueden usarlo bien en comunicación oral y escrita 100.000
Entienden satisfactoriamente el esperanto escrito 1.000.000
Alguna vez se han acercado a los rudimentos 10.000.000

Figura 1
Figura 1

Escala logarítmica: cada escalón es diez veces el anterior (1.000 · 10.000 · 100.000 · 1.000.000 · 10.000.000). No son resultados de un censo; las cifras redondas indican precisamente que se trata de órdenes de magnitud.

Treinta años después, la idea sigue siendo la más útil de todas: el número de «hablantes» varía por un factor de diez mil según el nivel mínimo que exijamos.

La única vez que nos contamos de verdad

Antes de repasar las estimaciones conviene decir algo que suele quedar fuera de estos debates: hubo veinte años en que el número de esperantistas no se estimaba, se contaba.

En 1889 Zamenhof publicó en Varsovia el Adresaro de la personoj kiuj ellernis la lingvon «Esperanto» —la fecha de censura es del 18 de septiembre según el calendario juliano que entonces regía en el imperio ruso, o sea el 30 de septiembre del nuestro—, un folleto de 39 páginas con cerca de mil nombres. Esos primeros mil venían de las papeletas de promesa del Unua Libro, que tienen historia propia. Cada persona registrada recibía un número. Salieron 29 series hasta 1909, y el último número asignado fue el 21.915, para B. Weber, de Breslau.

No era una lista de simpatizantes. El prólogo de la serie XVI, de 1896, fija las condiciones:

«a) En los Adresaros se imprimirán los nombres de aquellas personas que hayan enviado: 1) la notificación de que aceptan cartas en esperanto, 2) la traducción, hecha por ellas, de unos cuantos fragmentos del esperanto a su lengua nacional, 3) la suma de 40 céntimos para la inscripción […]

b) Los nuevos Adresaros saldrán ahora regularmente a principios de mayo de cada año y contendrán las direcciones de aquellas personas que se hayan adherido al esperanto del 1 de enero al 31 de diciembre del año pasado.»

— Prólogo del Adresaro, serie XVI (1896), reproducido por Javier Guerrero, «Kiom da esperantistoj?»

Es decir: una prueba de competencia, una declaración de disponibilidad para ser contactado y una edición anual. Los registrados no eran gente que hubiera oído hablar de la lengua: eran gente que había traducido un texto y había pagado por figurar en ella.

Los registrados recibían un número correlativo y se les animaba a firmar las cartas con la fórmula «Esperantisto n-ro 123». A partir de 1904 el recuento continuó dentro del Tutmonda Jarlibro Esperantista de Félicien Menu de Ménil, que incluía «el adresaro del doctor Zamenhof»; en seis años los registrados pasaron de 7.700 a 21.915.

La distribución de aquellos 21.915 dice bastante de cómo era el movimiento: el 31 % vivía en el imperio ruso, el 22 % en Francia, el 12 % en el Reino Unido, el 11 % en Austria-Hungría, el 5 % en Alemania y el 4 % en España —cerca de novecientas personas, en una época en que el esperantismo valenciano apenas empezaba.

Y el motivo por el que se acabó es el más improbable de todos. Según la Vikipedio, se dejó de publicar direcciones individuales «pro troa kresko de la nombro de aliĝantoj»: por crecimiento excesivo del número de adheridos. Desde 1909 los anuarios solo recogieron sociedades, comités y cónsules. Se dejó de contar a la gente porque había demasiada, y desde entonces no se ha vuelto a contar.

Conviene no leer los 21.915 como un censo mundial —era una cifra acumulativa, no descontaba a los muertos ni a quienes lo habían dejado, y no llegaba a quien no leía las revistas del movimiento. Pero era gente contada de una en una, con nombre y número, y ningún indicador actual se le acerca.

De dónde salen los dos millones

La cifra no salió de la nada. Viene de Sidney S. Culbert, profesor de Psicología de la Universidad de Washington, que durante décadas proporcionó al World Almanac la tabla «The Principal Languages of the World». Tres cartas suyas, conservadas y publicadas por David Wolff, permiten reconstruir lo que hizo.

En abril de 1967 la entrada del esperanto desapareció de la tabla después de que el lingüista Gerd Fraenkel la criticara. Culbert protestó ante el editor con una carta larga y nada amable, donde defendía su método:

«he conducido personalmente un muestreo estratificado in situ de poblaciones en decenas de países durante un período de más de veinte años, dedicando centenares de horas a intentar localizar a cada persona dentro de las áreas seleccionadas de los países seleccionados que cumpliera mis criterios de «hablante de esperanto»»

Culbert a Albert C. Aumuller, World Almanac, 25 de abril de 1967

En aquel momento la cifra que defendía era un millón, no dos. Lo deja claro una carta de enero de 1969 al presidente de la Sociedad de Esperanto de Cincinnati, que le reprochaba que la cifra era demasiado baja:

«Cuando —y si— encuentre posible aumentar mi estimación a unos dos millones redondeados, puede estar seguro de que lo haré con un placer considerable.»

Culbert a Ronald L. Burris, 24 de enero de 1969

La descripción del método no llega hasta octubre de 1989, en una carta a David Wolff. Es el documento que más falta hacía y el que menos se ha leído, y lo que describe es un trabajo de campo serio.

En Francia, en 1958-59, Culbert eligió al azar catorce de los noventa y ocho departamentos, los recorrió uno por uno entrevistando a esperantistas activos y pidiéndoles que estimaran cuántos hablantes había en el suyo, y después intentó contarlos de verdad siguiendo todas las pistas. En dos departamentos elegidos también al azar se quedó un mes haciendo una búsqueda exhaustiva, y encontró el doble de hablantes de los que conocían las personas entrevistadas. De ahí sacó su regla: la mediana de las estimaciones de los informantes se acercaba bien al recuento real, mientras que la media salía siempre demasiado alta por culpa de uno o dos optimistas.

No siempre pudo acabar el trabajo. En Alemania Occidental lo dejó por falta de tiempo, y en la República Democrática Alemana no contactó con ningún esperantista para no comprometerlo: la policía secreta lo vigilaba las veinticuatro horas.

Y en la misma carta viene la parte decisiva, la que casi nunca se menciona cuando se cita la cifra:

«Procedimientos de muestreo más groseros a finales de los años cincuenta ya me habían llevado a estimar que el número de hablantes llegó al millón hacia 1956. No fue hasta 1988 que la estimación llegó a un punto donde me sentí justificado para redondearla hacia arriba hasta dos millones en lugar de hacia abajo hasta un millón. […] Es del todo posible que el número actual de hablantes no sea superior a un millón pero, como el error puede operar en cualquier dirección, podría ser ya más alto que dos millones.»

Culbert a David Wolff, 24 de octubre de 1989

O sea: los «dos millones» no son una medida, son el resultado de redondear una única cifra que estaba a medio camino entre un millón y dos, y su autor decía explícitamente que podía ser la mitad. La cifra es de 1988 y, cuando Culbert murió en 2003, nadie retomó el trabajo.

Conviene decir también que Culbert no era ningún propagandista. En la misma carta rechaza las cifras de ocho y quince millones que circulaban, y añade:

«La tendencia a sobrestimar el número de hablantes de la propia lengua no es infrecuente. Los hablantes de francés, de inglés y, ay, de esperanto figuran entre los infractores más descarados en este aspecto.»

La estimación de Facebook: dos millones, otra vez

En 2015 el astrofísico Amri Wandel, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, publicó una estimación nueva en una revista con revisión por pares. El resultado volvía a ser dos millones, pero por un camino completamente distinto: los perfiles de Facebook que declaraban hablar esperanto.

El cálculo es explícito, y el artículo lo reproduce en una nota:

320.000 × 10 × ½ × 3 × 40 % = 1.920.000

Amri Wandel, How Many People Speak Esperanto? Or: Esperanto on the Web, INDECS 13(2), 2015, p. 321

Es decir: 320.000 perfiles de Facebook declaraban esperanto a finales de 2014; Facebook cubría aproximadamente el 10 % de la población mundial (×10); solo la mitad de las declaraciones son fiables (×½); solo uno de cada tres hablantes que usan Facebook sabe que puede declararlo y lo ha hecho (×3); y la extrapolación solo vale para el 40 % de la población que entonces tenía internet (×40 %).

Wandel valida el método comparándolo con lenguas que sí tienen censo: en francés, Facebook daba 42 millones sobre 190 millones de hablantes; en alemán, 23 sobre 200; en hebreo, 1,3 sobre 9. Entre el 10 y el 20 %, por tanto, y 320.000 sobre dos millones encaja.

Pero el mismo artículo incluye la prueba que lo desmonta, y es honesto reproducirla en sus palabras:

«Sin embargo, tomando un caso muy distinto —la lengua ficticia klingon […]— se obtienen 250.000 usuarios de Facebook que afirman hablarla. Esta cifra probablemente debería asociarse con el número de fans de Star Trek más que con los hablantes de la lengua klingon.»

Exactamente. Un perfil de Facebook mide identificación con una lengua, no capacidad de mantener una conversación en ella. Y si a esos 250.000 se les aplica la fórmula entera —×10, ×½, ×3, ×40 %— el resultado son un millón y medio de hablantes de klingon, de una lengua de la que se conocen unas pocas decenas de hablantes competentes. Wandel ve el problema y lo escribe; lo que no hace es aplicarse el mismo escepticismo al esperanto.

Para qué se usa la cifra: Poznań, 2024

Podría parecer que todo esto es una discusión de aficionados a las estadísticas. No lo es, y hay un caso reciente que lo muestra bien.

Ilona Koutny dirigió los Interlingvistikaj Studoj de la Universidad Adam Mickiewicz de Poznań, probablemente la enseñanza universitaria de esperanto más amplia y más oficial de las últimas décadas, de 1998 a 2024. En una entrevista de octubre de 2024, explicando por qué el esperanto debería tener lugar en el sistema educativo, argumentaba así:

«Una lengua con 2 millones de hablantes —como se puede oír, Amri Wandel habla incluso de 3 millones— debería aparecer en varios niveles del sistema educativo oficial.»

Ilona Koutny en Libera Folio, 8 de octubre de 2024

No es una cifra de propaganda ni de redes: es la que usa, de buena fe, una catedrática de interlingüística para negociar con su universidad. Y es exactamente por eso que importa que no esté fundamentada. Fijaos, además, en que la cifra ha crecido por el camino: Wandel, que en 2015 calculaba dos millones, ya habla de tres.

Y la misma entrevista contiene el contrapunto. Los estudios de máster abrieron en 2022 con diez estudiantes chinos, y entonces:

«Pero después del exitoso primer año no se inscribió nadie de todo el mundo excepto 5 estudiantes chinos. Eso no bastaba para relanzar los estudios […] de manera que el único experimento exitoso acabó por la debilidad del movimiento esperantista.»

De ahí no se deduce ninguna cifra: un máster de interlingüística en Polonia es una oferta muy específica y cualquier lengua tendría dificultades para llenarlo. Pero es otro de esos datos que la hipótesis de los dos millones debería explicar. Koutny lo resume en una frase que vale para todo este artículo: «En la universidad conseguí convencerla; los únicos a los que no conseguí convencer de la utilidad de estudiar fueron los esperantistas.»

Una estimación moderna: 63.000, con un margen enorme

El intento cuantitativo más serio de los últimos años es el del danés Svend Vendelbo Nielsen, publicado en enero de 2018. En lugar de extrapolar de una sola fuente, combina los pocos censos de población que permiten declarar el esperanto —Lituania (2011), Estonia (2011), Nueva Zelanda (2006) y Rusia (2010)— con indicadores de la comunidad: socios de UEA, usuarios de Lernu, Edukado.net, Pasporta Servo, asociaciones nacionales y otros servicios.

La estimación central de su modelo es de 62.983,9 hablantes. La cifra decimal hace reír y ese es exactamente el punto: es la salida de un modelo, no un recuento. Cuando Nielsen incorpora la incertidumbre de la extrapolación, el intervalo ancho va aproximadamente de 31.000 a 183.000 personas —un factor de seis entre los dos extremos.

Eso no quiere decir «en realidad hay 63.000». Quiere decir que un modelo construido sobre datos observables produce un orden de magnitud de decenas de miles, y que ni siquiera ese orden de magnitud está cerrado.

Por eso no daremos «nuestra cifra»

Sería tentador cerrar el debate diciendo: no somos dos millones, somos sesenta y tres mil. Pero eso tampoco lo sabemos. Quizá son 40.000, quizá 80.000, quizá 150.000. Y el resultado dependerá siempre de la definición de hablante.

Por tanto, cambiemos de pregunta:

¿Qué dimensión tiene la comunidad que sí podemos observar?

Ninguno de los indicadores que vienen ahora es un censo, y ninguno incluye a todos los hablantes. Pero todos son contados, publicados y comparables consigo mismos año tras año.

Los congresos mundiales

El Universala Kongreso, que UEA organiza cada año desde 1905, es la serie continua más larga que tenemos. El récord absoluto es el de Varsovia 1987, con 5.946 inscritos: era el centenario del esperanto y se hacía en Polonia. El segundo es Núremberg 1923, con 4.963. En el otro extremo, los dos congresos más pequeños de la historia son San Francisco 1915 (163 inscritos) y Washington 1910 (357).

Esas dos cifras del principio de siglo ya avisan del problema principal de la serie: el lugar importa muchísimo. La asistencia a un UK depende de la distancia a los núcleos esperantistas, del precio de los vuelos, del coste del alojamiento, del poder adquisitivo de los posibles participantes, de los visados y de las vacaciones. Un UK en Europa Central no es comparable con uno en el África subsahariana. Interpretar una bajada entre dos congresos consecutivos como una caída equivalente del número mundial de hablantes sería un error.

La manera de neutralizarlo es mirar décadas enteras, y mirar por separado los congresos europeos:

Figura 2
Figura 2

Barras: media de todos los congresos de la década. Línea: media solo de los congresos celebrados en Europa. Cálculo propio sobre la lista histórica de los UK del CO de la UEA, añadiendo Graz 2026. Las décadas de 1910 y 1940 están incompletas por las dos guerras.

La forma de las dos líneas es la misma, y ese es el resultado que importa: el máximo es la década de 1980 (2.643 de media; 3.057 en los congresos europeos) y desde allí la serie cae sin parar hasta los 1.058 de la década actual. No es un efecto de la geografía, porque los congresos europeos solos caen igual.

Los últimos diez años lo concretan. En 2019 Lahti fue el UK europeo más pequeño de toda la posguerra: 917 inscritos según la lista del CO de la UEA, 904 según el comunicado de UEA que citó Libera Folio. Siguieron Montreal 2022 (859), Turín 2023 (1.318), Arusha 2024 (854), Brno 2025 (1.132) y Graz 2026, que abrió el 2 de agosto con 1.128 inscritos de 62 países. En los años ochenta y noventa los congresos europeos de dos y tres mil participantes eran normales; desde 2010, pasar de 1.500 se ha vuelto excepcional.

Eso no permite concluir que el número mundial de hablantes haya bajado en la misma proporción. Permite afirmar algo más limitado, pero firme: el esperantismo organizado ha perdido alrededor del 60 % de su capacidad de movilización desde los años ochenta.

¿Y si el problema es que viajar cuesta dinero?

Un congreso presencial exige tiempo, transporte, alojamiento y, según el país, visado. Es perfectamente posible que haya muchos hablantes que nunca asistirán a uno. Por eso el Virtuala Kongreso, que UEA organiza desde 2020, es un experimento natural interesante: desaparecen casi todas esas barreras.

Figura 3
Figura 3

Barras: Universala Kongreso presencial. Línea: Virtuala Kongreso. En 2020 y 2021 el congreso presencial se canceló por la covid y el virtual lo sustituyó —además, era gratuito para los socios de UEA—, y por eso son los dos más grandes. La cifra de 2022 es el mínimo: había más de 1.450 inscritos y participaron efectivamente cerca de mil personas.

El VK de 2024 registró 1.256 personas de 89 países. La inscripción tampoco es un experimento perfecto: las condiciones cambian cada edición y la vinculación con UEA puede ser una barrera. Y, sobre todo, inscribirse en un congreso no es hablar esperanto, y no inscribirse tampoco es no hablarlo: muchos hablantes competentes saben que el congreso virtual existe y simplemente no les interesa.

Pero el dato sigue siendo informativo. Si hubiera dos millones de hablantes funcionales, es legítimo preguntarse por qué un evento mundial al que se puede acceder desde casa moviliza del orden de un millar de personas y no decenas de miles. No es una refutación matemática de los dos millones: es un dato que cualquier hipótesis de dos millones de hablantes activos debería explicar.

Los socios, la revista y los certificados

Las cifras de UEA son la serie más larga y más limpia que existe, porque se publican cada año con el mismo criterio. Renato Corsetti, expresidente de la asociación, las resumía así en 2020: en 1948 UEA tenía 17.707 socios en total; en 1966 llegó a 32.202; en 2019 tenía 12.779.

Los socios individuales —los que pagan la cuota directamente— tocaron fondo en 2019 con 4.162, la cifra más baja desde la crisis de los años treinta, cuando la asociación se escindió en dos. Conviene decir que desde entonces se ha recuperado ligeramente: 4.700 en 2023, y la misma Libera Folio constataba en 2025 que «la cantidad de socios individuales durante los últimos años crece un poco». La caída de la serie larga es real; la del último lustro, no.

Lo que sí cae sin pausa es la revista Esperanto, el órgano de la asociación. Superó en algún momento los 9.000 ejemplares; en 1994, ya desaparecido el bloque soviético y sus suscripciones colectivas, todavía pasaba de los 5.000. En 2024 la recibieron 1.417 personas, 110 menos que en 2023.

¿Y los certificados? Podría parecer que contar a los diplomados resuelve el problema de la definición, y en parte es cierto: quien tiene un B2 puede mantener una conversación, sin discusión. El sistema internacional UEA-KER lleva 2.945 personas aprobadas desde finales de 2008 —889 de B1, 865 de B2, 1.122 de C1 y 69 de C2— según la base pública de Edukado.net.

Pero como medida del total es pésima, y lo sabemos de primera mano: en el Grupo de Esperanto de Valencia, las personas de quienes sabemos que tienen una certificación formal se cuentan con los dedos de una mano, y tenemos muchas más personas perfectamente capaces de conversar. Un certificado es una prueba excelente de competencia para quien lo ha sacado, y un indicador malísimo del número total de hablantes. Vale como suelo: hay al menos tres mil personas que han demostrado ante un tribunal que saben.

¿Por qué no son muchas más? Koutny, que pasó veintiséis años formando esperantólogos en Poznań, da una explicación incómoda: «Los esperantistas prefieren convencer a otros para que aprendan esperanto, pero consideran que ellos mismos ya no necesitan aprender más.» Es una opinión suya, no un dato, pero viene de alguien que tuvo el aula delante durante más de dos décadas.

La distancia entre ese suelo y el techo la mide bien Duolingo. Enric Baltasar, uno de los voluntarios valencianos que construyeron el curso de esperanto para castellanohablantes, calcula que la versión castellana llegó a un pico de 367.000 aprendientes activos y que, sumando todas las versiones, el curso acumuló 1,7 millones de inscripciones; pero estima que la castellana produjo unas 36.500 finalizaciones, alrededor de un 5 %. Duolingo no ha publicado nunca una auditoría de estas cifras, así que son la estimación de un antiguo colaborador. Aun así, el orden de magnitud dice lo que importa: entre haber empezado el esperanto y haberlo acabado de manera que te sirva para hablar hay un factor de veinte. Los diez millones y los diez mil de Lindstedt son la misma gente, filtrada.

Pasporta Servo

Pasporta Servo, la red de alojamiento entre esperantistas que gestiona TEJO, es el único indicador de los grandes que crece.

Figura 4
Figura 4

Atención: el eje horizontal no es proporcional al tiempo, son los años de los que tenemos dato. La caída de 2010 a 2017 corresponde al paso del libro impreso a la web, que obligó a todo el mundo a reconfirmarse.

De 39 anfitriones en 19 países en 1974 a 2.267 en 123 países y 1.670 ciudades según la página del servicio consultada el 2 de septiembre de 2026. La campaña para 2026 habla de «más de 2.400 anfitriones de 121 países»; las dos cifras provienen de la misma entidad y no cuadran exactamente, probablemente porque una cuenta cuentas registradas y la otra anfitriones confirmados.

El cambio más interesante, sin embargo, no es el número. Es que ya no hace falta alojar a nadie. La web actual acepta que un anfitrión se limite a

«recibir a un huésped en casa para comer platos cocinados por ti», «guiar a un huésped por tu ciudad para ver los tesoros culturales e históricos más bonitos», o «encontrarse con un huésped en una cafetería, restaurante o bar local para conocerse cómodamente»

No hace falta tener una cama libre. Eso convierte Pasporta Servo en algo muy próximo a un directorio de personas dispuestas a hablar esperanto con un desconocido —cosa que, como es exactamente la definición operativa de hablante que buscábamos, merece un artículo aparte.

Amikumu: el único sitio donde la gente declara su nivel

El indicador que más se acerca a la pregunta que nos hacíamos al principio es Amikumu, la aplicación que Chuck Smith y Richard Delamore lanzaron el 22 de abril de 2017 para encontrar hablantes de tu lengua cerca de ti. Nació solo para el esperanto y cuatro meses después se abrió a todas las lenguas, pero el esperanto sigue siendo en ella el segundo idioma, solo por detrás del inglés.

Y publica lo que nadie más publica: cuánta gente ha declarado cada lengua y en qué nivel.

Total Nativo Avanzado Intermedio Principiante
Inglés 21.602 7.874 6.569 4.958 2.189
Esperanto 16.615 292 2.040 4.201 10.041
Castellano 8.812 2.558 1.243 1.974 3.037

Estadísticas públicas de Amikumu, consultadas el 2 de septiembre de 2026. La tabla completa tiene 748 lenguas.

La forma de esa columna es lo que importa. Dos tercios de quienes declaran esperanto en Amikumu se declaran principiantes, y solo 2.332 dicen ser nativos o avanzados. Es, en pequeño y con datos reales, la misma pirámide que Lindstedt dibujó con potencias de diez.

Ahora bien, la cifra tiene el defecto que ya hemos visto en todos los contadores acumulativos: no tiene reloj. Las estadísticas no llevan fecha, no distinguen entre una cuenta activa y una abandonada, y suman todo lo que ha entrado desde 2017; la última actualización de la aplicación para Android es de diciembre de 2023. Los 292 «nativos» tampoco hay que confundirlos con denaskuloj verificados: es una casilla que cada cual marca.

Con esas reservas, 16.615 declaraciones de nivel sigue siendo el retrato más detallado que hay de cómo se distribuye la competencia dentro de la comunidad.

El indicador que nadie mira: quién escribe

Hay una serie pública, mensual y reproducible que no aparece nunca en estos debates: la gente que edita la Wikipedia en esperanto. La Fundación Wikimedia publica cada mes cuántas personas registradas han hecho cinco o más ediciones. No es una encuesta ni una declaración de perfil: es gente escribiendo esperanto.

Figura 5
Figura 5

Cálculo propio a partir de la API de estadísticas de Wikimedia, sumando los tramos de 5-24, 25-99 y 100 o más ediciones mensuales. 2026 incluye los siete primeros meses.

El máximo es de 2008, con 145 editores mensuales de media; hoy son 79. Es una caída del 45 % en dieciocho años, y es mucho más suave que la de los congresos. También es mucho más pequeña en términos absolutos: la comunidad que escribe esperanto enciclopédico cada mes cabe en un autobús.

La fotografía de la Esperantujo observable

Indicador Cifra Año Qué mide de verdad
Editores activos de la Wikipedia en esperanto 79 2026 escriben esperanto cada mes
Inscritos en el Universala Kongreso (Graz) 1.128 2026 implicación internacional fuerte
Inscritos en el Virtuala Kongreso 1.256 2024 participación sin barreras geográficas
Receptores de la revista Esperanto 1.417 2024 vínculo sostenido con la asociación
Anfitriones de Pasporta Servo 2.267 2026 disposición a recibir a desconocidos
Certificados UEA-KER de B1 a C2 2.945 2008-2026 competencia acreditada ante un tribunal
Socios individuales de UEA 4.700 2023 pagan una cuota internacional
Socios totales de UEA con asociaciones nacionales 12.779 2019 pertenencia organizada
Perfiles de Amikumu con nivel declarado 16.615 2026 nivel autodeclarado, acumulado desde 2017
Numerados en el Adresaro de Zamenhof 21.915 1889-1909 traducción hecha y cuota pagada
Perfiles de Facebook que declaran esperanto 320.000 2014 identificación con la lengua

Estas cifras no se suman y no miden la misma población: la misma persona puede estar en varias filas a la vez, y los años van de 1889 a 2026. Ordenadas en escala logarítmica queda claro lo que pasa cuando se baja el listón:

Figura 6
Figura 6

Escala logarítmica: cada unidad del eje vertical multiplica por diez. Las cifras exactas y los años, en la tabla de arriba.

Del centenar de editores mensuales de la Wikipedia a los 320.000 perfiles de Facebook hay tres órdenes de magnitud y medio. La distancia entre uno y otro no es un error de medida de nadie: es exactamente lo que Lindstedt decía en 1996.

Y hay un dato incómodo en medio de la tabla: el segundo indicador más alto es de 1909. Los 21.915 numerados del Adresaro superan cualquier recuento moderno que exija algo más que marcar una casilla, y los superan cuando la lengua tenía veintidós años y el movimiento cabía en unas cuantas revistas. Se puede objetar que la cifra era acumulativa y que no descontaba a nadie —es cierto—, pero también lo son los 16.615 de Amikumu y los 320.000 de Facebook, y aquellos habían enviado una traducción hecha a mano.

¿Está el esperanto en declive?

Los datos de los congresos y de la revista indican con bastante claridad que el esperantismo asociativo tradicional ha perdido capacidad de movilización respecto del siglo XX. Eso es un dato. Saltar de ahí a «la lengua está desapareciendo» no lo es. Hay al menos tres hipótesis compatibles con lo que vemos:

  1. Hay menos hablantes. Parte de la reducción institucional reflejaría una disminución real de la comunidad lingüística.
  2. Hay hablantes, pero menos asociacionismo. Mucha gente sigue aprendiendo y usando el esperanto sin ver la necesidad de afiliarse ni de pasar una semana en un congreso.
  3. La comunidad se ha desplazado a internet. Redes, videoconferencias, Telegram, Discord y YouTube permiten usar el esperanto sin aparecer nunca en las estadísticas de UEA ni de un grupo local.

La segunda y la tercera no son especulación nuestra: es lo que dice la misma dirección del movimiento. Preguntado por la caída de socios, el entonces presidente de TEJO, Joop Kiefte, contestaba:

«La disminución es irónicamente el resultado de un desarrollo extremadamente positivo, es decir, internet. Las funciones históricas de UEA ahora están completamente cubiertas por un uso sencillo de internet, y necesitamos tiempo para encontrar nuevas maneras de hacer atractiva la afiliación.»

Libera Folio, 7 de marzo de 2020

Que la caída de los socios mida la crisis de la asociación y no la de la lengua es una hipótesis razonable. El problema es que no tenemos ninguna manera de comprobarla, porque lo único que sabemos contar son precisamente los socios.

Ser pocos no es un fracaso

Puede haber la tentación de pensar que publicar cifras bajas perjudica al esperanto. Pensamos justamente lo contrario, y por tres razones.

La primera es que inflar la cifra no funciona. Cuando una persona descubre que los indicadores observables no corresponden con la magnitud anunciada, no empieza a dudar solo de ese dato: empieza a dudar del resto de lo que le contamos.

La segunda es interna, y es peor. Si creemos que tenemos dos millones de hablantes cuando la comunidad funcional es mucho menor, no podemos saber si crecemos o disminuimos, no podemos medir la efectividad de los cursos, no podemos estimar cuántos alumnos se quedan, no podemos saber si hay relevo generacional y no podemos distinguir la crisis de las asociaciones de la crisis de la lengua. Medir bien no es hablar mal del esperanto: es la condición para decidir qué hacer con él.

La tercera es que la cifra no es el criterio. Una lengua publicada en 1887, sin estado, sin territorio, sin escolarización obligatoria y sin industria cultural que imponga su uso, sigue permitiendo que gente de decenas de países se conozca y converse sin recurrir a la lengua nacional de ninguno de los dos. Que la comunidad sea menor de lo que habíamos imaginado no hace el fenómeno menos interesante. Y quizá el esperanto no será nunca una lengua de masas: podría seguir existiendo como una lengua internacional de nicho, con una comunidad pequeña pero lo bastante activa, distribuida y conectada para que quien la aprenda pueda usarla de verdad.

En ese caso las preguntas útiles ya no son cuántos millones somos, sino cuántas personas pueden mantener una conversación, cuántas la usan cada año, si entran hablantes nuevos a un ritmo suficiente, si los estudiantes llegan a niveles funcionales, si hay relevo generacional y si un hablante puede encontrar interlocutores, encuentros, libros y música. Una comunidad pequeña y activa es lingüísticamente más viable que una población teórica mucho más grande formada por gente que estudió la lengua alguna vez.

Entonces, ¿cuántos hablantes tiene el esperanto?

No lo sabemos, y después de revisar las fuentes nos resistimos deliberadamente a dar una cifra.

Sabemos que las estimaciones dependen enormemente de qué consideremos «hablante». Sabemos que los famosos dos millones son un redondeo de 1988 que su autor advertía que podía ser el doble de lo que tocaba. Sabemos que la reedición de 2015 de la misma cifra, por la vía de Facebook, produce un millón y medio de hablantes de klingon si se le aplica el mismo método. Sabemos que un modelo basado en censos reales produce decenas de miles, con un factor de seis de incertidumbre. Y sabemos que todos los indicadores contables de la comunidad —congresos, socios, revista, certificados, Pasporta Servo, Wikipedia— se mueven entre las decenas y las decenas de miles, no en los millones.

También sabemos que ninguno de esos indicadores incluye a todos los hablantes, y que la distancia entre lo que vemos y lo que hay es precisamente lo que nadie ha medido desde 1909.

La respuesta rigurosa sigue siendo la misma:

No sabemos cuánta gente habla esperanto.

Ahora bien, hay una asimetría que cuesta explicar. Zamenhof, sin teléfono y con el correo postal del imperio ruso, sabía el nombre y el número de cada persona que había demostrado que sabía esperanto. Nosotros, con toda la comunidad conectada, tenemos que deducirlo de cuánta gente se inscribe en un congreso. Quizá no hace falta una nueva extrapolación ingeniosa: quizá lo que hace falta es volver a hacer lo que ya se hacía. De eso hablamos en el segundo artículo.


Fuentes

Los enlaces del texto llevan a la fuente de cada dato. Además:

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