A los dieciséis años no sabía qué era el esperanto. A los veintidós presidía TEJO, la organización mundial de la juventud esperantista, y era el único valenciano que lo ha hecho nunca. Cinco meses después dimitía, y desde entonces no ha vuelto al movimiento. En medio hay un club de adolescentes en Oliva, una asociación que fundó a regañadientes, el curso de esperanto de Duolingo para hispanohablantes, dos congresos y un informe que le decía al movimiento que se estaba contando mal.

Enric Baltasar ante un ventanal, con los rascacielos de Bangkok iluminados detrás.
Desde su casa de Bangkok, donde vive desde hace unos cuatro años, durante la entrevista del 13 de septiembre de 2026.
La cronología, de un vistazo
1994
Nace en Oliva.
2010 o 2011
A los dieciséis años, discutiendo sobre el inglés en el patio del instituto, se
propone inventar una lengua más fácil y acaba encontrándose el esperanto. (tercero de ESO)
2012
Funda el Club de Esperanto de Oliva. (uno o dos años después de aprenderlo)
Enero de 2013
Traduce «A picar pedra», su primera traducción conocida.
27 de febrero de 2013
Queda inscrita la Asociación Valenciana de Esperanto, que funda a regañadientes
para poder organizar el encuentro. (con 18 años)
21-23 de junio de 2013
Encuentro Valenciano de Esperanto en Oliva, el primero que organiza.
Septiembre de 2013
Traduce a Estellés para la IV Festa Estellés de Valencia.
1-3 de mayo de 2015
Preside el comité local del 74.º Congreso Español, en Cullera.
(dos años después de Oliva, con 20 años)
16 de octubre de 2015
El curso de esperanto de Duolingo para castellanohablantes, que ayuda a
construir, entra en la Incubadora, el programa donde los voluntarios construían los cursos
nuevos.
7 de marzo de 2017
Firma el KODEJO 2016, el informe sobre el estado del movimiento juvenil mundial.
Agosto de 2017
El comité de TEJO lo elige presidente. (seis años después de saber qué era el esperanto)
31 de diciembre de 2017
Dimite. (cinco meses de mandato)
Desde entonces
Fuera del movimiento. Vive en Bangkok desde hace unos cuatro años.
«¡Vamos a hacerlo!»
Tenía dieciséis años e iba a tercero de ESO cuando, en el patio del instituto, se quejaba con un amigo de clase de tener que aprender inglés: «es una lengua de mierda, no nos gusta cómo suena; sería mejor que todo el mundo aprendiera castellano». Y se quedaron tan anchos: «los dos nos quedamos como “somos los más inteligentes de la clase”», cuenta él mismo, riéndose.
Después lo pensó y vio que no tenía sentido —«el castellano también es complicado; no es lo mismo que un chino aprenda castellano que que lo haga un francés»— y llegó a la conclusión de que haría falta una lengua más fácil, que no existía. «Pues la haremos», decidió, «como un flipado». Su madre había estudiado lingüística en la universidad, y él se puso a leer sobre el tema. Al cabo de un par de semanas se encontró con una cosa que se llamaba esperanto y que ya hablaba gente.
Miró por encima otras lenguas construidas —el toki pona, que tiene poco más de cien palabras, o la interlingua, hecha con el vocabulario común de las lenguas románicas— y decidió que, aunque había cosas del esperanto que no le convencían, «crecer desde cero es una de las cosas más complicadas». Se puso a aprenderlo de verdad.
El motivo era práctico y no ideológico. Calculaba que había pasado una decena larga de años en clases de inglés en el colegio y que salía de ellas sin saber hablarlo. La conclusión que sacó no era contra la escuela sino a su alrededor: si el sistema educativo no se puede cambiar, al menos se puede introducir una lengua lo bastante fácil como para que la gente la absorba aunque el sistema no acompañe.
Oliva, 2012: un club sin papeles

Mapa de la costa valenciana con Castellón y Alicante en gris como referencia y, en color, Valencia, Sueca, Cullera y —más al sur y marcada en rojo— Oliva.
Toda esta historia pasa en sesenta kilómetros de costa: Oliva, donde él vivía; Cullera y Sueca, donde se harían el congreso y el curso de 2015; y Valencia, donde estaba el grupo que le propuso el encuentro. Mapa base de Miguillen (Wikimedia Commons), CC BY-SA 3.0; los puntos son nuestros.
En 2012 fundó el Club de Esperanto de Oliva con un grupo de jóvenes que se reunían cada semana, a menudo en casa de su abuelo. Nunca fue una entidad legal: tenían reglas básicas, un estatuto no registrado y cuotas —cinco euros, y después un poco más—, e incluso un sistema de cuota con dos o tres niveles, «porque con los niveles puedes medir el engagement de la gente» —el grado de implicación, si pagan más de lo que les toca—. Varias personas se subieron la cuota voluntariamente.
De aquel club sale la primera traducción literaria suya que conocemos, y no es la que uno esperaría: en enero de 2013 tradujo al esperanto «A picar pedra», una canción del grupo de heavy metal de un compañero del club, Vicent Collado Más. Fue a un par de ensayos para cuadrar el texto con la música. Nueve meses después traducía Vicent Andrés Estellés para la IV Festa Estellés de Valencia.
La asociación que no quería fundar
El Grupo Esperanto de Valencia le propuso que la Trobada Valenciana d’Esperanto de 2013 se hiciera en Oliva. Él dijo que sí, y entonces descubrió lo que cuesta organizar cualquier cosa.
Al principio fue bien: un conocido del pueblo le consiguió una reunión con la concejalía de cultura del ayuntamiento de Oliva y, cuenta él, salió muy bien. Después, silencio. Cuando volvió a contactar con el ayuntamiento, la respuesta fue otra: no le ayudarían en nada si no era una organización registrada, y además hacía falta un seguro de responsabilidad civil. La web ya estaba hecha, había gente inscrita y pagando, y el alojamiento reservado: no se podía cancelar.
Pidió cobijo a las entidades esperantistas ya registradas que podían ampararlo —la federación española y el Grupo Esperanto de Valencia, que en el registro es de ámbito provincial y por tanto también cubría Oliva— y, según cuenta, ninguna de las dos se lo dio: de la federación española dice que le respondieron que no lo conocían en persona, que no se fiaban y que no podían hacer nada; de Valencia, «no podem ajudar-te».
No era gente desconocida. El verano anterior, el 18 de julio de 2012, ocho miembros de su club habían cogido el tren en Oliva para ir a la sesión semanal del grupo de Valencia: charlaron, compraron libros y les regalaron un portabanderas.
Así que montó la Associació Valenciana d’Esperanto a toda velocidad, con dieciséis o diecisiete años, mientras cursaba un ciclo medio: junta directiva, estatutos, viajes a Oliva, Gandia y Valencia, y el seguro pagado de sus ahorros. «Interés cero» en hacerlo, dice. Quedó inscrita el 27 de febrero de 2013.
La trobada se hizo en junio y vino gente de Italia, de Alemania y de media España. De todo el movimiento organizado, la única asociación que lo ayudó fue la Kataluna Esperanto-Asocio, la de los esperantistas catalanes, que le envió libros para las clases y le dio apoyo; con TEJO, los únicos.
Conviene pararse un momento en lo que eso significa. Un chico de dieciséis años dice que sí a organizar un encuentro, y el resultado es que el ayuntamiento de su pueblo lo deja esperando, que las dos entidades que sí podían ampararlo legalmente le dicen que no —una de ellas, el grupo que le había propuesto el encuentro—, y que las únicas que le tienden la mano son las que, por ámbito territorial, no podían hacerlo: una asociación de otra comunidad y una organización internacional. Al final acaba fundando una asociación que no quería, haciendo papeles en tres ciudades y pagándose el seguro y la web de sus ahorros. Nada de eso entraba en sus cálculos cuando aceptó.
El curso de Duolingo
En 2015 entraba en el equipo de voluntarios que construía el curso de esperanto de Duolingo para hispanohablantes. El equipo lo había empezado Chuck Smith con un voluntario, y fue creciendo porque había mucho trabajo. El curso llegó a 367.000 aprendices activos y, sumando todas las versiones, a 1,7 millones de inscripciones.
En 2021 Duolingo acabó con el modelo de voluntariado y pagó a los colaboradores según la contribución: al que más había hecho, un chico de Argentina, le dieron unos 20.000 dólares.
Cullera, 2015
Aquel mismo año presidía el comité local del 74.º Congreso Español de Esperanto, en Cullera —«la prezidanto de la LKK Enric Baltasar», dice el Boletín de la federación, donde LKK son las siglas de Loka Kongresa Komitato, el comité que organiza el congreso en el pueblo donde se hace—, que se celebró del 1 al 3 de mayo y que se llenó de jóvenes. Él lo recuerda de otra manera: dice que lo propuso al grupo de Valencia, que varias personas se ofrecieron a ayudar y que al final «no hizo absolutamente nada nadie», y que lo tuvo que organizar todo él. Dos meses después, en julio, todavía organizaba un fin de semana de curso en Sueca.
El congreso que presidía llevaba un lema, y así consta en el programa que publicó el Boletín 409 de la federación: «Novaj perspektivoj», nuevas perspectivas. Es difícil no leerlo al lado de lo que escribiría dos años después en el KODEJO y de lo que sigue diciendo hoy: que el problema del movimiento no es la lengua, sino cómo se organiza para difundirla.
TEJO: los números del movimiento
En TEJO entró primero sin cargo, después como responsable de la comisión europea y después como estrarano —miembro de la junta— de landa agado y fakaj sekcioj: la actividad de las asociaciones de cada país y la de las secciones temáticas, es decir, todo el entramado de la red mundial.
De esa etapa queda un documento que vale por toda una tesis: el KODEJO 2016, el informe sobre el estado del movimiento juvenil que firmó el 7 de marzo de 2017. Contó sesenta países y concluyó que, de las 46 secciones nacionales que TEJO tenía sobre el papel, solo 29 daban señales de vida. Proponía dar de baja trece. Y abría con una frase que es todo su pensamiento en nueve palabras: «informado ne estas celo, sed agado» — informar no es ningún objetivo, es una actividad.
En agosto de 2017 el comité lo elegía presidente. Cambió la duración del mandato de dos años a uno —y lo criticaron mucho— para forzar al movimiento a mirarse un problema: que la mayor parte de los cargos no llegan ni a la mitad del mandato. Lo dice sin rodeos: ha habido cargos elegidos que no han hecho nunca nada y cargos que desaparecen cuatro meses, y es «un modelo que prácticamente no genera resultados y que en cualquier empresa despedirías al 90 % de la gente a las dos semanas». Y cierra donde hay que cerrar, que no es en las personas: «al final no es que una persona tenga la culpa; nadie tiene la culpa: es un tema de que el sistema favorece esta ineficiencia y estos no-resultados».
Lo que hizo esos cinco meses consta en la memoria anual de TEJO. Su junta escribió el plan estratégico 2018-2020 y el plan de realización para 2017-2018, y el Comité los aprobó en la reunión de Polonia de finales de 2017.
Es la misma reunión en la que dimitió. El Comité le aprobaba el plan de trabajo de los tres años siguientes y él se marchaba de ese mismo acto.
Y quien llevaba la comunicación de la organización lo valora así en la misma memoria:
«La tiama prezidanto Michael Boris Mandirola kaj la respondeculo pri merkatiko (kaj poste prezidanto) Enric Baltasar, havis gravegan rolon en la progreso kaj bonaj atingoj de la komunikado en la organizo. Ili kunagadis por renovigi kaj pliprofesiigi la organizon kaj kreis bonan merkatikan direkton.»
«El presidente de entonces, Michael Boris Mandirola, y el responsable de marketing —y después presidente— Enric Baltasar tuvieron un papel importantísimo en el progreso y en los buenos resultados de la comunicación de la organización. Trabajaron juntos para renovar y profesionalizar la organización y crearon una buena dirección de marketing.» (La traducción es nuestra.)
El 31 de diciembre de 2017 dimitió, cinco meses después de asumir el cargo. La carta que publicó en tejo.org el 2 de enero dice:
«Por Esperanto mi decidis agadi antaŭ ol eklerni, kaj al la demando kiun mi aŭdis mil fojojn “Kiel vi sola ŝanĝos la mondon?”, nun mi povus senhezite respondi ke mia laboro atingis centojn da miloj da homoj. Ni ne estas solaj; ni komencas per niaj revoj, kaj ili flamigas la mondon. Ni kapablas ĉion.
[…] hodiaŭ mi devas fari parentezon kaj entrepreni doloran decidon demisiante kiel prezidanto ĉar, pro personaj kialoj, mi ne povas doni la maksimumon de mi. […] Mia pasio nur povas kreski. La fokuso pri ŝanĝoj kaj rezultoj restas. Ni revidos nin en la sekva batalo. […] Sed memoru: TEJO devas esti platformo por la junulara Esperanto-movado.»
«Por el esperanto decidí actuar antes de aprenderlo, y a la pregunta que he oído mil veces —“¿cómo vas a cambiar el mundo tú solo?”— ahora podría responder sin dudar que mi trabajo ha llegado a centenares de miles de personas. No estamos solos; empezamos por nuestros sueños, y ellos encienden el mundo. Lo podemos todo. […] Hoy tengo que hacer un paréntesis y tomar una decisión dolorosa dimitiendo como presidente porque, por motivos personales, no puedo dar lo máximo de mí. […] Mi pasión solo puede crecer. El foco en los cambios y en los resultados se queda. Nos volveremos a ver en la próxima batalla. […] Pero recordad: TEJO tiene que ser una plataforma para el movimiento esperantista juvenil.» (La traducción es nuestra.)
Lo que proponía y no se hizo
De cinco meses de presidencia y dos años de estrarano no queda ninguna reforma grande, pero sí una lista de propuestas concretas que valen por sí mismas:
Un manual de congresos. Cada IJK —el congreso mundial de la juventud— se monta desde cero: web nueva, formulario nuevo, programa copiado del de un año anterior. La propuesta era pagarle quinientos euros a alguien que ya haya organizado uno para que escriba diez páginas con cómo se hace un programa, y montar alrededor el onboarding que hace cualquier organización: te lo pasamos, te lo lees, te ponemos en contacto con quien hizo el programa hace tres años, dos llamadas de veinte minutos y un WhatsApp abierto para las dudas. Serviría igual para el congreso español o el valenciano. «No es difícil de hacer, ¿sabes? Pero nadie lo ha hecho.»
Miniprotocolos para las cosas de siempre. Un artículo o un vídeo de veinte minutos con cómo se prepara una charla o cómo se lleva una tertulia, para que quien lo hace por primera vez no tenga que decidirlo todo solo y el resultado no dependa de si se le dan bien las diapositivas.
Un certificado. Casi nadie hace los exámenes KER, los únicos internacionales de la lengua: los organiza UEA y siguen el Marco común europeo de referencia, el mismo que da los niveles A1, B2 o C1 en cualquier idioma. Cuestan dinero, tienen condiciones muy específicas y, sobre todo, empiezan en el B1: por debajo de ese nivel no hay nada que acredite nada, cuando lo que importa —decía él— es que la gente pase de cero a algo. La idea era pagar a un especialista húngaro para que estableciera una convalidación entre un examen propio de TEJO y el A1 del marco europeo de referencia, y expedir certificados, al menos en PDF. «No es lo mismo no tener certificado, que tener uno de una entidad que no conoces, que tener un examen que sigue el marco europeo.» (Lo dijo así, en castellano.) Empezó a trabajarlo con esa persona, dimitió antes de acabarlo y la junta que vino después no lo tocó. De todo lo que tenía entre manos, este es el proyecto que su marcha dejó a medias: no era una idea suelta, era algo que ya se estaba haciendo y que no continuó nadie.
Esa idea ha envejecido de una manera que él no podía prever: el sistema del que colgaba se ha hundido. Hungría tenía los únicos exámenes de esperanto reconocidos por un Estado, y en 2011 se hicieron 5.240 —era el tercer idioma más examinado del país—; en 2024 y en 2025, nueve cada año, según los datos de la Oficina de Educación húngara. Lo contamos con detalle en «Cuando el esperanto servía para sacarse la carrera en Hungría», y de cómo se certifica hoy el nivel hablamos en «¿Se puede certificar el nivel de esperanto?».
Dónde se queda la gente
Antes de hablar de modelos, lo que hizo fue ir a ver qué pasaba. Fue a tertulias de esperanto —konversaciaj rondoj— de varias ciudades, y su conclusión es dura: eran un desastre. Se hablaba sobre el esperanto, gramática incluida, y poco más; y de gente nueva que se quedara, ninguna.
La parte que vale la pena escuchar es la del sitio. Una tertulia en un bar de gente mayor, dice —«nada en contra»—, difícilmente atraerá a nadie de veinte años, porque la gente busca donde hay gente de su edad. Y si además se hace en una sede cerrada, a quien es nuevo «le da mucha cosa entrar». La comparación que hace es con los intercambios de idiomas, que se montan en bares y, si puede ser, en mesas de fuera: al aire libre intimida menos.
Él, cuando iba, hacía de moderador sin que nadie se lo hubiera pedido: si se hablaba demasiado del esperanto y de nada más, cambiaba de tema; si los nuevos no abrían la boca, les hacía preguntas. «Cosas básicas que no requieren esfuerzo», dice — y añade, sobre cómo lo hacía todo en aquellos años: «yo tampoco es que lo hiciera perfecto, evidentemente».
El vocabulario que no es del movimiento
Cuando explica por qué el esperanto no crece, no usa el lenguaje de dentro. Habla de adquisición, activación y retención, que son las tres fases con las que el marketing mide cualquier producto, y sitúa el problema en la segunda:
Que alguien llegue a saber que el esperanto existe y le llame la atención: una charla, un artículo, un vídeo, un curso que le sale en Duolingo.
Que haga algo: empiece el curso, entre en un grupo, escriba a alguien. Es aquí donde se pierde casi todo el mundo.
Que a los seis meses siga: que hable la lengua, que vuelva a un acto, que pague una cuota.
El esquema es nuestro; las tres fases son vocabulario corriente del marketing y Baltasar las usa tal cual. Lo que se pierde entre una casilla y la siguiente es el churn.
Convencer a alguien de que el esperanto es buena idea, dice, no es tan complicado. Conseguir que adopte un comportamiento —empezar un curso, entrar en un grupo— ya cuesta más. Y lo que pasa es que la mayor parte de los que empiezan no acaban en ninguna parte: ni terminan el curso, ni llegan a ningún grupo local, ni hacen nada en línea. La activación es prácticamente nula, y ese es el cuello de botella; la retención es baja porque la activación lo es.
Para explicarlo usa otra palabra del mismo campo, churn —la tasa de cancelación—, la proporción de gente que se va. En cualquier proceso se va gente; cuando se va casi el cien por cien, dice, significa una de dos: o el producto es malo, o la experiencia que se ofrece lo es.
Al lado pone lo que sí ha visto funcionar en otras organizaciones —Greenpeace, la asociación de estudiantes AEGEE— donde «el modelo de engagement está clarísimo»: es fácil encontrar qué hacer, es fácil que canalicen tu interés, y es fácil medir el impacto. Su ejemplo preferido es doméstico: en Greenpeace, cada responsable de comunicación local pasa una vez al mes los datos de sus redes a una hoja de cálculo, y por eso la organización puede decir cuántas visualizaciones ha tenido en el año. «¿Qué pueden decir los esperantistas? Nadie hace absolutamente nada de eso.»
Y de ahí sale la queja de fondo, que no es sobre las ideas sino sobre el oficio: que en el movimiento no hay prácticamente nadie que sea activista y que tenga a la vez experiencia real en marketing. Cuando se le pide que ponga nombres, no encuentra ninguno del que esté seguro.
Lo que él reivindica, cuando explica los experimentos que hizo con el argumentario al dejar TEJO, es «utilizar el método científico y modelos que ya están más que probados desde hace mucho tiempo en la promoción». Que es, en el fondo, la propuesta entera: que difundir una lengua es un oficio con técnica propia, y que el movimiento lo ha ejercido sin aprenderlo.
Después
Del esperanto ya no ha hecho vida. Vive en Bangkok desde hace unos cuatro años, trabaja en marketing y programación, y el contacto con el movimiento es puntual: una comida con el grupo de esperanto de la ciudad, una esperantista que pasa de visita. Lo último que hizo por el movimiento fue una formación a cuatro voluntarios en Toulouse, hace año y medio, a petición de un amigo de TEJO. De las cuatro personas, dos no estaban interesadas, una prefería escribir y la otra no lo quería hacer sola.
Qué deja
Una asociación que ya solo existe como un número en el registro de la Generalitat —CV-01-050737-V—, congelada en el tiempo y sin que nadie la haya reclamado nunca; un club que nunca existió legalmente; un curso de Duolingo por el que han pasado quizá medio millón de personas, dos congresos, un puñado de traducciones y un informe que nadie del movimiento ha continuado.
La federación valenciana, que para entonces llevaba ya seis años sin convocar su congreso, está hoy exactamente igual: tampoco se disolvió nunca ni se dio de baja, simplemente dejó de convocarse, y en el registro sigue inscrita y activa.
Y una desconfianza que le viene de aquel 2013 y que no se le ha pasado: las dos entidades esperantistas a las que pidió amparo —la federación española y el grupo de Valencia— le dijeron que no, y quien lo ayudó de verdad fue una asociación de otra comunidad y una organización internacional. Su lectura, trece años después, es que «no ayudaban en nada ni lo intentaban».
Y un diagnóstico, que es lo que más aguanta: que el problema del esperanto no es que la gente no lo conozca, sino que la mayor parte de los que empiezan no se queda en prácticamente nada: ni acaban el curso, ni llegan a ningún grupo, ni hacen nada en línea; que la palabra informado describe una actividad y no un resultado; y que la pregunta que se hace el movimiento —«¿por qué aprender esperanto?»— está mal formulada. La buena, decía, es «¿quién necesita el esperanto?». La lanzó una vez en Facebook y no le contestó nadie.
Y si alguien quiere aprovechar lo que hizo, todavía puede: el curso que ayudó a construir sigue vivo. No sale en el catálogo de Duolingo, pero se llega escribiendo la dirección — es.duolingo.com/course/eo/es/Aprender-esperanto. Once años después, y con él fuera del movimiento desde hace ocho, sigue siendo la puerta por la que entra más gente al esperanto en castellano.
Fuentes
- Enric Baltasar. Entrevista por videoconferencia, 13 de septiembre de 2026; notas nuestras.
- Boletín de la Federación Española de Esperanto, núms. 409 y 410 (2015), con el anuncio y la crónica del congreso de Cullera y la mención de él como presidente del comité local.
- Libera Folio, «Enric Baltasar nova prezidanto de TEJO» (10 de agosto de 2017), «Enric Baltasar kontentas pri unujara mandato» (17 de agosto de 2017) y «Demisiis la prezidanto de TEJO» (31 de diciembre de 2017).
- Baltasar, Enric. Raporto pri KODEJO 2016, TEJO, 7 de marzo de 2017.
- TEJO. Jarraporto 2017 (versión pública), de donde salen la aprobación del plan estratégico 2018-2020, la valoración de la comunicación y el texto de la carta de dimisión como anexo (PDF en el Internet Archive).
- Baltasar, Enric. «Letero de la prezidanto», tejo.org, 2 de enero de 2018, la carta de dimisión. Conservamos copia.
- Su sitio web, https://enricbaltasar.com/.
Véase también
- Por qué la gente se va del esperantismo
- La lengua zombi: veinte años de Jorge Camacho desmontando el esperantismo desde dentro
- Kabe: el hombre que abandonó el esperanto y creó un verbo por el camino
- «Informado» no es ningún objetivo: el informe de 2016
- La generación Duolingo
- La Associació Valenciana d’Esperanto (2013)
- «A picar pedra» en esperanto
- Ficha biográfica en Biografies
Referencias
- «A picar pedra» en esperanto: la primera traducción de Enric Baltasar
- Estellés en esperanto: los poemas de la IV Festa Estellés
- El Encuentro Valenciano de Esperanto de 2013, en Oliva
- La Asociación Valenciana de Esperanto (2013): un ensayo de relevo generacional
- La generación Duolingo
- Cullera 2015: cuando el congreso de esperanto se llenó de jóvenes
- Un fin de semana de esperanto en Sueca, en julio de 2015
- «Informado» no es ningún objetivo: el informe con el que un valenciano contó el movimiento juvenil
- ¿Se puede certificar el nivel de esperanto?
- Cuando el esperanto servía para sacarse la carrera en Hungría
- La Federación Valenciana de Esperanto: fundada en Alicante en 1989
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