Kazimierz Bein conoció el esperanto en 1887, cuando la lengua acababa de nacer, pero no se puso en serio con ella hasta dieciséis años después. En ocho años se convirtió en su mejor traductor y en el autor del primer diccionario de esperanto explicado en esperanto. Después se marchó, y su seudónimo acabó convertido en verbo.

Kazimierz Bein, Kabe, hacia 1910.
Un verbo con nombre y apellidos
Pocas biografías pueden empezar por el diccionario.
En esperanto existe el verbo kabei. El Reta Vortaro lo define como hacer lo que hizo Kabe: abandonar el esperantismo tras una participación activa y exitosa en el movimiento. No es simplemente dejar de ir a una asociación o abandonar un curso. La gracia de la palabra está en la trayectoria anterior: para kabei, primero hay que haber sido alguien.
El nombre real de aquel hombre era Kazimierz Bein, y el seudónimo Kabe venía de sus iniciales, K. B., leídas ka-be. Un hombre abandona una lengua y la lengua le impide que el abandono sea nunca completo, porque le incorpora el nombre al vocabulario.
Una vida que no empezó con el esperanto
Bein nació el 29 de febrero de 1872 en Sierżnia, cerca de Łódź, entonces dentro del Imperio ruso. Su padre, Aleksander Bein, había participado en la insurrección polaca de enero de 1863 y había sufrido deportación a Siberia. La familia era de origen judío y de confesión católica.
Estudió lenguas, matemáticas y medicina en Łódź y en Varsovia, pero no acabó donde había empezado: de joven participó en el movimiento independentista polaco y eso le costó años de exilio, de modo que terminó los estudios de oftalmología en Kazán, en 1899. Después ejerció en Varsovia.
Las fuentes no coinciden sobre el motivo del traslado. Jean Amouroux lo atribuye a los «pogromos y sus consecuencias»; la biografía médica de Andrzej Grzybowski y Julia Urszula Orlińska, a una expulsión universitaria por motivos políticos. Coinciden en el resultado: cuando Bein llegó al esperanto no era un hombre acostumbrado a huir de las dificultades.
1887: una semilla que tardó dieciséis años en germinar
El 21 de enero de 1906, Bein rellenó el cuestionario para ser miembro del Lingva Komitato. A la pregunta sobre la fecha en que se había hecho esperantista empezó a escribir 188…, pero tachó los dos ochos, escribió 90 encima y añadió un 3: 1903.
Las dos respuestas eran ciertas.
Había conocido el esperanto ya en 1887, el mismo año en que Zamenhof publicó el Unua Libro. Tenía quince años, era estudiante de instituto en Varsovia y, según Amouroux, consultó aquellos primeros manuales del «D-ro Esperanto» casi de broma con los compañeros de clase, porque lo que le apasionaba de verdad era el latín.
Después, el esperanto quedó aparcado dieciséis años. Entre aquel primer contacto y 1903, Bein estudió medicina, se metió en política, se marchó al exilio, reconstruyó la carrera académica en Kazán y empezó a ejercer de oftalmólogo. Había visto nacer la lengua, pero no había participado en su primera etapa.
Dos oftalmólogos en Varsovia
En 1903, Bein estaba suscrito a la revista británica Review of Reviews y leía su crónica sobre el esperanto cuando, en palabras de Amouroux, «se levantó la semilla de 1887».
Una semana después de haberse puesto en serio, el doctor Bein fue a visitar a un colega del mismo ramo que vivía en la misma ciudad: el doctor Zamenhof. No hablaron de ojos. Aquella fue la primera conversación de Kabe en esperanto.
El detalle encaja con su perfil. Dominaba el polaco y el ruso, hablaba, leía y escribía bien el francés y el alemán, y podía leer inglés, italiano y latín. No era un aficionado entusiasmado por una lengua nueva, sino un políglota que entraba en un proyecto que ya llevaba dieciséis años funcionando.
Traducir como prueba de carga
En 1904, poco más de un año después de haber empezado, se hizo conocido con la traducción de Dno nędzy, de Wacław Sieroszewski, publicada por entregas en Lingvo Internacia con el título La fundo de l’ mizero.
Después vendrían Eliza Orzeszkowa, Iván Turguénev, Władysław Reymont, los hermanos Grimm, una Internacia Krestomatio, una Pola Antologio y, sobre todo, la monumental La Faraono, de Bolesław Prus.
Kabe no escribió nunca obra original, y era deliberado. Lo explicaba así: «la lingvo profitas plu per la tradukado, ol per libera originala verkado» —la lengua gana más con la traducción que con la creación original libre.
Tiene sentido. Un autor original siempre puede esquivar la frase que no sabe construir; un traductor no. Ante una novela ya escrita tiene que conseguir que la lengua nueva diga lo que el original le exige: matices psicológicos, ironía, terminología, ritmo narrativo. Traducir grandes obras era someter el esperanto a pruebas de carga, y Kabe demostró que las aguantaba.
De cómo entendía el estilo ha quedado una declaración suya, leída en el Congreso Universal de Barcelona de 1909, donde presidía el jurado de prosa de los Juegos Florales:
…la bona stilo estas bazita ĉefe sur simpleco kaj natureco, kaj pro tio en Esperanto la plej bona rimedo estas: lerta evitado de nenecesaj sufiksoj, kunmetitaj vortoj kaj tempoj. Vivu do la simpla, natura Zamenhofa Esperanto…
El buen estilo se basa en la simplicidad y la naturalidad; el mejor recurso es evitar con destreza los sufijos, las palabras compuestas y los tiempos innecesarios. Viva, pues, el simple y natural esperanto de Zamenhof. Lo escribía el mismo año en que, en privado, ya había llegado a la conclusión de que la lengua de Zamenhof necesitaba reformas.
El diccionario que definía el esperanto en esperanto
Bein entró de lleno en las instituciones lingüísticas del movimiento: fue miembro del Lingva Komitato y, desde 1906, vicepresidente de su Akademio. En el Congreso Universal de Dresde de 1908 informó sobre los trabajos de la Akademio y, con el académico N. P. Evstifeieff, preparó la lista de radicales que acabaría siendo la Unua Oficiala Aldono al Universala Vortaro (1909). Fue también uno de los cuatro fundadores de la Pola Esperantista Societo, el 16 de mayo de 1908, y formó parte del comité de redacción de Pola Esperantisto los primeros meses de aquel año.
La culminación fue el Vortaro de Esperanto, publicado en 1910.

Portada del Vortaro de Esperanto de Kabe, edición de Hachette.
No era una lista bilingüe de correspondencias: era un diccionario que definía las palabras del esperanto en esperanto. Las palabras ya no tenían que explicarse necesariamente a través del francés, el ruso, el polaco o el alemán. La lengua empezaba a describirse a sí misma.
1908: el año que lo rompió todo
En octubre de 1907, un grupo de reformistas encabezado por Louis de Beaufront y Louis Couturat había presentado en París una versión modificada del esperanto. En 1908 aquello estalló como la crisis del ido: miembros del propio Lingva Komitato se pasaron a la lengua nueva, y vinieron dimisiones, expulsiones y una guerra de calumnias en los dos bandos.
Amouroux lo resume así: fue una situación triste que «hirió fuertemente el corazón sensible de Kabe», el cual comprendió que una lengua común no pone necesariamente de acuerdo los corazones.
Kabe no se pasó al ido —una lengua rehecha del todo no le atraía—, pero sí llegó, en palabras suyas, «a la conclusión firme de que diversas reformas son absolutamente inevitables en el esperanto». Lo escribió en un homenaje a Zamenhof publicado en la revista Universo en 1909, por el cincuentenario de su nacimiento, y allí mismo calificó a Zamenhof —las comillas son de Kabe— de «terura konservativulo», un conservador terrible.
Zamenhof no aceptó sus propuestas; cuáles eran, se puede reconstruir por los textos que dejó. Kabe decidió no discutir más, esperando que algún día entendería el error.
Los dos miraban problemas distintos. Kabe veía decisiones lingüísticas mejorables. Zamenhof, que ya había pasado por la crisis reformista de 1894 —cuando llegó a someter a votación una versión profundamente modificada de su propia lengua—, había acabado pensando que el coste de corregir continuamente una lengua era superior al de conservar algunas de sus imperfecciones. Para cuando Kabe llegó con sus propuestas, Zamenhof ya había desarrollado anticuerpos contra el reformismo, y los anticuerpos no distinguen entre una propuesta bien fundamentada y otra que no lo está: lo que rechazaba no era lo que Kabe decía, sino volver a abrir la puerta.
Una retirada lenta
La leyenda dice que Kabe estaba en la cima y un día simplemente se marchó. La documentación permite una lectura más matizada.
A comienzos de 1908 trabajaba a fondo en la redacción de Pola Esperantisto; pocos meses después ya no estaba en el comité. En mayo figuraba entre los cuatro fundadores de la Pola Esperantista Societo, pero, anota Amouroux, «no tuvo en ella ningún papel activo». En septiembre de 1909 ya no fue al Congreso de Barcelona: Théophile Cart lo sustituyó en las cuatro sesiones de trabajo del Lingva Komitato. Todavía publicó el diccionario en 1910, y el 1 de febrero de 1911 seguía siendo vicepresidente de la Akademio.
Poco después desapareció. Muy discretamente, sin dar explicaciones.
1931: lo que sí dijo
El 24 de junio de 1931, veinte años después, un periodista de Literatura Mondo fue a Varsovia a visitar al famoso desertor.
Bein le dijo que podía preguntarle en esperanto, pero que prefería responder en polaco porque hacía mucho que no lo hablaba. No lo había olvidado: durante la conversación lo entendía todo e introducía palabras y frases.
Y, contra lo que suele decirse, dio razones. La suya era que Esperanto ne progresas, el esperanto no avanza: siempre los mismos, diciendo siempre lo mismo.
La Esperantistoj, jes, ili havas multajn mankojn. Antaŭ ĉio ili ne scias sian lingvon!
Los esperantistas tienen muchas carencias; ante todo, no saben su lengua. De ahí la frase que le ha sobrevivido:
Mi opinias ke Esperanton plej necese devas lerni la Esperantistoj mem!
Creo que quienes más necesitan aprender esperanto son los propios esperantistas.
Pensaba, según el periodista, que algún día vendría un nuevo genio que crearía la solución verdadera al problema de la lengua, y que el esperanto no era esa solución. Aun así, no despidió al visitante con una descalificación, sino con un «batalu por via afero, Esperantistoj!»: luchad por vuestra causa.
Lo que nunca dio —ni al periodista, ni a Kalocsay, ni a nadie— fue el motivo personal. Amouroux lo dice claro: dejó que los esperantistas se imaginaran lo que quisieran sobre su kabeiĝo, pero no entregó nunca las razones verdaderas de lo que sentía.
La vida que continuó
Cuando dejó el esperanto tenía treinta y nueve años. Le quedaban casi cincuenta de vida, y no los pasó escondido.
Dirigió el Instituto Oftálmico de Varsovia, publicó numerosos trabajos médicos y fue uno de los fundadores de la Sociedad Polaca de Oftalmología, nacida en 1908 como sociedad oftalmológica del Reino de Polonia.
Cuando estalló la insurrección de Varsovia de 1944, Bein tenía 72 años. La lista memorial del Museo Dulag 121, el campo de tránsito de Pruszków por el que pasaron los civiles expulsados de la ciudad tras la derrota, conserva su recorrido: Varsovia-Żoliborz → Dulag 121 → Busko-Zdrój.
Sobrevivió. Acabada la guerra se trasladó a Łódź, donde todavía ayudó a crear la sección de oftalmología de la sociedad médica local.
Kabe no era un hombre que abandonara sistemáticamente lo que empezaba. Abandonó una cosa muy concreta.
Dos gestos
El 16 de abril de 1917, cuando Zamenhof murió, Kabe asistió discretamente al funeral. Hacía seis años que no era esperantista.
Kazimierz Bein murió en Łódź el 15 de junio de 1959, a los 87 años, y fue enterrado en la parte católica del Cementerio Viejo de la calle Ogrodowa. No había formado familia.
Mes y medio después, el 44.º Congreso Universal de Esperanto se celebraba en Varsovia para conmemorar el centenario del nacimiento de Zamenhof. Los organizadores dieron a una de las salas el nombre de Kabe.
Qué quiere decir kabei
En cualquier asociación humana hay gente que trabaja años, se hace imprescindible, se cansa y un día desaparece. En el esperantismo aquel fenómeno tuvo nombre propio, y el nombre ha sobrevivido más de un siglo: es la medida de cuánto les impresionó su marcha.
Por eso es tentador usar kabei como sinónimo de «dejar el esperantismo». Pero quizá convendría conservar en la palabra una parte de la grandeza original. Kabe no es interesante porque abandonara el esperanto: es interesante porque, antes de hacerlo, había demostrado que aquella lengua podía traducir una gran novela, construir una prosa elegante y definir su propio vocabulario.
Y hay una ironía difícil de superar. El hombre que reclamaba reformas es el mismo que escribió «viva el simple y natural esperanto de Zamenhof», y el que dijo que la lengua no avanzaba porque los esperantistas no la sabían. No pedía otra lengua: pedía que la que había se usara mejor.
Kabe abandonó el esperanto. El esperanto no acabó de abandonar nunca a Kabe.
Fuentes
- Jean Amouroux, «La kabeiĝo de Kabe», Pola Esperantisto, núm. 27 (3/2007), pp. 3–5. Fuente principal para el cuestionario de 1906, las lenguas que conocía, la crisis del ido, las citas de Universo (1909) y la retirada progresiva.
- «Kion diris sinjoro Kabe?», Literatura Mondo, 1931. La entrevista del 24 de junio de 1931.
- Andrzej Grzybowski y Julia Urszula Orlińska, «Kazimierz Bein (1872–1959): współzałożyciel Polskiego Towarzystwa Okulistycznego i aktywny esperantysta», Archiwum Historii i Filozofii Medycyny, 82, 2019, pp. 106–112. Biografía médica.
- Museo Dulag 121, lista memorial de las personas que pasaron por el campo de tránsito de Pruszków en 1944.
- Reta Vortaro, entradas Kabe y kabei.
- Kabe, Vortaro de Esperanto (1910), texto completo en Vikifontaro.
Las dos imágenes son de dominio público: el retrato de Bein proviene de Wikimedia Commons, y la portada del Vortaro, de aquí.
Leer en:
Esta entrada todavía no tiene ningún comentario. Sé la primera persona en comentarla desde el fediverso.
