Por qué nos convencen: los sesgos de los debates sobre el esperanto

El problema de un movimiento que se mira a sí mismo no es que la gente razone mal: es que quien sigue dentro es observable y quien se va tiende a desaparecer de las fuentes que el propio movimiento produce. Un grupo de esperanto ve a los que se quedaron; recuerda el viaje donde lo alojaron y no los cincuenta donde no pasó nada. Con esa materia prima, razonar impecablemente puede llevar a conclusiones equivocadas. Este artículo repasa los mecanismos que lo hacen, uno por uno, con el caso documentado de cada uno —y acaba con el más incómodo: los mismos mecanismos, exactamente igual, en quienes critican la lengua.

Este es el segundo de dos artículos. El otro, Los argumentos sobre el esperanto, uno por uno, pregunta qué permite concluir cada argumento. Aquí la pregunta es otra: por qué un argumento débil nos parece bueno. Son cosas distintas, y mezclarlas es el primer error: la psicología explica por qué nos cuesta ver un defecto, no si el defecto está ahí.

Un aviso que vale para todo lo que viene

Ponerle nombre a un sesgo no demuestra que se haya producido.

Esto hay que decirlo antes que nada, porque el género entero invita al abuso. De «este argumento beneficia a los esperantistas» no se sigue «los esperantistas lo hacen por sesgo»: podrían tener razón, o haber llegado a él por buenas razones. Demostrar que un sesgo concreto actúa en un caso concreto exige un experimento, y aquí no haremos ninguno.

Lo que sí se puede hacer, y es lo que hacemos, es algo más modesto y más útil: describir mecanismos que la psicología ha medido en general, señalar dónde nuestro material tiene la forma exacta que los haría actuar, y dejar dicho qué habría que mirar para saberlo. Una hipótesis, no un diagnóstico.

1. Solo podemos ver a los que se quedaron

Este es el primero y el que contamina todos los demás, porque no es un defecto del razonamiento sino de la muestra.

Imaginemos que queremos saber si el esperanto es fácil y se lo preguntamos a cien personas de un congreso. La muestra es grande y no sirve: todas han pasado ya varios filtros —empezaron, continuaron, llegaron a un nivel, mantuvieron el interés, y aún decidieron pagarse un viaje—. Los que lo dejaron en la cuarta lección no pueden salir en la foto. Preguntar a los esperantistas activos si el esperanto es fácil informa de la percepción de quienes lo aprendieron, que es otra pregunta.

La investigación sobre autoselección lo ha documentado fuera de aquí: los voluntarios de un estudio difieren sistemáticamente de quienes no se presentan, algo que limita hasta dónde se pueden generalizar los resultados (Alarie y Lupien, Psychoneuroendocrinology 131, 2021).

Dónde se ve aquí. En el archivo mismo. Un movimiento guarda los boletines de quienes seguían suscritos, las actas de quienes iban a las asambleas y las fotos de los congresos; de las personas que se borraron queda mucho menos, y a menudo ni siquiera el número. La comunidad, eso sí, tiene tres verbos para distinguir maneras de irse —y uno significa volver—, lo que indica que el fenómeno se conoce perfectamente aun no estando contado en ninguna parte. Lo hemos repasado en Por qué la gente se va del esperantismo.

Qué haría falta para saberlo. Cohortes: de todas las personas que empezaron un curso, cuántas seguían al cabo de seis meses, de dos años, de diez. Sin eso, una colección impresionante de historias de éxito es compatible con una tasa de abandono enorme y con una pequeña, y no distinguimos entre las dos.

2. Lo que medimos depende del instrumento

El caso más limpio que tenemos no es una anécdota: es un experimento natural, lo hizo el propio movimiento y el resultado está publicado.

Durante cinco años, la organización mundial de la juventud esperantista preguntó a sus secciones nacionales cómo estaban, y más de la mitad se declararon «activas». En 2014 sustituyó esa pregunta por un sistema de puntos basado en indicios comprobables —actos realizados, informes entregados, cuotas pagadas—. De treinta y una organizaciones: una muy activa, ninguna activa, dos despertándose, dieciocho preocupantes y diez durmiendo (KODEJO 2013 y KODEJO 2015).

Lo que cambió radicalmente, y eso sí que consta, es el sistema de medida. Mientras la pregunta era «¿cómo estáis?», la contestaba cada grupo sobre sí mismo; cuando pasó a ser «¿qué habéis hecho?», la contestaban actos comprobables. Que las organizaciones no cambiaran nada de un año para otro es verosímil —no se desmontan treinta y una entidades en doce meses— pero no está medido, y no hace falta para el argumento: un cambio de instrumento de esa magnitud es una explicación que no se puede ignorar.

Por qué importa. Porque buena parte de lo que el movimiento sabe de sí mismo viene de instrumentos del primer tipo: informes que cada entidad escribe sobre su actividad, cifras de socios que nadie audita, memorias que se presentan ante quienes las han de votar. No hace falta mala fe para que el resultado esté inflado: un instrumento de autoevaluación ya puede introducir ese sesgo.

Lo hemos contado entero en «Ninguna activa».

3. Lo que se repite acaba sonando a comprobado

En 1977, Lynn Hasher, David Goldstein y Thomas Toppino comprobaron que repetir una afirmación aumentaba la probabilidad de que los participantes la juzgaran verdadera (Journal of Verbal Learning and Verbal Behavior 16(1)). Es el efecto de verdad ilusoria, y un metaanálisis de 2026 sobre 182 estudios y 31.184 participantes lo confirma como efecto pequeño pero robusto, incluso después de corregir el sesgo de publicación (Nature Communications, 2026).

Dónde se ve aquí. «Dos millones de hablantes» es el candidato perfecto, porque tenemos el documento original y se puede comparar con lo que quedó de él. Sidney S. Culbert explica en 1989 que hasta 1988 no llegó «to a point where I felt justified in rounding it up to two million rather than down to one million», y avisa de que «it is quite possible that the present number of speakers is no more than one million» (carta a David Wolff).

Gráfico en escala logarítmica con cuatro estimaciones del número de hablantes de esperanto. Lindstedt (2006) aparece en azul con una barra cerrada de 30.000 a 300.000. Culbert (1989), también en azul, como un punto en los dos millones con una flecha hacia cada lado, porque él no declara ni mínimo ni máximo. Wandel (2015) y «la cifra que se repite» aparecen en rojo, como puntos de dos millones sin ningún margen.
Gráfico en escala logarítmica con cuatro estimaciones del número de hablantes de esperanto. Lindstedt (2006) aparece en azul con una barra cerrada de 30.000 a 300.000. Culbert (1989), también en azul, como un punto en los dos millones con una flecha hacia cada lado, porque él no declara ni mínimo ni máximo. Wandel (2015) y «la cifra que se repite» aparecen en rojo, como puntos de dos millones sin ningún margen.

Las cautelas no viajaron. La cifra, sí. Treinta y siete años después circula como un dato observado, y de la carta donde se explicaba qué era a menudo no se mencionan las cautelas.

Lo que no podemos afirmar. Que la comunidad crea «dos millones» a causa de este efecto. Eso exigiría un experimento. Lo que sí se puede decir es que el material tiene exactamente la forma que lo produciría: una cifra redonda, repetida durante décadas en folletos, charlas y artículos, separada de su fuente y sin ningún mecanismo que la corrija.

4. Lo que recordamos no es lo que pasa

Amos Tversky y Daniel Kahneman describieron la heurística de disponibilidad: juzgamos la frecuencia de algo por la facilidad con que recordamos ejemplos (Science 185, 1974). Y mostraron también que la información concreta y vívida desplaza las frecuencias de base, las tasas que deberían servir de referencia.

Dónde se ve aquí. En el género narrativo propio del esperantismo: el viaje en el que una familia nos alojó, la persona que conversaba al cabo de tres meses, el congreso donde se hicieron amistades para toda la vida. Todas esas historias son ciertas. El problema no es que sean falsas, es que son memorables, y por eso son malos estimadores de lo que pasa habitualmente. Las tardes en que no vino nadie al curso no las cuenta nadie.

Funciona igual de bien en contra: quien fue una vez a una reunión donde se hablaba en castellano todo el rato saca una generalización del mismo peso y con el mismo defecto.

Qué haría falta para saberlo. El denominador, otra vez. Cuántas personas pidieron alojamiento y cuántas lo recibieron; cuántos matriculados acabaron el curso. Que el curso de esperanto de Duolingo pasara de las 367.000 matrículas es un dato de matrícula, no de resultado, y los dos se usan como si fueran el mismo.

5. Lo que ya pensamos decide qué leemos

Raymond Nickerson define el sesgo de confirmación como la tendencia a buscar o interpretar las pruebas de manera parcial a favor de lo que ya creemos (Review of General Psychology 2(2), 1998). Y el experimento de Charles Lord, Lee Ross y Mark Lepper mostró su versión dura: personas con opiniones opuestas examinan las mismas pruebas mixtas, encuentran más convincentes las que les dan la razón y acaban más polarizadas que antes (Journal of Personality and Social Psychology 37(11), 1979).

Dónde conviene vigilarlo. En cómo se cita la investigación sobre el efecto propedéutico —y aquí no señalamos ninguna publicación concreta, porque no hemos hecho el recuento: lo que describimos es la forma que tiene el material, que es la que permitiría el error. La revisión de Karen Roehr-Brackin y Angela Tellier contiene las dos cosas: que para los niños principiantes «Esperanto was easier to learn than French» y que puede tener un efecto nivelador, y que «these apparent advantages of Esperanto did not translate into measurably greater benefits for the development of metalinguistic awareness, or greater subsequent success in learning another foreign language» (Language Problems and Language Planning 42(1), 2018; postprint abierto). Las autoras los llaman «these sobering results».

Quien cite la primera mitad y no la segunda no está usando otra fuente: está usando media fuente. Saber con qué frecuencia pasa exigiría revisar lo que se ha publicado y contarlo, algo que no hemos encontrado hecho.

Una regla práctica. Al leer literatura esperantista, prestar especial atención a los resultados que nos decepcionarían. Si un estudio nos gusta, buscar qué parte nos hemos saltado.

6. Los experimentos que no se publican

Robert Rosenthal bautizó en 1979 el «problema del cajón»: los estudios con resultado nulo tienen menos probabilidad de publicarse, y por eso la literatura disponible acaba siendo una muestra sesgada de lo que se ha investigado de verdad (Psychological Bulletin 86(3)).

Dónde podría verse aquí. En una comunidad interesada en demostrar las ventajas pedagógicas de su lengua, el sesgo de publicación es una posibilidad metodológica evidente. Pero esto es una hipótesis, no una acusación, y merece decirlo con todas las letras: afirmar que se han escondido experimentos negativos exigiría pruebas históricas que no tenemos.

Las preguntas que sí se pueden hacer, y para las cuales no hemos encontrado ninguna respuesta sistemática: cuántos experimentos sobre propedéutica se han empezado, cuántos han publicado resultados, si se conoce alguno interrumpido, y si aparecen los resultados negativos con la misma facilidad que los positivos en las revistas del movimiento.

7. Cuando el dato toca quiénes somos

Hasta aquí, mecanismos de percepción. Los que vienen ahora son de otra clase: no distorsionan lo que vemos, sino lo que estamos dispuestos a concluir.

Ziva Kunda mostró en su revisión sobre razonamiento motivado que usamos procesos cognitivos diferentes según si buscamos precisión o si queremos llegar a una conclusión determinada —y que no podemos creer cualquier cosa a voluntad: necesitamos construir justificaciones que nos parezcan razonables (Psychological Bulletin 108(3), 1990). Se reconoce en la forma de la pregunta que nos hacemos. «¿Cómo explico que, siendo tan buena idea, el esperanto siga siendo minoritario?» ya da por resuelto aquello que habría que investigar.

Henri Tajfel y sus colaboradores comprobaron que incluso clasificaciones grupales mínimas y arbitrarias producen favoritismo hacia el grupo propio (European Journal of Social Psychology 1(2), 1971). Una comunidad lingüística puede dar una identidad mucho más rica y duradera que los grupos artificiales de aquellos experimentos, aunque el experimento no mida esa diferencia. Desde dentro, eso puede hacer que un dato dudoso pase porque viene «de uno de los nuestros», o que una crítica metodológica se lea como un ataque.

Y Hal Arkes y Catherine Blumer documentaron el efecto del coste hundido: habiendo invertido tiempo, dinero o esfuerzo, aumenta la tendencia a continuar aunque la inversión pasada no debería determinar la decisión futura (Organizational Behavior and Human Decision Processes 35(1), 1985).

Aquí hay que frenar. Es tentador aplicarlo a cualquier veterano —«lleva cuarenta años en el movimiento, por eso no puede reconocer que se equivocaba»— y sería un abuso del concepto. No sabemos qué piensa nadie por los años que lleve hablando una lengua, y lo más probable es que siga porque le gusta. La hipótesis defendible es otra y es más suave: una inversión personal muy grande puede aumentar el coste psicológico de revisar algunas creencias asociadas a esa inversión. Y opera igual en el otro sentido: quien se va tras una mala experiencia puede necesitar explicarse que todo el proyecto estaba equivocado desde el principio. Ni la fidelidad ni el desencanto garantizan lucidez.

8. Y los críticos, exactamente igual

Nada de lo que hemos dicho es una enfermedad esperantista. Los mismos mecanismos también pueden funcionar en quien tiene decidido que el esperanto es una tontería.

Statu quo. William Samuelson y Richard Zeckhauser comprobaron experimentalmente que las personas tienden desproporcionadamente a conservar la opción ya establecida (Journal of Risk and Uncertainty 1, 1988). Para un individuo, aprender inglés es perfectamente racional; de eso no se sigue que el sistema que tenemos fuera el mejor si se pudiera elegir de nuevo. Confundir las dos cosas es el mismo salto que damos nosotros cuando decimos que el esperanto «funciona».

Disponibilidad. «Conocí a un esperantista y era un excéntrico» tiene exactamente la forma de «conocí a una familia que me alojó».

La explicación que vale para todo. El esperantista puede atribuir cada dato adverso a la hegemonía del inglés; el crítico puede atribuir cada dato favorable a la excentricidad de quienes lo hablan. Ninguno de los dos excluye nada, y por tanto ninguno de los dos explica nada.

Sesgo retrospectivo. Desde 2026 sabemos que el esperanto no fue la lengua internacional del siglo XX. En 1887 no se sabía, y el resultado no era una propiedad evidente del punto de partida: Roberto Garvía ha reconstruido la competencia entre diversas propuestas en un momento en que academias y organizaciones internacionales discutían seriamente el problema (Esperanto and Its Rivals, University of Pennsylvania Press, 2015). El sesgo retrospectivo alimenta dos relatos simétricos e igual de fáciles: «era inevitable que fracasara» y «sin las guerras y las persecuciones, era inevitable que triunfara».

Hay un caso que conviene registrar, porque va en contra de lo que este artículo podría hacer pensar. En 2016, cuando el Brexit abrió una ventana institucional, dos esperantistas destacados hicieron previsiones nada triunfalistas que, vistas desde 2026, encajan bien con lo que pasó. Federico Gobbo escribió que un cambio así del régimen lingüístico europeo «vivas en la lando de romana fikcio» (Libera Folio, 22 de julio de 2016), y el secretario de Eŭropa Esperanto-Unio, Zlatko Tišljar, daba por «sendube la plej verŝajna» que el inglés saldría reforzado (Eŭropa Bulteno 170, mayo de 2017). No hemos comparado todas las previsiones de 2016, o sea que no podemos decir que fueran las mejores; lo que muestran basta: pertenecer a un grupo no obliga a pensar lo que conviene.

Qué hacer con ello

Saber que existen estos mecanismos no inmuniza contra ellos. Lo que sí se puede cambiar son los procedimientos, y hay cinco que cuestan poco:

Buscar el denominador. Mil aprendices son muchos o pocos según cuántos empezaron. Cuando una cifra llega sin su denominador, la pregunta no es si es grande: es de cuántos.

Separar posibilidad, frecuencia y causa. Que alguien haya aprendido esperanto en tres meses demuestra que se puede. No dice cuántos lo hacen. Y que después aprendiera francés deprisa no demuestra que el esperanto fuera la causa.

Conservar las incertidumbres de la fuente. Si el autor expresa un margen o una incertidumbre, no se transmite solo la cifra más favorable. Si un estudio dice «posible efecto nivelador», no se publica «demostrado». La propaganda a menudo no inventa ningún dato: solo le va quitando las precauciones, una por publicación.

Ir hacia atrás por la cadena de citas. Una revista cita un folleto, el folleto cita una enciclopedia, la enciclopedia cita un artículo. Cincuenta años después la afirmación tiene cinco referencias y quizá una sola fuente. No hace falta ninguna conspiración para que eso pase; solo hace falta que nadie compruebe.

Preguntarse qué nos haría cambiar de opinión. Es la única de las cinco que se puede contestar antes de tener ningún dato, y la que más información da. Si la respuesta es «nada», lo que tenemos no es una tesis sobre el mundo.

Una manera de comprobar si lo aplicamos simétricamente: imaginar que mañana aparece un estudio metodológicamente excelente que contradice lo que pensamos. ¿Qué exigiríamos antes de aceptarlo? ¿Y si diera el resultado contrario, exigiríamos lo mismo?

Fuentes

Véase también