Desde que el Reino Unido salió de la Unión Europea, el 31 de enero de 2020, el inglés es la lengua materna de un 1 % de los ciudadanos de la Unión, y sigue siendo su lengua común. Eso reduce drásticamente la asimetría más visible que el esperantismo le ha reprochado durante un siglo: que la lengua de todos fuera la lengua nacional de uno de los estados más grandes de la Unión. Pero no elimina las desigualdades de acceso, de aprendizaje y de dominio entre los europeos que han tenido que estudiarlo, ni las transferencias económicas que genera. Y hay un segundo proceso que va en dirección contraria: décadas de aprendizaje masivo —el 97,6 % de los alumnos de secundaria inferior estudian inglés— han creado unos efectos de red que hacen que sustituirlo cueste hoy mucho más de lo que sugiere cualquier comparación de horas de aprendizaje.
Cuando se votó el Brexit, en 2016, una parte del movimiento esperantista vio en ello una oportunidad. Diez años después, el inglés sigue ocupando una posición central como lengua de trabajo de las instituciones europeas, y algunos autores han sostenido que el Brexit lo ha hecho, en un sentido muy concreto, más aceptable como lengua común europea. Este artículo repasa qué ha cambiado, qué no, y qué queda del argumento.
Las críticas que iban juntas
La crítica esperantista al inglés como lengua internacional ha mezclado siempre dos argumentos.
El primero es de justicia entre quienes hablan: si la lengua común es la materna de alguien, ese alguien no paga nada por usarla, y los demás lo pagan todo en horas de estudio. El filósofo Philippe Van Parijs lo formuló diciendo que los hablantes nativos viajan gratis (free riders), como resume Manfred Herbert en el capítulo 2 de Linguistic Justice for Europe and for the World (2011).
El segundo es económico: todo el aparato que enseña, examina, traduce y publica en inglés mueve mucho dinero, y la crítica sostiene que una parte va a parar a los países que lo tienen como lengua propia.
La literatura académica distingue más. El filósofo Helder De Schutter separa cuatro injusticias lingüísticas —«communicative injustice, resource injustice, life-world injustice, and dignity injustice»— y sostiene que tratar el inglés como lengua franca de verdad, con normas propias en lugar de la del hablante nativo, «reduces – but does not remove» esas injusticias (The Politics of Multilingualism, John Benjamins, 2018, pp. 167-199; el libro no es de acceso abierto, pero el resumen en la página de la editorial sí lo es). Vale la pena retener esta distinción, porque el Brexit no afecta a las cuatro por igual.
A menudo iban envueltos en una tercera idea, la política. En 1994, Augusto Casquero de la Cruz, de nuestro grupo, no quería que su hijo estudiara inglés en el colegio porque lo consideraba «una correa de transmisión y de imposición de una lengua y una cultura ajenas a nosotros», y citaba a Nebrija: «la lengua es compañera del imperio» (Las Provincias, 4 de febrero de 1994, p. 37; lo contamos en Esperanto en lugar de inglés).
El economista François Grin puso cifras a los dos argumentos en el informe que hizo en 2005 para el Haut Conseil de l’évaluation de l’école francés, L’enseignement des langues étrangères comme politique publique: «le Royaume-Uni gagne, à titre net, au minimum 10 milliards d’Euros par année du fait de la dominance actuelle de l’anglais», y entre 17.000 y 18.000 millones si se cuenta el efecto multiplicador (p. 7). La cifra es solo del Reino Unido: Grin deja fuera a Irlanda expresamente (p. 83, nota 65). Dentro están las dos cosas: lo que los británicos se ahorran al no tener que aprender lenguas y los «marchés privilégiés» de la enseñanza del inglés, la traducción y la edición (p. 82).
Lo que el Brexit ha cambiado: quién tiene el inglés como lengua materna
Con el Reino Unido fuera, los hablantes nativos de inglés que quedan dentro de la UE son los de Irlanda y Malta, más los británicos y otros angloparlantes que residen en ella. El lingüista Marko Modiano calcula que el inglés «is spoken as a first language by only 1% of the EU population» (World Englishes, 2024, p. 212); Elżbieta Kużelewska ya había dado la misma cifra en 2020, y Michele Gazzola habla de «meno del 1%» en 2021. El Eurobarómetro lo mide de otra manera, preguntando a cada persona cuál es su lengua materna, y el resultado va en el mismo sentido: quienes responden «inglés» han pasado del 13 % en 2012 al 2 % en 2023 (Eurobarómetro especial 540, p. 10).
El uso del inglés, en cambio, no ha bajado. El 47 % de los europeos dicen que lo hablan lo bastante bien como para mantener una conversación, cinco puntos más que en 2012 (ibid., p. 7), y entre los jóvenes de 15 a 24 años son siete de cada diez (Comisión Europea, 21 de mayo de 2024). En 2024, el 97,6 % de los alumnos de secundaria inferior de la UE estudiaban inglés (Eurostat). Hay que leer la cifra del 47 % junto con la que da Gazzola en el mismo artículo de 2021: quienes hablan inglés muy bien como lengua extranjera no pasan del 8 % de la población europea.
De ahí arranca la lectura más favorable al inglés. Desde una determinada concepción de la justicia lingüística —la que mide sobre todo el reparto del coste de aprender—, el jurista Manfred Herbert sostiene que, después del Brexit, el inglés es «an almost neutral language», cosa que «significantly reduces injustices associated with its use during the UK’s EU membership» (International Journal of Language & Law, 2023, p. 31). Precisa qué quiere decir neutral: «simply in the sense that English is no longer the language of an EU member state» (p. 41). Y sobre el viaje gratis: «Only with regard to the nationals of Ireland and Malta does the problem of free-riding persist, thus it has diminished significantly» (p. 42). Kużelewska lo decía más corto: hablando en inglés, «only a narrow group of people (Irish and Maltese) will be unfairly advantaged».
Conviene leer a Herbert por lo que es: una toma de posición normativa dentro de un debate abierto, no una constatación del mismo orden que el 47 % del Eurobarómetro. Su artículo valora el régimen lingüístico, no se limita a describirlo, y la sección siguiente recoge quién lo contradice.
Herbert añade un matiz que viene de Mac Giolla Chríost y Bonotti: para irlandeses y malteses, el inglés es una lengua que les impuso el Imperio británico, y por tanto la ventaja que sacan de ella no es del mismo orden que la de los británicos (p. 42).
Pero no ser nativo no es estar en igualdad
Aquí es donde la lectura optimista debe frenarse. Que todos hayan tenido que aprender el inglés no quiere decir que lo hayan pagado igual ni que lo sepan igual, y esa segunda desigualdad el Brexit no la ha eliminado.
Michele Gazzola lo ha medido. Calculando cuánta gente quedaría excluida según el régimen lingüístico que adoptaran las instituciones, concluye que «an English-only language policy would exclude 45% to 79% of adult residents in the 25 countries for which data are available, depending on the indicator used» (European Union Politics, 2016, p. 546). La horquilla va del 45 %, quienes no saben nada, al 79 %, quienes no llegan al nivel que hace falta para leer sin demasiado esfuerzo un texto legal o una convocatoria europea.

Gráfico de barras: porcentaje de adultos de la UE sin ningún conocimiento de inglés, por nivel de estudios terminados. Estudios primarios, 90 %; secundarios de primera etapa, 68 %; secundarios de segunda etapa, 47 %; postsecundarios no superiores, 26 %; superiores, 17 %. Datos de Gazzola (2016), tabla 5, encuesta de 2011, UE-25.
El reparto es lo que importa. Con un régimen solo en inglés, quedan fuera el 90 % de quienes solo tienen estudios primarios y el 17 % de quienes tienen estudios superiores; y aun con el criterio exigente, el 64 % de los universitarios (p. 559). Gazzola lo dice sin rodeos: reducir drásticamente las lenguas oficiales «would have regressive effects, because it would be particularly detrimental to the least educated people, those with the lowest income status, the unemployed, the retired, the permanently disabled and residents fulfilling domestic tasks» (p. 560).
Y no parece un problema que se resuelva solo con el tiempo. Entre los de 55 a 64 años y los de 25 a 34, la proporción de quienes no saben nada baja del 59 % al 30 %, pero la de quienes no llegan al nivel alto apenas se mueve: del 83 % al 74 % (p. 556). La distancia entre generaciones es de veintinueve puntos cuando solo se pide saber un poco, y de nueve cuando se pide saberlo bien.
En su artículo de 2021, Gazzola liga la cifra al perfil de quien la compone: quienes dicen saber inglés muy bien como lengua extranjera no pasan del 8 %, y «si tratta per lo più di residenti appartenenti alla fascia della popolazione più istruita e ad alto reddito». Sumando los hablantes nativos, no se llega al 10 %: «Il restante 90% o non capisce l’inglese o non lo parla bene». De ahí saca una paradoja que toca directamente el punto que Herbert había declarado irrelevante: «è in media più semplice per un cittadino britannico o australiano avere accesso ai contenuti pubblicati dalla Commissione che per un contribuente europeo non di lingua madre inglese» (Italiano digitale, 2021, pp. 131-132).
Dos precisiones sobre estas cifras. Los datos del estudio de 2016 son de una encuesta de 2011 y cubren 25 estados, o sea que describen una situación anterior al Brexit; lo que miden, sin embargo, es la desigualdad entre no nativos, que es justamente la que la salida del Reino Unido no elimina. Y Gazzola compara regímenes institucionales posibles, no propone ninguna lengua: su argumento es a favor del multilingüismo de la UE, no del esperanto.
Modiano, que es de los favorables al inglés europeo, recoge las dos cosas sin conectarlas. Por un lado dice que el inglés da a quienes trabajan en la UE «a form of linguistic parity (or a «level playing field»)» (p. 213); por otro, que «there is a disparity in proficiency when one compares outcomes for the learning of English in various parts of the Union, and funding is urgently needed to address this inequality» (p. 214). Poner las dos afirmaciones una al lado de la otra es lectura nuestra, no suya: la primera habla del personal de las instituciones y la segunda, de la población en general.
Dentro del movimiento, quien primero lo dijo en voz alta fue el presidente de la Federación Española de Esperanto (HEF), José Antonio del Barrio, en un coloquio en Madrid el 26 de septiembre de 2016: con el Brexit, «malpli unu procento de la loĝantoj en EU havos la anglan kiel denaskan lingvon» —menos del uno por ciento de los habitantes de la UE tendrán el inglés como lengua materna—, pero el predominio del inglés «havas aliajn kaŭzojn» y no había que esperar de ello consecuencias legales inmediatas (Boletín 415, p. 9).
La parte económica: lo que se sabe y lo que no
La segunda crítica no depende de quién habla inglés en Bruselas, sino de quién vende los cursos y los exámenes. El Brexit no elimina esta crítica, pero tampoco sabemos cómo ha modificado su magnitud, y conviene ser escrupuloso con lo que las cifras disponibles demuestran y con lo que no.
Lo que sí se sabe es que el Reino Unido sigue ingresando cantidades importantes por la enseñanza de su lengua. El British Council, el organismo público británico de promoción cultural, ingresó 704 millones de libras por «teaching and exams» en el ejercicio 2023-24, un 17 % más que el año anterior, e hizo unos 2,3 millones de exámenes IELTS (Annual Report 2023-24, pp. 11-12); la cifra incluye también algunos exámenes escolares británicos, no solo de inglés. Los cursos de inglés hechos en el propio Reino Unido, sumando el gasto de los estudiantes, generaron 800 millones de libras de ingresos en 2024, según el Department for Education.
Lo que no se sabe es cuánto de eso viene de la Unión Europea. Las dos cifras son mundiales: recogen estudiantes chinos, saudíes o brasileños igual que europeos, y ninguna de las dos se desglosa por país de origen. Tampoco se puede dar por hecho que todo lo que los europeos gastan en inglés salga de Europa: una parte muy grande de la industria —academias, profesores, editoriales, escuelas oficiales de idiomas— es de dentro de la UE. Cambridge University Press & Assessment, que hace exámenes muy usados en España para acreditar niveles como el B1 o el B2, no publica qué parte de sus ingresos viene del inglés.
No hemos localizado ninguna actualización del cálculo de Grin para la UE de 27 miembros. La formulación honesta es, pues, esta: el Reino Unido sigue obteniendo una renta considerable del inglés, y no sabemos qué parte de la transferencia neta viene hoy de la UE-27. Quien afirme que esa transferencia se ha reducido, y quien afirme que ha crecido, van más allá de los datos publicados.
Herbert deja esta parte fuera de su razonamiento, y lo dice: «It is true that the many millions of native English speakers outside the EU benefit from the status of their language as a European (and global) lingua franca. However, this is irrelevant to the problem addressed here, namely the dominance of English at the level of EU working languages» (p. 42). Para la pregunta que él se hace, que es qué lengua deben usar las instituciones, tiene razón. Pero el argumento esperantista no ha sido nunca solo sobre las instituciones, y la parte que Herbert aparta es justamente la que el Brexit no ha resuelto.
El inglés no se ha ido
En 2016 se llegó a decir que el inglés dejaría de ser lengua oficial. Danuta Hübner, que presidía la comisión de asuntos constitucionales del Parlamento Europeo, declaró: «English is our official language because it has been notified by the UK. If we don’t have the UK, we don’t have English» (citada por Herbert, p. 35). Irlanda y Malta habían designado como lengua propia en la UE el irlandés y el maltés, no el inglés. Kużelewska, en 2020, todavía lo veía probable: «once the UK leaves, English is likely to no longer be an official language».
No ocurrió. El régimen lingüístico de la UE lo fija el Reglamento n.º 1 de 1958, y cambiarlo requiere unanimidad del Consejo, según el artículo 342 del Tratado de Funcionamiento de la UE, que Kużelewska reproduce entero. Herbert saca la conclusión contraria a la de Kużelewska: como quitar una lengua también requiere unanimidad, el inglés se queda, y «neither has occurred, nor is this expected» (p. 35). Cuando la asociación italiana Esperanto Radikala Asocio escribió al Parlamento Europeo que la presencia del inglés era ilegítima después del Brexit, el presidente David Sassoli le respondió, el 30 de junio de 2021: «non condivido la Sua affermazione secondo cui il recesso del Regno Unito dall’Unione comporterebbe automaticamente l’esclusione della lingua inglese» (la respuesta, publicada por la ERA).
Modiano ya lo había planteado en 2017: el Brexit podía, «ironically, strengthen the power of English as the principal working language of the EU», porque dejaba de identificarse con un estado miembro concreto.
Cómo lo leyó el movimiento esperantista
El verano de 2016, la reacción fue dividida, y la revista de UEA, la Asociación Universal de Esperanto, lo resumió así en el número de junio: «Multaj esperantistoj ekoptimismis, ke venis la fino de la anglalingva hegemonio en EU […] Aliaj verkis pesimismajn artikolojn dirante, ke nenio ŝanĝiĝos» —muchos esperantistas se pusieron optimistas pensando que se acababa la hegemonía del inglés en la UE; otros escribieron artículos pesimistas diciendo que no cambiaría nada— (Revuo Esperanto, junio de 2016).
La propia UEA optó por la oportunidad: el 21 de julio abrió una dirección para coordinar una campaña informativa y pidió «bone kaj daŭripove utiligi la ŝancon, kiu malfermiĝis al ni», aprovechar bien la ocasión que se nos abría (comunicado de prensa 623).
Entre las voces escépticas había gente que conocía las instituciones por dentro. El interlingüista Federico Gobbo, al día siguiente del comunicado de UEA: «Esperanto estas malforta lingvo ene de EU, kaj la eliro de Britio ne havas rektajn konsekvencojn favore al altigo de ĝia prestiĝo» —el esperanto es una lengua débil dentro de la UE, y la salida del Reino Unido no tiene consecuencias directas que aumenten su prestigio—; un cambio así en el régimen lingüístico «vivas en la lando de romana fikcio», vive en el país de la novela. Proponía, eso sí, aprovechar la ocasión «ne por ataki la anglan sed por proponi alian perspektivon», no para atacar el inglés sino para proponer otra perspectiva (Libera Folio, 22 de julio de 2016). El escritor Jorge Camacho, que había sido intérprete de finés en la UE, fue más seco cuando se lo preguntaron: «Mi vidas nenian ŝancon en tio», no veo en ello ninguna oportunidad, «kaj mi funde kontraŭas la ideon ligi Esperanton kun eŭropismo, eŭropa identeco kaj similaj ĥimeroj» —y me opongo de raíz a ligar el esperanto al europeísmo, la identidad europea y quimeras semejantes— (Revuo Esperanto, noviembre de 2016).
Incluso el secretario de Eŭropa Esperanto-Unio, la federación europea del movimiento, Zlatko Tišljar, escribía en mayo de 2017 que la alternativa «sendube la plej verŝajna» era que el inglés se reforzara todavía más, y que la de una lengua neutral era la «plej malverŝajna, tamen iĝas ĉiam pli reala», la más improbable, aunque cada vez más real (Eŭropa Bulteno 170).
La HEF hizo del tema el centro de su congreso de Málaga, en mayo de 2019. La convocatoria preguntaba: «Ĉu neŭtrala internacia lingvo povus havi rolon en la nova lingva reĝimo kiun oni nepre devos fiksi post la Briteliro?», si una lengua neutral podría tener un papel en el nuevo régimen lingüístico que habría que fijar por fuerza después del Brexit (Boletín 425, p. 19). En la asamblea, la junta anunció que enviaría una carta «al la hispanaj politikaj partioj», a los partidos políticos españoles (Boletín 426, p. 5); el informe de actividades del año dice en cambio que la carta se envió «al eŭropaj parlamentanoj», a los eurodiputados (Boletín 429, p. 8). Ninguno de los números 427 a 432 del Boletín publica el texto ni ninguna respuesta.
Qué queda del argumento
Lo que viene a continuación es mi lectura, no la del Grupo. Los hechos y las fuentes están arriba; de aquí abajo cada cual puede sacar otra conclusión. —Raúl Salinas Monteagudo
Lo que dicen las fuentes es que, dentro de la UE, el inglés se ha convertido en una lengua que casi todos quienes la usan han tenido que aprender, y que no hay ningún indicio de que vaya a perder su lugar. El optimismo de 2016 no se materializó, y ya entonces había motivos sólidos para el escepticismo: los expuso gente del propio movimiento.
Eso obliga a reordenar el argumento.
La ventaja del hablante nativo, dentro de la UE, casi ha desaparecido. En una reunión entre una portuguesa, un esloveno y una checa, los tres han pagado el inglés. Esa parte de la crítica sigue teniendo sentido a escala mundial —los Estados Unidos, el Reino Unido y Australia no se han ido a ninguna parte—, pero ya no es un argumento europeo.
La desigualdad entre quienes han tenido que aprenderlo, en cambio, el Brexit no la ha eliminado, y es la que no podía tocar. Las cifras de Gazzola son incómodas para todos: un régimen solo en inglés dejaría fuera entre el 45 % y el 79 % de los adultos, y sobre todo a los menos formados y a los de renta más baja. Que el inglés haya dejado de ser la lengua de un gran estado miembro —la neutralidad que define Herbert— no lo hace neutral en términos de acceso, de competencia ni de desigualdad social. Aquí el argumento esperantista clásico conserva fuerza, pero hay que reformularlo: el problema ya no es quién nació hablándola, sino quién se puede permitir aprenderla bien.
La magnitud de la transferencia económica no la sabemos. El Reino Unido sigue obteniendo una renta importante del inglés; de qué parte viene hoy de la UE-27 no he localizado ninguna estimación publicada.
Y el argumento del coste se ha vuelto más difícil, no más fácil. Aquí conviene no engañarse con la aritmética. Grin parte de la hipótesis de que el esperanto exige aproximadamente un tercio del tiempo —una proporción de uno a tres que él adopta por prudencia, y no la de uno a trece que circula en el material promocional, como explicamos en Esperanto, sí, pero—, pero esa comparación vale para elegir entre dos lenguas partiendo de cero, y Europa no parte de cero. El 97,6 % de los alumnos ya estudian inglés, y Europa ya ha invertido masivamente en profesores, materiales, titulaciones, universidades y usos empresariales vinculados al inglés. Lo que habría que calcular no es el coste de aprender una lengua u otra, sino el coste de pasar de un equilibrio a otro, con todo lo que ya se ha invertido y con los efectos de red que favorecen a la lengua que ya tiene más usuarios.
Y hay un problema adicional que suele quedar fuera de la cuenta: si el esperanto no sustituye al inglés a escala mundial, a Europa no le bastaría con el esperanto, sino que tendría que enseñar esperanto e inglés. En ese caso, que el esperanto cueste menos horas no demuestra ningún ahorro. El informe Grin no mide una transición desde la situación actual: compara escenarios de política lingüística planteados de nuevas.
Queda otro argumento que el Brexit no ha tocado, el que Van Parijs llama parity of esteem: que una lengua sea muy útil no justifica que las demás desaparezcan de la administración, de la universidad o de la ciencia. Gazzola lo defiende para la UE posBrexit —«Brexit rende invece il multilinguismo ancora più necessario» (2017)—, pero es un argumento a favor del multilingüismo, no necesariamente del esperanto.
Conviene nombrar bien los dos procesos, porque apuntan en direcciones distintas y tienen causas diferentes. El Brexit ha reducido drásticamente, dentro de la UE, el número de personas que tienen el inglés gratis, porque la mayor parte de los beneficiarios han salido del censo de la Unión. Y, por otro lado, décadas de aprendizaje masivo por parte de cientos de millones de europeos han creado unos efectos de red que hacen muy costosa cualquier sustitución. El inglés es hoy menos identificable con el privilegio lingüístico de un gran estado miembro, y al mismo tiempo está profundamente implantado como lengua común.
Algunos esperaban que el Brexit debilitara el inglés dentro de la Unión; no ha ocurrido. Al contrario, el inglés ha mantenido su posición central, una posibilidad que Modiano ya había calificado de irónica en 2017.
De esa implantación conviene precisar el sentido: no crece, porque ya no puede crecer mucho más. Era el 97,7 % de los escolares en 2014 y el 97,6 % en 2024, «almost unchanged» en palabras de Eurostat. La cifra mide quién lo estudia, no quién lo domina —ya hemos visto que eso son dos cosas muy distintas—, pero un sistema educativo con una implantación casi universal es, precisamente, el más difícil de mover.
La pregunta que queda abierta es si la ventaja de una lengua planificada, más regular y más barata de aprender, compensaría en la Europa de hoy los efectos de red, la inversión acumulada y la utilidad mundial del inglés. No lo he visto calculado en ninguna parte.
Fuentes
Las citas en inglés y en italiano se mantienen en el original; las traducciones del esperanto son nuestras.
- Grin, François. L’enseignement des langues étrangères comme politique publique. Rapport n° 19, Haut Conseil de l’évaluation de l’école, 2005.
- Herbert, Manfred. «On the Role of English in the post-Brexit European Union». International Journal of Language & Law, 12, 2023, pp. 31-47.
- Modiano, Marko. «English in a post-Brexit European Union». World Englishes, 36(3), 2017, pp. 313-327.
- Modiano, Marko. «Identity and standards for English as a European Union lingua franca». World Englishes, 43(2), 2024, pp. 210-227.
- Kużelewska, Elżbieta. «Quo Vadis English? The Post-Brexit Position of English as a Working Language of the EU». International Journal for the Semiotics of Law, 34, 2021, pp. 1417-1432.
- Gazzola, Michele. «Multilingual communication for whom? Language policy and fairness in the European Union». European Union Politics, 17(4), 2016, pp. 546-569 (copia del autor; la versión de la editorial no es de acceso abierto).
- De Schutter, Helder. «Linguistic justice and English as a Lingua Franca», en Peter A. Kraus y François Grin (ed.), The Politics of Multilingualism. John Benjamins, 2018, pp. 167-199. El libro no es de acceso abierto; la página de la editorial da el resumen.
- Gazzola, Michele. «Il multilinguismo europeo dopo Brexit», 2017 (reproducido por la ERA).
- Gazzola, Michele. «Può la traduzione automatica favorire il plurilinguismo nell’Unione europea post-Brexit?». Italiano digitale, XVIII, 2021/3, pp. 128-135.
- Van Parijs, Philippe. Linguistic Justice for Europe and for the World. Oxford University Press, 2011. No lo hemos consultado directamente; citamos su tesis a través de Herbert.
- Comisión Europea. Eurobarómetro especial 540, Europeans and their languages, 2024.
- Comisión Europea. New Eurobarometer shows Europeans’ positive attitude towards language learning, 21 de mayo de 2024 (de donde viene la cifra de los jóvenes de 15 a 24 años).
- Reglamento n.º 1 de 1958, que fija el régimen lingüístico de la UE. Del artículo 342 del Tratado de Funcionamiento de la UE citamos el texto tal como lo reproduce Kużelewska.
- Eurostat. Foreign language learning statistics.
- British Council. Annual Report and Accounts 2023-24.
- UK Department for Education. UK revenue from education related exports and TNE activity, 2024.
- Sassoli, David. Respuesta a la ERA, 30 de junio de 2021.
- UEA. Comunicado de prensa 623, 21 de julio de 2016.
- Revuo Esperanto, junio de 2016 y noviembre de 2016 (entrevista a Jorge Camacho), en el Tekstaro.
- Gobbo, Federico. «EU post la eliro de Britio – ĉu ŝanco por Esperanto?». Libera Folio, 22 de julio de 2016.
- Tišljar, Zlatko. «Eŭropaj lingvaj perspektivoj». Eŭropa Bulteno 170, mayo de 2017.
- Hispana Esperanto-Federacio. Boletín 415 (p. 9), 425 (p. 19), 426 (p. 5) y 429 (p. 8).
- Las Provincias, cartas al director, 4 de febrero de 1994, p. 37.
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