Los eternos principiantes

El esperanto tiene una categoría propia para quien lleva veinte años empezando: eterna komencanto. Nuestro boletín ya los trataba como un público reconocido en los años ochenta, y los esperantistas experimentados se quejan, como mínimo, desde 1905.

Tienen nombre, y el nombre es una burla

Eterna komencanto es el término neutro. El movimiento tiene dos más, formados igual y mucho menos amables: bonantagulo —«el señor buenos días»— y kielvifartasulo —«el señor cómo estás»—, es decir, quien del esperanto solo llega a la primera frase del primer tema.

Bonantagulo no es un chiste de ahora: está recogido en el Wiktionary inglés, marcado como argot y despectivo, con citas de tres décadas. La más antigua es de 1999, en el foro soc.culture.esperanto, y aparece justamente discutiendo cuánta gente habla la lengua:

«Eble ekzistas 1 miliono da bonantaguloj, sed tiuj normale ne komprenas flue parolatan Esperanton, ĉu?»

[Quizá hay un millón de bonantaguloj, pero esos normalmente no entienden el esperanto hablado con fluidez, ¿verdad?]

— Wolfram Diestel, 29 de junio de 1999

En 2007, Reinhard Haupenthal lo usa en La Ondo de Esperanto con la misma intención, y emparejado con nuestro término: «Ĉu la kriterio estas la eternaj komencantoj kaj bonantaguloj?» —¿es ese el criterio, los eternos principiantes y los señores buenos días?—. Y en 2010, Roman Dobrzyński escribe en Kontakto que todos lo saludan amablemente, «aunque en buena parte solo son «bonantaguloj«».

De kielvifartasulo no hemos encontrado ninguna entrada de diccionario: circula en las listas de argot que se pasan los hablantes —está, por ejemplo, en el curso «Esperanto Slang!», un juego de fichas de Memrise acreditado a Evildea— siempre con la misma glosa que bonantagulo y la misma advertencia de que puede ofender.

Nuestro boletín ya los tenía fichados

En el Valencia Luno de los años ochenta, Félix Navarro Clemente llevaba una sección de chistes en esperanto. No era solo para hacer reír: era un método. Y mirad a quién la dedicaba, con sus comillas:

«Se lo aconsejo a los recién salidos del horno y a los «eternaj komencantoj»: analizad los puntos delicados de la gramática; memorizad los chistes con vistas al habla fluida e inscribid en vuestra memoria las palabras que para vosotros sean nuevas.»

— F. Navarro, Valencia Luno

Lo repitió al menos tres veces en números distintos. Los eternos principiantes no eran, para él, una anomalía ni una vergüenza: eran una parte estable del público del boletín, a quienes había que hablarles expresamente. La sección se llamaba «KIAL NE RIDETI?» —¿por qué no sonreír?— y el criterio era que lo que hace gracia se memoriza.

Y otro boletín español, en 1990

No es cosa solo del Valencia Luno. En Kajeroj el la Sudo, el boletín de la asociación española de trabajadores esperantistas (HALE), Bernard Golden abre en 1990 un ensayo con esta definición, que es exactamente la tesis de este artículo escrita hace treinta y seis años:

«Uno de los elementos del folclore de la subcultura esperantista es el fenómeno del «eterno principiante», ese desmentido viviente de la fanfarronada propagandística de que el esperanto es una lengua fácil de aprender.»

— Bernard Golden, «Eternaj pretekstantoj», Kajeroj el la Sudo núm. 6 (abril-junio de 1990), pág. 16

Golden, sin embargo, no les dedica el ensayo: dice expresamente que no piensa diseccionar a quien no consigue meterse en la cabeza los rudimentos ni volviendo a empezar varias veces. Su objetivo es otro tipo, que él bautiza allí mismo y que también nos suena: el eterno pretextante, el que siempre tiene demasiado trabajo para contestar los correos del movimiento.

Desde cuándo se queja la gente

Desde el principio, y eso es lo más tranquilizador que hay en todo este asunto.

Cuando Libera Folio preguntó en 2020 si el esperanto se estaba degradando en internet, la académica Anna Löwenstein contestó esto:

«Sin duda los esperantistas más experimentados empezaron a quejarse ya en 1905 de que la lengua se degeneraba. Siempre ha habido hablantes mejores o peores, gente que conocía y aplicaba mejor o peor la gramática, gente que comprobaba las palabras en el diccionario con atención, y otros que añadían despreocupadamente una terminación -o a cualquier raíz románica.»

Libera Folio, 20 de diciembre de 2020

El lingüista neerlandés Marc van Oostendorp añade la parte que explica por qué ahora lo notamos más: los eternos principiantes siempre han existido, pero antes no tenían escenario. Ahora lo tienen: cada foro, cada grupo, cada comentario.

Y el académico Marcos Cramer pone la comparación donde toca. Sí que ha crecido la proporción de errores en los textos escritos, dice, pero

«sería injusto comparar el uso escrito actual con el uso escrito de la época anterior a la red. De hecho, se trata de un uso espontáneo comparable al uso oral, y por lo tanto la comparación más justa es con el uso oral de la época anterior a la red.»

Dicho de otra manera: no es que ahora se escriba peor, es que ahora se escribe lo que antes se decía. La conversación de un club de los años setenta, con sus errores, no la transcribió nadie.

Lo que sí ha cambiado

Löwenstein señala un cambio real, y no es el nivel: es cómo se entra.

«En el pasado los principiantes tenían que seguir por fuerza un libro de texto, leer las explicaciones gramaticales, hacer los ejercicios, etcétera; pero ahora un número extraordinario de personas empieza a aprender esperanto sin la necesidad de informarse nada sobre la gramática.»

Van Oostendorp lo lee con un giro interesante: hace décadas no se podía aprender la gramática sin tragarse también la ideología del movimiento, «incluida la intocabilidad del Fundamento», y eso espantaba a gente y frenaba el crecimiento. El resultado de haber quitado ese peaje es que entra mucha más gente, y que entra sin nada que la empuje a pasar del primer escalón.

Aun así, él no lo ve como una catástrofe:

«En medio de este gran grupo de chapuceros siempre habrá un núcleo de gente que use seriamente la lengua clásica. Y algunos recién llegados siempre querrán unirse a ese núcleo.»

Las cifras del escalón

Que el primer escalón es mucho más ancho que los otros no es una impresión: se puede contar, y lo contamos en «¿Cuánta gente habla realmente esperanto?».

  • La escala de Jouko Lindstedt pone diez millones de personas que alguna vez se han acercado a los rudimentos, y diez mil que lo hablan con fluidez total. Cuatro órdenes de magnitud de diferencia.
  • El curso de esperanto de Duolingo acumuló alrededor de 1,7 millones de inscripciones; de la versión castellana, el antiguo colaborador Enric Baltasar estima un 5 % de finalizaciones.
  • Los exámenes internacionales UEA-KER llevan 2.945 personas aprobadas desde 2008, de B1 a C2.

Entre los millones que empiezan y los miles que acreditan un nivel está, justamente, la población de este artículo.

Por qué el movimiento produce tantos

Aquí conviene separar lo que está documentado de lo que es lectura nuestra, y lo que viene ahora es lectura nuestra.

Una lengua sin territorio no tiene ninguna situación que te obligue a mejorar. Nadie tiene que renovar el DNI en esperanto, ni entender al médico, ni aprobar una oposición. El primer escalón te sirve para saludar en un encuentro, y el segundo escalón no te lo pide nadie. En cualquier otra lengua extranjera lo que empuja es la necesidad; aquí solo queda el gusto.

Y hay un segundo factor, que esta vez sí lo dice una fuente. Ilona Koutny, que dirigió veintiséis años los estudios de interlingüística de Poznań, lo formuló así en 2024:

«Los esperantistas prefieren convencer a otros para que aprendan esperanto, pero consideran que ellos mismos ya no necesitan aprender más.»

Libera Folio, 8 de octubre de 2024

Es una opinión suya, no un dato, pero viene de alguien que tuvo el aula delante durante más de dos décadas y que acabó cerrando los estudios porque, después del primer año, no se inscribió nadie de todo el mundo excepto cinco estudiantes chinos.

Y todavía más atrás: en 1906, en un congreso universal, Kabe dijo desde la tribuna que quienes más necesariamente tenían que aprender esperanto eran los esperantistas mismos. El congreso lo aplaudió mucho. Y aquí seguimos.

Y quien se lo dice a sí mismo

El término también se usa hacia dentro, y sin dramatismo. En febrero de 2005, Nia Voĉo —la hoja mensual del Liceo de Esperanto de Madrid— celebraba los veinte años de Lupe Sanz como redactora: había aprendido la lengua en 1982, en un curso básico dirigido por Augusto Casquero, y desde 1985 cerraba el boletín cada mes. Su manera de decirlo:

«Mi estas preskaŭ eterna komencantino.»

[Soy casi una eterna principiante.]

Nia Voĉo, febrero de 2005

Veinte años sacando un boletín en esperanto cada mes. Si eso es ser una eterna principiante, el problema no es la gente: es la escala con la que la medimos.

Conclusión, que no es ninguna regañina

Lindstedt cierra el asunto con la frase que debería ir en todos nuestros folletos:

«Esto nos recuerda que el esperanto no es una lengua tan fácil como a menudo se dice propagandísticamente.»

El eterno principiante no es un mal esperantista: es el resultado previsible de un sistema que sabe captar muy bien y acompañar bastante peor. Prometimos una lengua fácil —una promesa que ya hemos discutido en «Lenguas fáciles, ¿para quién?»— y después nos hemos sorprendido de que la gente se quede donde la dejamos.

Si queremos menos eternos principiantes, la palanca no es quejarse de ellos. Es el segundo escalón: cursos que continúen después del A2, gente con quien practicar cada semana, y motivos reales para llegar al B2. Lo demás ya se sabe que no funciona, porque llevamos ciento veinte años probándolo.

Y si has llegado hasta aquí siendo uno, que quede claro qué dice este artículo y qué no. No dice que no valga la pena aprender esperanto, ni que te quedarás donde estás. Lo que dicen las fuentes es que el primer escalón es amplísimo y el segundo está mal señalizado, y que eso es cosa nuestra, no tuya. Con el nivel del primer escalón ya se hace la mayor parte de lo que se hace en esta lengua: seguir una charla, leer el boletín, escribir a alguien de la otra punta del mundo y que te entienda. Y del escalón se pasa —eso también lo dicen las fuentes— hablando cada semana con alguien, no estudiando gramática a solas. Nosotros tenemos el Kafo-Kunveno todos los miércoles, y allí se va a hablar como se pueda: ese es exactamente el lugar donde un eterno principiante deja de serlo.


Fuentes

Véase también

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