Una de las afirmaciones más repetidas en la divulgación del esperanto es que es una lengua fácil. Nosotros también la hemos hecho, muchas veces y en directo. Pero una lengua no es fácil o difícil en abstracto: lo es para una persona determinada, que parte de unas lenguas determinadas, que vive en un entorno determinado y que quiere llegar a un nivel determinado. Este artículo intenta separar las tres cosas que solemos mezclar en esa palabra: cómo de regular es la lengua, qué distancia hay entre ella y las que ya sabemos, y cuántas ocasiones tendremos de usarla.
Una pregunta que ya se hacía aquí en 1984
En el congreso español de esperanto de 1984, Dennis Keefe —que entonces era profesor de inglés en Berlitz y a quien el grupo de Valencia había propuesto el año anterior como profesor de la experiencia piloto de esperanto en la enseñanza media— presentó una conferencia con un título que lo dice casi todo: «Esperanto, lengua fácil, pero… ¿fácil de enseñar?»
La pregunta tiene más de cuarenta años y sigue siendo la buena. Porque «fácil» no es una propiedad que una lengua tenga o no tenga: es una relación entre una lengua y alguien.
Lo que decimos nosotros cuando decimos «fácil»
Vale la pena empezar por casa. En las entrevistas que hemos publicado, la afirmación aparece una y otra vez, y casi siempre sin matizar.
Jau «el Holandés», preguntado en Valencia Capital Radio por la complicación de aprenderlo, lo resolvió en una frase: «Es la lengua más fácil del mundo». Alberto Granados, en Onda Cero, lo llevó hasta la consecuencia institucional: la UNED no imparte el nivel A1 de esperanto porque «el esperanto es más fácil que cualquier otro idioma, con lo cual el nivel A1, de letrear y familiarizarse con el idioma y tal, lo damos por sabido». Y en la entrevista de Ràdio Klara de 2020, el presentador Manolo lo formuló como una objeción: «Puede haber gente que esté sorprendida de eso que estás diciendo, porque ya lo has repetido varias veces: que es fácil aprender esperanto».
No es cosa de dos entrevistas. Lo hemos dicho siempre y en todas partes. La misma conversación de Ràdio Klara lo lleva hasta el detalle técnico: «las dificultades de la pronunciación que tienen muchos idiomas, incluyendo el inglés, que es la lengua franca de facto. En el esperanto no están, porque es una lengua totalmente fonemática —creo que se dice—, que es que cada fonema es un sonido y viceversa. Entonces tú ves una palabra y siempre sabes pronunciarla, escuchas una palabra y sabes escribirla, aunque no sepas lo que estás diciendo. Y eso simplifica mucho. En resumen, que dicen que cuesta 10 veces menos tiempo de aprender que el inglés, por todo esto. Las reglas son 16».
De esas tres afirmaciones, lo de la lengua fonemática es exacto, el multiplicador es una cifra que circula, y lo de las dieciséis reglas ya lo matizamos cuando contamos por qué hay tantos informáticos entre quienes hablan esperanto: la gramática es regular, pero el esperanto no es una lengua «lógica» —hay adverbios que son raíces sueltas, hodiaŭ, nun, tro, y modismos que no se deducen de las piezas—.
En la presentación de Esperanto y esperantistas de Teruel, en 2022, la misma idea se dice aún más de frente: «insisto mucho en la facilidad del esperanto porque es muy relevante […] aprender lenguas en general es un trabajo de años, pero con el esperanto cambia totalmente un orden de magnitud gracias a que la fonética es súper simple: tienes una letra, es un sonido siempre […] el acento lo tienes que aprender porque siempre es en la penúltima sílaba. Todas las palabras son llanas». Y nuestra página de aprender esperanto desde cero lo resume en dos líneas: «el alfabeto del esperanto es fonético, lo que significa que se pronuncia exactamente como se escribe. ¡Aprenderlo es un primer paso fácil!».
Viene de lejos, esto: nuestro boletín ya publicaba las dieciséis reglas en verso en 1969, y volveremos a esos versos más abajo.
Ahora bien, en esa misma entrevista de 2020 la respuesta ya hace la distinción que nos interesa: «Es verdad que hay dificultades para aprenderlo comparado con otros idiomas nacionales o mainstream, o como lo quieras llamar. Y es que no es tan fácil encontrar gente que hable esperanto. Eso es una realidad y no os lo voy a negar».
Esas dos frases seguidas son todo el artículo. La primera habla de la estructura de la lengua; la segunda, del entorno donde se aprende. No son la misma dificultad y no se compensan entre sí. Y la primera, además, es de las pocas que se pueden comprobar.
¿Fácil para quién? La respuesta que da el FSI sin pretenderlo
El ranking de dificultad de lenguas más citado del mundo es el del Foreign Service Institute, la escuela de idiomas del Departamento de Estado de los Estados Unidos. Clasifica las lenguas por las horas de clase que cuesta llegar a competencia profesional, y las cifras son contundentes: 552-690 horas para el castellano, el francés, el italiano o el portugués; 828 para el alemán, el indonesio o el suajili; 1.012 para el ruso, el polaco, el griego, el turco, el finés o el hindi; y 2.200 para el árabe, el chino, el japonés y el coreano.
Es una escala muy útil, y a menudo se cita como si midiera la dificultad de las lenguas. No la mide: mide la distancia desde una lengua concreta, y el Departamento de Estado lo dice con todas las letras cuando define la categoría más alta como la de las lenguas «exceptionally difficult for native English speakers». Un ranking equivalente hecho en Lisboa pondría el castellano todavía más abajo; uno hecho en Seúl no pondría el japonés donde lo pone Washington.
La misma relatividad se nota en pequeño. Para un castellanohablante o un valencianohablante, los primeros contactos con el italiano son sorprendentemente sencillos: sin haberlo estudiado se comprende buena parte de un texto elemental. La impresión de facilidad dura hasta que llegan los pronombres clíticos, los usos de ci y ne, el congiuntivo o los períodos hipotéticos. El portugués es todavía más transparente por escrito y mucho más opaco en conversación espontánea, sobre todo en la variante europea. Y en las lenguas escandinavas se repite la combinación: comprensión escrita alta, comprensión oral difícil.
Por eso la pregunta «¿es una lengua fácil?» está incompleta. Fácil para quién, y fácil para qué: para leerla, para entender una conversación, para hacerse entender, para llegar a un B1, ¿o para hablar con precisión en un C1?
La fonética: donde el esperanto sí que gana, y cuánto exactamente
Hay un terreno donde la ventaja del esperanto es objetiva y se puede describir sin exagerar: la relación entre la escritura y la pronunciación.
Las dieciséis reglas de la Fundamenta Gramatiko dedican dos al sonido. La novena dice: «Ĉiu vorto estas legata, kiel ĝi estas skribita» —cada palabra se lee tal como se escribe—. La décima: «La akcento estas ĉiam sur la antaŭlasta silabo» —el acento va siempre en la penúltima sílaba—.
Son las dos reglas que el brasileño F. de Souza Almada versificó para nuestro boletín. Su «Versigada Esperanto-gramatiko» salió por entregas en el Valencia Luno del n.º 2 (1969) al n.º 6 (1972), y al n.º 5, de 1971 le tocaron justamente estas dos:
Ĉiu vort’estas legata / Kiel oni skribas ĝin, / Kio, fakte, faras glata / La legadon, laŭ doktrin.’
Kaj nun, la deka regulo / Pritraktanta al l’ akcento, / Kun serioza postulo / De la lingva fundamento:
Sur l’ antaŭlasta ĝi sidas; / Tiu silab’ bone rolas, / Kaj, tiel, prononcon gvidas, / Kion la leganto volas.
Cada palabra se lee como se escribe, lo que hace fácil la lectura; y el acento se asienta en la penúltima sílaba, que es la que guía la pronunciación de quien lee. Dos reglas y una gramática en verso: así de compacto es el argumento.
Estas dos reglas ahorran al aprendiz cuatro problemas que en otras lenguas cuestan años:
- Ninguna letra muda y ningún dígrafo ambiguo. Cada letra tiene un sonido y cada sonido una letra, y la correspondencia vale en los dos sentidos: quien lee una palabra nueva sabe su pronunciación, y quien la oye por primera vez sabe su escritura. El inglés falla en las dos direcciones; el francés se lee bastante bien, pero no se escribe (vert, verre, vers y ver suenan igual).
- Ningún acento gráfico y ningún acento que haya que memorizar. Nada como canto y cantó, o celebre y celebré, ni la incertidumbre del inglés entre ˈrecord y reˈcord.
- Ninguna reducción vocálica. Las cinco vocales suenan igual en sílaba tónica y en átona. En ruso, en portugués o en inglés, lo átono cambia el timbre y es una de las causas principales de que el hablante nativo parezca que «se come» las palabras.
- Ningún tono ni ninguna distinción de cantidad. No hay nada como los tonos del chino o del vietnamita, ni oposiciones de vocal larga y breve.
Y hay una quinta, que no está escrita en ninguna regla pero es real: la tolerancia. En una lengua sin hablantes nativos mayoritarios, nadie tiene el acento correcto, y el sistema no depende de distinciones finas. Un acento extranjero no deja al aprendiz fuera de la conversación como puede pasarle en francés o en inglés.
Conviene, eso sí, no atribuir a la facilidad lo que se decidió por otra razón. El mismo Valencia Luno, en un artículo sin firma titulado «Estetiko kaj lingvo» (n.º 3, diciembre de 1969), explica estas decisiones como decisiones de belleza sonora, no de aprendizaje: Zamenhof «bone sciis ke li devis eviti la rifojn de la malbonsoneco. Tial, li permesis la apostrofadon, li decidis ke la nemarkita akcento premu ĉiam la antaŭlastan vokalon kaj li uzis abunde la J-on ĉe la lastaj silaboj por eviti la malmolecon de multaj finaĵoj» —sabía que debía evitar los escollos de la mala sonoridad, y por eso permitió el apóstrofo, decidió que el acento no marcado cayera siempre en la penúltima vocal y usó mucho la j en las sílabas finales—. El acento fijo es, según esa lectura, un efecto secundario de una decisión estética. Nos salió bien.
Ese mismo artículo afirma también que el volapük «pereis […] ĉefe, pro sia barbareca elparolado», que murió sobre todo por su pronunciación bárbara. Nuestro artículo sobre el volapük no lo cuenta así: ahí aparecen las críticas fonéticas, sí, pero lo que lo deshizo fue la batalla por las reformas y por la autoridad sobre la lengua. Las dos cosas están en nuestro archivo, y la contradicción vale la pena decirla.
Y ahora la letra pequeña
Ahora bien, «cada letra un sonido» describe la ortografía, no el inventario. Y el inventario del esperanto no es pequeño: tiene siete consonantes sibilantes y africadas —s, z, c, ŝ, ĵ, ĉ, ĝ— que muchos sistemas fonológicos del mundo no distinguen todas. Aquí es donde «fácil» vuelve a pedir «¿para quién?», y la respuesta cambia incluso dentro del País Valenciano.
Un castellanohablante monolingüe no tiene como fonemas propios la v /v/, la z /z/, la ŝ /ʃ/, la ĵ /ʒ/ ni la ĝ /d͡ʒ/: cinco de los veintiocho sonidos del esperanto. En cambio, sí tiene la ĥ /x/ —la jota—, que es justamente el sonido que a los demás les cuesta más.
Un valencianohablante de la Safor, de la Marina o de la Costera los tiene los cinco en su lengua de casa: casa [z], caixa [ʃ], jove [ʒ], gent [d͡ʒ], viure [v]. Empieza con una ventaja que su vecino castellanohablante no tiene.
Pero un hablante de valenciano apitxat —el de la ciudad de Valencia y de buena parte de la Huerta, precisamente donde se reúne nuestro grupo— no. El apitxat ensordece las sibilantes sonoras: casa suena [ˈkasa] y gent suena [ˈt͡ʃent], de manera que /z/ y /d͡ʒ/ no son fonemas allí; y el área coincide a grandes rasgos con la del betacismo, que confunde b y v en /b/. Del regalo fonético del valenciano, en la capital queda la x de caixa y poca cosa más.
Que la diferencia exista entre Gandía y Valencia no invalida nada: lo ilustra. La facilidad de una lengua se mide siempre desde un lugar concreto, y el lugar puede ser una comarca.
Quedan todavía dos trampas que no dependen de la lengua de partida:
- La ĥ se está muriendo. El sonido /x/ es raro en las lenguas del mundo, y los esperantistas lo han ido sustituyendo por k: ĥemio es hoy kemio, teĥniko es tekniko, meĥaniko es mekaniko, ĥirurgo es kirurgo. Cuando la sustitución chocaba con una palabra existente, la solución ha sido otra: ĥoro («coro de voces») no podía pasar a koro, que ya quería decir «corazón», y se ha impuesto koruso. La regla de pronunciación no ha cambiado; el uso ha vaciado una letra.
- El acento penúltimo no cae donde el castellano espera. En esperanto la i no forma diptongo con la vocal siguiente: familio tiene cuatro sílabas y se acentúa fa-mi-LI-o, no fa-MÍ-lio; igual ra-DI-o, na-CI-o y re-vo-lu-CI-o (y esa c suena /t͡s/, que el castellano tampoco tiene, y que el valenciano sí —tots, potser— pero casi nunca a principio de palabra). La regla se dice en siete palabras y es de los errores que más tardan en desaparecer.
Incluso aquí, pues, la ventaja es real pero no es universal, y la regla breve no garantiza el automatismo rápido.
El acusativo: regular, breve y difícil de automatizar
El acusativo es el mejor ejemplo de todo el problema. En esperanto el objeto directo se marca con -n:
- Mi vidas la hundon. — Veo el perro.
- Mi aĉetis grandan domon. — Compré una casa grande.
La regla es extraordinariamente regular, no tiene lista de excepciones y se explica en un minuto. Y, sin embargo, un hablante de castellano, valenciano, francés, italiano o portugués puede entenderla perfectamente el primer día y seguir olvidando la -n meses después cuando habla espontáneamente. Estas lenguas conservan distinciones de caso en algunos pronombres, pero no tienen un acusativo nominal productivo que obligue a modificar el sustantivo y, cuando toca, también el adjetivo.
El esperanto añade usos todavía menos intuitivos, como el de dirección:
- Mi estas en la domo. — Estoy dentro de la casa.
- Mi iras en la domon. — Entro en la casa.
Que eso es una dificultad de verdad no es una opinión nuestra: lo escribió Zamenhof. En el proyecto de reforma de 1894 proponía eliminar la -n, y el primero de sus dos argumentos era exactamente este: los errores con el acusativo «son de los más frecuentes que cometen los esperantistas principiantes (y a menudo también los viejos)». Los esperantistas votaron que no, y probablemente acertaron —el acusativo es hoy una de las piezas que dan a la lengua su libertad sintáctica—, pero el diagnóstico era correcto.
Un hablante de ruso, de polaco, de alemán o de finés encuentra mucho más natural que un sustantivo marque morfológicamente su función, aunque el sistema de casos de su lengua sea incomparablemente más complicado que el del esperanto. Coherente, familiar y fácil son tres cosas distintas, y contar reglas no distingue entre ellas: una regla se puede explicar en treinta segundos y necesitar meses de uso antes de convertirse en automatismo.
Dificultad de la lengua y dificultad de aprenderla
Hay, además, una segunda distinción que la palabra «fácil» esconde. Una cosa es la dificultad estructural de una lengua —fonología, morfología, sintaxis, vocabulario, irregularidades, escritura— y otra la dificultad real de aprenderla.
Imaginemos una lengua de gramática extraordinariamente regular que no oímos nunca en la calle, no necesitamos en el trabajo, no sale en las series que vemos y solo podemos practicar después de buscar deliberadamente otros hablantes. E imaginemos otra, llena de irregularidades, que encontramos cada día en Internet, en la música, en las películas, en los videojuegos, en los manuales técnicos y en los viajes. La primera es estructuralmente más sencilla. La segunda es mucho más fácil de incorporar a la vida.
La investigación sobre adquisición de segundas lenguas hace décadas que atribuye un papel central al input —la exposición a la lengua— y a la interacción, que es lo que da ocasión de comprender, de producir, de negociar significados y de corregir representaciones incompletas. No es una cuestión menor ni un complemento de la gramática: es una parte de la dificultad, tan real como el acusativo.
Fácil para qué: el día que lo medimos
Hasta aquí todo son distinciones. Pero esta es de las pocas que se pueden poner en cifras, y las tenemos: hemos medido el curso Esperanto12 entero —las doce lecciones del método de Zagreb, gratis y con audio, el más recomendado para empezar de cero en castellano— y lo hemos contrastado destreza por destreza con los descriptores del Marco Común Europeo.
El resultado es exactamente la forma que tiene la palabra «fácil» cuando se la mira de cerca:
| Destreza | Nivel al acabar el curso |
|---|---|
| Comprensión lectora | A2, rozando el B1 |
| Comprensión auditiva | A2 |
| Expresión escrita | A1–A2 |
| Expresión oral | A1 |
| Interacción | A1 |
Entenderlo va mucho más rápido que hablarlo. Y la causa no es ninguna dificultad gramatical: el curso da los seis tiempos y modos simples enteros, el acusativo incluido el de dirección, la tabla de los 45 correlativos y 27 afijos. Lo que no da es otra persona al otro lado. Los 789 ejercicios son todos de traducir o rellenar huecos; no hay ni una redacción libre ni una conversación.
También hay, en la misma medición, la mejor demostración de que la ventaja del esperanto es real. Las 455 raíces del curso no equivalen a 455 palabras: lern·i, lern·ant·o, lern·ant·in·o, lern·ej·o y lern·o·libr·o son aprender, alumno, alumna, escuela y libro de texto, y en castellano son cinco cosas distintas que hay que memorizar por separado. Con los afijos, cada raíz da entre cinco y quince palabras que se entienden sin haberlas visto nunca. Eso sí es un ahorro objetivo, y es la razón real de que doce lecciones lleguen tan lejos.
Y su borde, también objetivo: si la raíz no está, no está. Komputilo, trajno, flughaveno, kuracisto —ordenador, tren, aeropuerto, médico— no salen en el curso, y ninguna regla los hace aparecer.
Queda un dato que conviene poner al lado de lo que decíamos al principio. Recordemos que la UNED no imparte el A1 «porque el esperanto es más fácil que cualquier otro idioma». Pues bien: en todo el sistema de exámenes de la Asociación Universal de Esperanto no existe ningún examen de A1 ni de A2. Los niveles que se convocan son B1, B2, C1 y, una vez al año, C2. Sea cual sea el motivo, el resultado práctico es este: al acabar un curso completo de principiantes no hay nada a lo que presentarse, porque el primer certificado que existe está un nivel por encima de donde el curso te deja.
La ventaja del inglés no está en su gramática
Un adolescente de Valencia acumula una cantidad enorme de exposición al inglés sin haber decidido buscarla: música, videojuegos, YouTube, redes, aplicaciones, sistemas operativos, documentación técnica, series, universidad, turismo. Y en determinadas profesiones, aprenderlo aumenta directamente las posibilidades de encontrar trabajo.
Nada de eso hace más coherente la ortografía inglesa, ni elimina los verbos irregulares, ni los phrasal verbs, ni la distancia entre grafía y pronunciación. Pero proporciona tres cosas que la gramática no da: exposición, oportunidades de uso y motivación.
Con el esperanto la situación es otra. Nunca había sido tan sencillo encontrar materiales —libros, cursos, vídeos, pódcasts, grupos de conversación, congresos, comunidades internacionales a un clic—, pero en la mayor parte del mundo la exposición hay que buscarla voluntariamente. Una persona puede vivir toda la vida en Valencia sin oír por casualidad una conversación en esperanto. Eso también es parte de la dificultad de aprenderlo, y no aparece en ninguna gramática.
Un caso mucho más cercano: aprender valenciano en Valencia
No hace falta recurrir a una lengua planificada para ver la diferencia entre dificultad estructural y dificultad real. El valenciano en Valencia da un ejemplo mejor.
Para un castellanohablante, el valenciano es lingüísticamente muy próximo: comparte mucho vocabulario y muchas estructuras, y se puede comprender una proporción considerable de un texto sencillo antes de haberlo estudiado. Y quien vive en Valencia se encuentra dentro del territorio donde es lengua propia y oficial. El Estatuto de Autonomía establece que el valenciano es la lengua propia de la Comunidad Valenciana, que es oficial junto con el castellano y que la Generalitat debe garantizar su uso normal y oficial; la Ley de Uso y Enseñanza del Valenciano de 1983 se fija como objetivos hacer efectivo el derecho a conocerlo y usarlo y proteger su recuperación.
Sobre el papel, pues, las condiciones son inmejorables. En la práctica depende mucho del entorno, y el entorno de la capital no es el del conjunto del territorio.
Según la Encuesta de conocimiento y uso social del valenciano de 2021 de la Generalitat, en la ciudad de Valencia y el área metropolitana un 10,3 % habla siempre valenciano en casa y un 69,2 % habla siempre castellano. En la región de Alcoy-Gandía las cifras son 37,9 % y 28,2 %. La misma lengua, el mismo estatuto legal, la misma distancia desde el castellano: entornos distintos.
Y la exposición no es solo oral. También la forman los rótulos de los comercios, las cartas de los restaurantes, los anuncios, los escaparates, las páginas web y todas las palabras que leemos incidentalmente mientras hacemos otra cosa: lo que la sociolingüística llama paisaje lingüístico. La tesis doctoral de Yaiza Pérez Alonso, dedicada específicamente a la presencia y el uso del valenciano en el ámbito comercial, combina observación del paisaje visual y sonoro, grupos de discusión y encuestas en diversas zonas valencianas, Valencia y su área metropolitana incluidas, y describe un paisaje comercial fuertemente castellanizado y una baja vitalidad del valenciano, con un detalle interesante: la presencia sonora es superior a la visual. El trabajo de Lucía Bellés-Calvera sobre la señalización de tres zonas valencianas constata igualmente grandes diferencias entre poblaciones y entre señalización pública y privada, y una presencia notable del inglés en determinados espacios comerciales.
No tenemos un censo de cartas de restaurante, y por lo tanto no podemos convertir la impresión cotidiana de que en ciertas calles es más fácil encontrar una en inglés que en valenciano en un dato sobre toda la ciudad. Lo que sí está documentado es la baja visibilidad comercial del valenciano.
La lógica de cada negocio, además, es perfectamente comprensible: prácticamente cualquier valencianohablante de la ciudad entiende el castellano, de manera que una versión en valenciano aporta poca cobertura comunicativa adicional, mientras que una en inglés puede llegar a clientes que no entienden ninguna de las dos. El problema aparece en el resultado agregado: una decisión razonable repetida por miles de negocios hace menos visible el valenciano en el espacio público. Y quien lo estudia tiene entonces menos ocasiones de leerlo incidentalmente, menos estímulos que le recuerden vocabulario y menos situaciones donde la lengua aparezca como la manera normal de hacer una cosa cotidiana. La dificultad no estaba en la gramática: estaba en el entorno.
¿Y si lo hablas y te contestan en castellano?
Hay todavía una dificultad característica del bilingüismo asimétrico, y esta sí que está medida.
La encuesta de 2021 pregunta literalmente qué hace cada uno cuando habla una lengua y le contestan en la otra, y las dos direcciones no se parecen. Cuando alguien habla valenciano y le contestan en castellano, un 50,2 % cambia de lengua y solo un 5,4 % sigue en valenciano —el 42,9 % restante responde que nunca se dirige a nadie en valenciano—. Cuando habla castellano y le contestan en valenciano, cambia una proporción parecida, un 47,2 %, pero los que se plantan son muchos más: un 39 % sigue en castellano y un 10,4 % pide si pueden volver a la lengua inicial.
Cambiar, pues, cambia todo el mundo. La diferencia está en quién se queda: descontando a los que nunca empiezan una conversación en valenciano, de cada diez que sí lo hacen, nueve pasan al castellano cuando les contestan en castellano.
Para el aprendiz, eso produce una paradoja: cuanto peor habla valenciano, menos posibilidades acaba teniendo de practicarlo. Quien duda, habla lento o tiene acento castellano se encuentra con que el interlocutor cambia —probablemente con buena intención, para facilitar la comunicación—. Un estudiante de inglés en Londres difícilmente tiene ese problema, porque el dependiente no suele tener ninguna lengua compartida a la que saltar. En Valencia el castellano está siempre disponible.
El esperanto conoce el fenómeno y le ha puesto nombre. En la entrevista de Ràdio Klara de 2020 se explica así: «Muchas veces se dice «cocodrilear»: es el verbo que se utiliza para decir «hablar en tu lengua materna con un esperantista». Digamos, eso hace el vago: en vez de hablar en esperanto, hablar tu lengua materna compartida. Eso es relativamente común; hay que tener mucha disciplina para no hacerlo, porque cuando tienes dificultad, como sabes que el otro va a entender tu idioma, pues saltas». Y la solución que se propone es la misma que funciona con cualquier lengua: buscar contextos —«encuentros internacionales, foros internacionales»— «donde sabes que a ti el castellano o el valenciano no te van a salvar».
Dos lenguas sin nada en común, el mismo mecanismo: la lengua compartida de reserva es el principal enemigo de la práctica. El esperanto lo llama krokodili; al valenciano todavía no le hemos puesto nombre.
La motivación también es parte de la dificultad
Queda un último factor que no pertenece a la lingüística interna: aprender una lengua puede abrir un trabajo, una universidad, una emigración, la familia de la pareja o el acceso directo a una cultura. Eso no hace más sencilla ninguna gramática, pero puede proporcionar muchos meses de constancia, y una lengua estructuralmente complicada pero necesaria se acaba aprendiendo más fácilmente que una muy regular que no aparece casi nunca.
Aquí es donde la comparación entre el esperanto y el inglés deja de tener sentido tal como se suele plantear. El esperanto puede presentar ventajas gramaticales enormes respecto del inglés y, a la vez, el inglés puede disponer de un ecosistema incomparable de exposición, materiales y necesidad profesional. No hay contradicción: estamos midiendo cosas diferentes.
Entonces, ¿qué podemos afirmar de verdad?
Podemos afirmar unas cuantas cosas, y son muchas:
- que la morfología es extraordinariamente regular y reduce radicalmente el número de excepciones que hay que memorizar;
- que la formación productiva de palabras permite obtener mucho vocabulario a partir de un conjunto reducido de raíces y afijos;
- que la correspondencia entre grafía y pronunciación es biunívoca y el acento es previsible sin excepciones;
- que el vocabulario es transparente desde el primer día para quien habla una lengua románica o germánica —y que eso mismo quiere decir que no lo es igual para quien habla japonés, coreano, chino o yoruba.
Y es perfectamente legítimo que alguien que ha estudiado varias lenguas diga: «El esperanto me ha resultado más fácil de aprender que cualquiera de las otras lenguas que he estudiado». Eso es una afirmación comparativa, verificable y honesta.
También podemos decir dónde se acaba esa regularidad, porque lo hemos contado en otro artículo: la morfología es sistemática, pero la semántica solo en parte, y ninguna regla dice qué palabra de cada familia ha quedado como la básica. Por qué se dice martelo pero ŝraŭbilo es una pregunta que las dieciséis reglas no contestan.
Otra cosa es «el esperanto es fácil», y otra todavía más problemática, «el esperanto es la lengua más fácil del mundo»: no existe un hablante universal respecto del cual se pueda establecer esa clasificación.
Y otra más es el multiplicador. «Dicen que cuesta 10 veces menos tiempo de aprender que el inglés», decíamos en 2020, con el «dicen» por delante, que es honesto. La cifra viene de una tradición de experimentos reales, pero no de un consenso.
Los trabajos que han estudiado experimentalmente la adquisición del esperanto han encontrado indicios favorables a un aprendizaje relativamente rápido. Dan Maxwell, que en 1988 revisó los dos «experimentos de cinco países» de los años setenta en Studies in Second Language Acquisition, concluye que dan apoyo a la pretensión esperantista de que la lengua es más fácil de aprender que las lenguas naturales —y añade inmediatamente que la conclusión es discutible, por el amplísimo abanico de variables que intervienen en el aprendizaje de una lengua. Federico Gobbo, profesor de interlingüística en Ámsterdam, llega por otro camino a algo parecido: casi todas las lenguas planificadas muestran un grado muy alto de regularidad morfológica, obtenido por una reducción drástica de la alomorfía, pero de ahí no se sigue automáticamente que sean más fáciles de aprender, porque también intervienen otros factores, entre ellos la situación sociolingüística de la lengua.
Lo que pensamos
Hasta aquí, los hechos y las fuentes. Lo que viene a continuación es opinión nuestra.
Creemos que «el esperanto es fácil» es una mala frase para la divulgación, y no porque sea falsa, sino porque es inverificable y porque promete una cosa que después no se cumple. Quien la oye entiende «no me costará esfuerzo». Cuando al tercer mes descubre que sigue olvidándose la -n y que para practicar tiene que buscar gente deliberadamente, la conclusión que saca no es «el entorno no me acompaña»: es «a mí se me dan mal los idiomas», o «me han engañado».
La alternativa no es renunciar al argumento, que es bueno. Es decirlo entero: aprender esperanto rinde mucho más por hora invertida que cualquier lengua nacional, especialmente al principio; lo que no te ahorra es tener que buscar con quién hablarlo. La primera mitad es nuestro mejor argumento; la segunda es lo único que la hace creíble.
Y tiene una consecuencia práctica que no es retórica. Si el cuello de botella está en la producción y en la interacción —y la medición del curso dice que sí—, el orden de las cosas importa: primero buscar con quién hablar, después estudiar más vocabulario. Al revés es como se queda la gente con mucho léxico y sin habla. Por eso, cuando alguien acaba un curso y nos pregunta qué hace ahora, la respuesta honesta no es otro curso: es venir un miércoles.
Y vale la pena tener presente que la dificultad de una lengua depende al menos de su estructura, de la distancia respecto de las que ya sabemos, del nivel que queremos, de la exposición que recibimos, de las ocasiones de usarla, de los materiales y de la motivación para continuar. El valenciano muestra que una lengua puede ser lingüísticamente vecina y, sin embargo, costar de incorporar a la vida diaria mucho más de lo que sugeriría la gramática. El inglés muestra lo contrario: una lengua llena de irregularidades puede resultar accesible porque está por todas partes. El esperanto muestra una tercera posibilidad: una lengua deliberadamente regular, pensada desde el principio para quien la tiene que aprender, con una exposición ambiental incomparablemente menor.
Por eso, cuando alguien diga que una lengua es fácil, la respuesta más rigurosa quizás sea simplemente una pregunta.
¿Fácil, para quién?
Fuentes
- Federico Gobbo, «Are planned languages less complex than natural languages?», Language Sciences, vol. 60 (2017), pp. 36-52: https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S0388000116301668
- Dan Maxwell, «On the Acquisition of Esperanto», Studies in Second Language Acquisition, 10 (1), 1988, pp. 51-61: https://www.cambridge.org/core/journals/studies-in-second-language-acquisition/article/abs/on-the-acquisition-of-esperanto1/0FD9F5E23FB251AA81920505187A91BC
- Akademio de Esperanto, Fundamento de Esperanto: Gramatiko (las dieciséis reglas; reglas 9 y 10 sobre pronunciación y acento): https://www.akademio-de-esperanto.org/fundamento/gramatiko.html
- Bertilo Wennergren, Plena Manlibro de Esperanta Gramatiko, sobre la pronunciación, el acento y el retroceso de la ĥ: https://bertilow.com/pmeg/skribo_elparolo/elparolo/bazaj_reguloj.html
- L. L. Zamenhof, Pri reformoj en Esperanto, La Esperantisto, 1894, sobre la propuesta de eliminar el acusativo: https://tekstaro.com/t?nomo=reformoj-esperanto
- Foreign Service Institute, Department of State, Foreign Language Training (categorías de dificultad y horas de clase, definidas explícitamente para hablantes nativos de inglés): https://www.state.gov/national-foreign-affairs-training-center/foreign-language-training
- Generalitat Valenciana, Enquesta 2021. Coneixement i ús social del valencià. Síntesi de resultats (lengua hablada en casa por regiones, p. 23; cambio de lengua si el interlocutor habla en la otra lengua, p. 21): https://presidencia.gva.es/documents/161863132/174616028/enquesta+%C3%BAs+del+valencia%CC%80+2021_web.pdf
- Yaiza Pérez Alonso, Presència i ús del valencià en l’àmbit comercial, tesis doctoral, Universitat de València, 2021: https://producciocientifica.uv.es/documentos/6230224dc43e8f7de943ccd8
- Lucía Bellés-Calvera, «The Linguistic Landscape of the Valencian Community: A Comparative Analysis of Bilingual and Multilingual Signs in Three Different Areas», Languages, 4 (2), 38, 2019: https://www.mdpi.com/2226-471X/4/2/38
- Estatuto de Autonomía de la Comunidad Valenciana, texto consolidado, especialmente el artículo 6: https://www.boe.es/eli/es/lo/1982/07/01/5/con
- Ley 4/1983, de 23 de noviembre, de uso y enseñanza del valenciano: https://www.boe.es/buscar/act.php?id=BOE-A-1984-1851
- Sobre el apitxat y el ensordecimiento de las sibilantes, la Taula de Filologia Valenciana da una descripción breve y cuidada, y recuerda que es un fenómeno fonético, no un dialecto completo, y que el área del betacismo coincide con ella pero tiene un origen distinto.
- De nuestro archivo: la conferencia de Dennis Keefe de 1984 consta en el Boletín de la HEF núm. 265; las citas de Jau «el Holandés», de Alberto Granados, de la entrevista de Ràdio Klara y de la presentación del libro de Teruel salen de los artículos enlazados en el texto.
- La «Versigada Esperanto-gramatiko» de F. de Souza Almada y el artículo «Estetiko kaj lingvo» están transcritos enteros en Valencia Luno: Lunradio, de 1968 a 1975, con el resto de los números de aquella época.
- Las cifras de nivel, de vocabulario y de exámenes salen de nuestra propia medición del curso: ¿Qué nivel de esperanto se alcanza con Esperanto12?
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