Del Lingva Komitato de 1905 a la actual Akademio de Esperanto: la historia de una lengua planificada que su autor decidió dejar de planificar.

El Lingva Komitato reunido en 1907, dos años después de su fundación en Boulogne-sur-Mer. Zamenhof está en la fila de sillas.
En 1905 el esperanto ya no era el proyecto privado de Ludwik Lejzer Zamenhof. Había libros, revistas, asociaciones, traductores y hablantes en decenas de países, y el Primer Congreso Universal de Boulogne-sur-Mer acababa de demostrar que la lengua funcionaba como medio de conversación entre personas sin ninguna otra lengua común.
El éxito abría una pregunta que antes no tenía sentido. Si el esperanto ya no era propiedad de Zamenhof, ¿quién decidía sobre la lengua? ¿Quién podía declarar aceptable una palabra nueva, resolver una duda gramatical, interpretar el Fundamento? Y, sobre todo, ¿quién podía impedir que cada generación de hablantes volviera a reformarla a su gusto?
La respuesta institucional se empezó a construir ese mismo año, se llamó Lingva Komitato, y cuarenta y tres años después acabaría convertida en la Akademio de Esperanto.
El problema venía de 1894 —y de más atrás
Y tenía un precedente que todos tenían fresco. El Volapük, la lengua internacional que había triunfado antes que el esperanto, se había roto precisamente por esta pregunta: Schleyer se reservaba el derecho de veto sobre las decisiones de su propia Academia, la Academia no lo aceptó, y de la ruptura de 1889 el movimiento ya no se recuperó. La disputa sobre quién mandaba en la lengua no explica por sí sola el declive del Volapük —pesaban también la complejidad de la gramática y la deformación de las raíces—, pero contribuyó decisivamente a él, y el esperanto lo tenía delante de los ojos mientras decidía cómo gobernarse.
La necesidad de una autoridad lingüística no apareció de la nada. Durante los primeros años Zamenhof había recibido un aluvión de propuestas de mejora, muchas razonables, muchas incompatibles entre sí, y el conflicto estalló en la votación de 1894 sobre la reforma de la lengua. El reformismo perdió aquella votación, pero, como resume el esperantólogo Carlo Minnaja, «las ideas de reforma continuaron rondando entre los principales dirigentes del movimiento».
En 1905 la experiencia cristalizó en el Fundamento de Esperanto, sancionado por el mismo congreso de Boulogne: la lengua podía crecer y enriquecerse, pero necesitaba un núcleo que nadie pudiera modificar. Zamenhof llegó a pedir que el fundamento se conservara incluso con sus errores. Había puesto la estabilidad por encima de la perfección.
Eso solo resolvía media cuestión. Congelar el núcleo no elimina las dudas nuevas: una lengua que se usa continúa necesitando vocabulario, terminología técnica, criterios de estilo, interpretaciones gramaticales y soluciones para usos que los textos fundacionales no habían previsto. Hacía falta, pues, una institución capaz de gestionar la evolución sin reabrir cada vez la constitución de la lengua.
1905: un comité «simple lingva»
El acta del congreso de Boulogne es muy breve y muy clara. En la segunda sesión, presidida por el filósofo francés Émile Boirac (1851-1917), rector de la Universidad de Dijon,
«El Presidente pregunta al Congreso si consiente en la fundación de un Comité simplemente lingüístico con el Doctor Zamenhof como presidente, para consultar con él todas las cuestiones relativas a la lengua misma. Esta propuesta es aprobada por unanimidad.»
La expresión «simplemente lingüístico» no es casual: el congreso apartaba del nuevo organismo las discusiones sobre el esperantismo y sobre la organización del movimiento, donde las posiciones estaban enfrentadas, para concentrarlo en aquello que «es igual para todos», la lengua. El último acto oficial del congreso, el miércoles 9 de agosto por la mañana, fue leer los nombres de los miembros del comité, cuya elección se había encomendado a Zamenhof.
¿Cuántos eran? Aquí el relato habitual falla, y vale la pena decirlo porque la cifra se repite por todas partes. Minnaja fue a los documentos originales y encuentra tres cuentas diferentes:
| Fuente | Año | Miembros | Países |
|---|---|---|---|
| Oficiala Protokolaro del Primer Congreso | 1905 | 95 nombres | 28 |
| Esperantista Dokumentaro, núm. 1 | 1906 | 98 nombres | — |
| Jarlibro de la Lingva Komitato kaj de ĝia Akademio | 1935 | 102 | 26 |
La cifra que ha hecho fortuna —102 miembros de 26 naciones— es la más tardía, y Minnaja señala por qué es sospechosa: que se añadieran miembros después del congreso es perfectamente posible, pero «es muy imposible que disminuyeran los países». La Historio de la lingvo Esperanto de Edmond Privat (1927) lista los 95 nombres iniciales; los Aktoj de la Akademio de 1963-1967 repiten el 102 de 26, y de ahí pasó a la bibliografía posterior. Más vale citarla como lo que es: una cifra oficial que no cuadra con el acta.
De la presidencia, la propuesta aprobada era que la tuviera Zamenhof. Él no la quiso. La primera circular organizativa, del 25 de septiembre de 1905, ya comunicaba que «el señor rector Boirac, según deseo del Dr. Zamenhof, ejercerá la dirección del Lingva Komitato», y el Segundo Congreso lo confirmó formalmente. Boirac, que había presidido el congreso, dirigiría la institución hasta su muerte, en septiembre de 1917.
Zamenhof renuncia a decidir
A menudo imaginamos a Zamenhof como una especie de monarca lingüístico. En realidad pasó una década intentando dejar de serlo, y lo escribió en negro sobre blanco.
Entre 1906 y 1908 había ido publicando en La Revuo sus Lingvaj Respondoj, respuestas a dudas de gramática y de uso. En la respuesta 45, de agosto de 1908, contesta a quien quería cambiar las letras con acento circunflejo y le explica cuál es el camino legítimo: presentar la propuesta a votación del Lingva Komitato. Y añade una frase que vale por todo un régimen:
«En principio el Lingva Komitato tiene el derecho de permitir en la lengua todo aquello que encuentre necesario; yo nunca presentaré ningún obstáculo, y toda decisión del Comité maduramente pensada y votada en orden la aceptaré sin discusión.»
Poco después dejó de escribir las Lingvaj Respondoj. En el prólogo de 1910 a la recopilación explica exactamente por qué:
«Cuando vi que muchas personas ven en mis Respuestas una especie de “decisión oficial” sobre esta o aquella cuestión, y que mis Respuestas podían por tanto estorbar la evolución completamente libre de nuestra lengua o entrometerse en el campo que debe pertenecer plenamente a nuestra Academia, dejé de publicarlas. […] Mis Respuestas deben ser consideradas opiniones y consejos absolutamente privados; tomar una decisión oficial sobre esta o aquella duda lingüística solo tiene el derecho nuestra Academia, después de deliberar y votar con todo el Lingva Komitato.»
El autor de la lengua se declara a sí mismo un usuario competente más. Podía argumentar, recomendar y ser escuchado con enorme respeto, pero ya no quería que la lengua dependiera institucionalmente de la voluntad de una sola persona. Después de su discurso de despedida de Cracovia, en 1912, Minnaja lo resume sin contemplaciones: «el Maestro de hecho ya no tuvo ningún papel, no solo en el movimiento, sino ni siquiera en la lengua. El poder lo habían tomado otros».
Demasiado grande para funcionar
El Lingva Komitato era internacional y plural precisamente porque debía evitar la impresión de que una nación, una escuela o una sola persona mandaban sobre las demás. Pero un organismo de más de cien personas esparcidas por el mundo, en una época de correo postal y sin ninguna manera de votar a distancia que no fueran semanas de cartas, era difícil de hacer trabajar.
Las cifras del período lo dicen todo. En el congreso de Barcelona de 1909 el Comité constaba formalmente de 156 miembros, pero «más de la mitad no estaba representada, ni siquiera por delegados». Aquel mismo año ya se discutía si había que borrar de la lista a los miembros que no trabajaban. Y algunos miembros habían pasado ya al ido y actuaban contra el esperanto sin querer abandonar el Comité: la lucha por la lengua se libraba dentro de la institución encargada de custodiarla.
1908: dentro del comité, una Akademio
La crisis del ido, entre 1907 y 1908, exigía un órgano que fuera lingüísticamente representativo pero que pudiera decidir deprisa. El reglamento preparado por Boirac, aprobado por el Cuarto Congreso Universal de Dresde en 1908, resolvió el problema desdoblando la institución: al lado del Lingva Komitato, cada vez más grande, se definió una Akademio de como máximo 18 miembros, que haría el primer estudio de las cuestiones lingüísticas y solo después presentaría propuestas de decisión al Comité en pleno.
El reglamento definitivo, de 1912, consolidó la estructura: un Lingva Komitato de número ilimitado, con la Akademio como comisión superior suya. Las cifras reales siempre quedaron por debajo del máximo —12 académicos en 1912, 13 en 1913 sobre 150 comitatanos— y el recuento dejó de hacerse por países para hacerse por lenguas representadas: 19 en 1913, 28 en 1934 sobre 124 miembros.
Conviene evitar el anacronismo: la Akademio de 1908 todavía no es la Akademio de Esperanto de hoy. Durante cuarenta años coexistieron el Comité, amplio, y su Academia, reducida.
Entre quienes defendieron en Boulogne la tesis de Zamenhof —confiar la lengua a un comité— estaba Kazimierz Bein, «Kabe», y la ironía de su trayectoria merece ser recordada. Bein no era un descontento de fuera: era uno de los grandes traductores de la lengua, un estilista de influencia duradera, lexicógrafo y vicepresidente de la Akademio. En 1911 desapareció del movimiento repentinamente, sin dar nunca ninguna explicación. La lengua le dedicó un verbo, kabei: dejar el esperanto de golpe, como hizo Kabe.
«Controlar la evolución» no quiere decir mandar
El reglamento de las instituciones lingüísticas, tal como aparece en el Jarlibro de 1929, definía su finalidad con una cautela que lo explica todo:
«De ninguna manera el Fundamento ni el Lingva Komitato podrán ser un obstáculo para la evolución normal de la lengua, que ellos al contrario garantizan.»
Ni lengua inmutable ni lengua reformable a voluntad: núcleo estable más evolución controlada. Pero «controlar», aquí, no quiere decir gobernar. La Akademio no puede impedir que un hablante invente una palabra, ni que una comunidad adopte espontáneamente su uso, ni obligar a ningún escritor a seguir una recomendación. Su autoridad es normativa y técnica, y descansa sobre el prestigio: estudia, define, recomienda, advierte e interpreta el Fundamento.
El instrumento con el que hace crecer la lengua sin tocar su fundamento es el más ingenioso del sistema. El Universala Vortaro fundacional no podía contener todas las palabras que harían falta durante los siglos siguientes, y por eso existen los Oficialaj Aldonoj, los Añadidos Oficiales: listas de raíces que la Academia reconoce como oficiales sin reescribir ninguna regla anterior. Se han publicado nueve, el último en 2007. La diferencia con una reforma es exacta y es toda la clave del sistema: no es lo mismo decir «a partir de ahora esta regla antigua es incorrecta» que decir «a partir de ahora tenemos también este recurso nuevo». Los textos viejos continúan siendo válidos.
1948: una sola institución
La Segunda Guerra Mundial hizo el resto. Minnaja da la medida del desastre en una línea: en 1939 los miembros del Lingva Komitato eran 102; en 1946 solo quedaban 48.
La ruptura permitió una reorganización de fondo. Después de unos cuantos años de discusión y votaciones, el nuevo estatuto eliminó la duplicidad y definió una institución única con el nombre de Akademio de Esperanto, que asumía «los objetivos y los trabajos del Lingva Komitato anterior y de su Akademio». El número de miembros se fijó en 45, que Minnaja describe como «el término medio entre un comité lingüístico demasiado amplio y una Academia de antes demasiado puntiaguda». Es esta la institución que, con retoques estatutarios posteriores, llega hasta hoy.
Quién elige a los académicos
El estatuto vigente define la Akademio como «una institución lingüística independiente, cuya tarea es conservar y proteger los principios fundamentales de la lengua esperanto y controlar su evolución» —prácticamente la misma fórmula de 1908. Y su composición responde a un mecanismo de cooptación:
| Artículo | Contenido |
|---|---|
| 3 | «El número de académicos sea en principio 45.» |
| 4 | Mandato de 9 años, reelegible. |
| 5 | Cada tres años se somete a votación un tercio de los miembros. |
| 8 | Para ser candidato hay que ser «propuesto por al menos 5 académicos, que representen al menos tres lenguas nacionales distintas». |
| 9 | El presidente pregunta al candidato por su formación, su obra en esperanto y su «fidelidad al Fundamento de Esperanto». |
Son los mismos académicos, pues, quienes eligen a los futuros académicos. Tiene una lógica evidente —no tendría mucho sentido elegir gramáticos y lexicógrafos por popularidad— y el estatuto prioriza explícitamente a esperantólogos, lexicógrafos, pedagogos y autores y traductores que hayan enriquecido la lengua. Pero la cooptación plantea también una pregunta legítima sobre cómo se renueva intelectualmente una institución que elige ella misma a sus sucesores, y sobre cuánto le cuesta incorporar escuelas minoritarias. Es el mismo dilema de siempre: estabilidad contra renovación.
Y la pregunta del artículo 9 cierra el círculo. La institución encargada de gestionar el cambio está obligada, a la vez, a proteger el principio que lo limita.
La Academia también es un campo de batalla
Convendría no imaginársela como un tribunal sereno. En 1963 la Akademio quedó partida en dos por el debate sobre -ata e -ita: si una acción acabada en el pasado se debía expresar con el participio pasivo imperfectivo o con el perfectivo. Los partidarios de -ata se llamaban «simetristas» o «logicistas»; los de -ita se llamaban «zamenhofianos». La chispa inicial fue que el académico Teo Jung, director de Heroldo, corregía los artículos que le enviaba para publicar el académico Ivo Lapenna.
Minnaja, que era académico, no disimula lo que había debajo: «Se trataba, también esta vez, de una cuestión de poder». La disputa sobre los participios iba acompañada del deseo de cambiar la junta de la Academia, con circulares entre partidarios, dos candidaturas enfrentadas y acuerdos secretos para concentrar los votos negativos. En 1963 ganó la candidatura de los itistas. Un siglo después, los dos usos continúan conviviendo.
Entonces, ¿quién manda?
Nadie del todo, y esa es la respuesta seria.
Zamenhof no: renunció conscientemente y lo dejó escrito. La Akademio tampoco: tiene autoridad normativa y ningún poder coercitivo. Las asociaciones internacionales organizan el movimiento, pero no poseen la lengua. Y ningún hablante individual puede modificar su sistema.
Lo que hay es un equilibrio entre tres fuerzas. El Fundamento fija los límites estructurales que garantizan que la lengua siga siendo reconocible. La Akademio interpreta, estudia, oficializa vocabulario y orienta dentro de esos límites. Y la comunidad de hablantes es quien hace realmente el uso: las palabras nacen, los significados se desplazan, las construcciones se ponen de moda o desaparecen, y ninguna academia puede mantener vivo artificialmente un uso que la gente ha abandonado —como muestra el caso de los nombres de países en -io, condenados por el Lingva Komitato como contrarios al Fundamento y hoy absolutamente normales.
La paradoja es que el esperanto nació porque una persona planificó su estructura, y sobrevivió porque esa persona fue renunciando a continuar planificándola. El creador fija un núcleo, entrega la autoridad a una institución, la institución pone límites y el uso cotidiano hace el resto.
Eso no cierra ninguno de los debates. ¿Qué pasa cuando una innovación muy extendida choca con una interpretación tradicional del Fundamento? ¿Hasta qué punto una institución cooptada tiene legitimidad para decidir qué evolución es aceptable? Las discusiones contemporáneas sobre género gramatical, pronombres como el ri o formas nuevas vuelven una y otra vez a la misma pregunta que Zamenhof intentó resolver hace más de un siglo: ¿cómo se deja evolucionar una lengua planificada sin convertirla de nuevo en un proyecto permanentemente rediseñable?
No sabemos si el sistema es el óptimo. Sí que podemos observar su resultado: más de un siglo después, quien habla esperanto puede leer los textos de 1905 y reconocer en ellos sin esfuerzo la misma lengua. Es posible que esa continuidad sea el mayor éxito de la Akademio, y es posible que esa misma rigidez haya retrasado mejoras útiles. Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez.
Fuentes
- Carlo Minnaja, «La cent jaroj de la ĉefa lingva institucio» (2005), síntesis documentada con las cifras y las citas de los protocolos, reglamentos y anuarios.
- L. L. Zamenhof, Lingvaj Respondoj, respuesta 45 (La Revuo, agosto de 1908) y prólogo de 1910.
- Akademio de Esperanto, Statuto.
- Akademio de Esperanto, «Historio de la Akademio».
- Akademio de Esperanto, Oficialaj Informoj y Oficialaj Aldonoj al la Universala Vortaro.
- Akademio de Esperanto, Fundamento de Esperanto.
- Vikipedio, «Lingva Komitato».
- Vikipedio, «Kazimierz Bein»: https://eo.wikipedia.org/wiki/Kazimierz_Bein
La fotografía del Lingva Komitato (1907) proviene del Bildarchiv Austria a través de Wikimedia Commons; es de dominio público.
Referencias
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