En esperanto li significa «él» y ŝi, «ella». Desde 1976 una parte de los hablantes usa también ri: un pronombre singular para referirse a una persona sin indicar su género, porque no se conoce, porque no viene al caso o porque esa persona lo prefiere. A este uso se le llama riismo. Lo que casi nadie sabe es que el debate entero —el pronombre, los sufijos, el Fundamento y si aquello tenía alguna importancia— ya se había librado entre 1979 y 1986 en un boletín feminista hecho desde la oficina central de la UEA.
Un ejemplo vale más que la definición:
Se iu telefonas, diru al ri, ke mi revenos poste.
Si llama alguien, díle que volveré después.

La portada del número 0 de Sekso kaj Egaleco, octubre de 1979.
Nada de lo que viene a continuación se discute aquí por primera vez. El análisis de referencia del tema es «Esperanto kaj sekso», que Marcos Cramer —que en esperanto firma Markos Kramer— publicó en Lingva Kritiko el 16 de octubre de 2014: describe cómo marca el sexo el esperanto tradicional y compara una por una todas las propuestas de cambio. De él vienen aquí el concepto de marca, la clasificación de los sustantivos y los argumentos sobre el Fundamento, y suya es también la única encuesta de uso que existe, de donde salen las cifras del final. Lo que él despacha en una frase —el boletín donde se libró el debate entre 1979 y 1986— es justamente lo que cuenta este artículo.
Tres preguntas que no son la misma
Conviene separarlas desde el principio, porque la discusión las mezcla siempre y ri solo contesta dos:
- Cómo hablar de una persona indeterminada, cuando el género no se conoce o no importa. Ri lo resuelve.
- Cómo hablar de una persona no binaria concreta. Ri lo resuelve también, pero eso es un uso posterior: en 1976 nadie tenía eso en la cabeza. La propuesta original quería evitar el masculino genérico y que las mujeres quedaran incluidas. El uso no binario es una ampliación de las últimas décadas.
- La asimetría del vocabulario: que patro sea «padre» y haga falta patrino para «madre». Eso ri no lo toca en absoluto. Es otro problema —que se puede plantear como una cuestión de justicia o como una simple cuestión de coherencia de la lengua— y tiene sus propias propuestas.
Diciembre de 1976: la propuesta
La primera formulación conocida es de Ole Hagemann, y no salió en ninguna publicación feminista, sino en Eĥo, la revista de la Dana Esperanto-Asocio. El artículo se llamaba «Seksa egaleco — ankaŭ lingve», y en la página 114 está la frase fundacional:
«Tial mi proponas enkondukon de la komunseksa pronomo: ri = li aŭ ŝi.»
«Por eso propongo la introducción del pronombre común a los dos sexos: ri = li o ŝi.»
No sería extraño que varias personas hubieran llegado a ello por separado: en esperanto quedan pocas consonantes libres para hacer un pronombre que siga el patrón de los que ya hay. Pero eso no lo podemos documentar, y esta sí que es la primera aparición con fecha y página.
Octubre de 1979: la plataforma
Sekso kaj Egaleco nacía aquel mes. La hacía Anna Brennan —hoy Anna Löwenstein—, británica de veintiocho años que trabajaba en la oficina central de la UEA. El editorial del primer número ya contestaba la pregunta que la revista se haría siempre:
«Así pues, ¿SkE es solo para mujeres? Naturalmente, como son las víctimas más evidentes de la discriminación sexual, se ocupan del tema más que los hombres. Sin embargo, la existencia de cualquier forma de discriminación —y sobre todo de una clase en la que todos estamos regular y directamente implicados— debería ser un tema importante para personas de ambos sexos.»
Veintiséis años después, Femina llevaría esa misma idea al subtítulo: ne nur por virinoj.
En las páginas 4 a 6 de aquel número cero, la redactora plantea el problema:
«¿Cuál es la alternativa a li? Decir constantemente «li aŭ ŝi» es inadecuado, y plantea un problema nuevo: ¿qué pronombre se pone primero?»
Y añade una observación que sigue siendo el argumento central a favor de cualquier reforma de este tipo en esta lengua:
«El esperanto, probablemente, es más receptivo a evoluciones nuevas que las lenguas nacionales. Primero, porque es una lengua nueva, y por tanto los usos obsoletos no están sostenidos por una tradición larga. Además, para la mayor parte de los hablantes es una lengua aprendida. Un hablante nativo difícilmente podría adaptarse a un uso pronominal nuevo, mientras que un alumno de un curso de esperanto no notaría ningún problema.»
A continuación venía la carta de Hagemann, «La komunseksa pronomo ri», con una predicción y una consecuencia:
«Ese pronombre se volverá en el futuro una palabra extraordinariamente frecuente —mucho más frecuente que li y ŝi—. […] Por esa frecuencia es esencial la brevedad del pronombre común. Preferentemente debe constar solo de una consonante + i.»
Con ese criterio lista tres posibilidades: un pronombre nuevo hi dejando li como común; generalizar ĝi; o el pronombre nuevo ri. Rechaza la primera porque obliga a cambiar el significado de un pronombre existente, y la segunda con un argumento que no es el que uno espera de un reformista:
«Desaconsejo firmemente usar ĝi para personas, porque vale la pena conservar la distinción entre cosas y personas. […] Si se rompe esa tradición, se empobrecerá la lengua.»
El argumento de la brevedad se puede comprobar con los dedos: ri es una palabra de dos letras, como li y ŝi, donde la perífrasis que evita gasta tres. Y no es una perífrasis de laboratorio: cuarenta años después, preguntados cómo se referían a una persona indeterminada, el 25% de los encuestados contestaba «li aŭ ŝi» —más que quienes contestaban ri (17%) o ĝi (12%)—.
Abril de 1980: el pronombre llega a los estatutos de la UEA
El número 2 trae la pieza más sustanciosa, y no la firma ninguna activista sino Werner Bormann, a quien la UEA había encargado la conferencia solemne del Congreso Universal de Atenas de 1976.
Bormann cuenta que, preparando aquel texto sobre la entrada de Grecia en el Mercado Común «sin discriminación», llegó a una frase donde le hacía falta un pronombre para la noción general de ser humano. La costumbre europea pedía li. Y, dice, «escribiendo sobre un tema ligado a la igualdad de derechos, y bajo el recuerdo del Año de la Mujer de la ONU recién terminado, sentí la inadecuación de aquella identificación: hombre en general = él».
Por qué li no es inocente
Bormann lo sintió; la lingüística lo explica. Cramer parte de una distinción que la discusión corriente no suele hacer: una cosa es que una forma esté marcada y otra que sea neutra —una distinción que la lingüística debe a Trubetzkoy (1931) para la fonología y a Jakobson (1932) para el significado—. Cuando una lengua distingue posibilidades contrarias, a menudo una tiene expresión propia y la otra no; la que no la tiene se expresa con la forma general, que vale para los dos casos. Pasa fuera del sexo: preguntamos «¿cómo es de largo?» sin saber todavía si es largo o corto, y el volumen de un cuerpo es el largo por el ancho por el alto, y no el corto por el estrecho por el bajo. Largo, ancho y alto son las formas no marcadas.
En el esperanto tradicional —el de Zamenhof y el de todos los hablantes competentes hasta los años setenta— ŝi está marcado como femenino y li no está marcado. Por eso servía para una persona de sexo desconocido o indiferente, y por eso el Ekzercaro del Fundamento lo usa de una manera que solo tiene sentido si incluye a las mujeres:
«Como todo el mundo ama normalmente a una persona que se le parece (simila al li), esta madre amaba ardientemente a su hija mayor, y a la vez tenía un odio terrible contra la más pequeña.» (Ekzercaro, §13)
Ahora bien —y aquí está el nudo— no marcado no quiere decir neutro. Como hay pronombre femenino marcado y no hay ninguno masculino, li acaba usándose para hablar de hombres muchísimas más veces que para hablar de una persona indeterminada, y esa frecuencia pesa:
«Ese uso frecuentísimo de li para hablar de hombres supera claramente en cantidad el uso de li para una persona no específica; eso crea en la mente de los usuarios de la lengua la tendencia a pensar en primer lugar en un hombre cuando se usa li, aunque se trate de un uso para una persona no específica. Naturalmente que se puede entender sin ningún problema que también se incluía a las mujeres, pero esa capacidad de comprensión no elimina de ninguna manera el mecanismo mental que hace pensar primero en hombres.»
De ahí que la objeción «li ya es asexuado, no hace falta cambiar nada» sea, según Cramer, una confusión entre las dos cosas. Y Zamenhof, treinta años antes de que la lingüística acuñara el concepto de marca, ya había escrito que aquello no era una regla de la lengua sino un acuerdo entre hablantes. Bormann se fue a buscarlo.
Qué dijo Zamenhof exactamente
En el diccionario y en las Lingvaj Respondoj, citó la respuesta 91. Vale la pena leerla entera, porque dice más cosas de las que Bormann sacó:
«Cuando hablamos de una persona sin indicar su sexo, entonces sería regular usar el pronombre ĝi (como hacemos por ejemplo con la palabra «niño»), y si lo hacéis así, gramaticalmente tendréis toda la razón. Pero como la palabra ĝi (usada especialmente para «animales» o «cosas inanimadas») contiene en sí algo degradante (y también contrario a la costumbre), y para la idea de «persona» sería un poquito desagradable, por eso os aconsejaría hacer como se hace en las otras lenguas y usar para «persona» el pronombre li. […] Porque, como hemos convenido tácitamente que cada vez que no hablamos específicamente del sexo femenino podemos usar la forma masculina para los dos sexos […], con eso mismo hemos convenido también que el pronombre li lo podemos usar para «persona».»
Zamenhof, pues, no lo había resuelto: había reconocido que ĝi era gramaticalmente correcto y había recomendado lo contrario. Pero de paso deja dicha una cosa que serviría a los dos bandos durante cuarenta años: que el masculino genérico en esperanto no es una necesidad de la gramática sino un acuerdo tácito entre hablantes. Bormann citó la primera mitad de la respuesta; sus adversarios podían citar la segunda.
La votación
En aquel mismo congreso de Atenas, el profesor Jonathan Pool usaba zi en su conferencia. De golpe había cuatro candidatos: ĝi, zi, ri y li.
Y ahí la cosa deja de ser una discusión de revista. La UEA estaba redactando estatutos nuevos; los de 1947 daban por hecho que el presidente es li, y el secretario general también. Las discusiones en el Comité dejaron claro que ni siquiera el ĝi avalado por Zamenhof pasaría. El máximo acordado fue que la comisión redactora evitara «pronombres limitados a un solo sexo», y se votó: 31 votos a favor de un lenguaje no discriminatorio en los estatutos, 7 en contra y algunas abstenciones.
La comisión redactora resolvió el problema de la manera más práctica posible: quitando casi todos los pronombres y repitiendo los sustantivos.
Bormann cerraba señalando que el pronombre no era el nudo de la cuestión:
«El pronombre sexista no es una cosa aislada. Un problema paralelo es la costumbre de los esperantistas de diferenciar casi siempre entre hombres y mujeres por el uso incesante del sufijo -ino. […] ¡El uso lingüístico actual es contra-fundamental! Que los lectores vuelvan a leer en el Fundamento los significados de los sufijos y de las terminaciones gramaticales: todos están definidos sin sexo.»
Enero de 1981: Irán, y «¿por qué no ŝi-li?»
El número 5 recoge las respuestas. Jila Sadigi, desde Irán —una de las cinco miembros de la comisión de mujeres de la UEA—, cuenta que conocía el pronombre desde 1977, que lo empezó a usar en sus cursos y que lo recomendó a todos los profesores de esperanto. Y pone sobre la mesa un argumento que a los europeos no se les ocurría:
«Ni nuestra lengua —con unos 65 millones de hablantes— ni el turco —con más de 90 millones— tienen pronombres de sexo. En persa usamos el pronombre u, tanto para ŝi como para li, y se traduce perfectamente por ri. Nuestros alumnos no tienen la costumbre de dividir siempre los sexos y de estar siempre conscientes del sexo de la persona cuando no hace falta.»
Y acaba con una petición que sigue vigente:
«Si los esperantólogos pudieran orientarse un poquito fuera de las lenguas occidentales y echar un vistazo a algunas lenguas orientales y africanas, quizá encontrarían soluciones bien numerosas. […] La búsqueda de un pronombre igualitario no viene de un solo país: en menos de tres meses se han oído voces de los Estados Unidos, de Japón, de Dinamarca y de Irán.»
Y Sabina van de Hem, desde los Países Bajos, contesta en cuatro líneas a quien había propuesto decir li-ŝi:
«Ahora quiero preguntar: ¿por qué no ŝi-li? Quizá lo considerará una argucia. Pero opino que siempre se menciona a las mujeres después de los hombres, y para cambiar la manera de pensar eso es malo. Cuando se use ŝi-li, los hombres tendrán derecho a protestar contra ese uso. Por eso prefiero el pronombre ri.»
La objeción, y quién la firmaba
En ese mismo número, la revista publica «¿Hay que detener la discusión?». La firma Marjorie Boulton —poeta, biógrafa de Zamenhof, una de las escritoras más grandes que ha tenido la lengua—, y es una enmienda a la totalidad hecha con todo el respeto.
Empieza concediéndolo todo: la propuesta de Hagemann es «moderada e inteligente», y un pronombre común «resolvería algunos problemas y sería útil y justo». Y después escribe «Kaj tamen —»:
«Primero, dudo mucho que la falta de un pronombre común sea realmente un factor importante en la posición de la mujer. Ese pronombre falta en inglés y en francés, en alemán y en sueco; y sin embargo, ¿qué mujeres están más emancipadas que las norteamericanas, las inglesas, las francesas, las alemanas y las suecas?»
Y encadena una lista de dos páginas —«y cuando en muchos países…»— sobre la doble jornada, los matrimonios concertados, el divorcio negado a las mujeres, el nacimiento de una hija vivido como una vergüenza, la mutilación genital femenina y la violación usada como técnica de tortura contra detenidas políticas. Y remata:
«Mientras tanto, opino que debemos ocuparnos de nuestras hermanas, no primordialmente de pronombres imperfectos.»
Su segundo motivo viene de treinta años de esperantista: los conflictos lingüísticos han hecho más daño al movimiento que ningún enemigo exterior. Recuerda el escándalo por los neologismos de Kalocsay y la guerra del -ita/-ata, y se pregunta si los adversarios no tienen un poquito de razón cuando dicen «que los esperantistas aseguran que con el esperanto se ayudará a la paz mundial, pero solo son capaces de pelearse por unos participios miserables». Su conclusión:
«Nosotras las mujeres más vale que trabajemos con el esperanto, y no que nos esforcemos, por buena voluntad, en operarlo.»
Los otros frentes, que no son el mismo
El pronombre era la parte fácil. La parte difícil es el vocabulario, y ahí ri no llega.
En esperanto no hay género gramatical. El sexo forma parte del significado de algunas raíces y no de otras, y eso se tiene que aprender palabra por palabra. Cramer ordena los sustantivos en cuatro grupos:
- Los más numerosos son neutros y hacen el femenino con -in-: instruisto es «maestro o maestra» e instruistino, «maestra».
- Los nombres de animales hacen igual, pero además tienen masculino con vir-: bovo es el nombre genérico del animal, bovino «vaca» y virbovo «toro».
- Un grupo pequeño es neutro y no admite -in- prácticamente nunca: homo, persono, infano.
- Y queda el grupo del problema: palabras donde el masculino está dentro de la raíz y el neutro no existe. Patro es «padre», y «progenitor» no se puede decir; lo mismo pasa con frato, edzo, knabo o reĝo.
Por tanto prezidanto no quiere decir formalmente «presidente hombre» —es una forma no marcada, aunque la costumbre haga imaginar uno—, pero patro sí que quiere decir «padre». Ese último grupo es el problema, y es el que ri no toca.
Un argumento que no es feminista
Conviene separar el motivo de la propuesta, porque hasta aquí todo el debate ha ido de discriminación y hay una objeción que no depende de ninguna posición política: el sistema no es regular, y el esperanto se vende precisamente como una lengua regular.
Fíjate cómo marca el sexo: con un sufijo (-in-), con un prefijo que no es ningún afijo sino una raíz entera —vir-, «hombre»— y con el significado de la raíz misma (patro). Tres mecanismos distintos para una sola distinción, y ninguna regla que permita saber cuál toca en cada palabra: hay que aprendérselo una por una. El prefijo, además, arrastra un efecto colateral: virbovo es «toro», pero construido literalmente dice «bovino hombre», y lo mismo pasa con cualquier animal.
Bormann ya lo había formulado en el número 2 en términos que no son de discriminación sino de fidelidad al texto fundacional: en el Fundamento los sufijos y las terminaciones están definidos sin sexo, y es el uso, no el texto, el que se los ha puesto —«el uso lingüístico actual es contra-fundamental», decía—. Desde ese punto de vista, el iĉismo y el riismo no serían reformas sino correcciones.
El mismo Cramer, cuando valora el iĉismo, dice que el argumento feminista le resulta menos convincente que el de la inclusión de las personas no binarias. Es decir: hay al menos tres puertas distintas para llegar a la misma propuesta —la igualdad, la inclusión y la coherencia del sistema—, y no hace falta pasar por las tres.
De ahí las propuestas, que actúan en niveles distintos:
| Qué toca | Qué hace | |
|---|---|---|
| Riismo | los pronombres | añade ri; no cambia ninguna palabra existente |
| Iĉismo | las raíces | añade -iĉ- para el masculino para que la raíz quede neutra: patro pasaría a ser «progenitor» |
| Boicot de -in- | la costumbre | dejar de usar el sufijo donde la palabra ya es neutra (prezidanto, no prezidantino) |
El iĉismo es de 1976, el mismo año que ri, y sigue siendo la propuesta más extendida para las raíces; no es oficial ni sale en el PIV. Es el sistema más coherente sobre el papel, pero tiene un coste alto, y Cramer lo llama con precisión: la diferencia entre no entender y entender mal. Quien se encuentra una palabra nueva como ri no la entiende, se da cuenta y pregunta; quien se encuentra patro en un texto iĉista cree que ha entendido «padre» y no pregunta nada, porque no sospecha que haya nada que preguntar. El error queda sin corregir. Ri, en cambio, añade una posibilidad sin cambiar el significado de nada anterior, y esa es probablemente la razón por la cual ha prosperado mucho más.
El mismo Cramer propone una salida a ese callejón: en vez de reinterpretar las raíces existentes, fabricar otras nuevas y neutras para la treintena de palabras del problema, modificándolas sistemáticamente —pajtro para «padre o madre», ejdzo para «marido o mujer», vejro para «hombre o mujer»—. Eso no toca ningún significado fundamental y no puede hacer entender mal a nadie; a cambio, son treinta palabras que aprender. Cramer la presentaba en 2014 como propuesta nueva.
El boicot del sufijo lo proponía Dermod Quirke en el número 13, de febrero de 1986, con un argumento desarmante:
«¿De verdad nos hace falta un sufijo para expresar el sexo? Hablamos de un camarero católico, de un chófer negro, de un presidente calvo o de un informático homosexual; y no exigimos un sufijo para especificar la religión, el color de la piel, la falta de pelo o la inclinación amorosa. ¿Por qué, pues, hemos de usar uno solo cuando se trata del sexo?»
Para el pronombre, Quirke no confiaba en ninguna palabra nueva y proponía otra cosa: usar sistemáticamente ŝi como neutro, «porque eso molestará a muchos hombres, que protestarán que no todos los lectores son mujeres. Y eso nos dará la ocasión de explicarles que el uso rutinario del li neutro es igual de ofensivo para muchas mujeres». La revista lo probó: una nota de la redacción remite a un reportaje de ese mismo número, «Gepatroj ne bezonas resti hejme», escrito entero con ŝi neutro.
También pasó por ahí Claude Piron, que había preferido zi y acabó encontrándolo demasiado artificial; su propuesta madura era cambiar la regla en vez de inventar una palabra, con li como neutro. La réplica publicada en el número 14 no se lo puso fácil:
«Como «prueba» de que li ya es asexuado, Piron afirma que Dios se dice li en la Biblia y que todos sabemos que Dios no tiene sexo. Pero yo conozco a muchas feministas que argumentan que el dios convencional judeocristiano es efectivamente un dios masculino, e incluso patriarcal, precisamente porque se le llama li continuamente.»
No fueron las únicas tentativas. También se han propuesto ŝli y ŝili, fusiones de ŝi y li, y usar el demostrativo tiu como pronombre; según los recuentos de corpus que cita Cramer, ŝli se usa tanto como ri, pero casi siempre limitado a la persona indeterminada, que es justamente el uso que no resuelve nada para quien no es ni hombre ni mujer.
Vale la pena decir que aquel debate sabía que no era exclusivo suyo: el número 8, de 1981, ya informaba de que los no esperantistas tenían el mismo problema y citaba la propuesta del pronombre «co» para el inglés. Ni lo es ahora: el sueco tiene hen, propuesto en 1966 y admitido en el diccionario de la Academia Sueca en 2015, y el inglés lleva siglos usando el they singular.
¿Un pronombre nuevo rompe el Fundamento?
Es la objeción que más se ha repetido contra ri. La regla 5 de la gramática del Fundamento dice «los pronombres personales son:» y hace la lista; las versiones francesa, inglesa y alemana le ponen artículo definido —la rusa y la polaca no lo tienen, porque esas lenguas no tienen artículo—, y de ese artículo se deduce que la lista es cerrada y que añadir uno nuevo es anti-fundamental.
Cramer le encuentra dos agujeros. El primero, que el Fundamento mismo incumple la lista: el Ekzercaro y el Universala Vortaro introducen otro, ci. El segundo, que la regla que de ahí se deduce no está escrita en ninguna parte: vive en un artículo definido de tres de las cinco versiones del texto.
Y a eso se le suma el «acuerdo tácito» de la respuesta 91. Si el uso de li para una persona de sexo indiferente es una costumbre y no una regla, ni el li aŭ ŝi que hoy dice todo el mundo ni el uso de ĝi para personas contradicen nada fundamental: contradicen una recomendación de estilo, y con el estilo Zamenhof era mucho menos estricto que con la gramática.
De las propuestas que hay sobre la mesa, la que sí que es claramente anti-fundamental es el iĉismo, porque cambia el significado básico de más de veinte raíces del Fundamento.
Cómo está la cosa ahora
El Plena Manlibro de Esperanta Gramatiko desaconsejaba ri abiertamente hasta 2015, cuando admitió que era la única de aquellas propuestas que había arraigado un poquito. Desde abril de 2019 ya no lo desaconseja: le dedica una sección y describe cómo se usa, sin decir si conviene o no.
La Academia de Esperanto no lo ha aprobado nunca. El 24 de junio de 2020 su servicio de consultas lingüísticas contestó que en esperanto no hay pronombre tradicional para las personas que no se identifican con ninguno de los dos géneros, y que no puede avanzar ninguna recomendación mientras la Academia no decida.
El mismo Cramer, que es quien más a fondo ha analizado el problema, no es riista del todo. En 2014 concluía que para la persona indeterminada prefería acostumbrarse a usar ĝi —confiando en que el uso le quitaría la connotación degradante que Zamenhof le reprochaba— y reservaba ri para hablar de una persona concreta de sexo desconocido o no binario, que era, decía, la única solución que hoy por hoy funciona.
Conviene no perder de vista que del debate de los años setenta ya se han ganado dos cosas, sin pronombre nuevo y sin que casi nadie las tenga por reformas. La primera, que el li aŭ ŝi se dice hoy en todas partes: la consecuencia es que muchos hablantes ya leen li como masculino marcado, y justamente por eso necesitan añadirle el ŝi. La segunda, que el sufijo -in- ha dejado de ser obligatorio en palabras como instruisto, que hay quien usa para una mujer sabiendo perfectamente que lo es. Cramer lo resume así: las propuestas menos drásticas entraron en la lengua general, y las más drásticas quedaron en círculos pequeños o en ninguno.
Los mejores datos de uso son de una encuesta del mismo Marcos Cramer, miembro de la Academia, hecha entre abril y mayo de 2019 en treinta y cinco foros en línea y publicada el 12 de mayo de 2020. Se analizaron 267 respuestas:
- el 81% entiende ri;
- el 42,3% declara usarlo de alguna manera;
- el 38% lo usa para hablar de personas no binarias (por ĝi, el 10%);
- el 6,7% practica el riismo radical, esto es, sustituir siempre li y ŝi.
Por edades la diferencia es grande: entre los menores de treinta años, el 62% usa ri para personas no binarias; entre los mayores de cincuenta, el 21%.
Estas cifras tienen límites que conviene no esconder. La encuesta se hizo por internet, entre gente que participa en foros de esperanto: el 71,4% eran hombres y el 52,6% menores de cuarenta años. El mismo autor advierte que nadie sabe cuál es la composición real del esperantismo y que la muestra no lo representa. Dicen cómo se habla en la parte conectada de la comunidad, no en toda.
Cómo se usa, si se quiere usar
Quien quiera probarlo tiene tres posturas posibles, y conviene saber en cuál se pone, porque las discusiones a menudo se hacen entre gente que defiende cosas distintas:
- Riismo mínimo: ri solo para la persona indeterminada, la de sexo desconocido y la que no es hombre ni mujer; para el resto, li y ŝi como siempre. Es lo que hace la mayor parte de quienes lo usan.
- Vía intermedia: ri también para personas de sexo conocido, pero conservando li y ŝi cuando el sexo importa o ayuda a saber de quién se habla.
- Riismo radical: ri para todo el mundo y siempre, fuera li y ŝi. Lo practica el 6,7% de los encuestados.
Las formas son las regulares, calcadas de li/lin/lia: ri, acusativo rin, posesivo ria.
Y la objeción práctica tiene una respuesta práctica. Quien no conozca la palabra no la entenderá —pero se dará cuenta de que no la entiende, y una glosa la primera vez lo resuelve—. Es exactamente la diferencia que hace que ri sea barato y el iĉismo caro: nadie corrige un error que no sabe que ha cometido.
Un pronombre no es una revolución, pero tampoco es nada
Boulton en 1981 y Perla Martinelli en 2020 dijeron lo mismo. Cuando el entonces presidente de nuestro grupo le escribió a Martinelli, redactora jefa de Femina, diciéndole que defendía el riismo, ella le contestó:
«Yo personalmente, por razones lingüísticas simples, no soy amiga del riismo, pero eso no importa en realidad. Los problemas de las mujeres no son lingüísticos, sino, desgraciadamente, mucho más concretos, también en Esperantujo.»
Treinta y nueve años separan las dos frases, y las firman las redactoras de las dos únicas revistas feministas que ha tenido la lengua. Tienen razón en el fondo: cambiar un pronombre no elimina la doble jornada ni la violencia.
Pero de sus palabras no se sigue que haya que elegir. Un cambio de dos letras cuesta muy poco, y resuelve una necesidad comunicativa concreta que antes se tenía que resolver con perífrasis. Y el argumento de la marca sigue en pie: una forma no marcada que la mayor parte de las veces se usa para hombres acaba evocándolos primero, aunque quien la oye sepa que también incluye a las mujeres —cosa que no convierte el lenguaje en la causa de la desigualdad, pero tampoco lo deja en cero—. Y hay una dimensión que en 1981 no existía: para una persona no binaria, disponer de un pronombre aceptable no es una discusión sobre si las mujeres se mencionan antes o después, sino sobre cómo se refiere a ella la gente.
De manera que las dos cosas son ciertas a la vez. Lo que sí que ha cambiado en cuarenta años es que aquello que Boulton pedía aparcar hoy lo entiende el 81% de los esperantistas encuestados, y que aquello que ella ponía en la lista de cosas urgentes sigue, en buena parte, en la lista.
Fuentes: Ole Hagemann, «Seksa egaleco — ankaŭ lingve», Eĥo (Dana Esperanto-Asocio), diciembre de 1976, página 114; Sekso kaj Egaleco núms. 0 (octubre de 1979), 2, 5, 8, 12, 13 y 14, en la Gazetoteko; L. L. Zamenhof, Fundamento de Esperanto, Ekzercaro §13 y regla 5 de la gramática, y Lingvaj Respondoj, respuesta 91, en el Tekstaro; Marcos Cramer (Markos Kramer), «Esperanto kaj sekso», Lingva Kritiko, 16 de octubre de 2014 —de donde vienen el concepto de marca, la clasificación de los sustantivos, el argumento sobre la regla 5 y la propuesta de las raíces nuevas—, y «La efektiva uzado de seksneŭtralaj pronomoj laŭ empiria esplorstudo», 12 de mayo de 2020; Plena Manlibro de Esperanta Gramatiko, sobre el significado sexual de las raíces, y sección 11.5 sobre la tercera persona; fichas de riismo y -iĉ- en la Wikipedia en esperanto; correspondencia de Perla Martinelli con el grupo, diciembre de 2020. Las citas de Sekso kaj Egaleco se han transcrito de los originales escaneados y traducido del esperanto.
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