Ido: cuando reformar el esperanto significaba dejar de hablar esperanto

En octubre de 1907 una comisión internacional reunida en París examinó los proyectos de lengua auxiliar que había sobre la mesa y decidió que el mejor era el esperanto. Pero no exactamente el esperanto que hablaban los esperantistas: lo aceptaba «en principio», a condición de que se enmendaran unos cuantos defectos. De aquella condición saldría Ido, y con Ido una pregunta que el movimiento ya arrastraba desde el Volapük: cuando una lengua planificada ya tiene hablantes, ¿quién tiene derecho a modificarla?

Louis de Beaufront (1855-1935), el principal propagandista del esperanto en Francia, que en 1907 representó la lengua ante el comité de la Delegación y defendió allí las reformas del proyecto Ido.
Louis de Beaufront (1855-1935), el principal propagandista del esperanto en Francia, que en 1907 representó la lengua ante el comité de la Delegación y defendió allí las reformas del proyecto Ido.

Una organización que buscaba una lengua

La historia de Ido no empieza con alguien que un día decide inventar una lengua nueva. Empieza con una organización que busca una.

Durante la Exposición Universal de París de 1900 se celebraron decenas de congresos científicos y profesionales internacionales, y la dificultad de comunicación entre los participantes era lo bastante evidente como para que alguien se fijara en ella. El matemático Léopold Leau y el filósofo, lógico y matemático Louis Couturat consideraron que el problema merecía una respuesta organizada, y en 1901 impulsaron la Délégation pour l’Adoption d’une Langue Auxiliaire Internationale —Delegación para la Adopción de una Lengua Auxiliar Internacional—.

El nombre importa. No era una asociación para promover el esperanto, ni un comité para crear una lengua: el objetivo era anterior a cualquier lengua concreta, seleccionar una. La declaración fundacional fijaba tres condiciones: que sirviera tanto para la vida cotidiana como para el comercio, la ciencia y la filosofía; que pudiera aprenderla con facilidad cualquier persona de instrucción elemental media, «y especialmente las personas de la civilización europea»; y que no fuera ninguna lengua nacional viva.

Esa segunda condición, tal como está escrita, vale la pena leerla dos veces. La perspectiva era declaradamente europea, y lo era sin ninguna incomodidad: la internacionalidad que buscaba la Delegación era, de hecho, la internacionalidad de una parte del mundo.

Una investigación de verdad seria

Couturat y Leau no se limitaron a defender en abstracto la idea de una lengua internacional: estudiaron los proyectos que ya existían. En 1903 publicaron una obra monumental, Histoire de la langue universelle, de más de quinientas páginas, donde analizaban decenas de sistemas —lenguas filosóficas, proyectos a priori, lenguas basadas en idiomas naturales, el Volapük, el esperanto y muchos sistemas menores— comparando su alfabeto, fonética, gramática, derivación y vocabulario.

La diferencia respecto a la primera generación de creadores de lenguas es considerable. Schleyer había hecho el Volapük a partir sobre todo de sus propias intuiciones; Zamenhof había experimentado durante años con su proyecto hasta darlo por maduro. Couturat y Leau intentaban otra cosa: comparar sistemáticamente las soluciones ya propuestas y determinar cuáles funcionaban mejor.

La Delegación consiguió, además, una red de apoyos nada desdeñable. Las fuentes del movimiento hablan, hacia 1907, de la adhesión de más de trescientas sociedades y del apoyo individual de más de mil doscientos miembros de academias y universidades. Eso no significa que todas aquellas instituciones hubieran delegado en Couturat el poder de decidir qué lengua debía hablar el mundo, pero sí que la cuestión había dejado de ser una extravagancia de aficionados.

Primer intento: que lo decidan las academias

La Delegación no quería inicialmente adjudicarse ella misma la decisión, e intentó que la International Association of Academies estudiara y resolviera la cuestión. En 1907 la organización académica declinó asumir esa función: una lengua auxiliar, venía a decir, acabaría imponiéndose por la vida y por el uso, no por un dictamen.

La Delegación decidió entonces formar su propio comité, y ahí aparecen nombres de peso: Jan Baudouin de Courtenay, Otto Jespersen —uno de los grandes lingüistas europeos del momento—, el químico Wilhelm Ostwald, que recibiría el Premio Nobel dos años después, el rector y esperantista Émile Boirac y varios matemáticos y académicos europeos. El comité se reunió en París entre el 15 y el 24 de octubre de 1907 y celebró dieciocho sesiones.

El esperanto tenía una ventaja que no se podía fabricar

Entre los proyectos examinados figuraban el esperanto, el Idiom Neutral, el Latino sine flexione de Giuseppe Peano y otros sistemas de la época. Pero el esperanto tenía una propiedad excepcional: ya funcionaba. No era una gramática presentada sobre papel, sino una lengua con hablantes, correspondencia, literatura, traducciones, organizaciones y congresos. El Primer Congreso Universal de Boulogne-sur-Mer, dos años antes, había demostrado que personas de países distintos podían reunirse y hablarla.

Por eso la conclusión del comité no fue «inventemos una lengua nueva», sino algo mucho más cercano a «de todas las que tenemos, el esperanto es la mejor base práctica». Pero no lo consideraban perfecto.

El proyecto anónimo

Durante las reuniones apareció un proyecto sin firma, presentado bajo el nombre Ido. En esperanto, ido significa descendiente, cría, hijo. El nombre acabaría resultando muy apropiado.

El proyecto mantenía buena parte de la estructura de la lengua de Zamenhof e introducía una serie de reformas que recogían muchas de las críticas acumuladas durante los veinte años anteriores. Y aquí llega la parte más controvertida de toda la historia.

El representante del esperanto también defendía la reforma

Zamenhof no representó personalmente al esperanto ante el comité. Quien lo defendía era Louis de Beaufront, que no era ningún esperantista menor: había sido una figura decisiva en la expansión del esperanto en Francia, autor de gramáticas y manuales y uno de los principales sistematizadores de la lengua.

Beaufront era también reformista, y durante las sesiones apoyó las reformas del proyecto anónimo. Después se revelaría que estaba directamente implicado en su elaboración. Tradicionalmente se ha presentado a Beaufront como el autor de Ido, pero la investigación posterior atribuye a Couturat un papel intelectual probablemente aún más importante, especialmente en el sistema de derivación. La cuestión de la autoría exacta sigue discutida; lo que es seguro es que Couturat y Beaufront estaban profundamente implicados en el proyecto, y que eso provocó entre muchos esperantistas una sensación de traición que la historiografía del movimiento no ha olvidado nunca.

La decisión de 1907

El comité llegó a una resolución peculiar. No declaró que Ido fuera la lengua internacional, ni que el esperanto debiera ser adoptado sin cambios. Declaró que ninguno de los sistemas presentados podía aceptarse en bloque y sin modificaciones, pero que el esperanto podía adoptarse «en principio», con la reserva de ciertas modificaciones que debía ejecutar una Comisión Permanente en la dirección marcada por el informe de los secretarios y por el proyecto Ido.

La Delegación había encontrado su lengua. Era el esperanto. Pero no exactamente el esperanto.

Dos concepciones incompatibles

Desde el punto de vista de los reformistas, la propuesta era de una lógica impecable. El esperanto ya había demostrado que podía aprenderse, hablarse, generar una comunidad y expresar literatura y ciencia: conservemos lo que funciona y corrijamos lo que no.

Desde el punto de vista esperantista, el problema no era lingüístico sino institucional. La comunidad ya había decidido en 1894 no reformar la lengua; en 1905 el Fundamento y la Declaración de Boulogne habían convertido esa decisión en principio constitucional, y se había creado el Lingva Komitato precisamente para que la evolución de la lengua dejara de depender de una persona o de una comisión. Aceptar la propuesta de París significaba, en realidad, decir otra cosa: que el compromiso de 1905 podía anularse dos años después si aparecía una comisión con una propuesta convincente. Y ese era exactamente el precedente que Zamenhof había intentado evitar.

Porque hay una diferencia fundamental entre el Zamenhof de 1887 y el de 1907. En 1887 podía modificar la lengua porque prácticamente era su proyecto. En 1894 aún podía proponer una reforma general y someterla a votación de los usuarios. En 1907 había renunciado deliberadamente a ello: aunque hubiera considerado brillante una determinada reforma, ya no podía incorporarla él solo. Era exactamente el tipo de independencia respecto al autor que el esperanto había buscado después de ver cómo había acabado el Volapük.

¿Qué querían cambiar los idistas?

Las reformas de Ido no eran caprichosas. Muchas responden a problemas reales, y algunas son prácticamente las mismas que Zamenhof había puesto sobre la mesa en 1894.

Fuera los circunflejos

El esperanto usa ĉ, ĝ, ĥ, ĵ, ŝ, ŭ. A principios del siglo XX eso era un problema práctico que hoy cuesta dimensionar: imprentas, máquinas de escribir, telegramas y tipografías nacionales no siempre disponían de aquellos caracteres. El esperanto tenía el sistema sustitutivo con h, pero Ido optó por una solución más radical, usar solo las letras ordinarias del alfabeto latino. No era una cuestión estética: era un problema tecnológico.

El acusativo deja de ser obligatorio

En esperanto, la kato vidas la hundon: la terminación -n marca el objeto, y eso permite alterar el orden sin perder el sentido (la hundon vidas la kato sigue queriendo decir que el gato ve al perro). Ido consideró que marcar siempre el acusativo era una carga innecesaria: en el orden normal sujeto–verbo–objeto podía omitirse, y solo hacía falta marcarlo cuando el orden se invertía o resultaba ambiguo. Ido conserva, por lo tanto, la posibilidad de distinguir explícitamente el objeto, pero no obliga a hacerlo siempre.

La ventaja es clara —menos morfología obligatoria— y el coste también: más dependencia del orden de palabras. No es una mejora gratuita, es una elección entre propiedades.

Los adjetivos dejan de concordar

En esperanto, bona libro, bonaj libroj, bonan libron, bonajn librojn: el adjetivo concuerda en número y caso. Ido elimina la concordancia —bona libro, bona libri—, y el adjetivo se mantiene invariable. Eso simplifica el aprendizaje y evita errores, pero la concordancia esperantista también transmite información: en frases de orden poco convencional, ayuda a saber qué modifica cada adjetivo. Otra vez, se simplifica el sistema a cambio de perder una redundancia que también servía.

El plural -j desaparece

Librolibroj en esperanto; librolibri en Ido. La terminación -i buscaba una apariencia considerada más internacional, con paralelos en italiano y en plurales conocidos por todas partes. Es curioso, porque Zamenhof ya había propuesto prácticamente el mismo cambio en 1894: un ejemplo directo de cómo las ideas rechazadas en la primera crisis reformista reaparecen en Ido trece años después.

Un sistema verbal un poco distinto

Ido conserva buena parte del sistema verbal esperantista —-as presente, -is pasado, -os futuro, -us condicional— pero modifica otras terminaciones. El infinitivo presente acaba en -ar, y existen también infinitivos temporales: -ir para el pasado y -or para el futuro. El imperativo acaba en -ez en lugar del esperantista -u. Para los idistas eso daba más información y hacía el paradigma más sistemático; para los esperantistas era una complejidad innecesaria.

Menos tabla «matemática» de correlativos

La tabla esperantista —kiu, tiu, ĉiu, neniu; kie, tie, ĉie, nenie; kiam, tiam, ĉiam, neniam— es una de las partes más regulares de toda la lengua, y también una de las menos reconocibles por intuición: prácticamente tienes que aprender el sistema entero. Los reformistas preferían formas menos esquemáticas y más relacionadas con vocabulario internacional. También aquí se repetía una discusión de 1894, cuando el propio Zamenhof había considerado abandonar la tabla regular.

La diferencia de fondo es interesante. El esperanto tiende a decir: aprende una tabla y podrás deducir muchas palabras. Ido tiende a decir: usemos formas que una persona europea pueda reconocer desde el principio. Regularidad interna contra reconocibilidad externa.

Más internacionalidad léxica

Ido revisó muchas raíces para acercarlas a formas consideradas más internacionales, con el objetivo de que un europeo instruido reconociera más sin haberlas estudiado. Eso da a Ido una apariencia más románica y occidental que el esperanto, pero la decisión tiene una consecuencia que conviene nombrar: «más internacional» quería decir, en la práctica, más reconocible para los hablantes de determinadas lenguas europeas. Una forma transparente para un francés, un italiano o un castellanohablante no lo es necesariamente para un japonés. Ido gana reconocibilidad inmediata para unos hablantes a cambio de depender más de lo que esos hablantes ya saben.

La derivación, la reforma más intelectual

Probablemente la diferencia más profunda entre esperanto e Ido no está en los circunflejos ni en el acusativo, sino en la formación de palabras.

Louis Couturat (1868-1914), matemático y lógico, secretario de la Delegación y principal cabeza intelectual de Ido.
Louis Couturat (1868-1914), matemático y lógico, secretario de la Delegación y principal cabeza intelectual de Ido.

Couturat era lógico y matemático, y le preocupaba extraordinariamente que una lengua planificada tuviera correspondencias rigurosas entre forma y significado. Formuló lo que llamó principio de reversibilidad: si una regla permite pasar de una palabra A a una palabra B, debemos poder aplicar la regla inversa y volver de B a A sin obtener un significado distinto.

Un ejemplo. Krono es «corona», y en esperanto podemos formar directamente kroni, «coronar». Pero si aceptamos como regla general que un verbo con -o da el nombre de la acción, entonces kronikrono debería significar «coronación», no «corona». Couturat consideraba esa ambigüedad lógicamente inadmisible, e Ido prefiere distinguir explícitamente los procesos: krono «corona», kronizar «coronar», kronizo «coronación».

Es muy sistemático. También tiene un coste: hacen falta más afijos, y palabras que en esperanto se forman de manera inmediata necesitan en Ido una derivación más explícita.

Lógica contra economía

Los idistas podían decir que cada forma debe tener una interpretación inequívoca y que la derivación debe ser reversible. El esperantismo acabó desarrollando una teoría distinta, sobre todo gracias a René de Saussure: la derivación debe basarse en los principios de necesidad y suficiencia, es decir, se añaden solo los elementos necesarios para que el significado resulte suficientemente claro.

Eso da al esperanto más libertad y más economía, pero obliga a aceptar que el significado exacto de una derivación depende parcialmente de la semántica de la raíz y del uso establecido. La polémica entre Couturat y De Saussure fue lo bastante importante como para que hoy se considere uno de los episodios fundacionales de la interlingüística como disciplina.

Ido no era «esperanto con cuatro cosas cambiadas»

A primera vista las dos lenguas siguen siendo muy parecidas, y un esperantista puede reconocer buena parte de un texto en Ido. Pero las reformas afectaban a la vez al alfabeto, la morfología, el plural, el acusativo, la concordancia, la derivación, los correlativos, el vocabulario y parte de las terminaciones verbales. Adoptadas todas, el resultado ya no era una variante estilística: era una norma diferente.

Y aquí llega el problema de fondo. Imaginemos que el movimiento hubiera aceptado Ido. ¿Qué pasaba con los libros anteriores a 1907, los manuales, los diccionarios, los cursos, las revistas, los textos de Zamenhof, las personas que ya dominaban la gramática? Seguirían entendiendo gran parte de la lengua, evidentemente. Pero la norma sería otra, y sobre todo se habría establecido un precedente: después de veinte años de uso, una comisión podía decidir que la lengua necesitaba una versión nueva. ¿Qué impedía que otra comisión hiciera lo mismo veinte años después? Ese era exactamente el miedo que Zamenhof había desarrollado desde 1894.

La ruptura

El Lingva Komitato no aceptó las reformas, y a principios de 1908 la divergencia ya era clara. Los partidarios del nuevo sistema empezaron a usar definitivamente el nombre Ido, y lo que se había concebido como una reforma del esperanto se convirtió en una lengua internacional independiente, con organización propia, academia, manuales, diccionarios y una revista, Progreso, dirigida por Couturat. La Delegación se disolvió formalmente en 1910, considerando cumplida su función, y dejó paso a una organización encargada de desarrollar y propagar la lengua nueva.

La escisión hizo daño porque no se fueron solo personas periféricas: entre los reformistas había intelectuales importantes y algunos de los principales propagandistas de la primera época. Las cifras exactas son discutidas, porque las fuentes esperantistas e idistas tenían un interés evidente en dimensionar la escisión de manera distinta, pero parece claro que la pérdida fue mucho mayor entre los dirigentes y los intelectuales que entre los esperantistas ordinarios.

Eso encaja con la naturaleza de la discusión. Ido podía resultar especialmente atractivo para quien se interesaba por la lingüística, la lógica, la sistematización o la optimización del proyecto. Para un esperantista que simplemente quería usar la lengua, el cálculo era otro: ya la había aprendido, tenía corresponsales, libros, revistas, amigos y congresos. ¿Por qué volver a aprender terminaciones y vocabulario para obtener una lengua parecida, aunque fuera teóricamente mejor? Este factor social pesa tanto como el lingüístico.

No todos los que veían defectos en el esperanto compartían la misma solución, y el caso más conocido es el de Kazimierz Bein, «Kabe», uno de los grandes prosistas de la primera época. Kabe no se fue a Ido, pero en 1909, en un homenaje a Zamenhof publicado en la revista Universo, escribía que había llegado «a la conclusión firme de que diversas reformas son absolutamente inevitables en el esperanto». Se podía pensar a la vez que el esperanto tenía que mejorar y que Ido iba demasiado lejos. Eso refuerza uno de los problemas que Zamenhof había detectado ya en 1894: los reformistas tampoco coinciden necesariamente entre ellos.

Una lengua perfectible

Hay una diferencia filosófica de fondo entre el esperantismo posterior al Fundamento y el primer movimiento idista. Los idistas criticaban precisamente la idea de que una lengua pudiera declarar intocables para siempre determinadas formas: su concepción era fijar los principios esenciales pero permitir que la lengua siguiera perfeccionándose. Una historia idista lo formula con claridad: el objetivo no era tanto tener una lengua inmediatamente perfecta como una lengua indefinidamente perfectible.

Es casi la inversión exacta de la decisión de Zamenhof. El esperanto prefería una base permanente aunque contuviera defectos; el primer Ido prefería conservar la posibilidad de corregirlos. Las dos posiciones son defendibles, y las dos tienen riesgos.

Y el riesgo de Ido se materializó pronto. Durante los primeros años la lengua siguió revisándose: la Comisión Permanente y después la Academia discutían vocabulario, gramática, derivación y formas nuevas, de manera que la lengua examinada por el comité en octubre de 1907 no era todavía exactamente el Ido definitivo; las fuentes idistas sitúan hacia 1910 el final de la primera gran fase de elaboración. Y finalmente los propios idistas comprobaron que una lengua no puede estar reformándose continuamente si quiere atraer aprendices: en 1914 decidieron abrir un período de estabilidad de diez años. La lengua nacida en parte contra la rigidez del Fundamento acababa descubriendo también la necesidad de estabilidad.

Pero llegó 1914

El momento no podía ser peor. El 3 de agosto de 1914 Louis Couturat murió en un accidente de automóvil, a los 46 años. El mismo día Europa entraba en la Primera Guerra Mundial.

La combinación fue devastadora: Ido perdía a su principal organizador y a su principal cabeza intelectual justo cuando las redes internacionales europeas quedaban destruidas. Progreso dejó de publicarse temporalmente y la actividad internacional se redujo enormemente. El movimiento sobrevivió, pero nunca recuperaría una posición comparable a la de 1908-1914.

El reformismo continúa

Acabada la guerra, el mundo de las lenguas auxiliares siguió produciendo proyectos. En 1922 apareció Occidental, después llamado Interlingue. Y en 1928 Otto Jespersen —que había participado en el comité de 1907 y había sido una figura importante del movimiento idista— presentó su propia lengua, Novial, convencido de que aún podían encontrarse soluciones mejores.

Esa sucesión —esperanto, Ido, proyectos naturalistas, Novial— es justamente el fenómeno que Zamenhof había temido. Si el argumento es «podemos mejorar esta lengua», siempre puede aparecer alguien especialmente competente que responda «sí, y yo puedo mejorar también vuestra reforma». Eso no demuestra que Zamenhof tuviera razón en cada decisión lingüística concreta, pero sí que el problema institucional que había identificado era real.

¿Era Ido mejor que el esperanto?

No hay una respuesta única, porque depende de qué queramos maximizar.

Ido puede considerarse mejor si priorizamos un alfabeto sin diacríticos, menos concordancia obligatoria, un acusativo menos frecuente, más reconocibilidad léxica para hablantes europeos, una derivación formalmente más estricta y más simetría en determinados aspectos gramaticales.

El esperanto puede considerarse mejor si priorizamos una morfología extraordinariamente productiva, menos afijos obligatorios, más libertad de composición, correlativos completamente sistemáticos, más libertad de orden gracias al acusativo y la concordancia, continuidad histórica y —sobre todo— una comunidad mucho mayor.

Decir que «Ido es una mejora del esperanto» es demasiado simple. Es más exacto decir que Ido rediseña el esperanto priorizando unas propiedades distintas. Algunas decisiones simplifican, otras aumentan la precisión, otras hacen la lengua más reconocible para europeos, otras introducen una sistematicidad que exige más morfología. No existe una única medida de «perfección lingüística».

Y ese era precisamente el problema. En 1894 Zamenhof ya había descubierto que personas distintas podían proponer reformas razonables e incompatibles entre sí; Ido lo volvía a demostrar a escala mucho mayor. Couturat podía argumentar que la derivación esperantista no era suficientemente lógica, y René de Saussure podía contestar que la alternativa introducía una complejidad innecesaria. Los idistas podían considerar redundante el acusativo obligatorio, y un esperantista podía responder que permitía una libertad sintáctica muy útil. Los idistas podían eliminar la concordancia adjetival, y un esperantista podía señalar que la redundancia ayuda a interpretar la frase. No era una discusión entre gente que sabía lingüística y gente que no sabía: había personas muy competentes en los dos lados, y lo que pasaba es que estaban optimizando criterios distintos.

Cuando la crisis llegó aquí

Vista desde España, la polémica se lee sobre todo como un ruido de fondo que duró años. Dos ejemplos de la revista Hispana Esperantisto lo muestran bien.

En el número de diciembre de 1919, la crónica del congreso de la Confederación Nacional del Trabajo celebrado en Madrid explica que la Federación de Olot había planteado la pregunta de si la clase obrera debía tener una lengua auxiliar internacional. El ponente defendía el esperanto, y la revista resume la votación así:

Post ne granda diskutado, ĉar iuj parolis favore je Ido, Esperanto venkis kaj oni voĉdonis la esprimojn de la raportanto.

—«Después de una discusión no grande, porque algunos hablaron a favor de Ido, el esperanto ganó y se votaron las conclusiones del ponente».

Al año siguiente, en el número de noviembre-diciembre de 1920, la misma revista comenta lo que había pasado en el congreso de las asociaciones internacionales. En la edición anterior a la guerra, dice, «la Idistoj faris grandan bruon» y el congreso no pudo tomar ninguna decisión a causa de la duplicidad de lenguas propuestas. Este año, en cambio, solo había asistido un idista, que se había adherido igualmente al deseo común «tamen konservante sian privatan preferon por Ido» —conservando no obstante su preferencia privada por Ido—, y la revista se lo reconocía como un bello ejemplo.

Son dos apuntes pequeños, pero dan la medida de lo que era la crisis vista desde abajo: no un debate de gramática, sino una división que paralizaba votaciones y congresos.

Una paradoja final

La Delegación había empezado con una misión racional: estudiar las lenguas auxiliares existentes y elegir la mejor. Después de años de trabajo llegó a una conclusión probablemente acertada —no hacía falta empezar de cero, el esperanto era la mejor base disponible— y a una segunda conclusión, que se podía mejorar. Y justamente allí empezó el problema.

Porque después de veinte años de uso el esperanto había dejado de ser solo una propuesta lingüística: era ya una lengua con historia. Modificar una gramática escrita sobre papel es fácil; modificar una lengua que ya tiene hablantes significa modificar también hábitos, libros, relaciones, identidades, instituciones e inversiones de aprendizaje. Ido recuerda, por lo tanto, una distinción fundamental: diseñar una lengua y gobernar una lengua no son el mismo problema.

Zamenhof acabó pensando que una lengua internacional debía poder sobrevivir sobre todo a sus reformadores. Couturat y los idistas pensaron que debía poder sobrevivir también a sus propios defectos. De las dos respuestas salieron dos lenguas, y las dos existen todavía: Ido sigue teniendo hablantes, literatura, diccionarios, materiales de aprendizaje, congresos y la revista histórica Progreso, y la Uniono por la Linguo Internaciona Ido sigue organizando encuentros. Hablar de ello como de un simple «fracaso» sería injusto: es la lengua derivada del esperanto que ha conseguido más continuidad histórica. Pero tampoco llegó nunca a sustituir a su predecesor.

Fuentes

Los retratos de Louis de Beaufront y de Louis Couturat provienen de Wikimedia Commons y son de dominio público.

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