El 1 de mayo de 1968, una plataforma de 400 metros cuadrados plantada frente a Rímini se proclamó estado independiente con el nombre de Esperanta Respubliko de la Insulo de la Rozoj. Tenía bandera, gobierno, sellos, un proyecto de moneda y una lengua oficial: el esperanto. Su fundador no lo hablaba, y el conflicto con Italia no empezó aquel día: hacía año y medio que las autoridades le habían ordenado parar las obras.

La Isola delle Rose frente a Rímini, el verano de 1968: la plataforma sobre sus pilares, rodeada de embarcaciones.
Cuatrocientos metros cuadrados y una raya en el mapa
La Isola delle Rose no era una isla ni una estructura flotante. Era una plataforma cuadrada de veinte por veinte metros —400 m²— sostenida por nueve grandes tubos de acero clavados en el fondo del Adriático, con el forjado situado unos ocho metros por encima del agua. El proyecto del ingeniero boloñés Giorgio Rosa preveía hasta cinco plantas, pero nunca se llegó a construir tanto.
Estaba a unos 11,5 kilómetros de la costa de Rímini. La cifra no es casual. En 1968 el mar territorial italiano llegaba hasta seis millas náuticas, y la plataforma quedaba unos quinientos metros más allá de ese límite. Rosa había elegido el punto precisamente por eso: quería construir fuera del alcance de lo que él entendía como jurisdicción italiana.
La idea le rondaba desde 1958 y le costó años de pruebas. Una tormenta le destruyó una de las primeras estructuras durante la fase de construcción, y el trabajo solo avanzó con decisión a partir de 1964, a través de la SPIC (Società Sperimentale per Iniezioni di Cemento), donde su esposa, Gabriella Chierici, era presidenta y él director técnico. El 20 de mayo de 1967 la perforación de los pilares llegó a agua dulce bajo el fondo marino, un detalle que después tendría su importancia jurídica.
Ese mismo verano la plataforma empezó a recibir visitantes. Las empresas turísticas de Rímini habían descubierto que aquella cosa de hierro plantada en medio del mar era una excursión excelente.
El conflicto empezó antes que la república
Aquí es donde la versión romántica de la historia suele equivocarse. Italia no reaccionó de repente ante una declaración de independencia. El 23 de noviembre de 1966 —año y medio antes de que existiera ninguna república— la Capitanía de Puerto de Rímini ya había conminado a Rosa a que cesara los trabajos: consideraba que se hacían sin autorización y que la zona estaba afectada por una concesión al ENI.
Rosa siguió construyendo. Su posición era que Italia no tenía nada que decir sobre un punto situado fuera de su mar territorial. La de las autoridades, que sí lo tenía. Ese desacuerdo, y no la bandera, es el núcleo de toda la historia.

La plataforma vista de cerca: los nueve pilares clavados en el fondo y el forjado principal.
El 1 de mayo de 1968
Con el conflicto administrativo ya abierto, Rosa dio el paso que lo cambiaba todo de categoría: proclamó la independencia de la plataforma.
Nacía la Esperanta Respubliko de la Insulo de la Rozoj —antes se había usado también la denominación Libera Teritorio de la Insulo de la Rozoj—. Rosa era su presidente y el gobierno estaba formado esencialmente por familiares, amigos y gente próxima al proyecto. Hubo bandera, himno, servicio postal, sellos y un proyecto de moneda, el Mill, que no llegó a acuñarse ni a circular.
Ningún estado la reconoció nunca. La palabra que la describe sin equívocos no es estado, sino micronación.
Y le faltaba una cosa que todo estado suele tener: una lengua oficial.
Esperanto oficial, sin esperantohablantes
La elegida fue el esperanto. Es el detalle por el cual la historia ha llegado hasta aquí, y también el que más fácilmente se cuenta mal.
No era una comunidad de hablantes de esperanto que hubiera decidido fundar un país. Las fuentes coinciden en describir a Giorgio Rosa como no esperantista, y tampoco consta que el reducido grupo que formaba el gobierno de la micronación hablara la lengua. El esperanto llegó al proyecto desde fuera.
Quien lo asesoró en la elección fue el padre Albino Ciccanti, franciscano boloñés y esperantista muy activo en Rímini: así lo dicen tanto el estudio de Martina Calabrese para la Universidad de Catania como la reconstrucción de Nevio Gambetti, que es quien recoge el detalle. La constitución de la micronación, de nueve artículos, se escribió en esperanto.
Conviene, pues, distinguir dos cosas: el esperanto era la lengua oficial de la Isla de las Rosas, pero no era la lengua de las personas que había detrás. No se eligió porque los fundadores necesitaran entenderse, sino por lo que representaba: una lengua que no era la de Italia ni la de ninguna otra potencia, inmediatamente reconocible como neutral e internacional. Exactamente lo que necesitaba una micronación que quería subrayar que no era italiana.
Ayuda a entender la elección que Rímini había acogido, del 18 al 23 de septiembre de 1965 —solo tres años antes—, el 36.º Congreso Nacional de la Federación Esperantista Italiana. Y la Isla de las Rosas no es el único caso: la otra micronación que hizo oficial el esperanto fue Amikejo, el estado que debía salir del Territorio Neutral de Moresnet en 1908.
El caso es un buen ejemplo de por qué vale la pena separar las palabras que solemos amontonar. Rosa no era un esperantista que no hablaba esperanto: no era ni una cosa ni la otra. El esperantista de la historia es Ciccanti, un asesor externo. Lo que demuestra la Isla de las Rosas es otra cosa, y más interesante: una institución puede declarar oficial el esperanto sin formar parte de la comunidad que lo habla.
Los sellos
La lengua oficial no se quedó en el papel de la declaración. La república imprimió sus propios sellos, y el texto iba en esperanto: Posto de la L.T. de la Insulo de la Rozoj, «Correos del Territorio Libre de la Isla de las Rosas». El matasellos llevaba el nombre del puerto, Verda Haveno, «Puerto Verde». Después de la ocupación italiana aparecieron ejemplares sobreimpresos con las palabras Milita Itala Okupado: «Ocupación militar italiana».
Los sellos son, probablemente, la huella material más tangible que dejó el esperanto de la Insulo de la Rozoj.
Cincuenta y cinco días
La declaración existía desde el 1 de mayo, pero Rosa la hizo pública de manera destacada el 24 de junio de 1968, en una rueda de prensa.
Al día siguiente, 25 de junio, a las siete de la mañana, embarcaciones de la policía, los carabineros y la Guardia di Finanza rodearon la plataforma y tomaron su control sin violencia. Habían pasado 55 días desde la proclamación y menos de veinticuatro horas desde que se habló de ella en público.
¿Podía Italia hacer eso, si aquellas no eran sus aguas?
Es la pregunta que se hace todo el mundo, y la respuesta es más interesante que un sí o un no.
Italia no sostenía que aquel mar fuera territorio italiano. De hecho, en 1971 la comisión jurídica del Parlamento Europeo declaró inadmisible una petición de Chierici y Rosa precisamente porque la isla «no está situada en el territorio de la República italiana». Lo que sostenía Italia era otra cosa: que fuera del mar territorial no empieza la tierra de nadie.
Tres piezas jurídicas se sumaron contra Rosa:
- La zona contigua. La plataforma estaba fuera de las seis millas, pero dentro de las doce. La Convención de Ginebra de 1958 sobre el mar territorial y la zona contigua, a la cual Italia se había adherido el 17 de diciembre de 1964, permite al estado costero ejercer en esa franja los controles necesarios en materia aduanera, fiscal, sanitaria y de inmigración.
- El fondo marino. La isla no era un barco fondeado: estaba clavada en el fondo y extraía agua de él. Italia no era parte de la Convención de 1958 sobre la plataforma continental, pero había aprobado la Ley 613 de 21 de julio de 1967 sobre la explotación de la plataforma continental italiana, y los tribunales consideraron que los principios sobre los derechos del estado costero ya formaban parte del derecho internacional consuetudinario.
- La libertad de alta mar, vuelta del revés. Rosa argumentaba que estaba en alta mar y que la alta mar es libre. El Consiglio di Stato, en la sentencia núm. 718 de 14 de noviembre de 1969 —el caso figura en los repertorios internacionales como Chierici and Rosa v. Ministry of the Merchant Navy and Harbour Office of Rimini—, respondió que aquellas convenciones regulaban derechos y obligaciones entre estados, no un derecho subjetivo de un particular a ocupar permanentemente un trozo de mar y excluir de él los otros usos. Al contrario: el estado costero debía impedir las «actividades susceptibles, en medida más o menos intensa o incluso solo de manera potencial, de impedir u obstaculizar el libre ejercicio de la facultad de utilización que corresponde a los demás estados». La sala lo decidió con dos votos en contra.
La paradoja es considerable. Italia no justificó su intervención diciendo que aquel mar fuera italiano, sino diciendo que era alta mar, y que precisamente por eso un particular no podía apropiárselo.
Rosa, por su parte, había detectado una frontera real del poder territorial italiano, pero extrajo de ella una conclusión demasiado amplia: que fuera de las aguas territoriales no había ninguna competencia estatal. Eso no era cierto ni siquiera en 1968.
Vale la pena añadir un matiz que no nos ahorraremos: que Italia tuviera argumentos jurídicos para impedir la obra no quiere decir que la demolición fuera la única respuesta posible. El pleito no era una fantasía —dos consejeros votaron en contra— y la sentencia definitiva es de noviembre de 1969, es decir, posterior a la destrucción física de la plataforma.
¿Qué molestaba, exactamente?
Se dice a menudo que el problema eran los impuestos, y el propio Rosa reconoció después que la situación les permitía beneficiarse de un régimen fiscal ventajoso y que la idea era funcionar como una zona franca orientada al turismo. Pero una plataforma de 400 metros cuadrados difícilmente podía representar por sí misma una amenaza recaudatoria seria para el estado italiano, y hablar de «fraude» tampoco es exacto: la pretensión de Rosa era justamente que aquellas obligaciones no le eran aplicables.
Lo que aparece con mucha más claridad en la documentación de la época es una cuestión de autoridad. La interpelación parlamentaria del diputado Stefano Menicacci (núm. 3-00077), del 5 de julio de 1968, dirigida al ministro del Interior Francesco Restivo, se queja de que las autoridades habían ordenado parar las obras y de que, pese a ello, habían acabado apareciendo allí vivienda, comercios, sellos, bandera y moneda, y reclama una actuación enérgica por el respeto de las leyes y, expresamente, de la «autorità statale».
Y está el precedente, que es lo que nos parece que explica mejor la desproporción entre el tamaño de la isla y el tamaño de la reacción: no que aquella plataforma agujereara la hacienda italiana, sino que aceptarla significaba aceptar que bastaba construir quinientos metros más allá del mar territorial y proclamarse independiente para quedar fuera de la ley italiana. Esto último es nuestra lectura, no una declaración oficial; lo que sí consta es una anotación del memorial de Giorgio Rosa según la cual, en diciembre de 1968, desde la Abogacía del Estado se comentaba que el Gobierno había hecho de ello «una questione di principio».
Alrededor de la isla circularon, además, toda clase de historias: casino, radio pirata, paraíso fiscal, centro de espionaje, intereses soviéticos. La documentación fotográfica de la Biblioteca Gambalunga muestra un bar y tiendas en proceso de instalación; el resto son rumores de la época, y como rumores hay que contarlos.
Hay una ironía final en todo esto. La independencia seguramente se proclamó, en parte, para proteger la plataforma de la intervención italiana. Mientras fue solo una construcción extraña, el asunto se había arrastrado durante años entre órdenes y papeles. El día que se presentó en público como una república, el estado actuó en unas horas.
El final
Rosa recurrió. No le sirvió de nada.
El 11 de febrero de 1969, buzos artificieros de la Marina italiana colocaron 75 kilogramos de explosivo en cada uno de los nueve pilares —675 en total— y los hicieron detonar. La plataforma aguantó. El 13 de febrero lo volvieron a intentar con 120 kilogramos por pilar, 1.080 en total; los pilares se deformaron, pero la estructura tampoco se hundió. Fue una tormenta, el 26 de febrero de 1969, la que acabó de tumbar lo que quedaba en pie.
Hoy, frente a Rímini, no hay nada en la superficie.
Una asociación de ideas
Del caso de la Insulo de la Rozoj se puede sacar una fábula libertaria o una lección sobre el imperio de la ley, y las dos serían más sencillas que los hechos. Lo que queda documentado es una plataforma construida a conciencia justo fuera del mar territorial, una orden de parar las obras desobedecida, una declaración de independencia que nadie reconoció, una ocupación policial cincuenta y cinco días después y una demolición que los tribunales avalaron más tarde.
Para la historia del esperanto, sin embargo, el detalle que nos parece más revelador es otro, y no tiene nada que ver con el derecho marítimo: en la Italia de 1968, alguien que no hablaba esperanto ni militaba en el movimiento pensó inmediatamente en el esperanto cuando necesitó representar la idea de «internacional». Esa asociación de ideas, y no una comunidad de hablantes, es lo que puso la lengua en el nombre oficial de un país que nunca llegó a serlo.
La versión de Netflix
La historia se recuperó poco a poco después de décadas de olvido, y en 2020 la película italiana L’incredibile storia dell’Isola delle Rose, dirigida por Sydney Sibilia, la dio a conocer a un público mucho más amplio. Es una comedia inspirada en los hechos: modifica personajes, motivaciones y situaciones por necesidades narrativas. Buena puerta de entrada, mala fuente.
Fuentes
- Martina Calabrese, «La Repubblica esperantista dell’Isola delle Rose. Storia di una micronazione», CRIO Papers núm. 74, Università di Catania, 2024. Es el estudio jurídico más completo del caso: de ahí salen la cronología detallada, los argumentos del Consiglio di Stato, las cantidades de explosivo y el texto entero de la interpelación de Menicacci.
- Consiglio di Stato, Sezione VI, sentencia núm. 718 de 14 de noviembre de 1969 (Chierici y Rosa contra el Ministerio de la Marina Mercante y la Capitanía de Rímini), citada y transcrita en el estudio anterior.
- Nevio Gambetti, «Il «mistero» dell’Isola delle Rose» y «Isola delle Rose: libertà o speculazione?», Rimini Sparita y Ariminum núm. 5 (septiembre-octubre de 2020). De ahí sale el papel del padre Ciccanti y el detalle de los sellos y la moneda.
- Marco Giudici, «La verità sull’Isola delle Rose: perché non è mai stata una repubblica indipendente e un soggetto di diritto internazionale», 29 de diciembre de 2020.
- Biblioteca Civica Gambalunga de Rímini, «Speciale Isola delle Rose»: el fondo fotográfico de Davide Minghini, con las imágenes de la plataforma, del bar y las tiendas en instalación y de la ocupación.
- Giovanni Comoglio, «Isola delle Rose: una repubblica esperantista», Domus, 29 de enero de 2020.
- «L’Isola delle Rose torna dopo 40 anni», Rimini.com, y «Isola delle rose, un viaggio nella Rimini sott’acqua», Comune di Rimini, sobre lo que queda de ella en el fondo del mar.
- «La vera storia dell’Isola delle Rose», Il Post, 9 de diciembre de 2020, y la entrada «Isola delle Rose» de la Wikipedia italiana, consultada como fuente terciaria.
Las fotografías de 1968 provienen de Wikimedia Commons y son de dominio público (PD-Italia).
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