El 27 de febrero de 1920, el diario republicano valenciano El Pueblo publicó una carta llegada de Austria «escrita en Esperanto» que pedía a las familias españolas que acogieran a niños hambrientos de Graz. La dirección a la que debían escribir los interesados de toda la provincia no era de la ciudad de Valencia: era una casa de Cheste. «Mientras no se forme en la capital una comisión que entienda en este asunto», decía la nota, «las invitaciones y proposiciones dirijanse á Grupo pro-niños, calle de San Francisco, número 2, Cheste (Valencia)». En el pueblo ya habían solicitado doce, entre niños y niñas.

Facsímil de la noticia «Por los niños austríacos», publicada en la portada de El Pueblo el 27 de febrero de 1920. Biblioteca Virtual de Prensa Histórica.
La carta
La noticia ocupa la portada del número 10.118, bajo el título «Por los niños austríacos», y empieza explicando de dónde viene:
«Hemos recibido, procedente de Austria, una interesante carta escrita en Esperanto, cuya traducción no publicamos íntegra por ser demasiado extensa, pero que, en resumen, viene á decir lo siguiente.»
Eso significa que el original en esperanto no se ha conservado: lo que tenemos es la traducción al castellano que hizo el diario, y que él mismo declara incompleta.
El texto traducido lleva su propio título —«¿Son ellos culpables?»— y describe la situación de Austria tras la Primera Guerra Mundial:
«En todas las naciones que han estado en guerra se busca á los causantes de ésta por el hambre y la miseria que han causado; pero creemos que no debe consentirse que ellos, “los niños”, los que con más seguridad puede decirse que son inocentes, sean tan cruelmente castigados. Habiendo muerto sus padres en la guerra y estando sus madres (los que la tienen) enfermas é imposibilitadas para ganar hasta lo más necesario, ellos están recogidos en grandes masas en sótanos inhabitables, descalzos, medio desnudos y sobre paja casi podrida. Se despiertan por la mañana y no saben si durante el día les darán un pedazo de pan; y mueren, en grupo, de hambre, de frío y por enfermedades. Con limosnas no se pueden salvar porque aquí no hay subsistencias, y las pocas que hay van á precios fabulosos.»
Quien escribe dice desde dónde:
«Para que no mueran, es necesario que vosotros, los extranjeros, principalmente los neutrales, los alimentéis en vuestras casas hasta que cambie un poco la situación económica de Austria. Los niños que había en este estado en Viena, ya se los han llevado al extranjero; pero aquí, en Graz, capital de la provincia Stiria, región montañosa, con poca agricultura y la industria arruinada por la guerra, aún están todos los que no han muerto de hambre y de miseria, sin otra esperanza que la de ser trasladados á un sitio donde haya pan.»
A quién va dirigida: a los delegados de la UEA
El párrafo que explica por qué esta carta llegó donde llegó es el siguiente:
«Como sabemos que sólo los buenos hombres pueden ser verdaderos esperantistas, nos dirigimos á los delegados de la Universal Esperantistas Asociación para que les pregunten á todos los esperantistas y aun á los que, no siéndolo, tengan sentimientos humanitarios, si consentirían alojar en sus casas por unas cuantas semanas, en primavera ó en verano, alguno de estos niños que tendrán de ocho á catorce años.»
La petición, pues, viaja por la red de delegados de la Asociación Universal de Esperanto, la figura que la UEA mantiene en cada localidad desde 1908. Y el delegado de la UEA en Cheste era Francisco Máñez Sánchez, el labrador que había introducido allí la lengua: un año después, en 1921, la revista Hispana Esperantisto lo presentaba exactamente así —«ĉi tiu humila sed pova kaj nelacigebla pioniro de Esperanto, D. de UEA en Cheste»— y le reconocía el resultado: «ke li atingis per ĝi gastigi en sia regiono nombrajn aŭstriajn infanojn» («que consiguió con ello alojar en su comarca a numerosos niños austríacos»).
Una precisión que vale la pena hacer: la noticia da el número 2 de la calle de San Francisco como dirección del «Grupo pro-niños», y la Hispana Esperanto-Gazeto de 1932 sitúa a Máñez en el número 4 de la misma calle. Es la dirección del grupo, no necesariamente su casa.
Conviene leer bien qué se pedía: unas cuantas semanas, en primavera o en verano, para niños de ocho a catorce años. Lo que pasó después —estancias que se alargaron mucho más que eso— no es lo que decía la carta.
Doce en un pueblo, ninguna comisión en la capital
La parte final de la noticia ya no es la carta, sino quien la hace correr. Insiste en que el asunto no es de nadie en particular:
«Ni tienen que ver para nada las ideas, ya que sabemos que en Italia, tan enemiga, durante la guerra, de Austria se han apresurado hombres de todas las tendencias á proteger á los niños, desde el Papa, que ha hospedado 20.000, hasta los socialistas, que recogieron mas de 100.000; y aquí, en esta misma localidad, apenas se ha sabido la noticia ya han solicitado, entre niños y niñas, doce, que, sin duda, llegarán á un número mucho mayor cuando se extienda, y entre los solicitantes se encuentran personas de todas las ideas, desde obreros sindicalistas y socialistas, hasta sacerdotes. Algunos que tienen voluntad y no pueden mantener á un niño ellos solos, están formando grupos para mantenerlos colectivamente á un día ó una semana cada uno, y hasta algunos intentan proponerlo á sus sociedades para que sostengan á uno un día cada socio.»
Y acaba con la dirección:
«Mientras no se forme en la capital una comisión que entienda en este asunto, las invitaciones y proposiciones dirijanse á Grupo pro-niños, calle de San Francisco, número 2, Cheste (Valencia).»
Este cierre distingue «esta misma localidad» de «la capital» y da como dirección una calle de Cheste, o sea que está escrito desde el pueblo. En febrero de 1920, por tanto, la ciudad de Valencia todavía no tenía comisión y Cheste sí: quien quisiera acoger a un niño austríaco en la provincia escribía a una casa de un pueblo de la comarca de la Hoya de Buñol.
Vale la pena retener las doce solicitudes, porque es una cifra contemporánea y concreta, contada cuando la noticia acababa de llegar. No es una cifra de propaganda posterior ni un balance hecho décadas después: es lo que había solicitado un pueblo labrador en los primeros días.
Qué pasó después
La operación funcionó. La constatación más temprana que hemos podido leer es la que ya hemos citado: en 1921, Hispana Esperantisto da por hecho que Máñez había alojado en su comarca a «numerosos niños austríacos», y añade que lo había tenido que hacer «preskaŭ izolite», casi él solo, trabajando sin descanso para conseguirlo.
El episodio valenciano completo —cuántos vinieron, de dónde, con quién se quedaron y qué se hizo de ellos— está estudiado en el libro del historiador José Vicente Castillo García, Los trenes de la esperanza. Esperantistas solidarios: niños austriacos en la región valenciana, 1920 (Cheste, 2019, ISBN 978-84-09-10065-1), que se presentó en la Universitat de València el 27 de noviembre de 2019.
Fuentes
- «Por los niños austríacos», El Pueblo: diario republicano de Valencia, año XXVII, núm. 10.118, 27 de febrero de 1920, portada. Ejemplar digitalizado en la Biblioteca Virtual de Prensa Histórica; las citas se han leído en el facsímil, no en el OCR, que en este número está muy dañado. La noticia va bajo la crónica que Arturo Mori firma desde Madrid el 25 de febrero, pero no la firma él: aparece sin firma.
- «Francisco Manez», semblanza sin firma, Hispana Esperantisto, núm. 52 (1921), pág. 8. Ejemplar completo en la Bitoteko.
- Sobre el episodio valenciano en conjunto: José Vicente Castillo García, Los trenes de la esperanza. Esperantistas solidarios: niños austriacos en la región valenciana, 1920, Cheste, 2019, ISBN 978-84-09-10065-1.
Entrada incorporada retrospectivamente el 4 de septiembre de 2026. La fecha de la entrada corresponde al documento original.
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