La noche del 12 de mayo de 1932 se quemó el Museo de Historia Natural de la Universitat de València. De cientos de miles de piezas se salvaron unas trescientas. Cinco meses después, las vitrinas empezaban a llenarse otra vez con material enviado desde Ginebra, Zúrich, París y Londres — y había llegado por una vía inesperada: cartas escritas en esperanto.

El edificio de La Nau, donde la noche del 12 de mayo de 1932 se quemó el ala sur, la que daba a la calle de Salvà.
Fotografía de Joanbanjo, en dominio público (Wikimedia Commons).
La noche
El fuego empezó poco después de las nueve de la noche en el ala sur de La Nau, la que da a la calle de Salvà. Allí estaban la Facultad de Ciencias, un observatorio astronómico, una biblioteca científica y el Museo de Historia Natural. Todo indica que la combustión se originó en el laboratorio de Química.
Los bomberos llegaron pronto y no pudieron hacer mucho: las mangueras estaban en mal estado, la presión del agua no bastaba, y el servicio de limpieza se negó a enviar cubas sin autorización expresa del alcalde. Estudiantes y profesores montaron cadenas humanas, rompieron ventanas y sacaron lo que pudieron; participó el propio rector, Joan Peset. El reloj del claustro se paró a las diez y media y quedó así durante años, convertido sin querer en monumento.
Lo que se perdió
Los inventarios también ardieron, así que nunca se sabrá la cifra exacta. De lo que se conoce:
- El esqueleto de una ballena varada en la playa de Borriana.
- Huesos de dinosaurio de los primeros documentados en la Península.
- Piedras preciosas de Colombia, Brasil y Venezuela.
- Un herbario de más de treinta mil pliegos, acumulado durante un siglo.
- La colección entera de peces y anfibios.
Se salvaron sobre todo animales disecados —aves, algunos mamíferos y reptiles— y el meteorito de Valencia, de 33,5 kilos, aunque se perdió la documentación que decía de dónde venía y cuándo había caído. Del observatorio, la cúpula de cartón ardió con casi todos los instrumentos; solo se salvó el telescopio Grubb.
Las cartas
Aquí entra la parte que nos toca. La Sociedad Esperantista Valenciana decidió usar lo que tenía: una lengua que en aquel momento estaba en su apogeo y una red de corresponsales repartida por el mundo. Escribieron en esperanto a centros científicos de todas partes pidiendo que cedieran piezas para rellenar el museo.
En octubre de 1932 —cinco meses después del fuego— ya habían enviado material los museos de Ginebra, Zúrich, París y Londres.
No fueron los únicos: también llegaron fondos del Museo Nacional de Ciencias Naturales y del Instituto Geológico y Minero, y donaciones de especialistas como José Vilaplana y Doroteo Almagro. Y una que vale la pena retener: el cónsul interino de Bolivia en Valencia donó varios ejemplares de mariposas de su país.
Después
Al día siguiente del fuego hubo protestas de estudiantes por cómo se había gestionado todo. La Guardia de Asalto las disolvió y hubo decenas de detenidos; el alcalde dimitió unas semanas más tarde. El derribo y la limpieza fueron tan caóticos como la extinción, y aún se perdieron más piezas.
La reconstrucción del museo se fue aplazando hasta que en 1936 empezó la guerra y las prioridades fueron otras. Quedó en un cajón durante décadas: el Museo de Historia Natural de la Universitat de València no volvió a abrir hasta febrero de 2024, en el campus de Burjassot, con las piezas supervivientes y material nuevo.
Lo que todavía no sabemos
Este episodio lo cuenta Lucía Márquez en Valencia Plaza —artículo que la propia Universitat republica en la web de su museo—, pero sin indicar de dónde sale la información sobre los esperantistas. Quedan preguntas abiertas: quién escribió las cartas, cuántas mandaron, a qué centros y qué llegó exactamente. Tampoco está clara la relación entre esa «Sociedad Esperantista Valenciana» y nuestro grupo, fundado en 1903.
Si alguien tiene documentación de esto —correspondencia, recortes, actas—, escribidnos.
Fuentes: Lucía Márquez, «Cuando València fue Brasil: crónica del incendio que destruyó en 1932 el Museo de Historia Natural», Valencia Plaza, 11 de septiembre de 2018, republicado en la web del Museo de Historia Natural de la Universitat de València.
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