1894: cuando Zamenhof intentó reformar el esperanto y los esperantistas le dijeron que no

Cabecera del artículo «Pri reformoj en Esperanto», publicado por Zamenhof en La Esperantisto en enero de 1894.
Cabecera del artículo «Pri reformoj en Esperanto», publicado por Zamenhof en La Esperantisto en enero de 1894.

El esperanto tenía siete años cuando vivió su primera gran crisis en torno a una pregunta que todavía hoy vuelve cada poco: si una lengua planificada tiene defectos, ¿por qué no corregirlos?

En una lengua hecha a conciencia la pregunta parece especialmente razonable. Si una terminación es inconveniente, se cambia; si una regla es redundante, se elimina; si una palabra no es lo bastante internacional, se sustituye. Al fin y al cabo, una de las virtudes que se le suponen a una lengua planificada es precisamente no tener que aceptar como inevitables las irregularidades que arrastra una lengua histórica.

El problema aparece cuando cada hablante encuentra un defecto distinto. Las reformas que le facilitan la lengua a un francés se la complican a un ruso; las que le gustan a un alemán le parecen extrañas a un italiano; y dos lingüistas igualmente competentes llegan a conclusiones opuestas. Zamenhof lo descubrió muy pronto, y lo que pasó en 1894 tiene que ver con la forma que el esperanto tiene hoy.

Siete años de lengua y ya llovían reformas

El Unua Libro había aparecido en 1887. Seis años después, Zamenhof escribía que había trabajado con la lengua «6½ años» y que había recibido y escuchado «tantísimas opiniones y consejos, recibidos de las personas, revistas y sociedades más diversas de los países más diversos del mundo».

Conviene recordarlo porque el Zamenhof de aquellos años no era todavía el hombre que respondía que el Fundamento es intocable. Los primeros textos del esperanto dejaban abierta explícitamente la posibilidad de perfeccionamientos futuros, y él mismo había experimentado: en 1907 todavía pedía que constara que «por diversos motivos hace tiempo que arrojé el proyecto de 1892, porque, aunque en la teoría parecía bueno, después de una reflexión más madura y de una prueba práctica se mostró muy malo».

El conservadurismo lingüístico de Zamenhof, por tanto, no estaba ahí desde el primer momento. Se formó.

El problema no era la falta de buenas ideas

Una lengua planificada atrae inevitablemente a gente con interés por la lingüística: políglotas, profesores, traductores, personas sistemáticas. Algunas de sus observaciones son excelentes. Pero también atrae a hablantes que confunden con facilidad «esto me cuesta» con «esto está mal diseñado».

Un hablante de una lengua sin casos puede considerar que el acusativo -n es una complicación absurda; otro, acostumbrado a la declinación, valora la libertad de orden que le da. Uno quiere eliminar el artículo porque su lengua no lo tiene; otro considera que distinguir definido de indefinido es información valiosa. Uno quiere una ortografía más próxima al francés; otro, más próxima al polaco. Y aunque todos los que opinan sean lingüistas excelentes, nada garantiza que coincidan.

Este es el problema que Zamenhof encontró. No tenía que decidir solo si una propuesta era buena: tenía que decidir cuál de muchas propuestas incompatibles convenía a una comunidad internacional que apenas nacía.

Zamenhof decide revisarlo todo

En enero de 1894, en lugar de ir aceptando modificaciones dispersas, anunció en La Esperantisto una solución radical: un «análisis sistemático de toda nuestra lengua», trozo a trozo, «empezando por el alfabeto y acabando por la última palabra» del vocabulario. La pregunta que se hacía era: si tuviera que crear la lengua ahora, con seis años y medio de experiencia y todas las críticas recibidas encima, ¿cómo la haría?

El resultado es a menudo recordado como un esperanto con cuatro retoques. No lo era. El proyecto de 1894 cambiaba el alfabeto, la fonética, toda la conjugación y una parte enorme del vocabulario; el texto resultante es prácticamente otra lengua.

El alfabeto. Desaparecían todas las letras con diacrítico —ĉ, ĝ, ĥ, ĵ, ŭ— y también la j. La c pasaba a pronunciarse como la ŝ de ahora, y la z como la c: ĉambro se escribía cambro, y danci se escribía danza.

Los verbos. Cambiaban todas las terminaciones: -i-a, -as-en, -is-in, -os-on, -us-un, -u-an. De los seis participios quedaban dos.

El vocabulario. Una parte sustancial de las raíces germánicas, eslavas y griegas era sustituida por raíces latinas o románicas. Hundo pasaba a ser kano; ŝipo, navo; vojo, vi; vorto, vokablo.

Y encima de eso, los cambios que suelen recordarse.

Fuera el artículo

«El artículo la propongo eliminarlo del todo», escribe. Reconoce que «en sí mismo es muy cómodo», pero añade que para algunas naciones representa, justo al principio del aprendizaje, una dificultad tal «que pierden el deseo de ocuparse de nuestra lengua». Y pone como ejemplo de lenguas que funcionan sin artículo las eslavas y el latín. Cuando hiciera falta precisar, se podía decir tiu o unu.

Es un ejemplo inmejorable del problema reformista: lo que para unos hablantes es una distinción gramatical natural, para otros es una dificultad completamente nueva.

Fuera el acusativo

Todavía más sorprendente: proponía eliminar la -n. Dos argumentos. El primero, práctico: los errores con el acusativo «son de los más frecuentes que cometen los esperantistas principiantes (y a menudo también los viejos)». El segundo, de arquitectura: el acusativo «contradice el espíritu común de nuestra lengua, que solo tiene declinación por medio de preposiciones».

Nominativo y acusativo habrían sido iguales. Para evitar ambigüedades se podía aconsejar a los principiantes —«no obligarlos»— que pusieran el sujeto delante del verbo y el objeto detrás, pero Zamenhof no quería convertir eso en una regla de orden de palabras: «el sentimiento lógico y algo de costumbre le darán fácilmente a cada uno la posibilidad de evitar malentendidos».

El acusativo es hoy una de las características que muchos esperantistas consideran más útiles. La reforma habría facilitado el aprendizaje y habría reducido la libertad sintáctica. Simplificar una lengua no siempre es mejorarla sin pagar nada.

El plural dejaba de ser -j

El plural pasaba a formarse con -i, y no por capricho: la j había desaparecido del alfabeto. La -i existe como plural «en diversas lenguas (por ejemplo la latina, la italiana, las eslavas)», dice, y por tanto «no es arbitraria (como algunas personas pensaban erróneamente de la j)». La s que otros proponían la descartaba por razones de sonoridad: «una s a menudo repetida le daría por sí misma una sonoridad muy aguda a nuestra lengua».

De manera que patroj habría sido patri.

Adjetivos y adverbios, la misma cosa

Los adjetivos perdían la concordancia —«es lastre superfluo, y ya basta con que la declinación exista en los sustantivos»— y acababan en -e, igual que los adverbios, «porque distinguir entre adjetivos y adverbios es muy difícil para algunos pueblos». Zamenhof mismo admite que eso crea ambigüedades: patro bone kantas podría querer decir «un buen padre canta» o «el padre canta bien», y la solución que da es el orden de las palabras.

Vuelve a aparecer el mismo dilema: menos morfología obligatoria quiere decir menos cosas que memorizar y menos errores posibles, pero también traslada información hacia el contexto y el orden.

Los pronombres

El sistema pronominal se rehacía entero. La primera propuesta era mu, nu, tu, vu, lu, elu, su, loru. Las pruebas le hicieron recular en parte, y más tarde volvió mi, y nu/vu pasaron a nos/vos, y loru a ilu. Nada de eso es cosmético: cambiaba el aspecto de cada frase.

Incluso la tabla de correlativos

Uno de los elementos más reconocibles del esperanto es la tabla de correlativos: kiu, tiu, ĉiu, neniu; kie, tie, ĉie, nenie; kiam, tiam, ĉiam, neniam. Precisamente aquella regularidad «matemática» había recibido críticas por ser demasiado artificial, y Zamenhof tomó nota: «Para eliminar este objeto de disputa constante, propongo destruir la disposición recíproca de la tabla y mirar sus miembros como palabras simples sin relación entre ellas». La tabla nueva era de base latina.

La paradoja es considerable: una de las estructuras que hoy presentamos como una gran virtud lógica de la lengua estuvo a punto de ser sacrificada porque resultaba demasiado lógica.

Trece años después lo resumía así: «Ya sabéis que en 1894 yo mismo quise arrojar todas las palabras inventadas arbitrariamente, pero después me convencí de que eso es un error muy grande».

El iĉismo, un siglo antes del iĉismo

Entre las propuestas recibidas había una extraordinariamente moderna. Varios amigos le sugirieron introducir un sufijo para los sustantivos específicamente masculinos, simétrico al femenino -in-; quien más lo convenció fue «el señor Lojko, en su última visita a mi casa de Grodno».

Zamenhof encontró la idea «no solo muy lógica, sino también muy conveniente». El sistema habría funcionado así: fratiro sería específicamente un hermano y fratino específicamente una hermana, mientras que frato significaría simplemente «hijo de los mismos padres» —hermano o hermana—; frati sería «hermanos y hermanas» y el prefijo ge- se podría arrojar. La consecuencia es la que se discute hoy: la forma sin sufijo dejaba de ser masculina y pasaba a ser neutra.

«Unos días después de que se fuera el señor Lojko ya había decidido aceptar el sufijo masculino en mi proyecto», escribe. Y después reculó. No por ilógico —acababa de decir que era lógico—, sino porque un sufijo masculino sería «al menos al principio (¡tiempo importantísimo!) una cierta incomodidad y una fuente de errores», mientras que no tenerlo no había dado problemas. La conclusión que saca es reveladora:

En nuestra cuestión puramente práctica, la lógica teórica inconveniente debe ceder ante la costumbre práctica más cómoda de los pueblos.

Más de un siglo después, el debate sobre el – y el pronombre ri vuelve exactamente al mismo lugar.

No toda idea sensata debe adoptarse

Otro caso lo remata. El maestro Kürschner, de Zúrich, le propuso dejar de usar mayúsculas del todo: ni a principio de frase, ni en los nombres propios. Zamenhof contestó que la propuesta le parecía «muy sensata» y que la aprobaba «de todo corazón», porque «efectivamente, usar dos clases de letras es completamente superfluo y sin sentido».

Y aun así no la incorporó, porque «es una cuestión no solo de nuestra lengua, sino de todas las lenguas», y había que «evitar toda batalla superflua contra las costumbres de los pueblos, para no dificultar sin necesidad la batalla por nuestra lengua». Dejó la puerta abierta —«no digo todavía mi última opinión»—, pero la distinción ya estaba hecha: una idea racional y una idea que conviene introducir realmente no son la misma cosa.

El coste de cambiar una lengua que ya tiene usuarios

Zamenhof había entendido también un problema que hoy llamaríamos compatibilidad hacia atrás. Si la reforma se aprobaba, advertía, habría que «crear una nueva literatura sistemática en lugar de la vieja, que habrá que arrojar»; y antes de anunciar el cambio, «contaremos nuestras fuerzas para convencernos de si tenemos la posibilidad» de hacerlo.

No era retórica. En marzo de 1894 ya anunciaba los preparativos de una «Biblioteko de la lingvo Esperanto» de cincuenta pliegos al año —manuales en diversas lenguas, una crestomatía de ejercicios, un diccionario con traducción a cinco idiomas, obras originales y traducidas— destinada a reconstruir en el dialecto nuevo todo lo que existía en el viejo. Una lengua de siete años ya tenía suficiente producción para que una reforma profunda tuviera un coste real.

Esto es fundamental para entender la rigidez posterior del Fundamento. Una lengua no es solo un conjunto de reglas: es también todo lo que ya se ha escrito con ellas.

Las reformas podían no acabar nunca

Justo antes de la votación, Zamenhof escribió la frase que probablemente es el núcleo de toda la historia:

«Senfine ripetataj reformoj detruus nian aferon.» «Reformas repetidas sin fin destruirían nuestra causa.»

Y continuaba: por eso, si la mayoría decidía que la lengua debía reformarse, él había propuesto «reformas grandes y radicales, para acabar la desagradable cuestión de una vez». La solución era paradójica y deliberada: una última gran reforma que acabara con el reformismo.

La pregunta ya no era «¿es buena esta reforma?», sino qué le pasa a una lengua auxiliar si acepta como procedimiento normal reformarse cada vez que aparece una propuesta convincente. Porque después de una vendría otra, y cada generación de lingüistas encontraría defectos que la anterior no había visto, y la lengua se quedaría permanentemente en versión provisional.

Los esperantistas votan

La votación se planteaba sobre tres preguntas: conservar la lengua sin cambios, aceptar el proyecto nuevo «en toda su plenitud», o hacer otras reformas. Una cuarta opción —aceptar el proyecto de Zamenhof pero modificando detalles— la añadió después, a sugerencia de un lector, el señor Forkarth. Votaban los miembros de la Liga Esperantista, es decir, los suscriptores de La Esperantisto, que aquel año eran 717.

El resultado publicado en agosto de 1894:

Opción Agosto de 1894
Mantener la lengua sin cambios 144
Aceptar íntegramente la reforma de Zamenhof 12
Hacer otras reformas 2
Aceptar la reforma con modificaciones 95

Como ninguna opción llegaba a los dos tercios que exigía el reglamento de la Liga, la votación se reabrió tres meses más. La cifra de noviembre no es, pues, una segunda votación independiente: es la misma, con siete personas que cambiaron el voto y once que lo emitieron por primera vez.

Opción Noviembre de 1894
No reformar 157
Reforma de Zamenhof completa 11
Otras reformas 3
Reforma de Zamenhof modificada 93

En total, 264 votos: 157 por no tocar la lengua y 107 por alguna clase de reforma, un 59,5 % contra 40,5 %. Sería exagerado hablar de un rechazo aplastante; la minoría reformista era considerable. Y hay dos detalles que dicen más que los porcentajes.

El primero: solo once personas querían exactamente la reforma de Zamenhof. La mayor parte de los reformistas quería reformar… la reforma. Ni siquiera los partidarios del cambio coincidían en qué cambio hacer, que era precisamente el problema.

El segundo: Zamenhof no votó. Retuvo su voto y el de las personas que se lo habían confiado, y lo justificó diciendo que, fuera cual fuera, ya no podía cambiar el resultado.

Y un tercero, para quien quiera poner las cifras en contexto: de los 717 suscriptores, votaron 264. Poco más de un tercio.

Zamenhof todavía no congela la lengua

Sería cómodo cerrar aquí la historia —«los esperantistas dijeron que no y el esperanto quedó congelado»— pero sería falso. Al anunciar el resultado, Zamenhof advirtió explícitamente contra aquella lectura: algunos piensan, dice, «que la decisión tomada prohíbe para siempre cualquier cambio en nuestra lengua y la hace para siempre completamente rígida. Eso es un error», porque «nosotros, un puñado pequeño de hombres, no podemos tomar ninguna decisión para siempre en una cuestión» en la que esperaba que algún día participaran multitudes mucho más grandes.

Lo que se había decidido era, simplemente, que ahora no se cambiaba nada. Once años después el tono sería otro.

1905: de la prudencia a la constitución

Cuando aparece el Fundamento de Esperanto en 1905, Zamenhof afirma que los tres textos que lo componen «deben ser antes que nada intocables», y escribe la frase más citada de todo el esperantismo:

«La fundamento devas resti severe netuŝebla eĉ kune kun siaj eraroj.» «El fundamento debe permanecer rigurosamente intocable incluso con sus errores.»

No estaba diciendo que el esperanto no tuviera errores. Estaba diciendo algo mucho más fuerte: que es preferible conservar algunos que destruir la estabilidad de la lengua para corregirlos. El propio prólogo aclara que la lengua podrá «no solo enriquecerse constantemente, sino incluso mejorar y perfeccionarse constantemente» —pero sin romper la continuidad con lo que ya se había escrito.

Es, en la práctica, una decisión constitucional: la lengua puede evolucionar, pero su núcleo ya no se rediseña.

¿Quién quería realmente la reforma?

Aquí conviene parar y mirar las fuentes, porque la historia que acabamos de contar admite una lectura menos ordenada.

Zamenhof no abrió el debate de 1894 porque quisiera reformar la lengua. Lo abrió porque no podía pararlo. Ya en 1893 escribía en La Esperantisto: «la agitación por las reformas se ha fortalecido tanto en los últimos años que ya no podemos quedarnos como espectadores silenciosos y debemos regularla», con la imagen del río al que no hay que poner dique sino encauzar. Y añadía: «Confieso una vez más que, si el asunto dependiera solo de mí, retendría todavía todas las conversaciones sobre reformas».

Acabada la votación, se lo escribía sin retórica a su corresponsal Guminskij, el 29 de agosto de 1894: «Gracias a la conversación sobre reformas, el año actual está efectivamente del todo perdido para nuestra causa; sin embargo no debemos lamentarlo, porque el resultado final será muy bueno. La tormenta amenazadora de las reformas ha limpiado de una vez por todas la atmósfera llena de nubes. […] En los últimos años muchos amigos empezaron a exigir reformas; yo les suplicaba constantemente y sin parar que dejaran esta cuestión, que no aportará ninguna utilidad y solo arruinará del todo nuestra causa; pero nadie quería escucharme».

Cuando Johannes Dietterle editó las obras de Zamenhof en 1929 decidió no incluir el proyecto de 1894, y anotó: «Al escribirlas, en su corazón él esperaba ciertamente que no las aceptarían». Christer Kiselman, que ha estudiado y comparado las cinco variantes de la lengua que Zamenhof llegó a redactar, cierra su descripción del proyecto con la pregunta abierta: si Zamenhof hizo su propuesta tan drástica como para poder estar casi seguro de que la mayoría la rechazaría.

No se puede demostrar. Pero cambia el color del relato: la crisis de 1894 no le enseñó a Zamenhof a desconfiar del reformismo; le dio un argumento público y un mandato colectivo para una desconfianza que ya tenía. Lo que consiguió en 1894 no fue convencerse él: fue que lo decidieran los demás, y poder decirlo.

Y entonces llegó Kabe

En 1903, dos años antes del Fundamento, empezaba a participar en el esperantismo un médico polaco extraordinariamente políglota y sistemático: Kazimierz Bein, Kabe. En pocos años se convertiría en uno de los grandes estilistas y traductores de la lengua, entraría en sus instituciones lingüísticas y publicaría uno de los primeros grandes diccionarios monolingües del esperanto.

Y también empezó a encontrar cosas mejorables. Según el testimonio que dejó —recogido por Vlastimil Novobilský, que cita sus memorias—, llegó a la conclusión de que varias reformas eran inevitables y se las planteó a Zamenhof. La fecha no es segura: el relato se escribió hacia 1909, y el contexto de las traducciones apunta más bien a 1905 o 1906.

El Zamenhof que Kabe encontró ya no era el creador de 1887 dispuesto a revisar su proyecto: era el hombre que había pasado por el proyecto de 1892, por la crisis de 1894 y por años de propuestas contradictorias. Kabe veía defectos que había que corregir; Zamenhof veía el comienzo de una historia que ya conocía.

Kabe abandonó el esperanto hacia 1911, sin explicaciones públicas, y su nombre se convirtió en un verbo: kabei, «desaparecer súbitamente del movimiento». En la entrevista que le hizo Literatura Mondo en 1931 decía que había sido esperantista durante siete años, de 1903 a 1910, y que ya no lo era. Las causas de la marcha se discuten todavía, y el desacuerdo sobre las reformas es solo una de las posibles. De lo que sí hay constancia es de que el desacuerdo existió.

Lo que pensamos

Hasta aquí, los hechos y las fuentes. Lo que viene a continuación es opinión nuestra.

Visto desde aquí, la ventaja de la decisión cuesta de negar. Quien aprende esperanto hoy puede leer sin grandes dificultades textos de hace más de cien años; las reglas morfológicas principales siguen siendo las mismas; no existen ediciones incompatibles de la lengua; y se pueden invertir años aprendiéndola sin miedo a que una comisión anuncie que la gramática queda obsoleta el año que viene. Para una lengua auxiliar, esa confianza vale mucho. Que el peligro de escisión no era teórico lo demostraría el ido a partir de 1907.

Pero la otra cara existe. Si el núcleo queda protegido incluso «con sus errores», quien detecta una solución realmente mejor se encuentra una puerta cerrada. Y las personas capaces de detectar aquellos defectos suelen ser precisamente las más valiosas: lingüistas, políglotas, traductores, escritores. La política que protegía la lengua del reformista ocasional a quien simplemente le molestaba el acusativo protegía igual de bien contra una propuesta bien estudiada. No había manera sencilla de distinguir institucionalmente los dos casos, y probablemente Zamenhof concluyó que no valía la pena intentarlo: mejor cerrar la discusión y pagar las imperfecciones como precio de la paz lingüística.

Es tentador preguntarse qué habría pasado con un Fundamento revisable cada veinte años, o con un procedimiento de reforma por mayorías cualificadas. Quizá la lengua habría incorporado mejoras importantes y habría retenido a más gente como Kabe. Quizá habría producido veinte Kabes con veinte reformas incompatibles. No se puede saber.

Lo que sí se puede decir es que la reforma de 1894 fracasó y que su efecto más importante no fue conservar unas terminaciones, sino fijar una prioridad que el esperanto todavía mantiene: para una lengua internacional, quizá importa más seguir siendo la misma lengua que llegar a ser la mejor lengua posible.

Fuentes

  • L. L. Zamenhof, Pri reformoj en Esperanto, serie de artículos publicada en La Esperantisto durante 1894, reimpresa por Émile Javal (Coulommiers, 1907). Texto completo en el Tekstaro de Esperanto; facsímil escaneado por la Biblioteca Nacional de Austria, en archive.org. De aquí salen todas las citas de 1894, las propuestas y los resultados de las dos votaciones.
  • L. L. Zamenhof, Fundamento de Esperanto, Antaŭparolo, 1905.
  • Christer Kiselman, «Variantoj de esperanto iniciatitaj de Zamenhof», comparación detallada de las cinco variantes de la lengua redactadas por Zamenhof (1878, 1881, 1887, 1894, 1906), con la carta a Guminskij y la nota de Dietterle.
  • Ed Robertson, «Kabe: ĉu eterna mistero?», Esperanto-Asocio de Britio, sobre las propuestas de reforma de Kabe y las circunstancias de su marcha.
  • La imagen de cabecera es la primera página del artículo de 1894 en la reimpresión de Javal, digitalizada por la Biblioteca Nacional de Austria (dominio público).

Referencias

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