Białystok: la ciudad que hizo que Zamenhof quisiera inventar una lengua

Cuando Ludwik Zamenhof nació en 1859, Białystok no era una ciudad polaca donde casualmente se hablaban muchas lenguas. Era una ciudad del Imperio ruso, de mayoría judía, en una región que había cambiado varias veces de soberanía, atravesada por el conflicto entre el Estado ruso y el nacionalismo polaco, y habitada por comunidades que identificaban lengua, religión y pertenencia. Él convirtió aquella ciudad en su explicación del esperanto. Quizá atribuyó demasiado poder a las lenguas; pero la Babel que recordaba no era imaginaria.

Postal de Białystok, hacia 1900: la calle de los Alemanes, rotulada en ruso y en alemán
Postal de Białystok, hacia 1900: la calle de los Alemanes, rotulada en ruso y en alemán

La «calle de los Alemanes» de Białystok en una postal de hacia 1900, rotulada a la vez en ruso (Нѣмецкая улица) y en alemán (Deutsche Strasse), y editada por un proveedor de las fábricas de paños de la ciudad. Es posterior a la marcha de Zamenhof, pero es la misma ciudad. Biblioteca Nacional de Polonia, dominio público.

Una ciudad que había cambiado de país sin moverse

Para entender el Białystok de la infancia de Zamenhof hay que empezar bastante antes de que él naciera. Durante siglos la región había formado parte de la República de las Dos Naciones, la unión polaco-lituana, pero a finales del siglo XVIII aquella potencia desapareció del mapa con las tres particiones de Polonia entre Rusia, Prusia y Austria. La desaparición fue literal: después de la tercera partición, en 1795, no existía ningún Estado polaco.

Białystok quedó primero bajo administración prusiana y, tras los tratados de Tilsit de 1807, en plena Europa napoleónica, pasó al Imperio ruso. En 1808 se constituyó el Óblast de Białystok y en 1842 fue incorporado a la Gobernación de Grodno, donde continuaría hasta la Primera Guerra Mundial.

Por tanto, cuando Zamenhof nació el 15 de diciembre de 1859, Rusia no acababa de llegar: la ciudad llevaba más de medio siglo bajo dominio imperial. La administración era rusa, la autoridad era la del zar y el ruso era la lengua oficial. Pero la población de la ciudad estaba muy lejos de ser rusa.

Una ciudad de mayoría judía

Este es probablemente el hecho que más se pierde cuando la historia de Zamenhof se cuenta como un episodio de las relaciones entre Polonia y Rusia. El Białystok de Zamenhof era mayoritariamente judío. Los datos demográficos disponibles para 1857, dos años antes de su nacimiento, cuentan 13.787 habitantes, de los cuales 9.547 eran judíos: cerca del 70 %. El resto eran 3.005 católicos romanos, 700 protestantes y 285 ortodoxos.

La clasificación religiosa no equivale exactamente a una clasificación lingüística o nacional, pero permite entender la ciudad: Zamenhof no era un judío excepcional perdido dentro de una ciudad homogéneamente polaca, sino que creció en uno de los grandes centros judíos de la Europa oriental.

Y eso tenía consecuencias lingüísticas. Entre la población judía estaba muy extendido el yidis; el ruso dominaba la administración y parte de la educación; el polaco mantenía una fuerte presencia cultural y social; y había también alemán y otras lenguas del entorno. Białystok era, literalmente, una ciudad donde se podía caminar por la calle y oír lenguas distintas asociadas a comunidades distintas.

Portada del libro de registro de nacimientos judíos de Białystok de 1859, donde quedó inscrito el nacimiento de Zamenhof
Portada del libro de registro de nacimientos judíos de Białystok de 1859, donde quedó inscrito el nacimiento de Zamenhof

El registro donde consta el nacimiento de Zamenhof: el «Libro para la inscripción de los judíos nacidos en el año 1859», encabezado en ruso y en hebreo. Los nacimientos judíos se anotaban en un libro aparte. Szlak Dziedzictwa Żydowskiego w Białymstoku, dominio público.

No era una multiculturalidad de postal

Hoy es tentador describir aquellas ciudades como ejemplos de «multiculturalidad», y la palabra puede engañar. Que rusos, polacos, alemanes y judíos compartieran una ciudad no significa que formaran una comunidad armoniosa donde cada cual aportaba alegremente su gastronomía, su religión y su lengua. Compartían mercados, calles y trabajo, pero también había jerarquías, prejuicios, desigualdades jurídicas, nacionalismos y conflictos religiosos.

El propio Zamenhof, muchos años después, recordaría Białystok dividida en cuatro grandes grupos. Es una simplificación —la realidad étnica de la región era más complicada—, pero importa porque muestra cómo la recordaba él. En su carta a Nikolái Borovko lo escribió así:

En Bjelostoko la loĝantaro konsistas el kvar diversaj elementoj: rusoj, poloj, germanoj kaj hebreoj; ĉiuj el tiuj ĉi elementoj parolas apartan lingvon kaj neamike rilatas la aliajn elementojn.

En Białystok la población se compone de cuatro elementos distintos: rusos, polacos, alemanes y hebreos; todos estos elementos hablan una lengua aparte y se relacionan de una manera poco amistosa con los demás.

Y continuaba: en casa le habían enseñado que todos los humanos eran hermanos, mientras que en la calle, a cada paso, le hacían sentir que los seres humanos no existían como tales; solo existían rusos, polacos, alemanes, judíos. Para un niño especialmente sensible a las lenguas, aquella clasificación debía de ser extraordinariamente visible: la lengua te decía inmediatamente algo sobre quién eras.

Un niño judío educado en ruso

La relación de Zamenhof con Rusia impide convertir la historia en una narración de buenos y malos, porque él no recordaba haber crecido odiando Rusia, sino al contrario. Su carta autobiográfica a Alfred Michaux, del 21 de febrero de 1905, empieza por un detalle que lo explica casi todo:

Mia patro (kiu ankoraŭ vivas) kaj avo estis instruistoj de lingvo. La homa lingvo estis por mi ĉiam la plej kara objekto el la mondo.

Mi padre (que aún vive) y mi abuelo eran maestros de lenguas. La lengua humana ha sido siempre para mí el objeto más querido del mundo.

No era, pues, un niño cualquiera que oía lenguas por la calle: era el hijo y el nieto de gente que se ganaba la vida enseñándolas. En aquella misma carta explicaba que había sido educado en ruso, que lo había amado profundamente y que de niño llegaba a soñar que sería un gran poeta ruso. Hablaba también polaco y alemán con fluidez, y estudiaría muchas otras lenguas. Pero, según su propio relato, pronto descubrió una contradicción:

En mia infaneco mi amis tre pasie la lingvon rusan kaj la tutan rusan regnon; sed baldaŭ mi konvinkiĝis, ke mian amon oni pagas per malamo, ke ekskluzivaj mastroj de tiu lingvo kaj lando nomas sin homoj, kiuj vidas en mi nur senrajtan fremdulon.

En mi infancia amé apasionadamente la lengua rusa y todo el Estado ruso; pero pronto me convencí de que mi amor me lo pagan con odio, de que se proclaman dueños exclusivos de aquella lengua y de aquel país unos hombres que ven en mí solo a un extranjero sin derechos.

Y añadía el detalle que duele: que él, sus abuelos y sus bisabuelos habían nacido y habían trabajado en aquel mismo país.

No era solo una sensación individual. El Imperio ruso mantenía a los judíos sometidos a un régimen jurídico específico: gran parte de la población judía solo podía residir permanentemente en determinadas provincias occidentales, dentro de la llamada Zona de Asentamiento. Había excepciones, y el reinado de Alejandro II introdujo algunas liberalizaciones, pero los judíos no gozaban de los mismos derechos territoriales que el resto. La Gobernación de Grodno, donde estaba Białystok, formaba parte precisamente de aquella zona.

La identidad de Zamenhof contenía, por tanto, una contradicción difícil: podía amar una lengua y un país que no lo aceptaban plenamente como uno de los suyos.

Mientras tanto existía la cuestión polaca

Además, Białystok estaba dentro de otro conflicto de larga duración: qué había pasado con Polonia. La nación polaca no había desaparecido porque hubiera desaparecido su Estado. Millones de personas seguían hablando polaco, leyendo literatura polaca y recordando un Estado anterior, pero políticamente vivían repartidas entre tres imperios. En la parte controlada por Rusia se produjeron varias insurrecciones, entre ellas la Insurrección de Enero de 1863.

Zamenhof tenía tres años, así que sería absurdo presentarlo como testigo consciente de nada. Pero la guerra llegó a su región.

1863: una rebelión en los alrededores de la ciudad

La insurrección empezó en enero de 1863 contra la autoridad zarista y se extendió por los territorios de la antigua República incorporados a Rusia. En la región de Białystok, según el Archivo Estatal de la ciudad, los insurgentes intentaron cortar la línea ferroviaria Varsovia–San Petersburgo, inaugurada solo el año anterior. No lo consiguieron, y hay un detalle que liga las dos cosas: la organización clandestina de la ciudad estaba formada sobre todo por trabajadores de las obras de aquel mismo ferrocarril.

Hubo combates importantes en la región. El mayor fue el de Siemiatycze, el 6 y el 7 de febrero de 1863: más de cuatro mil guerrilleros contra tropas regulares rusas menos numerosas pero mucho mejor armadas. Murieron unos doscientos insurgentes y trescientos fueron hechos prisioneros. El 29 de abril, cerca de Waliły, las unidades de Walery Wróblewski fueron deshechas. El resto de la actividad insurgente adoptó a menudo forma guerrillera.

En la ciudad misma, en cambio, no hubo ninguna gran batalla, por una razón muy concreta: la guarnición militar rusa era lo bastante fuerte para disuadir un ataque directo. Zamenhof no crecía en medio de un frente, sino en una ciudad controlada militarmente por el Imperio mientras, en los bosques y en los pueblos de la comarca, otros habitantes intentaban expulsar a ese mismo Imperio.

Después de la insurrección llegó la rusificación

La derrota de 1863 endureció la política imperial. Las autoridades rusas reforzaron el control policial, confiscaron propiedades, deportaron gente a Siberia y actuaron contra las instituciones asociadas a la identidad polaca. El general gobernador Mijaíl Muraviov, que se ganó el sobrenombre de el Ahorcador, hacía quemar aldeas enteras y deportar a sus habitantes. Se suprimieron parroquias católicas y sus bienes pasaron a la Iglesia ortodoxa. Se prohibió predicar en polaco.

Y la lengua se convirtió también en objetivo político. El Archivo Estatal de Białystok conserva las órdenes que prohibieron el polaco en la correspondencia oficial y en la administración de la Gobernación de Grodno. No llegaron después de la derrota: empezaron durante la guerra misma —una declaración del general gobernador del 12 de febrero de 1863, un llamamiento del 2 de marzo, las circulares del 31 de agosto y del 3 de septiembre— y culminaron en un ucase del 8 de mayo de 1864 que obligaba a todas las oficinas civiles a producir la documentación en ruso.

Y sabemos que costaba hacerlas cumplir. El presupuesto del ayuntamiento de Janów para 1864 llegó a Grodno firmado en polaco. La respuesta fue otro ucase recordando la prohibición a todas las oficinas, bajo amenaza de reprensión anotada en el expediente y publicada en el boletín de la gobernación, y ordenando que quien no pudiera firmar en ruso usara un sello de letras rusas.

Esto muestra que, en la infancia de Zamenhof, la lengua no era solo una cuestión cultural: el Estado empleaba explícitamente la política lingüística como instrumento de integración imperial. No quiere decir que los polacos hubieran dejado de hablar polaco en casa, ni que fuera clandestino tener una conversación familiar en aquella lengua; pero sí que el ruso ocupaba los dominios oficiales y que el polaco podía quedar progresivamente expulsado de determinadas instituciones. Para una persona obsesionada con las lenguas, era difícil no observar que la lengua del Estado y la lengua de la población no eran cuestiones inocentes.

Pero tampoco era simplemente polaca contra rusa

Aquí hay una diferencia fundamental respecto a Varsovia, que podía seguir siendo una ciudad social y culturalmente muy polaca aunque la administración fuera rusa. Białystok tenía una estructura demográfica distinta: la mayoría de la población era judía, y había comunidades polaca, rusa y alemana, además de otros grupos regionales. No había, por tanto, una gran mayoría polaca sobre la cual el Estado intentara imponer el ruso.

Esto ayuda a entender por qué Zamenhof no acabó proponiendo «todos deberíamos hablar polaco» ni «ya que vivimos en Rusia, hablemos todos ruso». Para él, cualquiera de aquellas soluciones significaba convertir la lengua de un grupo en la lengua que los demás tenían que aceptar.

Una ciudad que crecía muy deprisa

Białystok estaba cambiando también por la industrialización. La línea ferroviaria entre Varsovia y San Petersburgo, inaugurada en 1862, convirtió la ciudad en un nodo mucho mejor conectado con los grandes mercados del Imperio, y el sector textil creció con rapidez. YIVO documenta que Białystok pasó de 89 fábricas en 1867 a 309 en 1897, con una participación especialmente importante de empresarios y trabajadores judíos.

Esto multiplicaba los contactos: trabajadores, comerciantes, fabricantes, funcionarios, soldados y viajeros tenían que interactuar. La ciudad de Zamenhof no era un conjunto de comunidades aisladas, sino algo más interesante: comunidades distintas obligadas a encontrarse continuamente. Y eso quiere decir también que la diferencia lingüística no impedía siempre la comunicación — quien quiere comprar, vender o trabajar suele encontrar la manera de entenderse.

La torre de Babel de Białystok

A los diez años, Zamenhof escribió una tragedia en cinco actos. Eso lo dice él mismo, de pasada y entre paréntesis, en la carta a Michaux: «en la 10-a jaro de mia vivo mi skribis 5-aktan tragedion». Lo que no dice es de qué iba. Que aquella tragedia fuera sobre la Torre de Babel lo recoge el Centro Ludwik Zamenhof de Białystok, pero no sale de su testimonio: es tradición posterior, y vale la pena mantener las dos cosas separadas.

Aun así, el hecho es significativo: mucho antes de publicar el esperanto, aquel niño ya convertía en tragedia lo que veía. Y Babel no era para él un mito lejano, sino algo que tenía en la puerta de casa.

«Białystok dirigió todos mis esfuerzos»

Años después, en la carta a Borovko, Zamenhof afirmó que el lugar de su nacimiento y de su infancia había dado dirección a todos sus esfuerzos posteriores.

Conviene recordar que esto es una reconstrucción autobiográfica: el Zamenhof adulto, creador de una lengua internacional ya conocida, estaba interpretando al niño que había sido. No podemos demostrar que cada experiencia de su infancia condujera linealmente al esperanto. Pero tampoco hace falta creer en ninguna leyenda, porque las circunstancias objetivas ya eran extraordinarias: Białystok pertenecía al Imperio ruso, Polonia había desaparecido como Estado, la región había sufrido una insurrección, el Estado estaba reforzando la rusificación, la ciudad era de mayoría judía, los judíos vivían bajo un régimen jurídico particular, había una población polaca importante además de rusos y alemanes, y la industrialización obligaba a todas aquellas comunidades a encontrarse cada día.

La pregunta interesante no es cómo se le ocurrió a Zamenhof inventar una lengua. Es cómo podía un niño tan interesado por las lenguas crecer en aquella ciudad sin acabar preguntándose qué significaba que cada comunidad tuviera la suya.

A los trece años, Varsovia

En 1873, cuando Zamenhof tenía trece años, la familia dejó Białystok y se trasladó a Varsovia. Allí encontraría una situación distinta: una ciudad también gobernada por Rusia, pero mucho más claramente polaca en su vida social y cultural. Eso formaría otra capa de su experiencia lingüística, pero es otra historia — y es también la ciudad donde, sesenta y nueve años después, los alemanes encerrarían a sus tres hijos en el gueto.

Dónde probablemente se equivocaba

Hasta aquí, las fuentes. Ahora viene nuestra lectura.

Zamenhof recordaría más tarde que en su infancia llegó a pensar que la diversidad de lenguas era «la única, o al menos la principal» causa que dividía a la familia humana en grupos enemigos. Leído desde el siglo XXI, parece excesivo. Los habitantes de Białystok no tenían conflictos porque usaran palabras diferentes para pedir pan: detrás de las tensiones estaban el Imperio ruso, la cuestión nacional polaca, la discriminación de los judíos, las diferencias religiosas, los intereses económicos, las jerarquías sociales y las identidades colectivas.

De hecho, personas que hablan lenguas diferentes pueden entenderse magníficamente cuando tienen incentivos para hacerlo, mientras que personas que hablan prácticamente la misma lengua pueden despreciarse por una diferencia de acento, de barrio o de vocabulario. La relación, pues, no es «lenguas diferentes, por tanto hostilidad». La lengua actúa de una manera más sutil: puede convertirse en marcador de una división que ya existe, puede indicar inmediatamente quién es de los nuestros y quién es de los otros, y puede ser también una relación de poder — quién tiene que aprender la lengua de quién.

Se puede reformular así la experiencia infantil de Zamenhof: probablemente se equivocaba al pensar que Babel producía la hostilidad; lo que había descubierto correctamente era que Babel podía darle un uniforme.

Creció en una ciudad donde las lenguas servían para decir quién gobernaba, quién pertenecía a cada comunidad, quién era considerado extranjero y quién tenía que adaptarse a quién. Quizá confió demasiado en la capacidad de una lengua común para reparar las divisiones humanas. Pero la pregunta que intentaba responder no era nada ingenua: ¿cómo podemos hablar entre nosotros sin que la lengua misma nos obligue a decidir antes quién es el amo y quién es el extranjero?

De aquella pregunta saldría el esperanto: el primer manual se publicó en Varsovia en 1887, catorce años después de que la familia dejara Białystok. Y de los tres hijos que tuvo el hombre que lo escribió, ninguno llegó al final de la Segunda Guerra Mundial.

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