Primer presidente de la Federación Valenciana de Esperanto, director de un colegio de Arrancapins y profesor de conversación del grupo durante décadas. Cuatro títulos enmarcados en la pared de su despacho cuentan su trayectoria entera, de Callosa de Segura en 1979 a París en 2009
Se compró una radio de onda corta a propósito. Una Grundig grande, de las de dial iluminado y seis bandas, que todavía guarda su hija. Con ella escuchaba las emisiones en esperanto de los países del este —la de la Varsovia comunista, sobre todo— y, como la recepción era mala y las emisiones caían a horas imposibles, se levantaba a las cuatro o a las cinco de la madrugada para cogerlas. En verano se iba al apartamento del Saler, porque por encima del mar no había nada que estorbara y se cogían mejor.
Eso era Juan Antonio Giménez García (Valencia, 1 de junio de 1936 – Valencia, 12 de mayo de 2026): maestro funcionario, director de colegio, primer presidente de la Federación Valenciana de Esperanto y profesor de conversación del Grupo Esperanto de Valencia durante décadas. En los boletines firmaba «Johano Antono», y el nombre se lo llevó del esperanto hacia fuera: era el que usaba en el correo electrónico personal.

Juan Antonio Giménez García, en el retrato que la familia reconoce como «así es como era él».
Un compañero del colegio, y don Félix
Estudió magisterio y fue maestro funcionario, pero el edificio donde desarrolló casi toda su carrera —y que acabó dirigiendo— era el Colegio Diocesano Nuestra Señora del Socorro, en la calle de Salas Quiroga de Arrancapins, junto a la parroquia del mismo nombre.
Que el esperanto existía se lo contó un compañero del propio colegio, Manuel López, profesor de lengua, que había hecho el cursillo de iniciación por curiosidad; a los seis meses él lo dejó y Juan Antonio continuó. El primer esperantista al que trató fue Félix Navarro, don Félix, el maestro que enseñaba esperanto a sus alumnos del Patronato. Fue a alguna de sus clases y ya se quedó.
Y aquí hay un hecho que hasta ahora no teníamos documentado en ninguna parte: al principio, las clases de esperanto del grupo se hacían en ese mismo colegio. El párroco se las dejó hacer, y allí iba don Félix a darlas.
Del porqué de la lengua tenía una idea clara, que su hija resume así: una manera de armonizar los países, que cada uno hablara la suya y el esperanto los uniera; una herramienta para la paz que disolvería los conflictos entre naciones. De lenguas extranjeras había estudiado pocas, y como se estudiaban entonces: francés, mucha gramática, «pero hablar no sabía». Valenciano sí que hablaba, y el certificado lo sacó cuando se lo exigieron a los maestros, aunque —dice su hija— «no era su lengua ni muchísimo menos materna»: él era de Valencia y sus padres no.
Cuatro títulos en la pared
En la pared del despacho tenía enmarcados cuatro títulos. Leídos en orden, son su trayectoria entera.
El primero lo sacó cuando apenas empezaba. Es el Atesto pri Elementa Kurso de la ILEI, la liga internacional de profesores de esperanto, expedido en el Colegio Nacional «Primo de Rivera» de Callosa de Segura (Alicante) el 30 de junio de 1979 y firmado por el director del centro como presidente del tribunal y por F. Zaragoza Ruiz, delegado español de la liga. Eso fija la fecha que la familia situaba «a finales de los setenta».

El Atesto pri Elementa Kurso de la ILEI, expedido en Callosa de Segura el 30 de junio de 1979.
Siete años después ya no era alumno sino profesor reconocido: el 17 de julio de 1986, en el 46.º Congreso Español de Esperanto, celebrado en Vigo, la Federación Española lo calificaba de «Esperantista Instruisto».

El título de «Esperantista Instruisto» de la Federación Española, expedido en Vigo el 17 de julio de 1986.
El tercero es el que más dice. El 31 de julio de 1987, en Varsovia, superó el examen de grado medio de la Asociación Universal de Esperanto con resultado «tre bona», muy bueno; el certificado lo firman al día siguiente la UEA y la ILEI a través de su Internacia Ekzamena Komisiono. Esa semana se celebraba allí el 72.º Congreso Universal, el del centenario de la lengua, y él no solo estaba: se examinó.

El certificado del examen de grado medio de la UEA, superado en Varsovia el 31 de julio de 1987 con resultado «tre bona».
Y el último es de 2009, cuando ya tenía setenta y dos: el Certificat d’études pratiques del Institut Français d’Espéranto, expedido en París, que certifica «un conocimiento ampliado de la lengua internacional esperanto».

El Certificat d'études pratiques del Institut Français d'Espéranto, expedido en París en 2009.
La crónica de Varsovia
Del congreso del centenario escribió la crónica para el boletín del grupo, firmada «Johano Antono». Se titula «La kongresa labirinto» —«el laberinto congresual»— y cuenta cómo perdió, dentro del inmenso Palacio de la Cultura y la Ciencia, a la valenciana de dieciséis años que había viajado con él, porque su nombre no estaba en las listas de alojamiento:
«—Bonvolu, vian nomon. —Mia nomo estas Neĝoj Munsuri. —Neĝoj… Neĝoj… Neĝoj… Ne estas, sinjorino.»
La busca por el vestíbulo, plantea la búsqueda como un problema, se pierde buscando el ascensor y acaba preguntando a todo el mundo. «Ĉu vi vidis belan knabinon, nigrharulinon, deksesjaraĝan?» —¿ha visto a una chica guapa, morena, de dieciséis años?—. «No, esto no es un buen método.»
¿Lengua o movimiento?
No dejó solo crónicas. El número 33 del Valencia Luno, de enero de 1992, se abre con un artículo suyo titulado «ESPERANTO: ĈU LINGVO?, ĈU MOVADO?» —transcripción completa—, donde plantea la pregunta como una alternativa y la resuelve negándola: «Esperanto estas movado kaj lingvo samtempte. Kie ni povus lerni esperanton sen la movado?».
Concede entero el diagnóstico del Manifiesto de Rauma —los mitos envejecidos, los símbolos que parecen de gueto, la idea interna que no llega a las nuevas generaciones— y no concede la conclusión:
Ni devos pripensi pli bonan solvon, pli aktualan aspekton por la Movado ol flankigi ĝin.
«Tendremos que pensar una solución mejor, un aspecto más actual para el Movimiento, que no apartarlo.» Y cierra con una pregunta directa: «Ĉu vi povos sola, sen Movado?» —¿podrás tú solo, sin Movimiento?—. Es, en pequeño, la posición que en esos mismos años defendía Jouko Lindstedt: aceptar lo que Rauma vio sin aceptar que la comunidad pueda sustituir al movimiento.
El profesor y el organizador
Enseñaba desde principios de los ochenta: mientras don Félix hacía el curso elemental, él llevaba el curso de conversación con los Amuzaj dialogoj de Albert Lienhardt, lunes y viernes. Todavía lo guiaba en 1995, con el mismo reparto de trabajo. Entre sus alumnos están Fernando Manzanera Mas, vecino suyo, y Luis Salag.
Fue secretario del comité organizador del 48.º Congreso Español de Esperanto (Valencia, 1988) —en la crónica posterior figura ya como vicepresidente— y relaciones exteriores del grupo en 1990. Cuando se creó la Federación Valenciana de Esperanto fue su primer presidente: el Valencia Luno de octubre de 1989 lo presenta así mientras atendía, con Navarro, el estand del Festival de la Paz de Benicàssim. En los congresos valencianos presidía siempre la mesa, muchas veces con el alcalde del pueblo donde se celebraban, y todavía presidía la federación en 1993.
En 1990 abrió el primer congreso de la federación con una conferencia sobre la historia del movimiento aquí, y de ese trabajo salió una historia del esperanto en la Comunidad Valenciana: en 1992 entregó el borrador en Zaragoza, en un homenaje público. En 1999 dio la conferencia del día de Zamenhof, sobre el pasado y el futuro de la lengua, y en 2007 todavía se sentaba en la junta de la federación.
En los papeles aparece por primera vez el 19 de abril de 1980, en Alicante, en una jornada de estudio para maestros esperantistas de EGB organizada por la sección española de la ILEI: la crónica lo presenta como «el director Juan Antonio Giménez, de Valencia» y cuenta que saludó en nombre de los colegas valencianos.
El mapa de los congresos
Iba a los congresos casi todos los años, el internacional y el español, mientras estuvo bien. A América y a Asia no fue nunca; a Europa, siempre que podía, y mucho a los países del este. En los últimos años buscaban encuentros a los que se pudiera ir en tren en lugar de en avión.
La caja de pins que la familia conserva es su mapa de viajes: están los de Bergen (1991) —el congreso donde la UEA proclamó a Valencia sede del de 1993—, Viena (1992), Valencia (1993), Tampere (1995), el del 75.º Congreso Italiano de Esperanto de Grosseto (2008), el del 65.º Congreso de SAT en Lituania (1992), y otros de Bulgaria y de los países bálticos.

La caja de pins de congresos que la familia conserva: Bergen 1991, Viena 1992, Valencia 1993, Tampere 1995, Grosseto 2008, el congreso de SAT de Lituania de 1992 y muchos otros.
Del congreso de Rotterdam de 1988 el boletín lo nombra entre los valencianos que fueron, con don Félix y medio grupo. De Tampere en 1995 el Boletín de la Federación Española cuenta algo que en casa sabían y el movimiento había olvidado: en la ceremonia de apertura del 80.º Congreso Universal, entre los representantes de cincuenta y un países, quien saludó en nombre de España fue él. En 1998 fue al de Montpellier, adonde fueron seis o siete valencianos, y en 1994 al Congreso Español de Málaga, con Luis Salag y un grupo de esperantistas catalanes, en un tren que salía de Barcelona y que les costó el día entero.
El acto de la catedral
Era creyente y muy participativo en la parroquia, y su hija cuenta que fue él quien propuso que el congreso de 1993 tuviera un acto religioso interconfesional. Eso acabó siendo el servicio ecuménico en la catedral de Valencia, que el arzobispo autorizó —«el lugar más imponente de Valencia para eso», decía el boletín— y para el cual el propio grupo costeó mil ejemplares del librito «Ekumena Liturgio de la Vorto».
El criterio, según la familia, fue que cada confesión hiciera aquello que le era más propio: consagraban los católicos y la lectura y el comentario los hacían los protestantes, «que lo hacían mejor». No era una eucaristía sino un acto interconfesional, y para él tenía que ver con el sentido de fondo de la lengua: armonizar.
De ese mismo congreso viene una escena que en casa contaban con gracia. Cuando la alcaldesa Rita Barberá acabó de leer el saludo en esperanto y preguntó si lo había dicho bien, fue él quien le contestó: «Bueno, más o menos».
La relación no acabó ahí. Diez años después, el libro del 62.º Congreso Español de Esperanto —Valencia, del 15 al 20 de julio de 2003, el año del centenario de la asociación valenciana— la lleva como «Honora Prezidanto» del congreso, con una carta suya al presidente de la Federación Española agradeciendo que se hubiera elegido la ciudad.
Los últimos años
En los últimos años se apartó del esperanto para cuidar a su mujer, enferma, cosa que se convirtió casi en una dedicación a tiempo completo; los hijos lo animaban a ir a algún congreso para distraerse.
Ni así perdió el hilo del grupo. Cada año preguntaba a su hija si ya había cogido la lotería del esperanto —a veces lo preguntaba ya en verano— y, hasta la Navidad de 2025, regalaba una papeleta a toda la familia: hermanos, cuñadas, todo el mundo. Todos sabían que, si tocaba, tocaba a través del esperanto.
Hasta el final tuvo siempre textos en esperanto a mano y leía cada día. La radio de onda corta la sustituyó internet: fue su hija quien le enseñó a escuchar por la red los programas en esperanto de Radio Polonia, los mismos que cuarenta años antes había perseguido de madrugada por la antena.

La Grundig de onda corta que se compró para escuchar las emisiones en esperanto. La familia todavía la guarda.
«Un esperantista universal»
Murió en Valencia el 12 de mayo de 2026. Al funeral, al día siguiente, fueron en representación del grupo Luis Salag y Dennis Keefe.
La acción de gracias la leyó su hija, y lo nombró como abuelo, como padre, como cuñado y como «esperantista universal». Cuenta que, cuando lo dijo, levantó la cabeza y medio público asentía: todos los que había habían oído hablar del esperanto por él. Fue la única mención de la lengua —se había planteado decir algo en esperanto y lo descartó, porque no lo habría entendido nadie.
La expresión no es de la familia: era de él. Lo decía siempre, que el esperanto era su «vena altruista de la vida». Y su hija, que lo cuidó quince años, lo remata así: «cuando hacía una cosa, la hacía a fondo, se esforzaba»; no habría sido nunca un presidente honorario, porque «trabajaba mucho por esperanto, era un apasionado».
Véase también
- Su ficha en Biografías: los esperantistas del grupo
- Don Félix Navarro, el maestro que enseñaba esperanto a sus alumnos
- Finvenkismo y raŭmismo: la victoria final o la comunidad
Fuentes. Valencia Luno núms. 9 (1984), 10 (1984), 19 y 20 (1988), 23 y 24 (1989), 35 (1992), 37 (1993), 40 (1995), 43 (1997) y 47 (1998). Boletín de la Federación Española de Esperanto núms. 239 (1980), 282 (1987), 287 (1988), 313 (1993), 322 (1995), 339 (1999) y 379 (2007). Libros del 44.º (Sevilla, 1984) y del 47.º (Madrid, 1987) congresos españoles de esperanto. Los cuatro títulos enmarcados y la caja de pins, fotografiados en casa de la familia el 8 de septiembre de 2026. La fecha de la muerte, comunicada al grupo al día siguiente; la vida familiar, la profesión, cómo llegó al esperanto y las anécdotas, notas de una conversación con su hija Isabel y con Luis Salag, en casa de ella, el 8 de septiembre de 2026.
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