Contémonos: una propuesta para Pasporta Servo

Zamenhof tuvo un registro de hablantes de esperanto durante veinte años y llegó a 21.915 personas contadas una a una. Se abandonó en 1909 y desde entonces nos estimamos. Este artículo no es un informe, es una propuesta para recuperarlo —y, por tanto, una opinión del Grupo de Esperanto de Valencia.

Esbozo de una tarjeta de hablante de esperanto, del tamaño de un DNI: retrato, nombre, país, nivel certificado, frecuencia de uso, fechas de alta, de última confirmación y de validez, QR y línea de lectura mecánica, con la marca SPECIMENO.
Esbozo de una tarjeta de hablante de esperanto, del tamaño de un DNI: retrato, nombre, país, nivel certificado, frecuencia de uso, fechas de alta, de última confirmación y de validez, QR y línea de lectura mecánica, con la marca SPECIMENO.

Nota sobre qué es este texto. En el artículo anterior revisamos las fuentes sobre el número de hablantes de esperanto y acabamos sin dar ninguna cifra, porque ninguna fuente permite darla. Este segundo artículo es otra cosa: es nuestra opinión sobre qué habría que hacer. Lo separamos expresamente para que el lector pueda aceptar el primero y rechazar el segundo.

El problema, en una frase

No sabemos cuántos hablantes de esperanto hay porque hace 117 años que no se lo preguntamos a nadie directamente.

Todas las estimaciones que circulan son indirectas. Culbert recorrió departamentos franceses entrevistando a delegados. Wandel contó perfiles de Facebook y multiplicó por cuatro factores estimados. Nielsen tomó los cuatro censos nacionales que incluyen el esperanto y los escaló con indicadores de asociaciones. Todos hicieron lo que se puede hacer cuando no se tiene acceso a la población: inferirla desde fuera.

Pero la población no siempre ha estado fuera de alcance. Durante los primeros veinte años de la lengua, el esperantismo sabía exactamente cuántos eran, porque los tenía apuntados con nombre y número.

Ya se hizo, y lo hizo Zamenhof

De hecho se hizo dos veces, y la primera es todavía más pertinente que la segunda.

El Unua Libro de 1887 llevaba ocho papeletas recortables para firmar la promesa de aprender esperanto si diez millones de personas prometían lo mismo. No era propaganda: era un compromiso condicional pensado exactamente contra el problema del huevo y la gallina, porque nadie quiere invertir meses en una lengua que no habla nadie. Los diez millones no se alcanzaron nunca —ni de lejos: en 1889 los promitentes aún no llegaban al millar—, pero la papeleta permitía escribir en ella «Senkondiĉe», y fueron precisamente los que no pusieron condiciones quienes hicieron el movimiento. La historia completa de la papeleta la contamos aparte.

Y de ahí viene la primera decisión de nuestra propuesta: no ponemos ningún umbral. Zamenhof ya probó el «me apunto cuando se apunten los demás», y lo que funcionó fue lo contrario.

Porque con aquellos mil incondicionales se hizo la segunda cosa. En 1889 Zamenhof publicó en Varsovia el Adresaro de la personoj kiuj ellernis la lingvon «Esperanto»: un folleto de 39 páginas con cerca de mil nombres, cada uno con su número. Salieron 29 series hasta 1909, y el último número asignado fue el 21.915.

No era una lista de curiosos. El prólogo de la serie XVI, de 1896, fija qué había que enviar para figurar en ella:

«a) En los Adresaros se imprimirán los nombres de aquellas personas que hayan enviado: 1) la notificación de que aceptan cartas en esperanto, 2) la traducción, hecha por ellas, de unos cuantos fragmentos del esperanto a su lengua nacional, 3) la suma de 40 céntimos para la inscripción […]

b) Los nuevos Adresaros saldrán ahora regularmente a principios de mayo de cada año y contendrán las direcciones de aquellas personas que se hayan adherido al esperanto del 1 de enero al 31 de diciembre del año pasado.»

— Prólogo del Adresaro, serie XVI (1896), reproducido por Javier Guerrero, «Kiom da esperantistoj?»

Léanlo con atención, porque es exactamente lo que íbamos a proponer nosotros y es más exigente: disponibilidad declarada para ser contactado, una prueba de competencia, y una edición anual. Nuestro borrador se conformaba con un nivel autodeclarado; Zamenhof pedía una traducción hecha a mano.

Se acabó en 1909. A partir de aquel año los anuarios dejaron de listar personas y solo recogieron sociedades, comités y cónsules. La comunidad cambió el recuento de personas por un recuento de organizaciones, y ese cambio todavía dura: todo lo que sabemos contar hoy —socios, inscritos, suscriptores— es gente vista a través de una institución.

Lo hemos intentado dos veces más

La UEA lo planificó y no lo hizo. El plan de trabajo de su Jarlibro de 1965 anunciaba, entre los objetivos, «emprender en 1966 una investigación sobre el número de personas que hablan la Lengua Internacional». El de 1966 la aplazó a 1967. No se ha hecho nunca. Lo sabemos porque Culbert, que seguía el tema de cerca, copió los dos pasajes en su carta al World Almanac de 1967 justamente para explicar que la cifra oficial no existía.

Y Amikumu lo construyó de verdad. La aplicación que Chuck Smith y Richard Delamore lanzaron el 22 de abril de 2017 —primero solo para el esperanto— pide a cada persona que declare qué lenguas sabe y en qué nivel, y publica el resultado. En esperanto: 16.615 personas, de las cuales 292 se declaran nativas, 2.040 avanzadas, 4.201 intermedias y 10.041 principiantes.

Eso es, sin rodeos, el registro que este artículo iba a proponer. Ya existe, funciona y es el retrato más detallado que tenemos de cómo se distribuye la competencia dentro de la comunidad.

Entonces, ¿qué añadimos nosotros?

Dos cosas, y la primera ya la hemos dicho: ningún umbral. La segunda es la que decide si un registro sirve o no: el reloj.

Las estadísticas de Amikumu no llevan fecha. No distinguen entre una cuenta activa y una que nadie ha abierto desde 2018. Suman todo lo que ha entrado desde 2017, y la última actualización de la aplicación para Android es de diciembre de 2023. Con esas cifras se puede decir cuánta gente se ha registrado alguna vez; no se puede decir si este año somos más o menos que el año pasado.

Zamenhof sí tenía el reloj: los Adresaros salían cada mayo y cubrían a quien se había adherido entre el 1 de enero y el 31 de diciembre anteriores. Cada volumen era una fotografía fechada. Esa es la pieza que se ha perdido por el camino y la que proponemos recuperar.

Y hay una tercera, más prosaica: dónde se pone. Un registro que solo sea un registro no se llenará, porque nadie se apunta a un censo. Tiene que estar colgado de algo que la gente ya tenga motivos para usar.

Por qué Pasporta Servo

Porque un registro nuevo, hecho expresamente para contar, ni se llenaría ni duraría.

Registros de esperantistas se han hecho unos cuantos y el cementerio es instructivo. Cuando Svend Vendelbo Nielsen montó su modelo en 2018 usó, entre otras fuentes, un directorio llamado esperantujo.directory, un mapa mundial de esperantistas. Vayan hoy: el dominio lo tiene un casino en línea indonesio. Ocho años.

Pasporta Servo, en cambio, ya existe desde 1974, ya tiene 2.267 anfitriones en 123 países, ya tiene la confianza del movimiento, ya lo gestiona TEJO y, sobre todo, ya tiene la propiedad que hace el registro viable: la gente entra porque le sirve para algo. Nadie se apunta a un censo; la gente se apunta a una red donde le pueden ofrecer una cama en Reus. Lo que mantuvo vivo el Adresaro de Zamenhof tampoco era la estadística: era que servía para recibir cartas.

Y hay un segundo motivo, más importante, que hace que la propuesta ni siquiera sea una transformación: Pasporta Servo ya casi es un registro de hablantes, aunque no se lo diga. La web actual acepta que un anfitrión no ofrezca alojamiento. Puede limitarse a

«recibir a un huésped en casa para comer platos cocinados por ti», «guiar a un huésped por tu ciudad para ver los tesoros culturales e históricos más bonitos», o «encontrarse con un huésped en una cafetería, restaurante o bar local para conocerse cómodamente»

Pasporta Servo, campaña de anfitriones de 2026

Leído con atención, eso quiere decir que inscribirse en Pasporta Servo ya es declarar que estás dispuesto a quedar con un desconocido y hablar con él en esperanto. Que es, palabra por palabra, la definición operativa de hablante que buscábamos en el artículo anterior: si dos desconocidos que dicen hablar esperanto se encuentran, ¿pueden mantener la conversación en esperanto?

La propuesta

No hablamos de un pasaporte jurídico. Ni de nacionalidad, ni de ciudadanía esperantista, ni de ningún proyecto político paralelo. La propuesta es mucho más sencilla:

Si hablas esperanto, regístrate para que sepamos que existes.

Pasporta Servo mantendría su función actual e incorporaría, de manera secundaria, un registro voluntario de hablantes. Un perfil podría indicar, voluntariamente:

  • país y ciudad o región;
  • nivel actual y capacidad de mantener una conversación;
  • frecuencia aproximada de uso;
  • certificación, si la tiene;
  • disponibilidad para alojar, hacer de guía, quedar o simplemente hablar.

Ningún dato personal sensible habría que publicarlo. Para la investigación solo hacen falta estadísticas agregadas: cuántas personas, en qué países, con qué nivel declarado.

Y esto, con la ley en la mano

Conviene decirlo antes de que lo pregunte nadie, porque es la primera objeción razonable: un registro de personas es un fichero de datos personales, y en 2026 eso tiene reglas. Cualquier cosa como esta se debería hacer con todas las garantías que exige la normativa de protección de datos —el Reglamento general de protección de datos europeo, allí donde se aplique, y la legislación equivalente de cada país.

En la práctica quiere decir lo de siempre, y nada de eso es exótico: inscripción voluntaria y con consentimiento explícito, información clara de para qué sirven los datos y quién los trata, solo los datos imprescindibles, control de la persona sobre qué se publica y qué no, derecho a consultarlos, a rectificarlos y a borrarlos del todo cuando quiera, y publicación únicamente de estadísticas agregadas que no permitan identificar a nadie.

De hecho, Pasporta Servo ya gestiona datos bastante más delicados que estos —direcciones particulares de gente que ofrece su casa a desconocidos— y lleva cincuenta años haciéndolo. La parte difícil de esta propuesta no es la jurídica.

Y la campaña, que UEA, TEJO, las asociaciones nacionales y los grupos locales podrían repetir cada año, se escribe sola:

Ĉu vi parolas Esperanton? Registriĝu. Ni kalkulu nin.

La parte que suele fallar: los registros envejecen

Aquí es donde han fracasado todos los intentos anteriores, y donde más importa ser explícito.

Cualquier registro voluntario basado en cuentas envejece. La gente deja el esperanto. Cambia de correo electrónico. Crea cuentas duplicadas. Y, inevitablemente, muere. Un registro donde cada persona sigue contando indefinidamente acaba sobreestimando la comunidad cada año un poco más, hasta que su cifra es tan poco informativa como los dos millones que queríamos sustituir.

Es el defecto de los grupos de Facebook: quien aprende esperanto, entra en el grupo, lo deja dos años después y no vuelve a participar nunca, sigue figurando como un miembro más. Pero es también el de Amikumu, que es un proyecto serio y está hecho por gente que sabe lo que hace: sus 16.615 no tienen fecha, y por tanto no se pueden comparar con nada. Y le pasó incluso al Adresaro, que era acumulativo y no descontaba a los muertos —aunque Zamenhof al menos publicaba cada año quién era nuevo.

Por eso la propuesta tiene una pieza innegociable: la renovación periódica.

Una vez al año, Pasporta Servo enviaría una pregunta de un solo clic:

¿Sigues queriendo figurar como hablante de esperanto?

Figura 1
Figura 1

Las cuentas no confirmadas seguirían existiendo —nadie perdería el perfil ni los contactos—, pero dejarían de contar en las estadísticas de hablantes actuales hasta que la persona volviera. Eso permitiría publicar cada año una frase como esta:

A 31 de diciembre había X cuentas renovadas durante los últimos doce meses, distribuidas en Y países.

No sería el número mundial real de hablantes: seguiría habiendo mucha gente sin registrar, y el registro estaría sesgado hacia quien viaja, hacia quien tiene internet y hacia quien ya está dentro del movimiento. Todos esos sesgos son reales y hay que decirlos.

Pero tendríamos algo que no tenemos desde 1909: una serie temporal construida año tras año con el mismo criterio. Un sesgo constante no impide medir un cambio; solo impide medir un nivel. Y la pregunta que de verdad nos importa —¿crecemos o disminuimos?— es una pregunta sobre el cambio.

Una tarjeta de hablante

El registro podría tener una expresión visual opcional, y el esbozo que encabeza este artículo es nuestra idea: una tarjeta del tamaño de un DNI con el nombre o el seudónimo, el país si se quiere, el nivel —claramente separado según si es autodeclarado o certificado—, la frecuencia de uso, el año de alta, la fecha de la última renovación y un código QR hacia el perfil. Va marcada como SPECIMENO y lleva abajo la línea de lectura mecánica, como los documentos de verdad.

No sería un documento oficial y no acreditaría ninguna ciudadanía. Diría solo:

Soy una persona real, sigo activa y puedo comunicarme en esta lengua.

Que es, actualizado, lo que decía un número del Adresaro. Los primeros esperantistas firmaban las cartas «esperantisto n-ro 123», y el número quería decir exactamente eso: alguien comprobó que sé la lengua y estoy dispuesto a que me escribas. El nombre Pasporta Servo adquiriría, de paso, un segundo sentido bastante apropiado.

Qué hacemos nosotros mientras tanto

Medir que la comunidad es más pequeña de lo que imaginábamos no es resignarse a esa dimensión. Si queremos más hablantes, lo más evidente que podemos hacer es formar a nuevos y ayudar a los estudiantes a llegar a un nivel donde de verdad puedan usar la lengua.

Desde el Grupo de Esperanto de Valencia impartimos cursos propios y mantenemos materiales gratuitos, convocamos cada año becas para estudiar esperanto en la UNED y ayudamos a quien ya tiene nivel suficiente a acreditarlo con una certificación.

Pero aprender una lengua no sirve de mucho si después no hay ocasiones de usarla. Por eso cuentan igual los encuentros presenciales, los congresos, los viajes y las conversaciones en línea: cualquier situación donde el esperanto deje de ser objeto de estudio y se convierta en lengua de comunicación.

Lo que falta es el último eslabón: contarlo. Y sin él, todo lo demás se hace a ciegas: no sabemos cuántos alumnos se quedan, no sabemos si los cursos funcionan, no sabemos si hay relevo generacional y no podemos distinguir la crisis de las asociaciones de la crisis de la lengua.

Por qué creemos que esto ayuda al esperanto y no lo perjudica

La objeción previsible es que una cifra baja hace daño a la lengua. Pensamos lo contrario.

Inflar el número de hablantes no funciona. Cuando una persona descubre que los indicadores observables —asociaciones, congresos, redes, Pasporta Servo— no se corresponden con la magnitud anunciada, no empieza a dudar solo de ese dato: empieza a dudar del resto de lo que le contamos. Una cifra que no se puede justificar es un pasivo, no un activo.

Y una cifra artificialmente alta nos perjudica sobre todo por dentro. Si creemos que somos dos millones cuando la comunidad funcional es mucho menor, no podemos saber si crecemos, no podemos medir nada y no podemos corregir nada.

El esperanto no necesita aparentar ser más grande de lo que es. Necesita conocer su situación real para poder mejorarla.

Una lengua publicada en 1887, sin estado, sin territorio y sin escolarización obligatoria, sigue permitiendo que gente de decenas de países se conozca y converse. Que la comunidad sea pequeña no hace el fenómeno menos interesante. Lo que sí sería un problema es necesitar una cifra grande para justificar que el esperanto merece existir.

Quizá no hace falta demostrar que somos millones. Quizá solo hace falta ser suficientes, encontrarnos y seguir hablando.

Y conviene recordar por qué se dejó de contar. La Vikipedio lo dice en cinco palabras: los anuarios pararon de listar personas «pro troa kresko de la nombro de aliĝantoj», por crecimiento excesivo del número de adheridos. En 1909 había tanta gente apuntándose que llevar la cuenta dejó de ser práctico, y se decidió contar sociedades. Fue una decisión razonable en su momento y llevamos ciento diecisiete años pagándola.

Ahora el mismo trabajo lo hace una base de datos sin despeinarse. Si queréis comentar la propuesta, discutirla o decirnos que os parece una mala idea, escribidnos.


Fuentes

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