El médico que firmaba los chistes del Boletín y presidió la Federación Española de Esperanto desde Valencia
Desde su fundación en 1947 hasta el traslado en 1962, la Federación Española de Esperanto fue, a efectos prácticos, una institución valenciana: la sede aquí, la revista hecha aquí número tras número y, desde 1954, un médico de Valencia presidiéndola. Se llama Rafael Herrero Arroyo, firmaba los chistes con seudónimo y, cuando llegó la hora de buscarle sucesor, en Valencia no encontraron a ninguno.
El día de la placa
La mañana del domingo 20 de diciembre de 1959, los esperantistas valencianos salieron de una capilla de monjas —allí habían oído misa con sermón en esperanto, predicado por el franciscano padre J. López— y bajaron a pie hasta la calle del Doctor Zamenhof. Había una tribuna escoltada por policías municipales con uniforme de gala, la banda municipal tocando, y una placa con un busto del Maestro tapada con un velo.
Subieron a ella el alcalde de Valencia, Adolfo Rincón de Arellano, y un médico de sesenta y un años que era el presidente de la Federación Española de Esperanto. Saludó primero el médico; después el alcalde subrayó la solemnidad del acto y prometió estudiar seriamente que el esperanto se enseñara en las escuelas primarias de la ciudad. Tiró del cordón, cayó el velo, y los aplausos acompañaron las estrofas del himno nacional y las de La Espero.
El pie de una de las fotografías cuenta lo que pasaba a pie de tribuna: «Junto a la tribuna, con las autoridades, un policía saluda marcialmente las estrofas de nuestro himno.»
Y la crónica acaba: «El momento fue tan conmovedor que los ojos lloraban.»
Quien la firma es Luis Hernández Lahuerta, redactor de la revista, que durante la guerra había dirigido un boletín en esperanto contra el fascismo y que al terminar había sido condenado a muerte. Según Antonio Marco Botella, uno de los cargos fue ser esperantista; la pena le fue conmutada por cadena perpetua.

Portada del Boletín de la Federación Esperantista Española núm. 119 (enero-febrero de 1960), con las fotografías del acto. El pie dice: «El Alcalde de Valencia, Excmo. Sr. D. Adolfo Rincón de Arellano, y el Presidente de la Federación Española, Dr. D. Rafael Herrero, en el acto de rotular con una artística lápida la calle del Dr. Zamenhof, en Valencia.» En la cabecera, la dirección de la sede: Marqués de Caro, 6, Valencia.
El médico era Rafael Herrero Arroyo, y esta es su historia.
Un extranjero de casa
Nació en Sète, en el Languedoc, en 1898, donde su padre tenía un negocio de vinos. La familia vivió también en Argelia y, cuando él tenía nueve años, se instaló en Valencia para no moverse nunca más. Estudió con los jesuitas y terminó Medicina con premio extraordinario de fin de carrera.
Era médico de la Cruz Roja y hacía medicina general, pero su especialidad era la dermatología, que estudió en el hospital Saint-Louis de París. Hijo de viuda, de joven se ganaba la vida haciendo traducciones del francés al castellano; hablaba francés corriente, se defendía en inglés —atendía a clientes de hotel— y espigaba italiano. Ya era esperantista antes de la guerra: la familia conserva fotografías con la estrella verde.
D-ro Cirano
En el Boletín de la Federación firmaba con seudónimo: D-ro Cirano. Lo hizo durante veinticinco años, desde el número de julio de 1949 hasta bien entrados los setenta: la firma aparece como mínimo en treinta y un números de la colección, y no siempre para lo mismo —hay crónicas, notas y reseñas.
Pero en al menos uno de aquellos números hay algo que no se espera. En el de enero de 1953, D-ro Cirano firma la «Bonhumora Kliniko»: una sección de chistes de consulta médica. La comadrona que felicita a una señora que resulta ser señorita. El oculista y el miope que no encuentra la pizarra. El sordo a quien el médico dice que ya no hace falta que vuelva. Y un aforismo: la Naturaleza limita sus favores, y por eso entrega gratis las dos primeras dentaduras; la tercera hay que pagarla.
Firmar con seudónimo era la costumbre de la casa. Hernández Lahuerta era «La legema koboldeto», el duendecillo lector, y el Boletín dice que aquel nombre se hizo famoso entre los cronistas esperantistas más destacados de Europa. Por qué Herrero eligió Cirano no lo ha dicho nunca ninguna fuente; pero cuesta no leer ahí al personaje que presta el ingenio y deja que hable otro —que es, en el fondo, lo que hace un seudónimo.
Ocho años y ciento treinta y seis números
En el verano de 1954, en el congreso español celebrado en Zaragoza, Herrero llegó a la presidencia de la Federación Española de Esperanto —él mismo lo contaría así ocho años después—; la candidatura la leyó Hernández Lahuerta, y el Boletín de febrero de 1955 publica el resultado de la votación de la nueva junta, con él a la cabeza.
Cuando él llega, sin embargo, la Federación lleva ya siete años existiendo, y no la levantó él. La fundaron en 1947 gente de pareceres muy distintos —el Boletín los enumeraría después: Hernández, Lapuente, Dalmau, Rivelles, Viladoms, el padre Casasnovas, Solá—, y la primera junta la presidió el valenciano Manuel Caplliure Ballester, que daba clase de esperanto en Valencia desde 1910, con Federico Rivelles de vicepresidente y Hernández Lahuerta haciendo el boletín. En 1951 tomó la presidencia el médico Daniel Llorens Sastre, y en 1954, Herrero.
La HEF fue, a efectos prácticos, una institución valenciana. Se había constituido legalmente en 1947 —la noticia llegó mientras los esperantistas cenaban para conmemorar a Zamenhof, el 1 de diciembre— y en enero de 1949 sacó aquí el número 1 del Boletín, que redactaba, número tras número, Hernández Lahuerta. La sede estuvo en Ruzafa 7, después en Pelayo 7, después en Marqués de Caro 6. Y la primera era una horchatería: la de Chaume, donde el dueño también era esperantista y donde los valencianos se reunían todos los días laborables de tres y media a cuatro y media.
Herrero era la cara pública de todo eso: profesor de los cursos año tras año, conferenciante, y una de las voces del «Esperantista Mikrofono», la emisión semanal en esperanto que Radio Alerta estrenó el 17 de octubre de 1952. Su hijo lo recuerda de noche ante la máquina de escribir terminando el artículo, con Antonio Collado esperando para pasar al día siguiente a recogerlo.
Las clases venían de lejos. El Boletín de mayo de 1949 ya daba la noticia como algo en marcha: «los Dres. Tudela y Herrero siguen dando un curso para médicos y estudiantes de Medicina con evidente aprovechamiento». Todavía daba clase en los años setenta: treinta años enseñando la lengua, y ocho presidiendo la Federación.
El 19 de agosto de 1959, en el 20.º congreso español de Málaga, dio la conferencia en castellano del programa: «Necesidad y utilidad del Esperanto».
«También hay muchas publicaciones católicas»
Antes de uno de los congresos de Valencia, unos cuantos esperantistas fueron a visitar al gobernador civil, que les objetó que le constaban muchos escritos en esperanto de tendencia izquierdista. Herrero le contestó que también había muchas publicaciones católicas en esperanto.
Su hijo lo describe conservador en las formas —la familia, el orden— y de ideas de izquierdas en el fondo: educado por los jesuitas, distanciado después, pero cumplidor en la misa cuando tenía que ir oficialmente. Era amigo de Hernández Lahuerta, «un comunista de los pies a la cabeza», y lo atendió como médico hasta la última hora. En la horchatería, Hernández y el católico Jaime Juan Forné tenían discusiones políticas agrias que no les quitaban la amistad, porque el esperanto no entraba ahí.
De qué lado estaba
Es la pregunta que se hace cualquiera que lea esto, y los documentos no la responden.
Lo que consta es lo que hizo. Se educó con los jesuitas. Presidió el comité local del congreso de los esperantistas católicos. Descubrió una placa junto al alcalde franquista mientras sonaba el himno nacional y un policía saludaba. Propuso como sucesor al rector de una universidad que era procurador en las Cortes. Y también consta que usó el argumento católico para quitarse de encima una acusación de izquierdismo ante el gobernador civil, que se quejó de la cuota que IKUE cobraba a los españoles, y que atendió como médico, hasta la última hora, a un hombre que había sido condenado a muerte por rojo y por esperantista.
Y consta el reverso: en su casa preferían que Jean Pelletier —el francés que había publicado Seis meses en las prisiones de Franco— no los visitara, porque alguien podía reconocerlo. No le cerraban la puerta del movimiento —Pelletier venía mucho por Valencia, y el hijo de Herrero estuvo veinte días invitado en su casa, en Francia—, pero sabían dónde estaba el límite. Lo contamos entero en Jean Pelletier, el antifranquista que el doctor Herrero no quería en casa.
Con eso no se puede decidir si era un hombre del régimen o un hombre que vivía dentro de él, y aquí no lo decidiremos. Nuestra lectura —y es lectura, no fuente— es que lo que el documento permite afirmar no es de qué lado estaba, sino qué consiguió: que Hernández Lahuerta y el católico Jaime Juan Forné pudieran discutir de política en la misma mesa de la horchatería sin dejar de ser amigos. Veinte años haciendo eso es un hecho; lo que pensaba mientras lo hacía, no lo sabemos.
Los papelitos
En los años setenta todavía daba clase en el cuartito que el grupo tenía en la calle de San Vicente, y las daba con papelitos de frases hechas que los alumnos aprendían de memoria, sin gramática por delante. Antonio Madrigal Sáez, que empezó con él hacia 1969 o 1970, todavía recordaba alguna en 2026.
En 1969 dirigió el curso en el que entraron de golpe cinco hermanos Casquero —entre ellos Augusto—, que sostendrían el grupo las tres décadas siguientes.
Nadie para relevarlo
En 1954, al asumir el cargo, Herrero había firmado una nota que decía que «Valencia sostendrá todavía firmemente, pese al cansancio natural, el timón de la Federación Española de Esperanto».
Ocho años después, el cansancio ganó. Tocaba relevar a la junta y en Valencia no se encontró a nadie que pudiera hacerse cargo de la Federación. Tampoco en Barcelona ni en Madrid. Solo quedaba Zaragoza.
Y fue el propio Herrero quien propuso la ciudad y el nombre: Miguel Sancho Izquierdo, catedrático de Derecho Natural, rector de la Universidad de Zaragoza desde 1941 y procurador en las Cortes franquistas por el cargo. Sancho aceptó con una única condición: que la secretaria de la Federación fuera Inés Gastón.
En el congreso de Valladolid, en el verano de 1962, Herrero presentó a Sancho Izquierdo —anunciado ya como «el próximo presidente de la HEF»— y acto seguido se despidió. La crónica lo cuenta así: dijo que en Zaragoza, ocho años antes, lo habían honrado con la presidencia, y que aquella etapa había sido la más considerable de su vida, porque había tenido el honor de representar al esperantismo español. Y terminó:
«¡El Presidente muere, viva el Presidente!»
Emocionados, todos lo aplaudieron, y muchos lo abrazaron.
En diciembre de aquel año, el Boletín anunciaba el traslado con una frase que vale por todo el artículo: «Así, trece años después de su fundación, la Federación se traslada de Valencia a la bella ciudad junto al Ebro.»
La cuenta de la revista no le sale: la Federación se había constituido en 1947, y de 1947 a 1962 hay quince años. Trece son los que hacía que existía el Boletín, nacido en enero de 1949 —por eso la portada del número 119, de 1960, lleva «Año XII», y el número 132, de abril-mayo de 1962, «Año XIV». Quien escribió el anuncio contaba, quizá sin darse cuenta, los años de la revista que tenía entre manos.
El 137 ya se anuncia como segunda época, año 1, número 1. Ciento treinta y seis números hechos en Valencia; la revista reinició la cuenta al marcharse.
El congreso de 1964
Todavía le quedaba una cosa por hacer. En julio de 1964 Valencia acogió dos congresos solapados: el 25.º congreso español, del 21 al 24, en la Escuela Profesional de Comercio de la calle de Artes Gráficas, y el 30.º congreso de IKUE, la unión internacional de esperantistas católicos, del 23 al 29. Herrero presidió el comité local.
El presidente de IKUE, el padre Beckers, felicitó públicamente a quienes habían preparado el congreso, «especialmente al doctor Herrero». Él contestó que el calor no venía del sol, sino del corazón de los valencianos. En el texto que escribió sobre aquel congreso, sin embargo, se quejaba de que la cuota fijada era inusualmente alta para los españoles.
Y en el programa había un punto que no era protocolo:
«Visita a la tumba del señor Luis Hernández, anterior redactor de nuestro boletín y alma de nuestros congresos durante muchos años.»
Había muerto tres años antes.
El final
El 27 de julio de 1963, en la asamblea general del congreso de Barcelona, la Federación lo nombró presidente de honor. Lo fue hasta que murió.
Un ictus le quitó la soltura de hablar y lo apartó de la primera línea, pero siguió haciendo parlamentos y ponencias en los congresos. Al congreso español de julio de 1977 ya no pudo ir y envió un telegrama excusándose; en aquel mismo congreso se acordó dar a su mujer, Pilar García Villagrasa, la medalla Klara Silbernik, que el presidente de la Federación, Ángel Figuerola, fue a entregarle en mano a Valencia.
Murió el 28 de noviembre de 1977.
Fuentes: Boletín de la Federación Española de Esperanto, colección digitalizada en Bitoteko y Gazetoteko. Núm. 5 (mayo de 1949), para el curso para médicos que Tudela y Herrero ya daban; núm. 7 (julio de 1949) y 49 (enero de 1953), para D-ro Cirano y la «Bonhumora Kliniko»; núm. 68 y 74 (1954), para la elección de la junta en Zaragoza; núms. 30 y 31 (1951), para la primera junta de la Federación y el relevo de Caplliure por Llorens; núm. 79, para la nota del «cansancio natural»; núm. 119 (enero-febrero de 1960), para la crónica de la placa, firmada por Luis Hernández; el policía que saluda viene del pie de una de las fotografías de ese número, que habla de «las estrofas de nuestro himno» —en una revista esperantista, La Espero; núm. 1 (enero de 1949) y núm. 3 (marzo de 1949), para la fecha de nacimiento de la revista; núm. 133 (agosto-septiembre de 1962), para el congreso de Valladolid y la despedida; núm. 135 (diciembre de 1962), para el anuncio del traslado; núm. 137 (1963), para la segunda época y el nombramiento como presidente de honor; núms. 142, 143 y 144 (1964), que anuncian el congreso español con fecha y sede, y núm. 145, para la crónica de los dos congresos y la visita a la tumba; núm. 222 y 223 (1977), para el telegrama, la medalla y la fecha de la muerte. La crónica de Frateco escrita por Antonio Marco Botella sitúa el relevo de la presidencia en un congreso celebrado en Castellón; el Boletín lo sitúa en Valladolid, y es lo que seguimos. El resto, notas de una conversación con su hijo Rafael Herrero García y su mujer, Amparo Martínez Esteve, el 27 de agosto de 2026, y el testimonio de Antonio Madrigal Sáez (agosto de 2026) para el método de clase. La condena a muerte de Hernández Lahuerta y el cargo de ser esperantista los da Antonio Marco Botella, El esperanto y su «memoria histórica»; es fuente única y por eso va atribuida en el texto.
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