Seis meses en las prisiones de Franco (1937), texto completo

Texto íntegro de la edición de 1937, transcrito por el Grupo de Esperanto de Valencia a partir del ejemplar digitalizado por la Biblioteca Virtual de Defensa. El contexto, quién era Pelletier y qué corrige la investigación posterior están en el artículo que acompaña a esta edición.

Cubierta de la edición de 1937 (Ediciones Españolas, Madrid-Valencia). Fuente: Biblioteca Central Militar / Biblioteca Virtual de Defensa.
Cubierta de la edición de 1937 (Ediciones Españolas, Madrid-Valencia). Fuente: Biblioteca Central Militar / Biblioteca Virtual de Defensa.

La ficha

Jean Pelletier, Seis meses en las prisiones de Franco: crónica de hechos vividos. Madrid-Valencia, Ediciones Españolas, 1937. 117 páginas, 20 cm. Ejemplar de la Biblioteca Central Militar, signatura FM-1154-C17 (anterior IV-30-2-103), registro BMDB20260005577.

Fuente del facsímil: Biblioteca Central Militar / Biblioteca Virtual de Defensa, que lo distribuye bajo licencia CC BY 4.0 — ficha y reproducción completa.

Sobre esta transcripción

El facsímil son imágenes: no se puede buscar en él, ni copiar una frase, ni leerlo con un lector de pantalla. Por eso hemos pasado el ejemplar por reconocimiento óptico de caracteres y hemos recompuesto el resultado: los párrafos, las palabras partidas al final de línea y los encabezamientos de los trece capítulos, además de corregir los errores evidentes detectados en una revisión por muestreo. Se mantiene la ortografía de 1937.

La edición de 1937 repite frases del texto en grande, al margen, como reclamo tipográfico. El reconocimiento óptico las intercalaba en el cuerpo, de modo que algunos párrafos aparecían dos veces y ciertos reclamos caían páginas antes del pasaje al que pertenecen. Hemos retirado diecisiete de esas repeticiones. Cuando la duda era razonable —un diálogo que se parece a otro, una frase que el autor repite a propósito— hemos preferido dejarlo como estaba.

No es una edición crítica. Ante cualquier discrepancia manda el facsímil, y los nombres propios, los topónimos y las palabras poco frecuentes conviene cotejarlos con él. Si detecta un error, avísenos y lo corregimos.

Cómo leerlo

Es un testimonio escrito en caliente, meses después de los hechos y con una finalidad expresa de denuncia. Su núcleo está corroborado por la documentación posterior —las investigaciones municipales de Hernani de 2007 y 2024 dicen que coincide sustancialmente con lo que muestran los archivos—, pero contiene cifras inexactas, algún cargo confundido y escenas que Pelletier conoció de oídas dentro de la cárcel. Cuáles son, una por una, está explicado en el artículo.

Índice

Cada capítulo lleva, como en la edición original, una frase del propio relato a modo de resumen.

  • Capítulo I — El Obispo de Bayona rogaba con insistencia a todos los fieles entregasen su óbolo para los refugiados. El llamamiento me impresionó. Como no soy rico,…
  • Capítulo II — El capitán pirata nos hizo saltar del barco a una chalupa a pesar de la marejada que distanciaba las naves o las hacía chocar, estableciendo entre ell…
  • Capítulo III — De nuestro primer sueño en la cárcel nos despertaron los fusilamientos. Pudimos contar hasta cinco tiros de gracia. Así cumplían los fascistas su prom…
  • Capítulo IV — El capitán me golpeó furiosamente, haciéndome sangrar por todas partes. Los golpes me dejaron insensible por exceso de dolor, y la idea de que aquel b…
  • Capítulo V — Los hombres que van a morir juegan a la pelota vasca con entusiasmo… Me acerco al muro, que está lleno de agujeros. ¡Horror!, se ven cabellos y troz…
  • Capítulo VI — Cuando el buen doctor se inclinó para reconocer el cuerpo del último de los fusilados del «Galerna», un falangista le hizo caer, moribundo, de un pist…
  • Capítulo VII — «¡Piedad, Señor, piedad!», gritaba el anciano sacerdote, de setenta años, don José de Adarraga, fusilado juntamente con otros 16 presbíteros de la pri…
  • Capítulo VIII — El otoño me condena a las tinieblas perpetuas de mi celda, en espera de la liberación o de la muerte.
  • Capítulo IX — Dos pilotos alemanes se han negado a bombardear ciudades abiertas. No los olvidaré nunca.
  • Capítulo X — El camarero seguía de pie después de la primera descarga del pelotón de ejecución, y gritó: «Yo necesito ración doble. ¡Viva la República!». Tenía vei…
  • Capítulo XI — Todas las noches el número de las celdas abiertas durante ellas, nos indicaba el de los presos que iban a ser fusilados a los primeros resplandores de…
  • Capítulo XII — Otra vez estoy abandonado en mi calabozo. El error de un requeté, el envenenamiento de un oficial, pueden hacer que me incluyan, cualquier día, entre…
  • Capítulo XIII — Yo, no combatiente, voy a ser canjeado por un aviador alemán que asesinó a poblaciones civiles.

“Para los que todavía están allí, agotados por el dolor y el sufrimiento, amenazados de muerte, tengo un deber humano que llenar: escribo con la esperanza de que les pueda prestar una ayuda eficaz, dice JEAN PELLETIER.

Pelletier, católico, hombre de negocios, de neutralidad absoluta, realizaba un viaje comercial, cuando el buque en que navegaba, fué atacado por varias chalupas armadas en corso.

“Ce Soir”, que ha publicado el gran reportaje de que ha sido protagonista Jean Pelletier, presentó a este antiguo combatiente, ahora convertido en hombre de paz, con las palabras siguientes:

M. Jean Pelletier, industrial francés, es el único superviviente de los pasajeros del “Galerna”, correo-postal Bayonne-Bilbao, que seis pesqueros rebeldes apresaron cerca de San Sebastián el 15 de Octubre pasado.

Todos sus compañeros de viaje fueron fusilados. Ochocientos prisioneros de Ondarreta, donde ha estado encarcelado durante seis meses, cuatro de ellos incomunicado, han sido ejecutados sin ser juzgados por ningún tribunal.

M. Jean Pelletier, antiguo capitán de aviación, después fabricante de juguetes, es un ex-combatiente de cuarenta años, condecorado con la Cruz de Guerra y

Caballero de La Legión de Honor por mérito militar.

Destinado durante la guerra a la aviación de caza (escuadrilla de las Cigüeñas) siguió en la aviación después de la guerra, fué sub-teniente en la Escuela aeronáutica de Versailles. Ascendido a Capitán en el Regimiento n.º 11 de Aviación de Matz, se retiró en Diciembre de 1934, por aplicación de los decretos leyes de Doumerge. Se consagró después al estudio de los problemas aéreos y a su divulgación entre la infantería.

M. Jean Pelletier, realizaba un viaje de negocios, como comerciante neutral. Los rebeldes, descubriendo su pasado de aviador y de antiguo combatiente decidieron su muerte. Fué durante mucho tiempo confundido con Pelletier-d-Oisy, y su encarcelamiento fué notificado por la prensa de todo el mundo.

Milagrosamente, el ex-capitán aviador, después de haber sido torturado durante mucho tiempo, fué libertado el 22 de Abril último después de seis meses de gestiones ineficaces.

Pelletier ha hecho en “Ce Soir”, el relato completo de su cautiverio, no por mero exhibicionismo de lo que ha sufrido, sino porque otros no combatientes sufren todavía en el fondo en tinieblas de los calabozos franquistas y esperan que se eleve en su favor una voz que diga al mundo la verdad.

He aquí la justificación de este relato:

“Me pusieron en libertad en 22 de Abril. A pesar de todo el ruido que se hizo en torno a mi detención he guardado silencio hasta ahora.

Soldado durante diez y ocho años, estoy acostumbrado a callar, y éste era mi propósito. Al volver a Francia no hice la menor declaración a los periodistas. No quería que el relato de mi cautiverio excitase las pasiones. Sabía el daño que podía producir.

Si hoy rompo ese silencio, es únicamente para decir la verdad. La prensa francesa calla demasiados horrores; mi indiferencia se convertiría en complicidad si yo no escribiese lo que he sufrido, lo que he visto, lo que he oído, lo que han tenido que soportar mis compañeros de cautiverio.

Tengo para los que todavía están allí, para los amenazados de muerte, que agotan el dolor y el sufrimiento, un deber humano que llenar: escribo más por ellos que por mí… Escribo con la esperanza de que se les pueda prestar una ayuda eficaz.

En la cárcel, sobre todo cuando el encarcelamiento dura seis meses largos, es donde más odioso resulta el reverso de la guerra civil. Los prisioneros son abandonados, los muertos inocentes olvidados. La enfermedad ha arruinado a los primeros. Los otros, entre los cuales he conocido a diez y seis sacerdotes, son enterrados en cualquier parte.

Ojalá lo que yo he sufrido pueda servir de advertencia para otros. Así no habré sufrido en vano”.

Capítulo I

El Obispo de Bayona rogaba con insistencia a todos los fieles entregasen su óbolo para los refugiados. El llamamiento me impresionó. Como no soy rico, me dispuse a hacer algo práctico dentro de mis posibilidades.

Diversos asuntos pendientes exigían mi presencia en París el 20 de Octubre y había adquirido ya y llevaba en mi cartera el billete de regreso a la capital. No podía sospechar que a fines de Septiembre, la casualidad, un encadenamiento de circunstancias fortuitas, me obligarían a embarcar para España. Desde el 15 de Julio mi mujer y mis dos hijos se encontraban de vacaciones en Bayona. Fuí a verles, bastante contento por el resultado conseguido en el Concurso Lépine: dos primeros premios por mis planeadores, unos planeadores de madera, chiquitines, para niños, invención aprobada por la Liga Aeronáutica de Francia, y por “l’Avia” centro de aprendizaje y de iniciación del vuelo sin motor. Estos planeadores pequeños son juguetes concebidos de conformidad con todas las leyes aerodinámicas. Me excuso ante mis lectores de hacerles a mis trabajos esta publicidad; pero mis planeadores de madera han tenido un papel importante en mi trágica aventura. En efecto, hacia el 15 de Septiembre todos los periódicos del Sud-Oeste solicitaban recursos para los refugiados franceses y españoles, víctimas de la guerra civil. El Obispo de Bayona, a quien yo conocía, rogaba con insistencia a todos los fieles sin distinción de opiniones que entregaran su óbolo para las familias doloridas que atravesaban la frontera y venían pidiendo asilo en la calma hospitalaria del territorio francés. Yo soy católico. Ese llamamiento me impresionó. No soy rico. Desde hacía cuatro años trabajaba con mis pequeños aparatos estudiando el peso y resistencia de las maderas utilizadas, con el objeto de poder entregar a los niños, un juguete fácilmente manejable, extra ligero y capaz de ejecutar sin motor, virajes por el ala, bajadas en barrena, etc. Pasión de aviador, ciertamente, pero sobre todo de padre de familia que adora y venera a la infancia. No tenía más fortuna que esos juguetes. Llevaba cincuenta para los niños españoles del hospital militar de Bayona. Su cándida alegría me emocionó. Hicimos juntos, ellos y yo, varios ensayos. Sus manos aplaudían. Sus cabecitas me rodeaban. Yo era para aquellos niños algo así como un Padre Noel milagroso que respondía a sus aspiraciones ingenuas. La aviación les interesa, les maravilla. Influirá indudablemente sobre su generación.

Volví a verlos para jugar con ellos. Mis juguetes los consolaban; los iniciaba en los misterios del aire y de sus corrientes ascendentes, del vuelo a vela, que hace del hombre un pájaro magistral. Habían oído algunas explicaciones dadas por los suyos. La espantosa guerra civil ha creado la obsesión de los aviones en los jóvenes espíritus de la sufrida España. Yo formaba estos juicios durante mis ensayos y por asociación de ideas pensaba que mis juguetes podrían encontrar al otro lado de los Pirineos un mercado muy acogedor cuando llegase la paz. Nadie, en Bayona menos que en ningún lado, pensaba entonces que la guerra civil se prolongase tanto.

El Director del Hospital y el Cónsul de España en Bayona me dieron las gracias por esos donativos. Había conseguido hacer reír a niños tristes y fugitivos que por lo menos ahora sueñan en su porvenir, en su futuro de conquistadores del aire. 1

—Es un asunto interesante —me dijo el Cónsul—. Nuestros niños se apasionan por ese juego.

La guerra civil no puede suprimir las alegrías de la infancia. La experiencia que había hecho en el Hospital de Bayona pensaba continuarla en Bilbao. Quizá más por pasión de aviador que por espíritu de lucro. Bilbao está a ciento cincuenta kilómetros de Bayona. Me informo sobre el viaje. Quiero saber si debo ponerme de antemano en relación con comerciantes e industriales de España. que me aseguren más tarde la venta de mis juguetes. En mi interior pienso que sobre todo en este período de guerra civil debe cultivarse la alegría de los niños. En Bilbao, gran puerto del país vasco, la vida continúa bajo la amenaza de los bombardeos; me dicen que eso ahora es normal.

—¿Puede interesar este asunto a nuestros compatriotas? —le pregunté al Cónsul de España.

—Ciertamente —contestó.

Una breve entrevista con mi mujer sobre este asunto me decidió. Mi ausencia iba a ser corta. Pero ¿por qué no aprovechar mi estancia cerca de la frontera franco-española y arriesgarme a hacer un ensayo en Bilbao?

Tenía ante mí algunos días de libertad. Una cita con mis proveedores de maderas y mis clientes hacia el 20 de Octubre.

Obtuve fácilmente un pasaje el 15 de Octubre por la tarde, pues el vapor correo-postal Bayona-Bilbao llevaba pasajeros.

Además del Cónsul había encontrado en el Hospital de Bayona a un hombre encantador, contratista importante, vasco, católico ferviente, de buen humor, sencillo a pesar de su fortuna. Raimundo Gamboa — retened ese apellido—, era un vasco de Bilbao que poseía numerosos almacenes de maderas en diversos sitios de España. Cuarenta y cinco años, alto, esbelto, rostro largo, nariz convexa, una risa sana y dientes blancos en una tez mate. Representaba perfectamente el tipo de vasco. Simpatizamos a causa de nuestro amor por los niños. Iba todos los días a ver a los niños

refugiados en Bayona y les llevaba golosinas. Siempre estaba risueño. Su mirada demostraba gran hondad. Hablaba con amor, hasta con elocuencia de sus cinco hijitas, la mayor de once años, y esperaba reunirse con ellas en Bilbao, donde se encontraban con su madre, joven todavía.

Yo no hablaba ni vasco ni español. Raimundo Gamboa se ofreció a presentarme a los comerciantes de Bilbao. Debía embarcar el día 15 en el mismo barco que yo. Era una razón más para decidirme a partir.

Como no sentíamos la menor desconfianza pronunciamos el nombre del buque y hablamos de su salida en un restaurant. Al oírnos un vecino de mesa, no pudo contener una sonrisa de satisfacción; se levantó precipitadamente y se fué.

El jueves 15 de Octubre almorzamos mi mujer y yo con mi nuevo amigo; los proyectos iban por buen camino, estábamos confiados y sin temor. Hasta esa fecha ningún barco civil había sido atacado en aguas de Bilbao por los insurrectos.

Pronunciábamos, por lo tanto, sin desconfianza, el nombre del paquebote, el “Galerna”, en el que habíamos de embarcar Gamboa y yo por la tarde.

Había en la sala del pequeño restaurant en que almorzábamos, no lejos de los antiguos arcos —célebres en Bayona por sus comerciantes de bombones y chocolate— un español de unos treinta años y un francés de unos cincuenta aproximadamente, hijos de gente de posición. Los dos parecían tener interés en nuestra conversación. Desde el momento en que pronuncié el nombre del barco que debía llevarme a Bilbao y recordando la hora de la salida, el francés nos dirigió una mirada de curiosidad. Retuvo difícilmente una sonrisa de satisfacción cuando nos oyó decir en español que el “Galerna” salía a las tres de la tarde. Salió precipitadamente. Una sospecha muy vaga pasó por mi espíritu: apenas un ligero presentimiento. Pero como el objetivo de mi corto viaje no tenía intención política, el presentimiento no llegó a dominarme.

Olvidé la impresión que me produjo la salida intempestiva de nuestro vecino. No debía conocer su importancia atroz hasta más tarde.

Hacía un tiempo espléndido. Todas las dulzuras del Otoño parecen jugar en Octubre bajo el cielo del país vasco; aire fresco, día claro, sol agradable. El “Galerna”, bonito barco de cabotaje de sesenta metros de largo, de una sola chimenea, nos esperaba en el Adour, amarrado al muelle, donde se reflejan las casas tranquilas de la apacible Bayona.

Mi mujer y mi hijo me acompañaron. Mi hija, que entonces tenía doce meses, dormía en su cuna.

Había mucha gente: parientes y amigos de los pasajeros. Un poco aislados, había unos grupos en los que se cruzaban muy pocas palabras. Miraban de reojo al “Galerna”. Por segunda vez la sombra de la desconfianza pasó por mi espíritu. Se disipó. Yo no pude prever, ni admitía, la malevolencia de compatriotas. La impresión desagradable se desvaneció. Me dieron la noticia de que no vendría el Capitán del “Galerna”. ¿Por qué no venía?

—¿A causa del peligro? —pregunté a Gamboa.

Gamboa se echó a reír, con su gran risa. fuerte y simpática.

—No; está enfermo; descansa en San Juan de Luz.

Ignoraba entonces que ese capitán que no ocupaba su puesto, estaba unido, digamos por amistad, con los insurrectos que acababan de tomar a San Sebastián, pero que no habían podido llegar a Bilbao.

Era el único francés a bordo. Había unos treinta y cinco pasajeros de distintas edades, todos vascos. Nadie temía nada. El comandante del barco era el señor Echenique, delegado del Gobierno Vasco.

La sirena rompió el silencio. El barco se estremeció por la acción del motor. Levó el ancla. Me despedí de

mi familia sin la más leve intranquilidad.

—Hasta pronto. Dentro de cuatro días regresaré —les decía.

Salimos a las tres de la tarde.

Las riberas del Adour se abrieron al mar. Un barco menor nos acompañaba; franqueamos la barra, donde las aguas dulces del río se mezclan tumultuosas con las aguas marinas; el barco piloto nos dejó a dos kilómetros en el mar.

No hay nada más contagioso que el mareo en el mar. Gamboa y yo resistíamos perfectamente. El contratista vasco me presentó a los otros: el Abate Ariztimuño, el Dr. Saizar, el pelotari Jurico. Conocía, por haberle visto jugar varios partidos, a este vasco fino, esbelto. Regresaba a Bilbao para abrazar a su familia antes de internarse en Francia a competir con otros campeones. Jurico no representaba sus 35 años. El Abate iba vestido de paisano; su prestancia de hombre sano, la firmeza de su expresión retenía mi atención. “Una persona de calidad”, observaba yo mentalmente. Había mucha luz en sus rasgos, algo de caluroso, de resplandeciente y de niño grande que seducía e inspiraba confianza. Me sentía en presencia de un hombre excepcional. El Abate Ariztimuño, que no tenía cuarenta años, era, en efecto, una de las personalidades más populares y más reputadas de las letras vascas. Muy joven había sido designado como secretario de la Unión del Clero de España; había organizado el Congreso de las Misiones reunido en Barcelona en 1929. Dirigía dos revistas católicas; había hecho una recopilación de tres mil poesías vascas publicadas con el seudónimo de Aitzol.

Hombre de letras, renovaba el “folklore” vasco. No desdeñaba la controversia pública, se ocupaba de los problemas sociales, reconocía algunos defectos a los gubernamentales y sonreía de los ataques de los blancos que lo trataban de “energúmeno vasco”. Cerca de él, sobre cubierta, estaba el Dr. Saizar, de estatura más bien pequeña, rechoncho, de pelo negro y rizado y nariz roma.

Francisco Saizar (hablaba bastante correctamente el francés), muy jovialmente nos propuso le acompañáramos a comer una tortilla y un chorizo que llevaba. También era muy simpático.

Nos sentamos a la mesa muy confiadamente, burlándonos un poco de los que se habían mareado. Hacia las cuatro y media el cielo se veló un poco, poniéndose de color lechoso; el viento aumentaba y el mar estaba cada vez más agitado. El “Galerna” comenzó a cabecear. Progresivamente aumentaba la marejada.

Unas chalupas armadas nos envolvieron en semicírculo. Sonó un cañonazo. Después muchos más. Los obuses caían en el agua, pero cada vez más cerca de nosotros. Quizá hubiésemos podido huir al amparo de la noche.

Pasó una hora. Un marinero de la tripulación que hacía de vigía, con la mano puesta a modo de visera, oteaba el horizonte, donde se movían algunos puntos.

—¿Son barcos de pesca —dijo.

No nos inquietamos. Echenique, delegado del Gobierno vasco, y capitán que mandaba interinamente el “Galerna”, estaba en el comedor. Sacó sus anteojos. Los pequeños puntos negros no eran barcos de pesca. Aumentaban de tamaño y veíamos sus ligeros penachos de humo. Del otro lado se veía la bandera. Reconocimos a Pasajes y a San Sebastián, agrupados junto a los montes Igueldo y Ulía. Ya llegaba el crepúsculo y no sabíamos si la ligera angustia que nos oprimía era producida por la muerte lenta del día o por un presentimiento impreciso.

Los penachos de humo se acercaron. Los teníamos a babor y a estribor. Se colocaron alrededor del “Galerna”, en semicírculo que se iba cerrando. Echenique se intranquilizó, dió a los hombres de la tripulación órdenes ininteligibles para mí. De repente en la inmensidad del silencio del mar sonó un cañonazo. Uno de

los barcos se aproximaba disparando contra nosotros. Estupor y ansiedad. Se les quitó a todos el mareo.

¿Qué ocurría? Las preguntas se hacían en español y en vasco. Yo no llegaba a comprenderlos. El peligro se precisaba. Habíamos sido atacados a la altura de Pasajes. Los barcos que venían hacia nosotros eran

chalupas armadas. El “Galerna” como barco correo no llevaba cañón a bordo para contestar. Veo que Echenique duda. Siento no hablar español. Tengo la seguridad de que podríamos, acelerando la marcha, alcanzar las costas francesas. No están lejos. Dentro de diez minutos vendrá la noche que protegerá nuestra huída, poniéndonos fuera de tiro. Las seis chalupas estrechando su lento círculo nos rodean y tiran. Los cañonazos se suceden con intervalos regulares y vemos caer al agua los obuses a ciento cincuenta metros. Son obuses de pequeño calibre. He hecho la guerra; reconozco en seguida los cañones de tiro rápido. Todos los pasajeros se han reunido en grupos. Un joven solloza. Los hombres gesticulan, gritan. Echenique está lívido. Desgraciadamente no puedo darle un consejo. No comprende el francés. Me dirijo al Abate:

—¿Cuál es la velocidad del navío?

Le informa.

—Quince nudos —dice—. Es más rápido que las chalupas.

Capítulo II

El capitán pirata nos hizo saltar del barco a una chalupa a pesar de la marejada que distanciaba las naves o las hacía chocar, estableciendo entre ellas desniveles de más de cinco metros.

Chorreando agua, magullados, heridos, sin aliento,

tratados como bestias, nos vimos obligados a poponernos en pie, para hacer el saludo fascista y

cantar el himno de Falange, ante las bocas de los fusiles rebeldes.

Éramos gentes pacíficas y no llevábamos armas. No podíamos defendernos, ni, mucho menos, teníamos intención de atacar.

Ante las palabras del Abate Ariztimuño, repliqué: —Si el buque continúa su marcha, podemos llegar a Bilbao antes de que nos alcancen. “Dentro de unos minutos la noche nos esconderá, y como el mar está

muy agitado es casi imposible que las chalupas puedan ajustar el tiro y hacer blanco en el barco.

El Abate Ariztimuño me sirvió de intérpretc.

Desde las chalupas disparaban sin cesar, pero todavía no nos había alcanzado ningún obús. El Abate tradujo a Echenique mis consejos:

—Marche a toda velocidad hacia el Norte; la noche llega.

Pero nuestro comandante parecía sorprendido y después desmoralizado. Todo el mundo hablaba a la vez sobre cubierta y en el comedor. Las mujeres se

desmayaban. Gamboa y yo sostuvimos a una de ellas y le hicimos beber un vasito de cognac.

Un marinero se llevó a los niños al castillete de proa. Allí estarían más seguros. Si un obús atravesase el “Galerna” éste se hundiría por la popa. Los seis barcos piratas que nos atacan acaso tendrían piedad de los niños y los recogerían. Concluí por adivinar el sentido de las palabras.

Echenique estaba en el puente de mando, lívido. El crepúsculo obscurecía el espacio y limitaba el horizonte. La noche podía salvarnos. Quedaba el riesgo – de un obús que diese de pleno y causase un naufragio. El mar estaba cada vez más agitado. El “Galerna” daba saltos de cinco metros sobre las olas. Se aproximó una chalupa. La veíamos muy bien. Nos hizo señales. Luego por un altavoz un jefe rebelde gritó unas palabras que el Doctor Saizar me tradujo:

—Paren. Ríndanse. Si no combaten salvarán la vida los pasajeros y la tripulación.

¿Combatir? No hay armas a bordo del “Galerna”.

A pesar de las palabras del pirata, no dejaron: de tirar.

Echenique dudó un momento. Esta vez a su alrededor el silencio ercompleto. Y ordené a los mecánicos:

—¡Alto!

Eran las seis y media poco más o menos.

El “Galerna” se estremecía. Las máquinas callaban. Las olas nos sacudían duramente, echándonos a unos contra otros en una espera llena de ansiedad.

La primera chalupa que se nos aproximó era mucho más pequeña que el “Galerna” y llevaba su nombre en el costado y en la popa: “Alcázar de Toledo”. Distinguí dos cañones de tiro rápido: Uno en la parte de proa y otro en la de popa y las boinas rojas de los

“requetés” armados.

Tuve la impresión de oír voces contrarias a la decisión de Echenique. La parada que nos entregó a los rebeldes me pareció muy imprudente. Pero no puedo intervenir ni discutir; no puedo imponer mi voluntad,

sobre todo por no conocer el español. En las miradas de los que estaban cerca de mí leía el espanto que sentían. Nuestra salida había sido anunciada a los rebeldes. Desde Bayona a San Juan de Luz “alguien” telefoneó a San Sebastián. La imagen del cliente que aimorzaba cerca de mí, en Bayona, pasa por mi memoria y tengo que ahogar una maldición en mi garganta.

Los hombres que tripulaban la chalupa estaban desarmados. Los requetés los vigilaban, llenos de sospechas, pese a lo cual, ellos nos dirigían miradas compasivas, más elocuentes que tus palabras que no se atrevían a pronunciar.

El “Alcázar de Toledo” nos aborda. Noto que requetés armados vigilan a la tripulación desarmada de la chalupa. El oficial que los manda sube solo al “Galerna” empuñando su revólver. Un verdadero corsario: Joven, muy moreno, los ojos brillantes, barba negra, corta y redondeada, tez casi cobriza y dientes resplañdecientes. No puedo evitar el pensamiento de que sería fácil cogerle por la cintura. La tripulación tiene el aspecto de estar prisionera de los requetés y de obedecerles por temor. Nos ayudaría sin duda:

—¡Saltad —ordena el corsario—; saltad los hombres.

Era su manera de ordenar nuestro transbordo. Se produjo un ligero retroceso entre los pasajeros, un retroceso de terror, El “Alcázar de Toledo” estaba mucho más bajo que el “Galerna”, los vaivenes del mar agitado hacían danzar a los dos barcos una danza de pesadilla: chocaban, se separaban y volvían a chocar; las diferencias de nivel de una cubierta a otro son a las diferencias de nivel de una cubierta a otra son a el agua de color azul verdoso, es a veces de unos dos metros.

—¡Saltad los hombres! —ordenó nuevamente con impaciencia el jefe corsario.

Reía del miedo que helaba a los infortunados e inofensivos pasajeros del “Galerna” y sus dientes blancos brillaban en las sombras del atardecer.

Saltar a la chalupa era dar un salto en lo desconocido. Hay, entre nosotros, intelectuales sin entrenamiento físico, ancianos y niños. Oí un grito: el Dr. Saizar, práctico, jovial y bueno, con rasgos infantiles y encantadores había saltado; cayó de espaldas y quedó un instante retorciéndose de dolor sobre la cubierta de la chalupa rebelde.

—¡Saltad los hombres! —volvió a decir imperturbable y riendo burlonamente el oficial que nos abordó.

Los dos barcos suben y bajan en sentido contrario.

Otro grito. Un pasajero del “Galerna” se ha roto una pierna. Yo no quería abandonar mi maleta, que contenía sesenta modelos de mis planeadores para niños, y era además mi justificación, la razón misma de mi viaje. La tiré sobre los cordajes de la chalupa juntamente con un aparato de salvamento a remo que llevaba. El aparato se rompió. Yo, calculando bien, salté.

Unos veinte hombres quedamos prisioneros. No combatientes, viajando en un vapor correo, teníamos confianza en la palabra dada por el capitán del “Alcázar” y esperamos el desenlace de esta malaventura. Las mujeres y los niños quedaron en el “Galerna”, con la tripulación. Algunos requetés, empuñando el revólver o con el índice sobre el gatillo de su fusil los vigilaban.

Llegó la noche, negra y sin luna. Sopló el viento. El mar se puso cada vez peor. Permanecimos amontonados en la proa de la chalupa, bajo la guardia de unos jóvenes cubiertos con las boinas rojas de los requetés, presumidos, felices por su fácil proeza. Cesaron los gritos. Se apagaron los sollozos de las mujeres sobre el “Galerna”. No oíamos ya. más que los gemidos de cuatro o cinco pasajeros que se habían herido al saltar. No se les dió el menor auxilio. Nuestros guardianes se contentaron con observarnos como animales curiosos a los que habían despojado del número y nombre de hombres.

Nos condujeron hacia Pasajes.

El oficial corsario se había quedado en el “Galerna”. La marejada sacudía la pequeña chalupa, y nos echaba a unos sobre otros. Resbalábamos. Cuatro heridos gritaban de dolor. Los jóvenes requetés reían acariciando sus armas.

Los hombres de la tripulación, desarmados, nos miraban a veces con compasión, pero no se atrevían a dirigirnos la palabra. Descubrí que sus amos sospechaban de ellos, que a su vez reprobaban este ataque. Pero callaban. Se eruzó con la mía la mirada desolada de mi amigo Gamboa. Su semblante se ensombreció. El abate Ariztimuño animaba a los heridos y se persignaba. Estalló la tempestad. Las olas barrían a veces la cubierta, nos inundaban y quedábamos transidos de frío, chorreando agua por todas partes. Avanzábamos con dificultad. De pronto las sirenas de las seis chalupas que nos habían apresado se pusieron a sonar a la vez. Y sin duda obedeciendo al mando, la sirena del “Galerna”, más bronca que las demás se mezcló en la algazara. El estrépito ensordecía. Los requetés gritaban. Era la manifestación ruidosa de su victoria sobre nosotros.

En Pasajes había algunas luces. Las ventanas de los edificios del puerto estaban herméticamente cerradas. Nuestras voces débiles se mezclaban con las quejas de los heridos que no podían cantar.

Estábamos ante Pasajes, en manos de los rebeldes. Un barco vigía vino a nuestro encuentro. Llevaba falangistas. El “Alcázar de Toledo” atracó. Nuestros vencedores saltaron al muelle y fueron felicitados. Uno de sus jefes ordenó que nos reuniésemos en cubierta, alineados frente al muelle. Los heridos, entre ellos el doctor Saizar, yacían en el suelo. Nuestros vencedores los miraban con desdén. El jefe falangista que mandaba la tropa chillona y parlanchina era un hombre de unos cincuenta años. Cojeaba ligeramente y al pasar nos empujó un poco. No puedo menos de mirarlo: Inmediatamente me ordena, lo adivino más que le comprendo, que no lo haga.

Se juntan a nosotros las cinco chalupas. El “Galerna” queda cerca del “Alcázar”. El ruido atrajo a

los curiosos hacia el muelle, detrás de los falangistas — chaquetas de cuero negro, revólveres al cinto—que can. taban su himno. Su Jefe nos ordenó que levantásemos el brazo mientras cantaban. Pero esta exigencia no les bastó a los “gloriosos” jóvenes armados que estaban en el muelle. Se echaron los fusiles a la cara.

—Saludad y cantad, o tiramos —dijeron.

En la noche, frente a esta alegría, nuestros heridos gemían. Nuestras voces, poco firmes, se mezclaban con sus quejas. Obligados por amenazas tuvieron que ponerse de pie y saludar. Sólo los requetés no saludaban ni cantaban, por hostilidad política con los falangistas.

Eran aproximadamente las nueve de la noche. Había algunas luces en el pueblo. Los pocos curiosos que vinieron al muelle, profusamente iluminado a nuestra llegada, desaparecieron. La población del puerto se abstuvo de acudir. No había nadie en las ventanas.

Aumentaron los vivas. El oficial corsario de la barba redondeada acababa de bajar a tierra. Le rodearon, felicitándole y congratulándose. Le abrazaron. Miró hacia nosotros con satisfacción; era su botín de caza. Bajo la amenaza de los revólveres, tuvimos que ponernos de pie otra vez y saludar a lo fascista.

La ceremonia duró tres cuartos de hora. Observé curiosamente lo que pasaba a mi alrededor, y sentí ira por no conocer la lengua española. Quizá mi calidad de francés me autorizaba a arengarles, a actuar sobre los “vencedores” para que fuesen más razonables. Aunque su delirio, sus vivas alrededor de nuestro desgraciado grupo sin defensa, la alegría que sentían los requetés que dirigían sus fusiles hacia nosotros, y los falangistas que nos apuntaban con sus fusiles, hubieran debido, desde ese momento, ahorrarnos cualquier candidez.

Ante las bocas de los fusiles recibimos la orden de pasar al muelle. Ayudé como pude al doctor Saizar para que se sostuviese de pie. Sufría tanto que apenas podía murmurar:

—Gracias, amigo.

Pasajes estaba en tinieblas. Nuestro pequeño grupo, triste, se puso en fila en el muelle. Nadie lloraba. Un español en traje de paisano nos ordenó que preparásemos nuestros documentos. Se acercó a mí:

—¿Pasaporte?

Saqué mi pasaporte, lo abrió, leyó mi nombre y frunció las espesas cejas:

¿Es usted francés?

Pareció sofocarse y se precipitó hacia un grupo. de falangistas. Hubo un conciliábulo. Me impuse a mí mismo el tener sangre fría. Se separó del grupo un falangista y se acercó a mí. Debía tener unos cuarenta y cinco años. Llevaba lentes. Iba descubierto y su calva brillaba en la noche. Era un francés. Me creí salvado. Me miró de arriba abajo con odio, se rió burlonamente y me dijo con un acento de “mi país”:

—Recuerdos a Blum… ¡cochino!

Moví la cabeza sorprendido. ¿Era posible que un francés nacido en Francia estuviese allí? Quizá era el que telefoneó desde Bayona, indicando la hora de nuestra salida. Quise hablarle. Me volvieron a apuntar con los fusiles… Me esforcé en tener paciencia.

El sargento de requetés, un señorito gomoso, me quitó un billete de quinientos francos; un guardia civil me dió un culatazo en la cara; otros me patearon en el suelo, después de arrancarme la insignia de la Legión de Honor.

Varios guardias civiles altos, con sus tricornios de hule brillante, llegaron al puerto. Bajaron del autocar y nos encadenaron de dos en dos, esposando juntos a muchachos de diez y seis años y a ancianos: Los heridos fueron maltratados, como los demás. Me unieron por el brazo a un anciano muy bajo, que no tendría más de 150 m. de altura y como yo tengo 170 el pobre se veía obligado a levantar el brazo para andar. Las voces de mando se hicieron más breves. Nos empujaron hacia los autocars, que nos esperaban en el muelle.

La población, en la obscuridad, parecía desierta. No respiraba. Los guardias civiles iban armados con mausers. Los requetés, con revólveres o fusiles, nos vigilaban. Rodó el coche por un camino sombrío. Pareciamos reses llevadas al matadero. Pasó media hora. Atravesamos San Sebastián dormido. No se veían transeúntes curiosos. Los autocars se detuvieron. Bajamos ante un gran edificio: la prisión. Una pesada puerta giró, ehirriando sobre sus goznes. Entramos en un pasillo que olía a humedad y moho. Seis grandes puertas se abrieron y se cerraron después tras de nosotros. La tripulación del “Galerna” mo nos siguió: Los vimos partir hacia otro destino.

Los guardianes nos reunieron en una sala desnuda, muy fría, pobremente alumbrada. Cada uno de nosotros debía colocar su equipaje en el suelo. Empezó la inspección: Dirigidos por un sargento de requetés, los guardias nos registraron y nos despojaron de todos los objetos de valor que llevábamos encima. El resto, ropa interior, trajes, calzado, lo tiraron al suelo. Relojes estilográficas, sortijas, desaparecieron en sus bolsillos. El subdirector de la prisión, D. Paco, vino a vernos y apenas nos miró. No intervino. Los guardias y el sargento de requetés nos despojaron sin que nadie lo impidiera: pensaban que seríamos fusilados al día siguiente por la mañana y no tenían por qué preocuparse. Para su elástica conciencia no se trataba de un robo. Nuestros papeles fueron amontonados sobre una mesa endeble y sucia. Ningún guardián pensaba perder el tiempo poniéndolos en orden. El abate Ariztimuño se acercó a mí y me dijo:

—No es admisible que se le trate así. Usted es francés. Se le debe respetar.

Parecía avergonzarse de que un francés fuese maltratado por sus compatriotas. Se dirigió al sargento de requetés y a D. Paco:

—Se van a ocupar de él —dijo, presuntuoso, el sargento de los requetés.

Pero abrieron mi maleta, y mis pequeños aviones de madera, mis juguetes patentados, premiados en los

concursos Lepine, cubrieron el suelo. Los guardianes, los requetés y sus sargentos, se quedaron pálidos. Oí sus imprecaciones, Los “vencedores” explotaron en cólera: tomaron mis juguetes por modelos de aviones de caza y de bombardeo. Lo que debía ser una justificación de mi viaje inocente se transformó en prueba convincente de culpabilidad. Me dirigieron injurias. Todos hablaron de mí con ira. El sargento de requetés buscó mis papeles y descubrió que soy capitán aviador de la reserva. Un cargo complementario contra mí. El sargento era un guapo mozo, con el pelo muy pegado a fuerza de cosmético, hijo de buena familia, con el bigote cortado a lo Douglas. Tenía el gesto distinguido, enfático. Con notable destreza guardó en su bolsillo el billete de quinientos francos que contenía mi cartera y no dejó sobre la mesa más que mis papeles de identidad. Le enseñan mis juguetes. Palidece, jura, se precipita hacia mí y apoya su revólver sobre mi pecho. Un vigilante de la prisión intervino a tiempo y apartó el arma. Pere mientras discutía con el joven de “dedos ágiles” un guardia civil, para demostrar su celo, levanta la culata de su fusil y me da un golpe en las mandíbulas. Vacilo. Otros guardias civiles acuden y me patean en el suelo. El sargento guapo me arranca las insignias de la Legión de Honor. Imposible protestar, explicarme. No me comprenderían.

La celda parecía una tumba. — Un olor acre, espeso y tenaz se mezclaba con el aire húmedo y enrarecido. — Medio asfixiados por el olor y extentvados por los sufrimientos no tentamos aliento para pronunciar una sola palabra.

Su furor se calmó un poco, pero estuvieron a punto de acabar conmigo. Iba a desaparecer por una puerta llena de cerrojos. Me separaba del simpático Gamboa, del inteligente y fino abate Ariztimuño, gloria del país vasco, y del Doctor Saizar, mis tres amigos de un día…

No sabía todavía si iban a arrojarme en una celda

o matarme en el patio. Los “vencedores” solamente hablaban de mí:

Por fin se decidieron y un requeté me condujo juntamente con otros cuatro pasajeros del “Galerna” hacia una escalera interior. Subimos dos pisos. El requeté era un muchacho de anchas espaldas y piernas arqueadas, fuerte. Un navarro de frente baja, tenía 25 años y se llamaba Martínez. Supe después que en tiempo de paz, era guarda de ganado. Un mercenario con hocico de bruto. A culatazos nos metió en una celda estrecha y sombría, y, de placer que esto le producía, nos enseñaba sus dientes.

Estábamos en la mayor oscuridad. No se veía nada. Mis compañeros de infortunio eran un anciano de unos sesenta años, un muchacho de diez y seis y dos vascos de unos treinta años. La celda parecía una tumba; dos metros por tres. Ni mantas ni camas. Cerca del techo, a tres metros de altura, un estrecho tragaluz. En un rincón el retrete. De la taza, con la cubierta destrozada subía un olor acre, espeso y tenaz, que se mezclaba con el aire húmedo y el moho estancado. Comprendí que llamar e incluso gritar sería inútil.

El instinto de conservación apareció, a pesar mío. No hablé. Mis compañeros tampoco. Éramos ya como bestias agotadas. Nos tumbamos en el suelo, unos sobre otros. e >

Medio asfixiados por el olor de la celda, estupefactos por los acontecimientos, extenuados, conseguimos dormirnos sin haber tenido fuerzas para cambiar entre nosotros una palabra.

Obertura del capítulo III en el ejemplar de 1937.
Obertura del capítulo III en el ejemplar de 1937.

Capítulo III

De nuestro primer sueño en la cárcel nos despertaron los fusilamientos. Pudimos contar hasta cinco tiros de gracia. Así cumplían los fascistas su promesa de respetar nuestras vidas. Mientras esperaba mi interrogatorio oí gritos desgarradores y el ruido sordo de los vergajos al chocar con el cuerpo de un hombre al que martirizaban.

Tiritábamos, dando vueltas y vueltas unos detrás de otros, en la celda estrecha, sombría y helada. Apenas podíamos soportar el olor nauseabundo que lo impregnaba todo. Te

Al amanecer nos despertó con sobresalto el crujido seco de una salva de disparos que sonó del otro lado del muro. Nos sentamos en el suelo y escuchamos ávidamente. Estaban fusilando a los prisioneros. Sucedió una pausa angustiosa. Después, contamos los tiros de gracia. Fueron cinco. ¿Quiénes eran las víctimas? Nos miramos mutuamente con la misma interrogación en los ojos: Uno de mis compañeros llevaba un abrigo de cuero y una boina vasca. Hablaba algo el francés y, para confirmar el homicidio, me dijo simplemente:

—¡Oui!

El adolescente de diez y seis años movió la cabeza y dijo:

—¡Y nos han prometido respetar nuestras vidas!

El anciano, abrumado, calló. ¿Qué edad podía tener? ¿Sesenta, setenta años?

Miraba obstinadamente hacia el tragaluz aureolado de una luz muy pálida, que no llegaba Hasta nosotros.

—¡Pobre muchacho! —murmuró el hombre del abrigo de cuero.

—¿Por qué? —dije.

Con un movimiento de cabeza indicó el muro tras el cual se ejecutaba a los prisioneros.

—Pasaremos todos —dijo—. Los conozco. Cuanto antes mejor. Usted, quizá, como francés, tiene todavía alguna posibilidad de salvarse.

Tiritábamos. Dábamos vueltas y más vueltas unos detrás de otros en la celda estrecha, sombría y helada. Movíamos los brazos y los pies incesantemente. Empezábamos a sentir hambre y debilidad. El olor de la – taza del retrete nos producía gran repugnancia.

—Cuanto antes, mejor —dijo mi compañero.

Maquinalmente, busqué en mis bolsillos y encontré una carta de mi hijo, recibida en París. Mi hijo tiene siete años. Leí sus palabras afectuosas y tuve que morderme los labios para mo llorar.

El compañero del abrigo de pieles (nunca supe su nombre) me cogió del brazo:

—No te atormentes con recuerdos de familia —me dijo—. Para tener fortaleza hay que olvidar a los que se quiere. Yo también tengo mujer y dos hijos.

Entre mis compañeros era el único obrero español. El adolescente de diez y seis años era hijo de un modesto comerciante de Bilbao. Venía de pasar unas vacaciones en Inglaterra. Se reintegraba a su vida de familia, dispuesto a seguir de nuevo sus estudios. Le observé. Tenía los rasgos delicados y cándidos, hermo. sos ojos negros, frente pura y llevaba gafas de estudioso. ¿Sería posible que hubiese hombres que se atrevieran a fusilar a este inocente?

El compañero del abrigo de cuero sacó una fotosrafía de su mujer y de sus hijos. Quise verlos.

—Es inútil —me dijo.

Rompió la foto lentamente y tiró los pedazos al retrete sin decir nada. Su valor tranquilo era imponente.

Teníamos hambre. El hambre agobia, arruina y deja sin fuerzas. El pensamiento de la muerte atormenta menos que el hambre.

El muchacho y el anciano daban muestras de impaciencia.

Tenían hambre como nosotros. El hambre agobia, arruina y deja sin fuerzas. Prestábamos atención al menor ruido con la esperanza vana de una visita que nos trajese algo de comida, una sopa, aunque fuese inmunda. Saqué una cajita y distribuí unas pastillas entre mis compañeros.

—Créeme, camarada —dijo el hombre del abrigo de cuero—; no las distribuyas todas. Debes guardar algunas. “En el último momento se debe de tener la garganta seca”.

Tranquilamente cogió las pastillas, las envolvió en un pedacito de papel y las guardó en su bolsillo, para la hora de la ejecución. Yo le imité.

—¿Qué eres tú? —preguntó.

—¿Políticamente?

—Nada, hasta ahora… Iba a Bilbao en viaje de negocios. ¿Y tú?

—¿Yo? Soy comunista español, no hay más que decir.

—El capitán ha prometido…

Se encogió de hombros y contestó:

—Promesas de rebeldes. Nos fusilarán a todos.

Seguimos dando vueltas en nuestra celda. Comencé a refunfuñar.

—¿No irán a dejarnos morir de hambre?

Pero el estoicismo del comunista español me calmó y esperé.

Pasaron las horas. Al fin, se oyó ruido de pasos y de una llave en la cerradura. ¿La sopa? Apareció un vigilante con una hoja de papel escrita a máquina. Nos llamó por nuestros nombres y apellidos. Pero mi oído no estaba acostumbrado al acento español y no pude retener los de mis compañeros. El vigilante hizo

seña de que le siguiéramos. Bajamos los dos pisos, cruzando rellanos, junto a las galerías. El oficial de la prisión nos recibió con indiferencia en una pieza de techo muy bajo situada a nivel de la calle y procedió al registro reglamentario. Preocupación administrativa superflua.

Los requetés y los guardias nos registraron a placer, la víspera, apenas llegamos.

No nos quedaba nada. Por cuestión de principio los vigilantes escudriñaron nuestras ropas y nos obligaron a descalzarnos.

Volvimos a subir. Al comunista, al adolescente y a mí nos alojaron en la celda número 33. Al anciano y a un desconocido, pasajero del “Galerna”, que no había pronunciado una palabra desde la víspera, los encerraron en otra. Apenas cerraron la puerta, el joven recién regresado de Inglaterra sonrió levemente. Recobró la esperanza y dijo al comunista:

—No he hecho nada. No me matarán.

—Sí, pero eres vasco —contesta el otro—; te detestan más que a mí.

—¡Ah!…

Volviéndose hacia mí, el muchacho me dió a enten. der que legustaría quedarse a mi lado y aprender el francés. Tenía esperanza. Su edad no le dejaba creer en la muerte. La conversación se hizo cada vez más difícil y lenta a causa del hambre, del olor de la celda y de nuestro decaimiento.

El pensamiento de la muerte nos atormentaba menos que el hambre. Pasaron varias horas. La puerta giró sobre sus goznes y se presentó un preso que hacía las veces de ordenanza. Avanzamos hacia él. Nos entregó una fuente de esmalte y tres cucharas. La fuente estaba vacía.

—¿A qué hora traerán la sopa? —preguntó el adolescente.

—Pronto —contestó el ordenanza, indicando la fuente desportillada que debía servirnos de plato común.

Aunque sea usted francés, será fusilado como los demás, a menos de que nos dé una prueba de que pertenece a los Cruces de Fuego”.

De nuevo nos tumbamos en el suelo, mirando hacia la ranura del techo con obstinación. A veces. uno de nosotros saltaba hacia la abertura tratando de agarrarse al muro. ¡Salto inútil! Pero ese impulso hacia la libertad era irresistible. El hambre se hacía cada vez más punzante. Miré por un agujero hacia la galería. y a poco vi que cruzaban la pasarela interior varios prisioneros ensangrentados a los que unos guar- “dias de asalto sostenían sin dejar de pegarles. Las palabras del compañero comunista cruzaron de nuevo por mi pensamiento.

—¡Que nos maten pronto y nos eviten tormentos!

El tragaluz se fué obscureciendo lentamente. Lilegó la noche y quedamos encogidos en el suelo, en medio de la mayor obscuridad.

Caminar por la celda era desesperante: hacía que nos diésemos cuenta de la estrechez de la pieza y producía la sensación de que los muros se aproximaban.

Desconocíamos la hora, porque el sargento gomoso se quedó con los relojes. Se abrió la puerta, pero todavía no era la sopa. Un guardia llamó:

—¡El francés!

De un salto me puse de pie.

—Soy yo —dije.

Mi compañero comunista estrechó vigorosamente mi mano. ¿Qué querrían de mí? El guardián me condujo al primer piso. Entramos en una gran sala. Detrás de una mesa había tres personas: el capitán Rodríguez, que hacía las veces de juez de instrucción; un joven requeté de unos veinte años, que llevaba insignias de oficial y tenía aspecto de jugar con gravedad a la guerra, y un paisano de unos cincuenta años, lampiño y burlón, con fisonomía de banquero. Los tres me miraron con odio de pies a cabeza.

Se trataba de un interrogatorio. Me pareció que mi cráneo estaba vacío. El hambre hacía flaquear mis

piernas. Me dolían de fatiga los riñones y sentía que por debilidad física mis palabras serían balbuceos.

El capitán Rodríguez, sebáceo, pretencioso, bizco, golpeó la mesa con impaciencia. En un francés muy torpe y con una voz ambigua, de cuya ridiculez no me di cuenta en el primer momento, me preguntó:

—Si tiene usted interés por su vida, nos dirá qué pensaba hacer en Bilbao.

—Vender mis juguetes.

Le irritó mi respuesta.

—¡Eso es falso! ¡No se va a vender Juguetes a los niños en plena guerra civil!

—Sin embargo…

El capitán golpeaba la mesa cada vez más fuerte.

—Aunque sea usted francés, será fusilado como los demás, a menos que nos dé usted la prueba de que pertenece a los “Cruces de Fuego”.

Contesté:

—¿Por qué he de pertenecer a los “Cruces de Fuego”? Soy neutral, soy comerciante.

—Comerciante… comerciante… —murmuró Rodríguez—. Entonces, ¿por qué estaba usted en un barco de guerra?

Tranquilamente rectifiqué:

—No estaba en un barco de guerra. El “Galerna” es un vapor correo. No lleva armas.

Los compinches del capitán movieron la cabeza.

—No viene usted a España por sus juguetes. Usted es capitán aviador. No es usted “Cruz de fuego”. Por lo tanto, está usted contra nosotros. Ha venido usted para combatirnos. Prepárese a morir…

Al ver que yo llevaba puesta la boina, el guardián me golpeó con un vergajo para hacerme saber que debía estar descubierto incluso en presencia de los subalternos.

La idea de mi muerte le animaba. Después se calmó y se echó a reír.

—No esperaba usted esta aventura, capitán Pelletier —dijo.

Y los otros dos rieron con él.

—Estamos bien informados, amigo mío —añadió este singular juez de instrucción—. Nuestros servicios funcionan maravillosamente.

Yo debía, según él, morir muy pronto, lo que le movió a hacerme algunas confidencias, no por simpatía, sino por vanidad, para elogiar sin medida los recursos de su organización. Me confirmó que un “cruz de fuego” había telefoneado, desde Bayona a San Juan de Luz, la hora de salida del “Galerna”, enterando, sin duda, a aquel capitán, que se había fingido enfermo. Desde San Juan de Luz llamaron a Pasajes, de donde partió la orden de rodearnos y prendernos.

—Tenemos amigos en Francia —dijo riendo Rodríguez—. Sí, señor; amigos abnegados que defienden la misma causa que nosotros.

No soy “Cruz de Fuego”. Tenía amigos en todas partes. Pero el capitán Rodríguez juzgaba a mi país a través de la guerra civil. Según él, yo no tenía derecho a ser neutral. Si yo pretendía pasar por neutral era porque ocultaba malas intenciones. —

El capitán Rodríguez no insistió. Había formado su opinión. El guardia me indicó que le siguiera. Me dispuse a salir al segundo piso para reunirme con mis dos compañeros. Pero el guardián me llevó a una celda del piso bajo. Abrió la puerta de un calabozo sin aire, en el que el olor era espantoso. Esta vez “estaba incomunicado”. Toqué los muros instintivamente. Salté varias veces hacia el tragaluz. Gastaba mi energía sin conseguir beneficio alguno. Me fatigaba cada vez más. Pegué el oído contra el muro y me di cuenta de que en las celdas vecinas otros prisioneros hacían exactamente lo mismo que yo. Saltaban como yo hacia el techo, hacia la ranura, a la que no era posible llegar.

Después caí agotado, quedando con la cabeza apoyada contra la tapa deformada y maloliente del retrete.

Sentí un entorpecimiento general. Me esforcé en

no pensar, para no aumentar mi sufrimiento; me daba cuenta de mi situación. Sin duda iba a ser condenado a muerte aquella misma noche. Por lo menos esa era la orden de Rodríguez. Seguía sin comer y mi debilidad era extraordinaria. Me quedé postrado una o dos horas. Se abrió la puerta. No me moví. Sin duda me había llegado la vez. Vi ante mí a dos guardias de Asalto. Oí decir:

—Venga.

Me adelanté al guardia. Tenía puesta la boina. Un vergajazo la hizo saltar, y el guardián me dijo en español que debía estar descubierto hasta delante del personal.

Llegamos al primer piso. El guardián me condujo a un vestíbulo, de paredes completamente desnudas. 01 gritar y el ruido sordo de los vergajazos sobre un cuerpo. En la habitación próxima torturaban a un hombre. Ofr como se pega a un animal es ya impresionante, pero oír pegar a un hombre es espantoso. Los golpes continuaron largo rato. Los ayes se convirtieron pronto en gritos agudos, después en quejas, cada vez más débiles, hasta perder todo aliento. Cesaron y ya no oí más que el martilleo de las matracas de caucho sobre un cuerpo inerte, como un colchón. El suplicio duró lo menosuna hora. Yo estaba helado de espanto, de horror. Se abrió una puerta. Apareció la víctima. Era el inteligente abate Ariztimuño, mi amigo del “Galerna”. Resultaba difícil conocerle. La sangre. le nublaba la vista y no podía verme. Se quejaba débilmente y apenas podía andar.

Apreté mis mandíbulas. No tuve fuerzas para llamarle. No pude articular una sola palabra, Un guardián me empujó.

Me llevaron de nuevo ante el capitán Rodríguez,

pero esta vez en la sala de las confesiones espontáneas. El “juez de Instrucción” estaba asistido por un secretario. Mis dos guardias, atléticos, de un metro 80 de estatura, de rostros bestiales, me ataron sólidamente las manos a la espalda con correas largas y estrechas.

—Usted es comunista —dijo Rodríguez.

Recibí patadas y latigazos sin cuento. Cuando desfallecía me daban una tregua, para volver a comenzar, Así tuvo lugar el interrogatorio.

Recibí unas patadas. Las botas fuertes de los guardias me pegaron en el bajo vientre, en los riñones. No pude evitar unos alaridos de dolor, Sucedió una pausa muy breve y continuó el interrogatorio.

—Usted ha estado de misión en Rusia.

Balbuceé:

—No; ¡jamás!

Los guardias volvieron a darme patadas. Mi respiración se entrecortó. Buscaban con preferencia los sitios más sensibles. Un golpe en la extremidad de la columna vertebral me hizo tambalear, A una señal del capitán sucedieron cinco minutos de tregua. Rodríguez daba vueltas a mi alrededor. Parecía olfatearme. Después continuó sus preguntas.

—¿Por qué quería usted ir a Bilbao?

Respondí:

—Había dado ya juguetes a los niños refugiados en Bayona. Entonces…

Rodríguez se encorajinó.

—Sí, a los chicos del Frente Popular, naturalmente.

—El Obispo de Bayona —añadí— había hecho un llamamiento. ¿Es que los niños son o dejan de ser del Frente Popular?

—No dice usted la verdad.

—Yo no hago más que decirla, señor.

—Miente usted. ¿Cuál es el número de aviones franceses entregados en Madrid?

Evidentemente no pude contestar.

—Usted es el inventor de un avión que desarrolla una velocidad de 600 kilómetros por hora.

—Eso es ridículo. Se lo aseguro. Vea mis maletas. No tenía ningún plan.

Rodríguez me miró fija y largamente:

—Usted es Pelletier d’Oisy —añadió.

Creí que la semejanza de mi apellido con el del célebre “as” francés podía servirme. Ante un aviador sin fama mundial no dudarían. Por creerlo así contesté evasivamente, para dejar lugar a la duda.

—No, no, se lo aseguro, yo…

—¿Iba usted a entregar aviones a los vascos?

—Usted ha sido designado para recibir en Bilbao el pedido de aviación.

—De ninguna manera. Soy comerciante.

Esta vez recibí latigazos a derecha e izquierda. Cada vez que pasaban insistían:

—¿Es usted capitán aviador?

—Retirado, por la fractura del cráneo.

—Es falso; a su edad usted no ha podido ser retirado.

—Sin embargo, lo estoy.

—¿Ha visto usted en Bayona al Cónsul de Madrid?

—En efecto, me preguntó si era posible formar, en Francia aviadores españoles. Contesté que el Gobierno era el único competente para ello, a causa del pacto de No intervención.

Capítulo IV

El capitán me golpeó furiosamente, haciéndome sangrar por todas partes. Los golpes me dejaron insensible por exceso de dolor, y la idea de que aquel bárbaro se sofocara en vano me agradaba monstruosamente.

Esta vez Rodríguez no se contuvo. Le quitó la matraca a un guardia y me golpeó con todas sus fuerzas, echando espuma y vociferando injurias, diciéndome: “Sale francais!” (cochino francés). Su rostro se ikiminaba con una alegría sádica. Yo echaba sangre por las narices, por los oídos, por los ojos; un guardia ayudaba al capitán a golpearme. Al principio grité de dolor, pero poco a poco mi sufrimiento decreció. Al cabo de media hora no sentía ya los golpes; los oía en mi cuerpo y los contaba maquinalmente. Durante todo ese tiempo tuve una lucidez extraordinaria.

Veía muy bien al secretario que eseribía cerca de un biombo. Miraba a la cara de mis torturadores y alargaba la cabeza para dejar mi nuca al descubierto, para recibir los golpes en la cicatriz de una herida gravísima causada en un accidente de avión; para

concluir, para que acabasen conmigo, y esto, sin pensamiento desesperado, porque la idea de la muerte se confundía con la de evasión. No sufrí más que si hubiera sido un cuerpo inerte. Los golpes me dejaron insensibles por exceso de dolor, y la idea de que el capitán se sofocaba en vano, me agradaba monstruosamente como si mi muerte a su vista hubiera significado un castigo para ellos.

Los golpes resonaron después en mi cabeza. De vez en cuando los brutos tomaban un poco de aliento. Después se excitaban y empezaban de nuevo con espuma en los labios y la mirada brillante. Pensé que mi herida resistía milagrosamente y me sorprendí de elto. En una caída nocturna en Thionville el aparato chocó contra una colina a 250 kilómetros por hora, cuando realizábamos los primeros ensayos de vuelo de noche en aviación de caza, y me produje una fractura de cráneo y una desviación de dos vértebras cerca de la nuca.,

Pero mi cráneo y mis vértebras, a pesar de los golpes seguían teniendo solidez. No me desmayé. No me quejé. Esperaba que mi respiración se detuviese, esperaba la muerte, única manera posible de huir. Il capitán Rodríguez, sudando, dejó de pegarme; me desligaron las muñecas. Las correas estuvieron tan apretadas que entraron en mi carne. Miré mis manos; habían recibido tantos golpes que no eran más que dos mformes montones de carne ennegrecida con una hinchazón que las hacía parecer tres veces mayores. Se había reventado la piel; no podía.moverme; mi cuerpo ne era más que un montón de ampollas.

Los guardas me empujaron hacia el escribano, un requeté cubierto con una boina roja.

—Firme su declaración —me dijo Rodríguez.

No me moví.

—Está escrita en español. No puedo leerla —dije.

Enseñé mis manos. Me resultaba imposible tomar la pluma, ni firmar nada. El capitán instructor se enfureció contra sí mismo, contra mí, y contra los guardias. Furioso por haberme puesto en tal estado que le impedía obligarme a firmar.

Me habían golpeado con sadismo, perdiendo la cabeza, repitiendo: “¡cochino francés!”, “¡sucio francés!”, como si hubiesen tenido entre las manos a Francia en carne y hueso. Rodríguez se dió cuenta demasiado tarde de que había cometido una torpeza. El odio contra el francés le había cegado. Me despidió con violencia. Los dos guardianes me precipitaron por la escalera a patadas. Rodé por los peldaños y mi cuerpo cayó sordamente sobre el pavimento del piso bajo. Empujándome con los pies me llevaron hasta la celda,

golpeando el muro con mi cabeza. Después me arrancaron la chaqueta, y esta vez, en la sombra, sin testigos, para su deleite personal, me pegaron todavía con sus matracas hasta sofocarse. Pero yo no sentía ya nada. Cuando se fueron recordé la imagen del funámbulo que cada vez que caía rudamente de la maroma al suelo decía: —Ben mon vieux.

Yo también dije pretendiendo bromear:

—Ben mon vieux.

Y me eché a reír con risa de loco.

Después, agetado, encogido, hecho una pelota, en un húmedo rincón de la celda me dormí.

Al amanecer me despertó otra vez, el ruído de los disparos de un fusilamiento. Siguió un gran silencio como una sima negra; después, espaciados sonaron los tiros de gracta.

No podía desentumecerme ni levantarme. Mis manos seguían lo mismo e imaginé que mi cara no debía ofrecer distinto aspecto, pues tenía los ojos medio cerrados y veía la sombra de mis mejillas. No sufría. Me pareció que mi vida había retrocedido al período de larva.

Pasó el tiempo para mí como el agua que corre sobre las piedras y concluye por gastarlas.

Quisieron hacerme firmar una declaración de estar en connivencia con el Gobierno Popular, aprovechando mi desconocimiento del español.

A las siete de la mañana vino a buscarme un vigilante. Me dí cuenta de que al verme se estremeció ligeramente. Con gran dificultad, apoyando el hombro contra el muro logré ponerme en pie, y no menoS$ penosamente le seguí hasta el primer piso. En una pieza en que casi no había muebles me recibió un policía, joven requeté. Era un muchacho de buena presencia, moreno, muy perfumado. Le ayudaba una mecanógrafa, joven y rubia, que llevaba bordadas en su corpiño las cinco flechas de las Juventudes falangistas. Al verme se sobresalté. Por su mirada espantada juzgué que debía tener un aspecto horroroso. Me pareció sentir sobre mis hombros el volumen enorme de mi rostro hinchado, con la piel rasgada y con costras de sangre. La joven se sintió un poco molesta y bajó la cabeza sobre la máquina de escribir.

Debía sufrir un nuevo interrogatorio. El falangista sustituyó al capitán Rodríguez, cuya intervención se consideró, sin duda, poco eficaz. Me hizo sentar; cuando me senté, no pude evitar el quejarme. El extremo de mi columna vertebral era el único sitio de mi cuerpo sensible al dolor.

Las preguntas comenzaron:

—¿Por qué quería usted ir a Bilbao?

Cansado repliqué:

—Lea mis documentos. He dicho la verdad.

El falangista se puso en pie detrás de la mesa:

—¡Es usted más rojo que el terciopelo de este sillón. Usted ha venido para combatirnos.

Una pausa. Me defendí un poco mejor. Pero este nuevo Juez apenas me escuchaba. Estaba de antemano convencido de que era su enemigo, un rojo. Y añadio para desdeñarme:

—¿Tiene usted miedo de Hitler, eh? ¿Tienen ustedes miedo en Francia? Pues bien; pronto lo tendrán a

sus puertas.

No me injuriaron. No me pegaron. La joven mecanógrafa escribía en su máquina mis declaraciones de prisa, “al dictado” locuaz de su elegante jefe. Yo era muy lacónico, y mi voz no tenía alcance.

—Firme—, me ordenó el instructor improvisado.

Las declaraciones estaban en español. Me negué a firmar. Enseñé mis manos deformes. No podía, además, comprender lo que habían escrito.

Supe después que se me quería hacer firmar la confesión de estar comprometido con los gubernamentales para organizar la aviación en Bilbao.

El Juez de Instrucción y su secretaria falangista parecían tener prisa en que saliese del despacho. Mi aspecto resultaba para ellos insoportable y repugnaba a su delicadeza.

El vigilante me candujo a mi celda. No pensé preguntarle cuándo me traerían algo que comer. Al entrar tropecé con un paquete blando en mi celda. Era un abrigo de cuero que había dejado allí durante mi ausencia. Quedé absorto un momento. Era mi abrigo de cuero; lo o dejado olvidado en la celda del segundo piso. Mi primer compañero de celda, el comunista, me lo envió en el momento que los guardas le conducían al matadero. Antes de morir pensó en mí y temió que sufriese demasiado frío.

Traté de acostarme. El suelo era duro y estaba sucio. No pude dormir porque tenía hambre y únicamente vivía para mirar hacia la puerta en espera de algo que comer.

Hacia medio día se abrió; me trajeron una especie de sopa con garbanzos. ¡Comer! ¡Tba a poder comer! No tenía ni silla ni mesa. La sopa oscura estaba en el suelo. No podía coger la cuchara con la mano hinchada. Me tendí en el piso como pude, metí la cara, la cabeza en la escudilla y comí de aquel potaje como una bestia. Desde hacía dos días no había comido ni bebido nada.

Al anochecer un guardián abrió la puerta e introdujo a un cura en mi celda. Yo estaba echado, semisoñoliento y como entontecido.

—¿Quién es? —pregunté.

—Un sucio jesuíta —contestó en tono sarcástico el cura.

Desde fuera encendieron la bombilla del techo.

—¿Por qué un sucio jesuita, Padre?

—Porque usted es comunista.

Moví la cabeza tristemente.

—Hasta ahora era solamente cristiano, padre, y no he pertenecido ni pertenezco a ninguna organización política.

Pareció sorprendido. Fingió no estarlo por mi estado; no quiso mirarme, pero leí en sus ojos una compasión que le resultaba incómoda.

Fra el capellán de la cárcel, el Padre Uriza. Un hombre de unos 40 años, de buena talla, sólido, de aspecto un poco triste, pero sencillo. Su presencia me hizo comprender que mi ejecución estaba próxima.

Venía a confesarme.

—¿Es usted católico? ¿Qué hacía usted en el “Galerna”? —me preguntó.

—He dicho la verdad al capitán, Padre.

Movió la cabeza y hubo un corto silencio. Después continuó más severo:

—Hijo mío, es necesario prepararos y recomendar vuestra alma a Dios. Esta noche todo habrá concluído. Bien pronto no sufriréis más.

—Ved lo que han hecho de mí.

El Padre Uriza quedó silencioso.

—Dice usted que son cristianos. Conmigo pase. Pero, Padre, ¿ha visto usted cómo han maltratado al Abate Ariztimuño?

—No; —contestó el capellán. He visitado al Abate Ariztimuño. No, no ha dicho que le hayan pegado.

Al! Abate Ariztimuño le había yo visto en el mismo estado que yo, pero el capellán, supongo que aterrorizado, decidió no comprometerse.

—No os inquietéis más por los vivos —me aconsejó—. Pensad en la hora de vuestra muerte. Os vais a presentar ante Dios.

Me confesé y el capellán me dió la absolución.

Los dos juntos rezamos en la pequeña celda donde entonces había un poco de luz. Según me recomendó el comunista del abrigo de cuero, evité pensar en mi fa- – Milia. Hubiera querido retener al capellán a mi lado, aunque hubiera sido unos minutos más. Me pareció tener muchas cosas que decirle y, sin embargo, no encontraba las palabras adecuadas:

—Hijo mío —se excusó—. Tengo que visitar otras celdas.

Otros hombres iban a ser ejecutados al mismo tiempo que yo. El padre Uriza se fué. Parecía abrumado. Un fervor cristiano me debió sorprender, iniciando la duda en él. Un cuarto de hora después volvió para ha: cerme todavía algunas supremas recomendaciones.

—Sobre todo, rece con devoción a la hora de la muerte. Sea fuerte.

—Si yo muero, Padre, permítame que le ofrezca para sus buenas obras los 500 francos que había en mi cartera.

Ultima malicia de un moribundo. Tenía el candor de creer que el sargento de requetés tan hábil para manipular los billetes podría ser castigado por su robo.

El padre Uriza hizo llamar por medio de un vigilante al oficial de la prisión. Le dió las eracias por el donativo. Visiblemente, el dinero que le ofrecí le interesó.

El oficial buscó inútilmente, sin encontrar nada.

No se nos dieron más explicaciones. Una idea empezó a atormentarme. No podría coger las pastillas del fondo de mi bolsillo a causa del estado de mis manos cuando, en el momento de la ejecución notase sequedad en la garganta. No sé por qué me obsesionó esta pequeña contrariedad. Quizá porque fluía o impedía otros pensamientos más deprimentes.

Ya avanzada la noche, se abrieron las celdas, Oí el resonar de los cerrojos, los pasos. Ahogué en mí un instante de rebeldía. Me dispuse a morir.

Me sacaron de la celda y me ataron las manos a la espalda. Ya no podía coger mis pastillas en el momento decisivo.

En la fia de los condenados a muerte había algunos: que no ofrecían huellas de tormento. No habían sido interrogados por falta de tiempo. Se les fusilaba sin ofrles.

En la galería, delante de las celdas estaban agrupados los supervivientes del “Galerna”. Reconocí al abate Ariztimuño, desfigurado, con el rostro hinchado: no veía apenas. Dos guardias le sostenían y le. empujaban hacia adelante. Iban a fusilarle en aquel estado… Pensé en los otros, y no en mí, por protección interior, para conservar mi sangre fría.

Debíamos pasar la noche en una pequeña capiña, donde los condenados a muerte esperaban a que amaneciese. Caminaba muy gal, pues mis ojos estaban todavía ensangrentados. = econoeí al Abate porque le sostenían los guardias. Nos rodeaba una decena de guardias civiles dispuestos a llevarnos al matadero.

Entre las galerías, con altas barandillas de hierro, algunas bombillas muy pequeñas daban un poco de claridad indecisa. Me esforcé en sentir curiosidad para distraerme, para librarme de las obsesiones insufribles. Varios hombres llevaban en sus rostros las marcas de los golpes, indicios de que habían sido sometidos a interrogatorio, ¿Y los que estaban intactos? Lo estaban porque el capitán no había tenido tiempo de interrogarlos. Observé todos los preparativos. En el silencio no oía más que un sonido parecido al de un baño que se vacía. Me volví. Las mandíbulas de un anciano que quizás tuviese setenta años, palpitaban de terror y producían ese ruido horrible. ¿Cuántos éramos? Conté mal. 17, 18 ó 20; me equivoqué varias veces. El ruido que hacían las mejillas del desgraciado anciano me torturaba. Era atroz. La fila se movió a una voz de mando que apenas

oí. No entramos en la capilla. Salimos hacia el exterior, donde trepidaba el motor de un autocar. Atravesamos un primer pasillo. Conté tres sacerdotes en la fila; además, varios ancianos y niños de 15 a 16 años. Ni un grito. Entramos en un segundo pasillo.

Al pasar me detuvo un hombre. No pude darme cuenta de si era un vigilante o un requeté o un guardia. Me sacaron de la fila.

Los otros se fueron hacia el autocar, hacia el cementerio romántico de Hernani donde iban a ser fusilados cerca de sus tumbas,

De nuevo en mi celda; murmuré mi adiós a los muertos inocentes, ejecutados sin justificación, y dulcemente, suavemente, me eché a llorar y recé por ellos.

El oficial de requetés que conducía la fila me empujó hacia una habitación muy alumbrada. Una especie de cuarto de guardia. Discutió con otros jefes; pero no comprendí lo que dijo. Había allí siete u ocho guardias y requetés. Fuí objeto de viva curiosidad; me hicieron dar vueltas, me miraron de frente y de perfil durante un cuarto de hora a plena luz. Después

me devolvieron a mi celda.

Los compañeros iban a ser arrojados a la fosa común. A mí me salvaron en el último momento. Adiós, Ariztimuño, gloria de las letras y de las Artes vascas, literato distinguido de gram corazón; adiós,

mi amigo Gamboa, contratista emprendedor, hombre amable, padre adorado de cinco niños pequeños; adiós, vosotros, los para mí anónimos, ejecutados y sepultados sin formar proceso; adiós, pobre viejo de las mejillas temblorosas.

Ignoraba cómo había sido salvado. Sin comunicación con el exterior no podía obtener la explicación del milagro que se había producido en el preciso momento en que iban a fusilarme. Como en las películas policíacas americanas, más tarde lo supe.

Durante la tarde y la noche circuló por San Sebastián el rumor de que los prisioneros del “Galerna” serían fusilados al amanecer. Un francés de Bayona, “Cruz de fuego” que mantenía relaciones con los rebeldes de San Sebastián, supo la noticia, me conocía, sabía que yo políticamente era neutral y se conmovió. Inmediatamente realizó algunas gestiones. Se le condujo a la prisión con encargo de comprobar si yo era Jean Pelletier o Pelletier d’Oisy. Por eso me colocaron en una habitación iluminada de frente y de perfil cerea de una reja que daba a una habitación contigua; me reconoció, pero sabiendo que la duda podía salvarme, al menos quizá por algún tiempo, de la muerte, aparentó dudar. Una palabra suya me hubiera enviado a la tumba.

—No es Jean Pelletier —dijo—, debe de ser Pelletier d’Oisy. Sí, creo reconocer a Pelletier d’Oisy.

Este “Croix de feu”, en contraposición al que nos había denunciado en Bayona, seguía siendo un hombre… humano.

Un día estuve a punto de ser fusilado por error. En aquella cárcel todos los presos estaban expuestos a una equivocación que acabase con ellos. Pero esto, incluso cuando se consumaba, no inmutaba a los carceleros.

Viví ocho días más en mi celda que olía a letrina. Octubre finalizaba. Se notabá la llegada del invierno. Los días eran más cortos. Estaba constantemente en la penumbra o en la más completa oscuridad, según las horas; mis ojos se acostumbraron a distinguir las cosas. No sabía si se me había indultado o no. Nadie me informó sobre la decisión de mis “vencedores”. Guardias, vigilantes o prisioneros se sorprendían cada vez que al llegar sus turnos me veían de nuevo y siempre se impresionaban al ver mi rostro deforme.

Un día, sin embargo, creo que era un lunes, estuve a punto de ser fusilado por error. Un requeté encargado de reunir a los condenados a muerte entró en mi celda con la lista fúnebre en la mano. Tenía que llevarse a dos hombres; en la oscuridad, se había equivocado de celda. Bruscamente, cuando ya le seguía resignado, se dió cuenta de su error, No le emocionó lo más mínimo. Los errores se producían con frecuencia en las cárceles llenas, y todos los presos estaban en esa época más o menos expuestos al pelotón de ejecución. Sólo había un día tranquilo: los domingos. En domingo no fusilaban a nadie.

Cada noche, durante la sopa, me daban media hora de electricidad. Al mediodía recibía en la jofaina que usaba para lavarme una ración de sopa con garbanzos; por la noche la ración era de potaje de lentejas. Seguía comiendo directamente con la boca por no poder servirme de mis manos todavía. Era imposible usarlas para nada, y nadie me ayudaba.

Cada día estaba un poco más sucio y el olor del retrete que carecía de agua impregnaba la mugre que me cubría. Empecé a sentir la presencia de parásitos. Por las noches las ratas venían a lamer la jofaina y me despertaban al correr por encima de mí. Evitaba pensar, reflexionar: esperaba. La voluntad de sobrevivir era en mí un tenue reflejo de vida. Me movía muy poco para no sentir la estrechez de mi celda y para no tener demasiada hambre. La fatiga aumentaba las ganas de comer. Tenía frío, mucho frío, y de noche soñaba que me traían una manta. Aprendí a sentirme flojo, a envilecerme en la ociosidad. Desde la galería me vigilaban frecuentemente. Notaba siempre la inspección de que era objeto por parte de los “vigilantes”,

Obertura del capítulo V.
Obertura del capítulo V.

Capítulo V

Los hombres que van a morir juegan a la pelota vasca con entusiasmo… Me acerco al muro, que está lleno de agujeros. ¡Horror!, se ven cabellos y trozos de cerebro. Es el muro ante el que fusilan o han fusilado… Y ellos juegan animadamente a la pelota.

De mis brazos van desapareciendo los cardenales y los coágulos de sangre.

A cada momento uno de ellos mira al interior de mi celda por la mirilla de vigilancia. Si estoy acostado, sentado o en cuclillas, se me ordena que me ponga de pie. Y se me amenaza. Comienzo a comprender el sentido de las palabras españolas. No tengo derecho, durante el día, a estar de otra manera que de pie. Y esto por favor especial, pues soy, según parece, un “gran prisionero”.

¡Pelletier d’Oisy!… Los rebeldes creen tener en mí la prueba de que el Gobierno francés interviene contra ellos. Se me “cuida”. Una sola visita humaniza mi atroz soledad, entre suciedad y sombras: el capellán. El Padre Uriza, sorprendido de verme aún vivo, respira como si le quitaran un peso de encima, Le inquieto sin embargo. Soy para él una obsesión. Mi piedad le turba. Me trae medallas y estampas piadosas. Está persuadido de que debo la vida a una intervención divina. Noto que todos los días al encontrarme. con vida se lleva una sorpresa que le satisface. Para atenuar mi rencor, para que le juzgue bien, trata de

suavizar mi encierro sombrío. Me promete cigarrillos. Pone temblores en mí el deseo de fumar.

Las primeras jornadas las dedico a mirarme las manos y los brazos. Observo con verdadero interés la desaparición lenta, casi visible para mí a simple vista, de las señales negras. Veo renacer la carne que vuelve a tener por algunos lados su coloración rosada; veo disolverse día por día, los coágulos de sangre. Ese trabajo ciego de la naturaleza, ese despertar de fuerzas, esa lucha de los elementos sanos, de los glóbulos rojos, me absorbe y me distrae. Vigilo, acecho el instante en que podré mover un poco los dedos. Las hinchazones van bajando, se reducen; el dedo índice se mueve al fin, luego la muñeca. Durante cinco días asisto a estos progresos curiosamente, como a un espectáculo.

¡Victoria! A los cinco días me puedo servir de mis manos.

Ya no estoy solo; una araña ha tejido su tela en un rincón. Es una amiga. Una ratita de hocico puntiagudo comparte conmigo el trozo de pan.

Ya no estoy solo en mi calabozo; una araña ha tejido su tela en un rincón, a la altura de un hombre. He seguido su actividad; la he visto anudar hilo a hilo, con seguridad, método y paciencia, su tela. Podría ereer que me reconoce. Es una amiga, Quisiera poder facilitarle moscas. Hay pocas y mis manos están todavía demasiado torpes para poder cogerlas. Tengo otra compañía a diario, a mediodía, una ratita de hocico puntiagudo viene a verme y comparte conmigo el trozo de pan que acompaña ahora a mi sopa.

He encontrado ya el uso de mis manos. He procurado, apenas he podido, limpiarme un poco. Pero todavía no tengo jabón. El olor del retrete es inaguantable, froto el suelo con trozos de eajas de cerillas utilizando la lija y lo hago con aplicación, ladrillo por ladrillo. De esta manera, dedicándome a una tarea larga, pienso menos en que una noche, una madrugada, en cualquier momento, a cada instante, un requeté cubierto con una boina roja, un guardia de tricornio reluciente o un falangista con cinturón de cuero, puede venir a buscarme para ponerme junto al muro de la prisión o llevarme al cementerio de Hernani.

Por la noche la araña sale de su escondrijo. Yo no la asusto; la cojo entre mis dedos y le cuento historias mentalmente. He tapado los agujeros de las ratas con papeles que debo renovar todos los días. Las ratas me son antipáticas; no puedo acostumbrarme a “us manejos. He dejado al borde del muro un agujero pequeño, por donde al mediodía llega la ratita amiga.

Y todos los días la espero con impaciencia, y la hago fiestas cuando llega. Los presos que ofician de ordenanzas, para darme el pan y la sopa, pasan el brazo por la puerta entreabierta. Les está prohibido hablarme y hasta mirarme.

El padre Uriza es el único que puede infringir la – consigna, Me trae cigarrillos. Saboreo las bocanadas avaramente y calculo su duración para prolongar mi placer.

Un amigo desconocido. ¡Francia se ocupa de mí!

Un día encuentro en el suelo, muy cerca de la puerta de mi celda, un papel doblado y leo estas palabras en español:

“El cónsul de Francia ha visto a las autoridades militares. Esperanza.”

No conozco el español, pero esas palabras son fáciles de comprender.

Beso ese papel. Bendigo mentalmente al amigo. desconocido que me avisa. Francia se ocupa de mí.

¡Francia! Creo soñar. ¿Estoy, en verdad, a salvo? Retrocedo del borde de las esperanzas a que me llevan mis deseos como si fuera el borde de un abismo.

Me he acostumbrado a la idea de la muerte. Y la esperanza no deja desamparado ante ese suplicio.

Si al menos viese al cónsul. Tengo la ingenuidad de creer que podría visitarme en la prisión como y cuando quiera.

En la sombra, sobre un pedazo de papel, preparo, fabrico, una carta para él. Corto una cierta cantidad de letras de un periódico, las voy pegando con un poco de socotina. He encontrado un tubo pequeño, casi vacío, en el fondo de un bolsillo de mi abrigo de cuero. He escrito, naturalmente, en francés:

“Socorro, señor cónsul de Francia; venga pronto a la cárcel.—Pelletier.”

Pero por mucho que esfuerzo mi pensamiento no encuentro el hombre que pudiera llevar mi mensaje.

Han pasado nueve días. Los contaba con cuidado. Un viernes, la puerta de mi celda, en vez de entreabrirse, se abre del todo y con un gesto se me indica, que puedo salir a la galería. Obedezco.

Hay allí mezclados un ciento de prisioneros. Hombres de todas las categorías; burgueses con trajes bien cortados, muchos de cuyos trajes apenas tienen arrugas, lo que indica lo cuidadosos que son estos comerciantes del País Vasco; mendigos más o menos escrofulosos; soldados mal vestidos y oficiales soberbios de prestancia, y hasta falangistas sin cinturón y requetés con la boina roja manchada y, lo que me azora y me produce pavor y asombro, siete u ocho curas con sotana. Veo prisioneros que están en una doble fila. Son los presos de Ondarreta. Tienen de quince a ochenta años. Codo con codo hombres sanos, ciegos, achacosos, heridos. Uno de los prisioneros a quien le han amputado una pierna se apoya en una muleta; un joven se sostiene el vientre para sufrir menos de una herida que le supura todavía.

Cuando se sufre, la intuición —digamos el instinto— alcanza una agudeza prodigiosa. No se me ha dicho nada. Sé, a pesar de todo, que hay algo nuevo para mí y que ese cortejo heteróclito, tan mezclado y distinto, ese grupo de condenados hirsutos, vello- Sos, ásperos y descoloridos, no van a salir para el matadero.

He estado nueve días en mi celda, pudiendo apenas moverme. Se ha abierto una gran puerta. Tengo derecho al paseo. Me encuentro en este ambiente de aire puro como en un país nuevo, deslumbrador. Pero me siento mal preparado para ello,

Al bajar los escalones que conducen al patio me flaquean las piernas, me mareo y caigo sobre mis rodillas. Me levantan dos prisioneros. Los otros me miran con terror. Soy, según parece, un moribundo que sale de una tumba; mis manos y mi cara están todavía cubiertas de costras; mis ojos, amoratados; mis orejas, con una papilla. Estoy sucio; mi ropa, destrozada, Y mi barba, de nueve días, ha invadido mis mejillas, Mis compañeros me guían hasta un banco.

El aire, sin olor de letrinas, tieme para mí violencias de aleohol que me aturden. Una fuerte angustia me ahoga. ¿De dónde viene este temor inesperado y bruseo que de momento me abate?

La víspera, un delegado del cónsul de Francia vino a verme al locutorio. El también tuvo, al verme, un pequeño movimiento de sobresalto y espanto que reprimió inmediatamente, pues un requeté vigilaba nuestra conversación. “*

—Trataré de conseguir para usted una cama y una manta —me dijo—. Le enviaremos alimentos.

Me inquieté por mi liberación y disimuló un gesto de sentimiento.

—El Gobierno francés no puede hacer gran cosa —agregó—. No está representado ante Franco.

Era la canción constante de los diplomáticos franceses que preferían entenderse con los rebeldes a emplear medidas de intimidación. Me sentía chasqueado y como si mi país me hubiese abandonado un poco. Pero, sin embargo, la esperanza resbalaba entre los muros de la prisión y venía a iluminar mi pensamiento.

Hubiese querido que el delegado del cónsul visitara mi celda; que se supiera por él cómo se trataba a los prisioneros que estaban en poder de los rebeldes, y cómo a un francés no combatiente se le torturaba.

No le fué concedido ese derecho. Se resignó.

El joven catalán que fusilaron el mismo día que le conocí.

Heme aquí en el patio. Soy un prisionero como los otros. O más bien lo voy a ser. Todos estos hombres que me rodean y me animan, son humanos y buenos, Se inquietan y preocupan por mí. ¿Tengo calor? ¿Tengo frío? ¿Tengo hambre? Todos, con más o menos certeza, esperan el fuego del pelotón que una mañana los hará caer, y el tiro de gracia del oficial, orgulloso de su fácil poderío.

Me cuidan, también, por patriotismo, porque aman a su país y sienten vergiienza al verme en el estado en que estoy. Soy francés y su simpatía no tiene reticencias. Me preguntan dulcemente aunque con volubilidad. Los comprendo mal. No conozco el español. Trato de saber cuánto tiempo dura el paseo.

—Dos horas, dos horas— me contestan por todos lados, enseñándome dos dedos.

¡Dos horas de aire puro! ¡La vida! Estoy trastornado. No llego a calmarme. ¡Dos horas! No puedo resistir mi gozo, demasiado vivo, y rompo en sollozos.

Veinte o treinta rostros compasivos se inclinan hacia mí y con ojos asombrados me interrogan. Quisiera poder hablar. Pregunto si conocen algún espee DA

rantista en la prisión, porque cuando era aviador militar aprendí el esperanto.

Hay uno en otro patio. Justamente viene del locutorio. Uno de mis compañeros le habla. Se desliza hasta nosotros, burlando la vigilancia del guardián. No tenemos tiempo más que para cambiar algunas palabras. Es un joven muy moreno, catalán. Me alivia el hablar, me reconforta. Ya no me siento tan solo.

El guardián le llama brutalmente. No he tenido la presencia de espíritu suficiente para preguntarle su nombre.

—Hasta mañana— me dice.

—Hasta mañana.

Nos estrechamos la mano fuertemente. Voy a esperar con impaciencia el paseo del día siguiente. La esperanza de un amigo, de algunas conversaciones, me “anima extraordinariamente con el más difícil de los valores: la paciencia. Deseo ahora que no se me fusile antes de haber conocido otra vez el dulzor de la amistad.

Por la tarde, abandono un poco a mi araña amiga. Ordeno en mi espíritu las preguntas claras, pocas, que le haré al catalán esperantista para utilizar bien el corto tiempo que puedan durar nuestros encuentros —un instante quizás, cada vez— y conocer su vida, su historia, sus opiniones. Son veintidós horas de espera que paso durmiendo todo lo posible. Al fin ha llegado la hora del paseo. Bajo casi alegremente. Apenas llego al patio pregunto por el catalán, Un ordenanza va a informarse al patio vecino. Tarda en volver. Por fin veo su silueta. Baja la cabeza y parece cortado. Me precipito hacia él:

—Muerto— me dice.

Mi joven y nuevo amigo esperantista había sido fusilado aquella mañana.

Los que van a morir. El júbilo de los hombres, la risa en el umbral de la muerte. Al Dr. Saizar, con el riñón destrozado, se le fusiló lo mismo que a los otros prisioneros del “Galerna”.

Álgunos prisioneros que me ven vacilando, me cfrecen cigarrillos. No debo desfallecer y doy vueltas con mis compañeros en el patio. Patinillo de diez metros cuadrados con los muros pintados de blanco.

Como la víspera, aquellos que, mañana quizás, han de morir, organizan una partida de pelota vasca y juegan con entusiasmo. Discuten, vociferan, luchan, saltan de alegría, brincan hacia la pelota, se desafían para el día siguiente. Tienen dos horas de gozo. El júbilo de los hombres, la risa en el umbral de la muerte, la repulsa de morir.

Me acerco, siempre muy rodeado. El muro E el cual juegan está lleno de agujeros hechos por las balas de fusil. Miro más de cerca. ¡Hay huellas todavía de masa encefálica y cabellos pegados!

Gran número de hombres han sido fusilados contra ese muro. Y no lo han limpiado después.

Hubiera deseado encontrarme con el Dr. Saizar, — aquel buen doctor de nariz roma, de pelo rizado que se había destrozado un riñón al saltar desde la cubierta del “Galerna” a la del “Alcázar de Toledo”. ¿Viviría todavía? Este médico, que el infortunado Gamboa, el padre de las cinco niñas de Bilbao me – había presentado poco después de salir de Bayona, no estaba en la fila de los prisioneros del “Galerna” la noche de la ejecución de éstos.

Conservo, de la noche que mis compañeros de viaje marcharon hacia el cementerio de Hernani, un recuerdo atroz, vivo y claro. Todos aquellos rostros están impresos en mi memoria y los veo, los encuentro uno a uno cuando pienso en ellos. Toda mi vida oiré, cuando menos lo espere, el ruido de bañera que se vacía hecho por las mejillas hundidas de aquel anciano.

La silueta rechoncha del Dr. Saizar no estaba entre ellos. Tampoco la de Echenique, el comandante. Trato de informarme; hablo por gestos y repito:

—¿Saizar? ¿Saizar?

Pero no consigo, por no saber hacerme comprender, ningún dato. Sólo sé que ya no está en la prisión de Ondarreta, que nadie lo ha visto.

Más tarde llegó a saber, por indiscreciones que los muros de la prisión no pueden impedir, pues la verdad los atraviesa y se conoce siempre, antes o después, cómo ha muerto el Dr. Saizar, de Bilbao, pequeño burgués pacífico, tipo marcado de la clase médica vasca, representativo por la dulzura de sus costumbres y la modestia de sus ambiciones de todas las clases medias del mundo. Una tarde, tres o cuatro días después de muestro encierro, varios guardias y falangistas vinieron a buscarlo a su celda.

Obertura del capítulo VI.
Obertura del capítulo VI.

Capítulo VI

Cuando el buen doctor se inclinó para reconocer el cuerpo del último de los fusilados del «Galerna», un falangista le hizo caer, moribundo, de un pistoletazo en la nuca.

Fusilaron a todos los pasajeros del “Galerna”, hasta a una jovencita y un muchacho de 16 años.

Unos falangistas y unos guardias vinieron a buscar al doctor una tarde:

—El capitán Pelletier —le dijeron—, fué fusilado el sábado en el cementerio de Hernani. La familia reclama su cadáver. Nosotros no podemos negarnos a esa petición, Usted que le conocía, ¿podría reconocerlo?:

El buen doctor, después de rezar una corta plegaria por el descanso de mi alma, pues también me suponía muerto, siguió a los que así le hablaban, falangistas y guardias, hasta el cementerio. Sin desconfianza.

Nadie le había interrogado. Ninguna acusación seria podía dirigírsele, como no se le acusara de haber cuidado en Bayona a los niños vascos, en su deseo lógico y hasta profesional de socorrer a sus compatriotas.

Imagino su suplicio aquella tarde de octubre, cerca de las tumbas, en el siniestro cementerio.

Dos días antes, a la primera luz del día, veinte pasajeros del “Calerna” fueron fusilados sobre las

losas, cerca de las cruces. La fosa común estaba llena.

Tuvieron que cavar otras nuevas. Mientras tanto, los cuerpos, en montón, quedaron en el suelo. Uno a uno tuvo que moverlos el doctor Saizar para ver sus rostros. Los había tratado en vida; conocía de antiguo a la mayor parte de ellos; conocía a sus familias, a sus hijos, a sus esposas, a sus madres. Encontró el cadáver de su amigo Gamboa, agujereado por las balas, con la frente ensangrentada; al desgraciado abate Ariztimuño, al que él admiraba tanto y exaltaba su corazón de patriota vasco; a una jovencita que él había curado antes, en otro tiempo; al muchachito de 16 años que volvía de sus vacaciones… Uno a uno… Cuando llegó al último cuerpo, esperando reconocerme, un falangista le hizo caer, moribundo, de un pistoletazo en la nuca.

Los desheredados de la cárcel de Ondarreta ven en mí a la Francia hberadora;; para los requetés soy una bestia negra, “el francés”.

Casi todos los prisioneros que encuentro día tras día en el patio son no combatientes. Simpatizan conmigo. Se vuelven hacia mí. Represento para ellos a Francia, y, en su desolación, esperan de ella, a pesar _ de que han visto que el capitán Rodríguez me maltrataba a golpes de matraca aullando:

—¡Cochino francés!— animado por un terrible odio histórico contra el nombre de mi país y como si tuviera en mí a Francia entera. “

En cambio, los internados en la prisión de Ondarreta, los desheredados, ven también en mí a Francia, pero a la Francia liberadora, a la amiga de los débiles. Ellos confían más en su destino cuando estoy a su lado, y no saben qué hacer para ayudarme, para suavizarme el régimen a que estoy sometido.

Me hacen llegar alimentos y cigarrillos, cotizan para comprarme un diccionario francésespañol. Estas atenciones me emocionan hasta hacerme llorar y me ayudan a soportar la soledad en la celda, sombría como un calabozo, en la que estoy encerrado, sin cama ni colchón, sin manta, sin una silla.

Para los requetés y los falangistas y los guardias, soy la bestia negra, el francés, y mis compañeros de prisión están obligados a emplear astucias de piel roja o de “sieux” cuando tratan de socorrerme.

Fusitan al padre del ordenanza de la prisión, viejo obrero de 66 años, porque uno de sus hijos Vucha al lado de los gubernamentales.

Una mañana, muy temprano, mientras el vigilante estaba ocupado en otra galería, el muchacho preso que hacía el servicio de ordenanza y me servía la comida, entró en mi celda con una manta bajo el brazo. Tenía los ojos enrojecidos por las lágrimas. Lloraba y reía, decía palabras desacordes, y su rostro juvenil, pálido y desencajado por el dolor, tenía a veces un gesto que quería ser de alegría.

Al principio creí que la manta me la enviaban del consulado francés. La desplegué y pude ver que estaba plagada de parásitos. Indudablemente no venía del consulado.

El muchacho llora y ríe y balbucea:

—Papá… esta noche… fusilado… Le han fusilado de madrugada. Ya no necesita la manta.

Lloraba porque a su padre, preso también en Ondarreta, lo acababan de fusilar; reía porque se sentía contento de traerme una manta, la de su padre, para que no me helara de frío. Le miré turbado, asombrado, con estupor.

Esa mezcla trágica de dolor espantoso y de bondad, de abatimiento y de solicitud, en aquel rostro joven, de niño, de hijo del pueblo, me desconcertaba. No sé de nada más conmovedor.

Marcos —es su nombre— es un adolescente como todos los adolescentes de arrabal. Mi pluma es incapaz de describirlo, Y, sin embargo, veo siempre ante mis ojos a mi joven amigo, riendo y llorando a la vez.

Su padre era un viejo obrero, de 66 años, que había sido detenido en San Sebastián. ¿Por qué? El muchacho no lo sabía. Su hermano era miliciano, luchaba al lado de los gubernamentales. El creía que por eso habían fusilado a su padre. Quizás, también, porque llevaba en el bolsillo su carnet de sindicado cuando lo detuvieron los guardias.

Al ordenanza, después de matarle al padre, le obligan a alistarse en las tropas facciosas.

Ocho días más tarde, el presoordenanza salía de la cárcel. Le hicieron alistarse a la fuerza, en las tropas de Franco, que habían fusilado a su padre, y a las que su hermano combatía.

El mismo Marcos me trajo un poco de líquido insecticida para limpiar la manta. Tuve la imprudencia de darme una cantidad excesiva en el cuerpo, lo que me hizo pasar tres días de picor y escozor insoportables. Pero quedé desembarazado de parásitos. Después recibí, al fin, del Consulado, otra manta y un

jergón; también me enviaba todas las mañanas un

poco de café con leche,

Con el mes de noviembre llegaron a mí los primeros estremecimientos del invierno. La prisión no se calienta. Las circunstancias me obligan a buscar en mi encierro algo que me permita resistir la casi inmovilidad en un ambiente de varios grados bajo cero; algo que me haga soportar el frío y la prisión al mismo tiempo.

Lucho valientemente contra el frío, el fastidio y la quietud, dando representaciones de concierto para mí mismo. Me pongo de pie sobre la taza del retrete y canto, canto hasta no poder más, hasta el agotamiento, todas las canciones que conozco. E imito a Chevalier, y a Dranom. Trato de hacerme reír. Apunto el número de canciones que conozco. ¡Son doscientas cincuenta! No quiero verme deprimido.

Crece en mí una esperanza vaga, que se levanta como el día entre la bruma. Estudio el español con entusiasmo. Me distraigo jugando a cara o cruz con una moneda:

—¿Me fusilan? ¿No me fusilan?…

Para no oír al nacer el alba los fusilamientos contra el muro y los tiros de gracia alucinantes, por no estar acosado por la idea fija de la muerte próxima, me tapo los oídos como puedo antes de que me rinda el sueño. Primero lo hago rasgando mi pañuelo, después deshilando mi traje, para confeccionar bolitas de lana.

Cuando no canto me pongo a declamar y repito con frecuencia un poema de mi cuñado, prisionero de guerra en 1918. El declamarlo me consuela, pues refleja bien mi situación. El poema es así:

“Compadeced al prisionero sin aire y sin luz,

que gime todo el día y no duerme en la noche.

Compadeced al desgraciado que, apoyando la frente [en la piedra,

se deja consumir lentamente por el fastidio.

Las horas son para él de una longitud mortal,

la sombra le envuelve en su triste sudario,

el silencio le estrecha con su opresión cruel,

sufre hambre, sufre por hallarse solo.

“A veces, durante la noche, su pensamiento que trae y hace brillar ante sus ojos horizontes lejanos, “ [baja,

se levanta y, de pronto, todo su ser desfallece,

pues acaba de tocar el muro con sus manos.”

Todos los días faltan algunos prisioneros que no volveremos a ver. Nuevos presos por no haber engalanado los balcones de su casa al anunciarse la toma de Madrid.

Noviembre hace que llueva a la hora del paseo. Ya no se juega a la pelota. Mis compañeros españoles temen a la lluvia. Se colocan, procurando protegerse, debajo de los bordes de un tejadillo y esperan taciturnos el regreso a las celdas. Eso hacen los que encuentro de nuevo, pues todos los días faltan algunos que no volveremos a ver más. En cambio, han llegado otros prisioneros. A éstos los han encerrado en la prisión de Ondarreta por no haber engalanado los balcones y ventanas de sus casas suficientemente, o por no haberlo hecho poco ni mucho, cuando se anunció la toma de Madrid. En su mayoría son comerciantes o industriales que tenían algún dinero en algún Banco. El encarcelarlos es lucrativo, pues permite a los “vencedores” de San Sebastián confiscar sus pequeños depósitos o bienes, procurandose así el dinero que necesitan. Es un período de caza de los

“neutros”. Los “neutros”, ante la coacción, se ven obligados a contribuir, con entregas en efectivo o trabajos sin remunerar.

Un viejo aldeano de los alrededores llora su libertad perdida. Está en prisión por no haber decelarado que tenía 500 pesetas en su caja de posadero de aldea. Otros son comerciantes de San Sebastián. Se enmohecen en la prisión, acusados de haber vendido mercancías, ayudando al abastecimiento de los gubernamentales antes de la toma de dicha ciudad por los rebeldes. Muchos de ellos se lamentan. Pero sus acusadores dicen que han cometido la falta “de ceder alos requerimientos de la policía gubernamental”.

Obertura del capítulo VII.
Obertura del capítulo VII.

Capítulo VII

«¡Piedad, Señor, piedad!», gritaba el anciano sacerdote, de setenta años, don José de Adarraga, fusilado juntamente con otros 16 presbíteros de la prisión de Ondarreta.

Se me declaró una bronquitis que no pude cuidar, porque en la cárcel me negaron la asistencia médica.

Los motivos en que se fundan los encarcelamientos solían ser leves, pero contribuían a llenar la caja de los rebeldes, La prisión inmediata ahogaba cualquier reclamación. Los modestos comerciantes todavía presos serán condenados a cadena perpetua “por ayuda al enemigo” si los tribunales de Franco tienen tiempo.

Con gran sorpresa de mis compañeros de patio la lluvia fría de noviembre no me espantó. Anduve a paso de marcha y corrí. Me entrené. Cuando volví a mi celda la encontré empapada de humedad: Me tendí, entonces, sobre mi jergón y sequé mis zapatos colocándolos sobre mi pecho entre la chaqueta y la camiseta: Tenía solamente un pañuelo. Lo lavé en la jofaina que me servía para todo. Después lo sequé también sobre mi pecho. El calor de mi cuerpo, al llegar el invierno, hacía milagros. Pero no pude utilizarlo durante mucho tiempo. Se me declaró una bronquitis que, no pudiendo hacer otra cosa, ya que me negaron el socorro de la medicina, traté únicamente por el desprecio..

Mi mujer me anunció en su primera carta su propósito de ir a San Sebastián. Esto me produjo una gran inquietud, pues sin duda la detendrían para tener un rehén más.

A principios de noviembre, se produjo una mejoría en el régimen especial instaurado para “ese francés peligroso” que debía yo ser. Me concedieron derecho a ir al salón de peluquería, afeitarme y volver a tener rostro humano.

Un peluquero falangista trabajaba en una celda aireada que tenía un grifo y un vertedero. El afeitado no era gratuito. El precio era tres veces el que se cobraba en la ciudad.

Pero el Consulado me transmitió algún dinero enviado por mi mujer, Recibí su primera carta y lo que en ella decía me atormentó más que me alivió. A la alegría que experimenté por estar, ¡al fin!, en comunicación con mi familia, a la emoción de saber que movía cielo y tierra para que me pusieran en libertad, se mezcló una angustia atroz. Mi mujer me anunciaba su próxima llegada a San Sebastián. Quería verme. Creía que su palabra bastaría para abrirme las puertas del presidio. No pude contenerme. No canté ya. Si mi mujer atravesaba la frontera, la detendrían para tener un rehén más. Me espantó la idea de que pudiera llegar momentos después de mi fusilamiento… No; sobre todo, no quería que sucediera eso.

Para humillar a los sacerdotes vascos les arrancaban sus sotanas, sabiendo que esto les hacía sufrir más que los rigores de la prisión.

Encontré en el patio a varios curas vascos. Ya había visto algunos más en el patio vecino. A unos y otros los vi de nuevo en la peluquería, donde, esperando turno, podíamos hablar un poco. Recuerdo esas conversaciones por haberlas escrito taquigráficamente sobre los muros de mi celda como todo cuanto observo en la prisión y ofrece algún interés.

Entre otros sacerdotes vi a un anciano cura vasco, don Martín Lecuona. Un viejo simpático, de 64 años, ancho de hombros, de cabellos blancos, tez mate y una mirada muy dulce, muy indulgente.

Para humillarle le habían quitado su sotana, y sufría más por ello que por el régimen de la prisión. Ejercía su ministerio con un cura joven que ya conocí en el patio: don Gervasio de Arluzu, que tenía solamente 29 años,

Don Martín y don Gervasio vivían en Rentería (Guipúzcoa). Por no considerarlo necesario no habían abandonado su parroquia, durante todo el período inicial de la guerra civil, en que Rentería estuvo controlado por los republicanos. Continuaron atendiendo a sus feligreses y siguieron junto a los que no quisieron abandonar el pueblo a la llegada de las tropas de Mola.

Durante mes y medio fueron respetados. De pronto, bruscamente, llegó la orden de Burgos de castigar con rigor al clero vasco. Los falangistas que habían pedido las sanciones detuvieron a los sacerdotes y los condujeron a la prisión de Ondarreta.

Don Martín Lecuona, como el abate Ariztimuño, era un cura famoso entre los vascos por su bondad y sus iniciativas. Fué el primer secretario del Grupo vasco de acción social y cristiana. Se le acusaba, como nacionalista vasco, de haber abastecido a los gubernamentales con la ayuda y complicidad del joven abate don Gervasio.

Yo, siendo católico, no comprendía muy bien cuál podía ser la cupabilidad de esos sacerdotes.

El odio de los fascistas a los nacionalistas vascos era realmente implacable. Hablar vasco se considerada el más grave de los delitos.

Dos días antes, don Alejandro Mendicute, capellán de Hernani, había sido fusilado sobre una losa del cementerio de su pueblo, en el mismo sitio donde fueron asesinados mis compañeros, los pasajeros del “Galerna”. Sucedió esto en la noche del 23 al 24 de octubre, si mi memoria me es fiel. Era, también, un sacerdote vasco, de gran reputación, un predicador a quien verdaderas muchedumbres de creyentes iban a escuchar con pasión.

Lo habían detenido ya una vez, siendo libertado después de diez días de encarcelamiento, merced a la insistente intervención de su hermano, cura de Hernani.

Unos días más tarde, un joven falangista, José Pradera (recuerdo deliberadamente su nombre), hijo de una familia aristocrática de San Sebastián, fué a buscarle, le injurió y le detuvo nuevamente. Don Alejandro Mendicute, seguido por los clamores de odio de un puñado de jóvenes falangistas, fué llevado a la prisión de Ondarreta y encerrado en la celda n.» 11, cerca de la mía. Bendecía a sus agresores y murmuraba: “Señor, tened piedad de ellos.”

No permaneció mucho tiempo en la cárcel. Sin interrogatorio alguno, sin juzgarle ni procesarle, fué fusilado ante su hermano, el cura de Hernani, pueblo trágico desde entonces para lo venidero.

Como yo expresara en voz baja mi indignación ante tales atrocidades, el abate don Martín Lecuona sonrió:

—Hay que perdonarles, no saben lo que hacen.

El capellán de la prisión, el padre Uriza, que venía a verme de vez en cuando para compensar un poco con su bondad la ferocidad de los jefes que le

utilizaban, no pronunciaba esas palabras cristianas. Decía, solamente, con aire afligido:

—Hijo mío, es la guerra.

Asistí a tantos horrores que las palabras de uno y otro no podían calmar mi indignación.

“Son rojos”, decían los rebeldes, refiriéndose a estos sacerdotes mártires. Yo contaba esto a don Martín, quien con un pequeño movimiento de cabeza me dijo:

—No; los nacionalistas vascos, no formaban parte del Frente Popular en el momento de las últimas elecciones. Pero desde la rebelión de Franco han sido fusilados por los rebeldes, según ellos como una medida ejemplar. Han tenido que hacer frente a los mismos enemigos que el Gobierno español y eso ha creado entre ellos una fuerte solidaridad.

El abate don Martín hablaba lentamente, con gravedad, como anciano resignado, que sólo pedía cerrar los ojos para siempre, ante tantas ignominias humanas.

Ese odio de los rebeldes contra los vascos era todavía más duro y vengativo que el sentido hacia los republicanos. Cualesquiera que en la prisión de Ondarreta emplease la lengua vasca, era llamado al orden con dureza y amenazado, privándole del paseo en el patio durante ocho o quince días.

Ninguna ragón justificaba los fusilamientos ni el orden seguido al llevarlos a cabo. El azar condenaba a unos y salvaba a otros.

Llegué al día siguiente al patio, con mi ropa destrozada como siempre, pero menos áspero que de costumbre. Como los otros, lo primero que hice fué comprobar quiénes faltaban. De un solo vistazo contaba los supervivientes. Todos decíamos de cada uno: “¡No le han fusilado!…” Ninguna razón valedera podía explicar las ejecuciones. Ninguna explicaba por qué

quedaban los que todavía estaban vivos, El azar hacía fusilar a algunos, casi siempre sin juicio previo, y dejaba con vida, provisionalmente, a los demás.

Empezaba a comprender el español.

—¿Sabe usted la noticia? —me dijo un joven abogado, que estaba en la cárcel desde el principio de la guerra civil—. Don Martín y don Gervasio han quedado libres. ¡Han firmado en el registro de salida!

¡Así era desgraciadamente! Después de haber firmado en el registro que debía darles la libertad, don Martín Lecuona y don Gervasio de Arbizu subieron a un coche que les esperaba para conducirles, según les decían, a su Parroquia. En Galareta, cerca de Hernani, les aguardaba el pelotón de ejecución. Allí los fusilaron, pero su firma en el registro de salida de la cárcel permite que los Jefes de Burgos afirmen que no matan a los clérigos.

Encontré en la prisión de Ondarreta diez y siete sacerdotes; todos fueron ejecutados en siniestros amaneceres, contra el muro de la prisión o en el cementerio de Hernani.

Muchos prisioneros de Ondarreta fueron fusilados sin previo juicio, en la montaña, después de una falsa liberación. Entre ellos figuraba don Joaquín Iturri- Castillo, cura de Marín, de 80 años, ejecutado el 6 de noviembre, por la mañana.

Los facciosos han atacado preferentemente a los intelectuales vascos. La cultura es para el fascismo un enemigo al que combate ferozmente.

Después de la ejecución juntamente con otras víctimas, fueron arrojados a la fosa común don José Penagaricano y don Celestino de Onaindía, vicario de Marquina-Echevarría y vicario de Elgoibar, respectivamente.

Ocupaban la celda n.º 5, en el piso bajo de la prisión de Ondarreta. Fueron fusilados en la noche del 27 al 28 de octubre.

La celda n.º 5 —dos metros por tres— asfixiaba a cinco sacerdotes entre sus muros, sin jergones, sin mantas, con la cubeta para la comida y el olor insoportable del retrete sin descargar, con las ratas y la humedad que empapaba los muros. El abate Penagaricano tenía 63 años; el abate Onaindía, 38.

El capitán Rodríguez no dispuso de tiempo de interrogarles. No fueron juzgados. Nadie conoció jamás y ellos menos que nadie, el motivo de su condena a muerte, Esos sacerdotes organizaban en el país vasco círculos de mutua ayuda y de estudios sociales.

También sobre las losas del cementerio de Hernani fué fusilado el anciano don José de Adarraga, sacerdote septuagenario, al que le habían quitado la sotana y habían mezclado, según pretendían, por error, con los prisioneros del “Galerna”, Le fusilaron al mismo tiempo que al abate Ariztimuño, contra quien tuvieron que disparar dos veces y que, herido, gritaba todavía:

—¡Piedad, Señor, piedad!

Los otros tres sacerdotes de la celda n.” 5, don Joaquín Arín, arcipreste de Mondragón, don José Marquiegui y don Leonardo de Guridi, vicarios de la misma parroquia, uno de 64 años, los otros de 40, fueron asesinados sin formación de proceso.

Don José de Marquiegui era un gran escritor vasco. Los rebeldes han golpeado al pueblo vasco en la cabeza, condenando a muerte a sus intelectuales.

De igual manera fué asesinado, sin proceso, el joven abate don José Sagarna, de 24 años, ordenado en 1935, cura de Berriatua, bonita aldea de Vizcaya. Tenía los ojos azules y un rostro infantil. Su. piedad era tan proverbial que había adquirido, entre los fieles de su parroquia, reputación de santo. Ignoraba el nacionalismo vasco, pero su aldea había resistido a los invasores. Por eso se le castigó.

Capítulo VIII

El otoño me condena a las tinieblas perpetuas de mi celda, en espera de la liberación o de la muerte.

Me anuncian que van a canjearme por el Cónsul de Austria en San Sebastián, acusado de espionaje.

Llegan a mis manos catorce pesetas que oculto. No son mías, pero entregadas a los requetés no le servirían al prisionero desconocido a quien pertenecen.

Como al joven sacerdote don José Sagarna, y como a tantos otros, sin juicio previo, se asesinó al padre Olano, de la Congregación del Corazón Inmaculado de María, en Tolosa. Se le detuvo y se le mató a causa de una denuncia anónima. Sin más razones. Dicho padre no salía. nunca del monasterio. Pero se le mató. AE

Diez y siete de Ondarreta, de los cuales no he podido retener los nombres, diez y siete, sobre los treinta sacerdotes vascos, pasados por las armas. Sin proceso. Diez y siete a los que he visto y conocido y con

los cuales he hablado con frecuencia.

Tenía que resistir a tanto horror, y para no sucumbir ante el espantoso suplicio de pensar que me hallaba en la celda, cantaba. Subido sobre la taza del retrete cantaba hasta agotarme; hasta que llegaban el

cansancio y el sueño, en los que se mente la esperanza.

—¿Y yo?

Escucho. Espero. El patio recibe, deformados, los ecos del mundo entero. El 3 de noviembre, un vigilante que no quiere dejarme —si me libro del fuego del pelotón— un mal recuerdo, me anuncia que me van a canjear por un diplomático: el cónsul de Austria en San Sebastián, detenido por los gubernamentales, con abundantes pruebas de que se dedicaba al espionaje en Bilbao. Por esa circunstancia, las autoridades rebeldes de San Sebastián cambian la acusación principal contra mí y me pegan ahora la etiqueta de espía. El no-combatiente que soy yo va desde ahora a servir de moneda de cambio, de rehén precioso. Tienen en sus manos un francés y parece que no quieren soltarlo sin contrapartida abusiva. La acusación modificará mi inculpación según las circunstancias y sus necesidades.

Espero. No tengo ninguna confirmación de este cambio. Cada mañana recibo un cestito que contiene

algún alimento; pescado frito en aceite y un poco de

pesada cocina española. Esta, a la que no estoy acostumbrado, me da náuseas durante unas horas. Es el envío cotidiano del Censulado francés. Ya no estoy abandonado. Mi mujer, lo sé por sus cartas, en las que con tenacidad trata de darme ánimos para esperar, está todos los días en San Juan de Luz, donde apremia a M. Herbette, embajador de Francia, para que intervenga y apresure mi liberación.

Una mañana encuentro en el cestillo un paquete atado. Lo abro. Contiene un muslo de pollo. Me sorprende. Miro la dirección. No es para mí. Febrilmente cierro el paquete; pero el deseo y el hambre hacen mi boca agua. Abro de nuevo el paquete: lo cierro. La tentación de morder este trozo de pollo me da dolor en las mandíbulas. Llamo a la puerta de la celda. Llamo por el agujero de aireación. Grito para

que se lo lleven. Tardan en venir. Siento la frente sudorosa. El muslo de pollo me atrae irresistiblemente. Le cojo en mi mano. Le doy vueltas, le doy una dentellada en un borde, pero me abruma la vergienza de comerme lo que pertenece a otro condenado, y lloro al comprobar cómo se ha envilecido mi voluntad.

Al fin la puerta se abre, y grito:

—Llévese pronto ese paquete; no es para mí, no es para mí.

El muslo de pollo ya no está en mi celda. Me acuesto, Mis sueños, mis pesadillas, están repletos, durante algunos días, de muslos de pollo, cuyo sabor me moja el paladar.

Otra vez un vigilante me envía, por error, un paquete de ropa que no es para mí. El paquete no trae dirección alguna. Lo abro y encuentro en un pañuelo 14 pesetas. Ese día no me quedaba dinero alguno. No teníamos sobre el dinero que nos enviaban, derecho para retener más que quince pesetas, cada 20 6 25 días, lo que no era suficiente para comprar sellos, tarjetas postales, papel de cartas y tabaco. Busco en el paquete un nombre de prisionero, pues desconfío de los requetés de servicio, aunque algunos se encuentren muy cordiales conmigo. Catorce pesetas es algo tentador para ellos. La desaparición de mis quinientos francos en el bolsillo del sargento de requetés me sirve de lección, No descubro más que la inicial G.

El capellán, el padre Uriza, viene a verme en la celda. Está conforme conmigo en que entregar el dinero a los requetés no serviría para que llegase a poder del prisionero desconocido, y me aconseja que guarde las pesetas. Mis escrúpulos le conmueven. Me da la absolución y busco escondrijo donde ocultar el dinero. No hay más que uno; un solo sitio, el único, que no inspeccionan y registran los vigilantes: la letrina.

Venciendo toda repulsión, disimulo el dinero como puedo. Las pesetas me permiten comprar paquetes de tabaco y distribuirlo.

Me observo. Soy cada día protagonista y espectador de mí mismo. A mediados de otoño la oscuridad me hace sentirme condenado a tinieblas perpetuas. El ventano de la celda no da apenas claridad. Marca un estrecho rectángulo en el muro de la prisión. Los días disminuyen desesperadamente y me hundo en mi vida interior como en un refugio. Evito el preguntarme a mí mismo, para quedarme, como antes de la pregunta, en laduda, llena de ansiedad, de mi liberación o de mi muerte.

Cuando llega la hora del paseo me sorprendo dando vueltas en la celda, como una bestia salvaje en su jaula.

No tengo reloj.

Sin embargo, el instinto se desarrolla en mí. Cuando llega la hora del paseo me sorprendo dando vueltas en la celda, como una bestia salvaje en su jaula. Así les pasa a los animales encerrados cuando sienten la hora del recreo, la hora del aire libre.

Un día, no se abre mi puerta. Había comenzado por la mañana a preparar una especie de sumario para el caso de que me preguntasen de nuevo. Lo clasifico punto por punto, con verdadera minuciosidad. De pronto, no puedo hacer nada. Me voy hacia la puerta. Estoy atento al menor ruido. Es la hora del patio y no me siento dueño de mí. Doy saltos hacia el ventanuco. Me parece que no respiro. Siento bruscamente correr sobre mi cuerpo y envolverme como una materia viscosa, como una cola de pegar inmunda, toda la humedad de mi celda, todó el olor de la letrina, todos los enmohecimientos. No puedo soportar más la prisión, Los cuatro muros me aplastan. Grito, llamo, dando violentos empujones con los hombros en la puerta. Siento que me vuelvo loco.

Al cabo de media hora, abren al fin y me precipito alocado hacia el patio. Me encuentro rodeado en seguida. Mis compañeros temían “una salida fatal”. El verme vivo les alivia, les libra de una angustia. Rápidamente, por parte de ellos, la misma pregunta:

—¿Tiene usted noticias de Francia?

Su padre era coronel de artillería y participó en la rebelión. Su hermano, miliciano, murió en el frente de Madrid y a él, desertor refugiado en Valladolid, lo maltrataron más que a mí.

Un prisionero viene hacia el grupo que formamos.

Está flaco —una delgadez horrible— y en su rostro — hirsuto, sus dos grandes ojos negros brillan de fiebre.

Con infinitas precauciones, sosteniéndose en el muro para no dejar ver, por pudor, su extremada debilidad física, se ha acercado a nosotros. Es un joven abogado. Tiene una amplia frente pura, y todo el aspecto de un burgués distinguido. José X, es un polemista consciente. Su padre era coronel en un regimiento de artillería de Barcelona y había participado muy activamente en la rebelión contra el Gobierno republicano. Fué fusilado por las tropas de la Generalidad. Su hermano murió siendo miliciano y luchando contra las tropas de Franco en el frente de Madrid. Se había hecho marino. No quería participar en la guerra civil y para conservar su neutralidad se escapó del puerto de guerra donde se encontraba su navío… Y se refugió en Valladolid.

Allí, los fascistas le detuvieron. Ha sido más maltratado que yo. Treinta y cinco días en una celda, acostado sobre el cemento, sin manta, sin derecho a paseo, alimentado cada dos días con una sopa. Cuando lo trasladaron a Ondarreta, no era más que un espectro.

No le llegó ningún socorro del exterior, hasta el día en que su hermana, incorporada a las Falanges, le trajo algún alimento. Le ayudamos con nuestros escasos medios.

Se establece entre todos los prisioneros una profunda solidaridad humana. La piedad une a católicos y socialistas, comunistas y rebeldes castigados, y se deja de lado toda discusión política.

José, el polemista consciente, tenía 22 años. Nos dejó a mitad del invierno. Salió como alférez. Se incorporó a las tropas de Franco para no ser fusilado; a esas

tropas que habían matado a su hermano cerca de Madrid.

Juan era un prisionero de 14 años. Fué encarcelado por sospecharse —porque llevaba gorra— que perteneciese al Frente Popular o fuese comunista.

Mientras que me contaba su odisea, un muchachito se aproximó a nosotros. Juan, era un prisionero de catorce años, un niño perdido. Había sido recogido en la calle y encarcelado, sospechando —porque llevaba gorra— que fuese del Frente Popular o comunista. Era el grumete de nuestra galera. Era muy astuto y nos aleccionaba sobre la mejor y más hábil manera de hacer cambios de alimentos, tabaco, etc. Le habían olvidado en la prisión de Ondarreta.

Nuestro chico del patio se alistó, poco después, en los requetés y ha llegado a ser, a los quince años, guardián de la prisión donde había estado prisionero.

En esta época he tenido una gran pena. Una mañana, los guardianes nos anunciaron que debíamos ponernos de luto. De vez en vez, muy irregularmente, para dar al Reglamento alguna solemnidad, nos hacían estar de duelo por los prisioneros fusilados después de un juicio. La memoria de los otros, de los asesinados sin proceso, no tenía derecho a ese recogimiento. Llevar luto significaba para nosotros privarnos de las dos horas de paseo en el patio. Prevenidos, no esperábamos la hora del paseo. En mi calabozo me esforzaba por emplear mi tiempo en algún trabajo: estudio del español, taquigrafía, copia de canciones y coplas callejeras que retenía en mi memoria.

Fusilan a mi maestro de español y al ingeniero que dirigió los trabajos de defensa de Irún.

“Supe al día siguiente que el luto había sido por mi profesor de español. Era un maestro condenado a muerte a causa de una fotografía en la que estaba en medio de milicianos. Al mismo tiempo que él fué fusilado un ingeniero de 28 años, padre de tres niños, joven muy culto, de familia burguesa. Había sido requerido por los gubernamentales para los trabajos de la defensa de Irún. Después de la caída de Irún los rebeldes le detuvieron por ese motivo, y por ese motivo le ejecutaron.

A veces el Cónsul obtenía autorización para que me visitara un delegado suyo. Le podía ver y hablar en un locutorio privado, en el que no estábamos separados —bajo la vigilancia de un requeté— nada más que por una reja.

En el locutorio ordinario, un pasillo separaba dos rejas y en ese pasillo circulaban los vigilantes. Había generalmente cincuenta visitantes y cincuenta visitados. Todo el mundo hablaba a la vez. La volubilidad española es extrema. Era imposible tener o sostener conversaciones en esta atmósfera, a través de un corredor y de dos rejas.

Mujeres sollozando, niños que gritaban, tendiendo los brazos a sus padres a través de los barrotes. Las mujeres, las esposas, se desmayaban al saber que sus maridos no vendrían más. Se las dejaba entrar, olvidando, en el desorden administrativo, el nombre de los fusilados por la madrugada.

El delegado del Cónsul me había recomendado no me dejara poner en libertad sin que él estuviese presente. Obligado, por sus funciones, a ser discreto, no se atrevía a decir más.

He sabido después lo que le inspiraba ese consejo: un mecánico francés, encarcelado en Ondarreta desde la ocupación de San Sebastián por los rebeldes, había sido falsamente puesto en libertad.

Capítulo IX

Dos pilotos alemanes se han negado a bombardear ciudades abiertas. No los olvidaré nunca.

Una vez fuera lo cogieron los requetés y lo asesinaron en la plaza.

Una hoja de salida llevaba su firma. Oficialmente era un hombre libre. Se le notificó su liberación una noche. Firmó en el registro. Salió. Una vez fuera lo volvieron a coger unos requetés, se lo llevaron a la playa y allí lo asesinaron.

Los inscriptos como “desaparecidos” después de haber estado presos en la cárcel de Ondarreta son los muertos de esa manera.

Noviembre, diciembre. Vegeto en mi negro agujero. Resisto los fríos más duros. El agua que dejo en la jofaina se transforma en hielo. Soporto el suplicio con la fuerza de la esperanza.

He sido interrumpido de nuevo por un juez de instrucción que reemplaza al sorprendentemente bruto capitán Rodríguez. Se iban a hacer cambios de prisioneros. Tres veces me han anunciado ya mi liberación. Tres veces he preparado mis equipajes, he escrito a mi mujer y a mis hijos cartas delirantes de alegría… Y sigo en prisión.

A principios de enero sabemos en el patio —el patio es el “escucha” y el mentidero del mundo entero y capta las noticias milagrosamente— que los rebeldes han apresado un barco extranjero.

“No estamos en guerra con España”, han dicho dos jóvenes aviadores alemanes, negándose a bombardear ciudades abiertas, y los han traído con las manos esposadas. Uno se suicida, tragándose un cortaplumas.

Formamos ya un importante lote cosmopolita. Hay entre nosotros representantes de diez naciones. Entre otros, dos aviadores alemanes que han llegado con las manos esposadas.

Uno de ello no estará más de 24 horas en Ondarreta. Para suicidarse se ha tragado un cortaplumas. Lo llevan al hospital.

El otro, un joven de 22 años, muy rubio, con ojos de un color azul metálico, hablaba un poco francés. Era aviador, como yo. Sus jefes le habían enviado de Alemania a España en unión de otros camaradas y había participado en un bombardeo de Bilbao.

Les mandaron, a él y su camarada —el desesperado que se había tragado el cortaplumas— que continuaran bombardeando ciudades abiertas. Estos dos jóvenes alemanes, miembros de las juventudes hitlerianas, se negaron a continuar acribillando poblaciones civiles indefensas, diciendo: “No estamos en guerra con España”.

No sé lo que habrá sido de esos dos bravos pilotos alemanes, pero el antiguo piloto francés no olvidará su heroísmo, su honradez.

Por la mirilla veo alinearse ante mi celda a varios marinos extranjeros. Unos treinta, de todas las edades.

La captura del barco extranjero puso en alerta nuestra curiosidad. Por la noche oí desde mi celda un trasiego o traslado de hombres o cosas, inverosímil. Se oyen órdenes breves, pasos que se arrastran sobre el pavimento. Por el agujero o mirilla veo alinearse ante mi celda a varios marinos extranjeros. Traen maletines e instrumentos de música.

¿Cuántos son? Unos treinta, de edad varia, entre los veinte y los cincuenta años. Hombres imberbes y hombres barbudos. Miran plácidamente la prisión y no parecen asustados. Los guardianes les encierran de diez en diez en cada celda. ¡Diez en un espacio chorreando agua y suciedad, que mide dos metros por tres! Diez. hombres apretados sobre un pavimento, condenados a la asfixia lenta, a dormir unos apoyados en los otros, con una cubeta para las ablucionesde todos, cubeta que sirve además para poner el rancho; con un retrete sin agua corriente…

Su buque de carga había sido capturado cerca de San Sebastián.

Se les negó el paseo. Se los tenía incomunicados.

Durante las dos horas de patio, mis compañeros y yo —los supervivientes — combinábamos diferentes medios para pasarles un poco de alimento, y, sobre todo, algunos cigarrillos.

El cigarrillo salva al fumador. Le sostiene largas horas en la superficie de la vida y le incita a soñar.

Un presoordenanza había confeccionado para mí una especie de maquinilla, o artefacto, para hacer los — cigarros. Un regalo al francés.

En el patio organizábamos colectas para comprar tabaco y papel de fumar.

Con esa maquinilla llego a sacar de un paquete de

tabaco ochenta cigarrillos, en lugar de los cuaranta,

que aproximadamente sacábamos antes.

Todo eso se hace en el mayor secreto. Generalmente el domingo, a la hora de la misa. Tengo, desde hace poco, el derecho de asistir.

La prisión de Ondarreta tiene ocho capellanes; seis agustinos y dos jesuitas.

La misa la dice un capellán de la prisión. Ondarreta tiene ahora ocho: seis agustinos y dos jesuítas. El Padre Uriza no bastaba, pues la prisión está llena.

Estamos algunos cientos en el piso bajo, entre las

tres galerías. En el primer piso se hallan instaladas las mujeres. Todas las detenidas están en un ala de la prisión.

Durante la misa es el único momento en que podemos percibirlas, aunque nos está prohibido mirar hacia arriba.

Los marinos viven encerrados en tres celdas del piso bajo. Durante la misa me coloco cerca del muro y les paso los cigarrillos por el agujero de vigilancia.

Así nos conocemos sin conocernos.

Un día, la casualidad nos ayuda y nos acerca. Un requeté hace entrar a doce de ellos en mi celda, mientras los restantes compañeros de ellos proceden al fregado de su calabozo. Se cerró apenas la puerta y ya nos abrazábamos.

—¡Francia, francés!— balbuceaban.

Estrechaban en sus brazos a un francés y se sentían reanimados.

En la enfermería no hay más que seis camas y los prisioneros en Ondarreta somos ochocientos. El marino enfermo no recibirá asistencia.

Para ellos, también, represento a un país que aman y que tiene una bella leyenda de justicia.

Uno de los marinos conoce un poco nuestra lengua. Hablamos. Nuestra conversación es atropellada, sacudida; tememos que el corto tiempo de que disponemos pase sin permitirnos decirnos todo lo que queremos. El barco transportaba trigo, Piensan estar libres dentro de unos días..

—¿Caviar? Sí… un poco… escondido…

—Lo recibiré con salmón…

—Gracias, gracias, por los cigarrillos.

Nos entendemos con frases cortadas como éstas. El que habla francés está enfermo.

—Barco roto —me dice—, barco roto.

He concluído por comprender que se trata de que, el que habla francés, tiene rotos o inflamados algunos

vasos sanguíneos y que sufre bastante de hemorragias internas. Pasa un presoordenanza y le pido que avise al médico. El doctor es un anciano de sesenta años, con el pelo blanco. Fué encarcelado porque en la ciudad donde ejercía,. Tolosa, se le conocía como republicano. En la enfermería no hay, desgraciadamente, más que seis camas y somos, actualmente, cerca de ochocientos prisioneros en Ondarreta. Mi amigo marinero enfermo mo recibirá asistencia. He oído quejarse todo un día a un enfermo que sufría una crisis de apendieitis aguda, sin que nadie se molestase en cuidarlo.

Antes de volver a sus celdas, los doce marinos extranjeros me han hecho una despedida emocionante. No pensaban verme de nuevo, pues contaban volver a su buque muy pronto. No transportaban material de guerra y tenían confianza en que el Comité de Londres les haría justicia.

No podían suponer que representaban, eomo yo, una buena presa, una moneda de cambio que los rebeldes saben explotar muy bien, para obtener, por n no-combatiente encarcelado por ellos, combatientes que estiman de valor, apresados por los gubernamentales.

Miguel San Juan cultivaba la ferocidad con perseuerancia. Era un antiguo sargento de la Guardia Cwil, expulsado por sus excesos de crueldad. Tenía cabeza y ojos de ave de rapiña y se deleitaba haciéndonos sufrir.

Dos guardianes hacían de jefes del grupo de desgraciados prisionerosordenanzas. Don Ricardo y don Miguel. San Juan. Don Ricardo era un buen hombre que cerraba los ojos para no ver los comestibles que podían recibir los prisioneros más desgraciados, y le vi que hacía distribuir platos de sopa a los marineros extranjeros. Por el contrario, don Miguel San Juan cultivaba la ferocidad con perseverancia. Era un antiguo sargento de la Guardia Civil que había sido expor sus excesos de crueldad. Tenía cabeza y REE,

ojos de ave de presa y se deleitaba en hacernos sufrir. Pegaba a los ordenanzas y les hacía trabajar desde las cinco de la mañana a las once de la noche. Escuchaba detrás de las puertas y prohibía que los prisioneros, obligados a vivir varios en una celda, hablasen entre ellos.

Me detestaba. Detestaba también, particularmente, a los marineros extranjeros. Un día inventó este suplicio. En lugar de dejar las puertas completamente abiertas para que pudiésemos secar nuestras ropas después del lavado del sábado, encerró a treinta y cinco prisoneros en una celda, de dos metros por tres, durante dos horas.

Yo era uno de los treinta y cinco. Con gran dificultad, pudo cerrar la puerta a fuerza de empujar con todas sus fuerzas y de aplastarnos, materialmente a los unos contra los otros.

Por verdadera suerte me pude encaramar sobre el retrete, encontrándome con la cabeza a la altura del ventanuco. Así pude respirar.

Nos ahogábamos de calor. Cinco de nuestros compañeros se desmayaron; otros, aullando de espanto, se empujaban contra la puerta, tratando de derribarla a patadas.

Si nos tienen encerrados más tiempo no hubiesen sacado más «que cuerpos inertes.

El guardián sádico no apareció, sin duda temeroso del escándalo que había provocado.

Unos cuantos requetés, espantados por las posibles consecuencias de tal tortura, saltando por encima de ‘a orden de Don Miguel, abrieron la puerta.

Tuvimos que volver a la vida a algunos de nuestros compañeros practicándoles flexiones rítmicas.

Capítulo X

El camarero seguía de pie después de la primera descarga del pelotón de ejecución, y gritó: «Yo necesito ración doble. ¡Viva la República!». Tenía veinte años.

La visión de los diez brazos saliendo de la sombra hacia el pan no me abandona.

Además de los 35 marineros, otros nuevos extranjeros aumentaban, con frecuencia, las oleadas de prisioneros de Ondarreta.

Frente a Pasajes fué hundido, sin previo aviso, un barco mercante holandés. Unos veinte marineros de la tripulación se salvaron a nado. Dos se ahogaron. Los. otros fueron recogidos y arrojados —chorreando aún el agua del mar— en las celdas del piso bajo. Cinco hombres en cada una.

Sabíamos que carecían de alimentos y que se quejaban de hambre. Algunos comprensivos presosordenanzas nos habían advertido el sufrimiento de aquellos marinos. Al tercer día de su cautiverio, conseguí, por medio de un ordenanza que el terrible don Miguel se fuera a otra galería, lo que nos permitió desviar su vigilancia. Mientras se alejaba, otro ordenanza abrió precipitadamente la celda de los holandeses. Era la hora de la distribución del agua y les: arrojé una hogaza de pan. Vi, unos segundos, salir por aquella puerta diez brazos, diez manos crispadas. No vi los

Tostros. Y la visión de aquellos diez brazos saliendo

KT rival de Miguel San Juan. El guardacampestre cie- 90. Le apresaron en San Sebastián por sospecharse que simpatizaba con los gubernamentales.

Aquel bruto de Miguel San Juan tenía un rival: el requeté Martínez. Este requeté golpeaba violentamente con su matraca a los prisioneros que no se ponían con toda rapidez en posición de firmes, a su paso. Un prisionero, a quien golpeó, se atrevió un día a detener su brazo. Fué fusilado al siguiente, sin formación de causa.

He tenido por amigo y protegido a un ciego.

Había varios ciegos en la siniestra prisión. José García Aldaza, entre otros inválidos. Era un guardacampestre de los alrededores de San Sebastián.

Herido en el cráneo por la explosión de una bomba aérea, cuando estaba de servicio, haciéndolo con la digna placidez de su profesión, había sido trasladado al hospital. Su herida le había dejado ciego.

La lesión que sufría no estaba aún cicatrizada cuando las tropas de Mola entraron en San Sebastián. Sospechándose que simpatizaba con los gubernamentales, porque había sido herido mientras hacía su servicio, fué a pesar de no estar curado todavía, encerrado en una celda. Guiábamos por turno a este desgraciado de cincuenta años. Debía haber sido grueso, pero le veíamos enflaquecer día por día, por el dolor de verse preso.

Sufría atrozmente de dolores de cabeza y de los ojos. Era de buena estatura y tenía por compañero de celda a un hombrecito de un metro cincuenta de altura, herido por una bala en el vientre y cuya herida supuraba todavía.

El herido de baja estatura ayudaba al gran ciego en la celda negra. No tenían nada, ni el uno ni el otro, para suavizar su encierro. Ni lecho ni manta; y nadie del exterior había de enviarles alimento.

El guardacampestre ciego tenía mujer y cuatro hijos. AE

Con frecuencia le hablaba, para animarle, de un. médico bordelés que había conseguido, por medio de operaciones muy delicadas, curar a ciegos de guerra. ¡Burdeos! ¡Francia! José García había hecho un viaje a Francia antes de la guerra y conservaba un recuerdo imperecedero de su viaje. Se acordaba, sobre todo, de un queso que había comido en Niort, “un queso con agujeros”, que encontró tan agradable, que soñaba con comerlo una vez más en su vida. Era simplemente Gruyére.

En esta época recibía yo, sin grandes dificultades, paquetes que me enviaba mi mujer. Un día, en uno de ellos, encontré justamente un hermoso trozo de ese famoso Gruytre. Cogí la mitad y se lo llevé al patio a la hora del paseo.

Apenas llegué, José García Aldaza, el ciego, oyó mi voz y se dirigió a mí sin titubeo. Puse en su mano el trozo de queso:

—¿Sabes lo que tienes ahí? —le pregunté.

Vi iluminarse su fisonomía y cómo saltaban las lágrimas de sus ojos enfermos.

—¡Queso! —balbuceó—, queso!

Y mordió de buena gana en el Gruyére, temblando de emoción y sensualidad. Su alegría era tan intensa que no pudo resistir y renové su placer llevándole, dos días más tarde, la otra porción de su queso favorito.

Este desgraciado funcionario rural no comprendía por qué, él, que sufría tanto, estaba preso. No leía nunca periódicos, ignoraba cuanto se relacionaba com la política, era neutral por temperamento y por costumbre. Había hecho su servicio cuando los gubernamentales regían a San Sebastián; hubiera continuado haciéndolo bajo el mando de Franco o de sus delegados sin la herida que le privó de la vista.

Pero no hay neutrales en la guerra civil. Yo era una prueba fehaciente también, dolorosa, de ello. Una, buena tercera parte de los prisioneros de Ondarreta

eran neutrales, muchos de ellos comerciantes, a los cuales se les reprochaba el no haber preguntado a sus clientes si eran blancos o rojos.

Los carabineros cernunecionen neutrales, pero las tropas rebeldes los detuvieron. Sus hijos, privados de recursos, deben mendigar por las calles de San Sebastián.

Entre esos neutros, el ejemplo de los carabineros sorprendió por lo insólito. Habían querido conservarso neutrales.

Al principio de la guerra civil, los anarquistas de San Sebastián los habían desarmado como sespechosos, una vez fusilado su jefe. Quedaron en lugar apartado durante los combates. Cuando entraron las tropas rebeldes se presentaron a los oficiales de Mola. Algunos de ellos, que se habían refugiado en Francia, atravesaron la frontera para ofrecerse y volver a ocupar sus puestos de servicio de aduanas. Se los detuvo. Eran neutros y, por lo tanto, sospechosos. Un consejo de guerra a fin de diciembre los declaró no culpables. Sin embargo, no fueron libertados. Siguieron en la prisión. Todavía están allí. Sus hijos, privados de recursos, deben mendigar en las calles de San Sebastián o alistarse en las tropas de Franco. Como sigue también prisionero un ciudadano de la República de Panamá, Felipe Hall, mecánico en San Sebastián. Los rebeldes le reprochan haber reparado coches que pertenecían a les gubernamentales. Ha sido condenado, después, a doce años y un día de trabajos forzados, por “ayuda a los rojos”. Gracias a su mujer, francesa, pude yo cambiarme de ropa interior por primera vez, al cabo de mes y medio. Son muchos los prisioneros que se encuentran en la misma situación sin que se haya hecho un gesto, una gestión para recordar a los rebeldes que deben observar las leyes internacionales.

La tripulación del “Galerna” ante el consejo de gue rra. Tres penas de muerte y varias de reclusión perpetua.

Los pasajeros del “Galerna”, excepto yo, habían sido pasados por las armas sin juicio previo, y la mayor parte sin interrogatorio, pero las autoridades rebeldes tenían interés en tratar a la tripulación y a su capitán, Echenique, según las leyes de la guerra.

Encontrábamos en el patio a los marineros del “Galerna”. En enero supimos que iban a ser juzgados por un consejo de guerrá. Los jueces militares iban a deliberar en una sala de la prisión de Ondarreta. Esperamos con ansiedad el veredicto. La tripulación del “Galerna” volvió arrastrando sus pasos.

“Echenique, el camarero y otro marino fueron condenados a muerte. Todos los restantes marineros, a reclusión perpetua.

Los defendió con valor y energía el capitán del “ Alcázar de Toledo”, que actuaba de abogado defensor. Nos prometió que nuestra vida estaba a salvo cuando nos abordó y capturó en plena mar. Pero los oficiales de Franco se negaron a tener en cuenta esta promesa de honor.

Tratamos de consolar, de reconfortar, a los tres condenados a muerte. Echenique está muy abatido. No me atrevo a recordarle su error de mando. Podría hacerme comprender, pues he conseguido hablar en español corrientemente. El camarero es un buen mozo, rubio y de veinte años.

Sonríe. Desprecia la muerte.

—Mi vida vale poco —me dice—. Que muera yo, si es necesario; pero que se salve la República. Así moriré contento.

Una despedida trágica.

Los condenados a muerte de la tripulación del “Galerna” tuvieron que esperar su ejecución hasta el 16 de marzo. Mientras tanto, la tripulación del “Navarra”, un brick de guerra, había sido, también, hecha prisionera. En esta tripulación se encontraba el tío del camarero del “Galerna”. Hubo en la noche del 15 al 16 una escena trágica. El marino del “Navarra” era un hombre fornido de cuarenta y cinco años. Le despertaron a la media noche.

—Estoy listo —dijo sencillamente.

Creía que le llevaban hacia el pelotón de ejecución. El requeté lo condujo a la capilla donde contempló a su sobrino y al comandante Echenique. El sobrino le abrazó y después le dijo con calma:

—Es a mí a quien fusilan al alba. He pedido la merced de que me dejaran abrazarte antes de morir.

El sobrino no lloraba. Era el tío el que sollozaba. El joven camarero se esforzaba en consolar al hombre adulto.

—Mira —le dijo—, coge mi impermeable como recuerdo. Tú sabes que mi muerte no importa mucho. La de otros es peor.

Al alba oímos los disparos del pelotón. El camarero seguía de pie tras la primera descarga. Levantó el puño, y dirigiéndose a los soldados de Franco les gritó:

—Yo necesito ración doble. ¡Viva la República!

Un guardia de asalto que protestó al fusilar a un cura, se le alineó en el muro y se le fusiló con los otros.

Uno de los guardias de asalto que integraban el

pelotón de ejecución me dió estos detalles, me repitió las últimas palabras de aquel valiente muchacho de

veinte años.

Como yo me asombraba de que todos los días pudiesen fusilar, sin protesta, tantos inocentes, uno de ellos me dijo con tristeza:

—Si nos negásemos a matar, nos matarían a nosotros. Ya ha pasado. Al ir a ejecutar a un sacerdote,

un compañero se atrevió a decir que se nos hacía cometer un crimen. Inmediatamente fué alineado al muro con los otros y fusilado por sus propios camaradas por orden del que mandaba el pelotón de ejecución.

Capítulo XI

Todas las noches el número de las celdas abiertas durante ellas, nos indicaba el de los presos que iban a ser fusilados a los primeros resplandores del nuevo día.

Y cosa extraña: no he oído nunca ni gritos ni sollozos.

El día catorce de febrero recibo la gran noticia. He de cambiar de celda. He de subir al primer piso, hacia la luz. Ya no estaré solo: voy a tener compañeros. Mi soledad ha durado ¡cuatro meses! Cuatro meses cortados por los paseos en el patio. Ciento veinte días a solas con mis pensamientos, entre los que, con obsesión imborrable, emergía, brotaba siempre, martilleaba el de:

“Quizá te fusilen mañana al amanecer.”

Felizmente, pude convencer a mi mujer de que no debía venir a San Sebastián. Esto fué una angustia menos.

Después del 15 de noviembre, es decir, un mes más tarde de mi llegada a Ondarreta, se abrió de nuevo la frontera.

Las cartas de mi mujer llegaban a mi poder más o menos regularmente. Con diez o quince días de retraso, muchas veces. El tiempo para ser estudiadas y miradas con lupa por la censura de los rebeldes. Esas cartas me sostenían. Constituían mi principal consuelo moral.

Durante mucho tiempo he oído, solo en la obscuridad y en el hedor de mi celda, cada una y todas

las noches, entre las diez y las once, las pisadas duras de los guardianes, que martilleaban en el suelo al cruzar ante mi puerta; y cada noche, el número de celdas abiertas me hacía saber el de los presos que iban a ser fusilados al amanecer.

A veces eran dos celdas contiguas a la mía las que eran abiertas; o una de ellas, y veía entonces, asomado a la mirilla, por primera y última vez, a mis ve-.

cinos, cuyos pasos había oído anteriormente pegando la cara a los muros. Cosa extraña; no he oído nunca ni gritos ni sollozos. Ni aun en los más jóvenes. – Una vez solamente la voz fuerte de un condenado a muerte, al que conducían ante el pelotón de ejecución, resonó en el silencio: —¡Viva la República! —gritó. Y un golpe sordo sucedió a ese grito. Y me hizo saber que los guardias habían hecho callar al héroe con sus matracas..

Todo el pueblo vasco reclamaba a los PEsIieros del “Galerna”. Nadie sospechaba que tan bárbaramente, tan sin motivo y sin enjuiciarlos, hubiesen podido ser asesinados.

La primera vez que se trató de mi liberación fué el 3 de noviembre. El Gobierno de Bilbao había condenado a muerte al Cónsul de Austria en San Sebastián, convicto de espionaje en beneficio de los rebeldes. Estos, para evitarle la muerte, me acusaban de espionaje a mí y proponían cambiarme por él.

Por otra parte, un gran fulgor de esperanza reanimaba a los que todavía se habían librado y entre los cuales estaba yo. Se fusilaba menos en Ondarreta desde hacía algunas semanas. Habíamos percibido en la prisión a dos delegados de la Cruz Roja. Venían a canjear prisioneros no combatientes.

He creído y he alimentado en mi soledad durante días y noches la esperanza de pasar las fiestas de Navidad y Año Nuevo con mi familia y en mi casa. Me había preparado para ello; era casi una certeza.

Mis equipajes, si así podía llamarse a mi paquete humilde de cosas diversas, estaba hasta atado. La semana de Navidad pasó y pasó el día de Año Nuevo, llevando a mi ánimo el pensamiento ácido y quemante de una decepción atroz.

No hubo medio de canjear a nadie. El Gobierno de Bilbao había propuesto liberar a prisioneros importantes, oficiales rebeldes o jefes fascistas y monárquicos, por humildes prisioneros no combatientes de Ondarreta, comprendiendo en ellos a los pasajeros del “Galerna”. Bilbao y su presidente, y todo el pueblo vasco, reclamaban a los pasajeros del “Galerna”. Nadie sospechaba en Bilbao que con tal barbarie, tan sin motivo, y sin proceso, los rebeldes hubiesen podido asesinar a hombres tan poco “rojos” como el abate Ariztimuño, gran escritor, poeta y sociólogo; el contratista Gamboa, allegado de familias influyentes de América del Sur, y el buen doctor Saizar,.

Los pasajeros del ”Galerna” habían muerto ya. Sólo vivía aún uno de ellos: yo. Las afirmaciones de Burgos, que pretendía hacer creer que estaban vivos, eran falsas. No pudo realizarse el cambio y tuve que deshacer mi paquete, y volver a mis ejercicios cotidianos para resistir el ambiente de la celda, el frío y las pestilencias, envuelto durante la noche en la manta del Consulado, en la del padre del muchachito Marcos Aguirre (el joven que, llorando por su padre, fusilado, reía sin embargo, a la idea de salvarnos) y en mi abrigo de cuero.

Un español visita a mi mujer y le dice que he confesado y que si no obtiene del Gobierno francés un tren de calzado, me fusilarán.

Después del primero de enero, supe otra vez que con motivo de la fiesta de Reyes iba a hacerse otro canje de prisioneros, muy importante esta vez. La noticia se me dió en el locutorio como una cosa cierta. Yo estaba inscrito el primero en la lista. Lo anuncié a mi mujer y a mis amigos; pero pasó el día 5, ¡ay! y ninguna nueva liberación fué admitida ni preparada. El capitán Rodríguez y algunos otros jueces de instrucción de su especie, habían hecho ejecutar a tantos prisioneros que las gestiones y negociaciones para los canjeos están fracasadas de antemano. Los que Burgos promete como vivos están desde hace tiempo en la fosa común de Hernani.

Los rebeldes no quieren soltarme. Soy para ellos un “buen negocio”. Francia, para salvarme* debe, según ellos, poner precio. Todos los medios les parecen apropiados para sacar provecho de mi detención. Hasta el método de los gangsters. Ofrecer al Gobierno francés liberarme a cambio de un navío de provisiones, a cambio de camiones. Hasta por calcetines.

Han capturado a un francés y exigen a Francia un rescate exorbitante. Durante mi detención un español ha estado en Francia para hablar con mi mujer.

Ese español le ha dicho que yo había confesado y que si no obtenía del Gobierno francés un tren de calzado, sería, ciertamente, fusilado. Ese chantaje abatió a mi mujer hasta el punto de caer enferma de angustia.

En aquel tiempo carecíamos de papel de fumar en la prisión y uno de mis amigos del patio me decía:

—Harían bien en canjearte por un vagón de papel para hacer cigarrillos.

Fumar era nuestro gran recurso para sostenernos; la verdadera defensa de los prisioneros contra la tristeza y el fastidio. Los fumadores sin recursos, pasaban el tiempo en el patio buscando colillas mientras paseaban. Los más modestos prisioneros las recogían sin preocupación.

Pero teníamos entre nosotros un gran número de prisioneros, ricos ayer o acomodados —fabricantes de muebles, comerciantes de calzado, de curtidos, para quien el hecho de haber sido neutrales se transformaba en “ayuda a los rojos”— que estaban arruinados por las requisas y las confiscaciones.

Estos hombres de la clase media eran quizá los que sufrían más. Se podría escribir un volumen sobre el martirio de la clase media durante la guerra civil de España.

Un resto de dignidad trágica les impedía imitar a los mendigos. Buscaban también las colillas, pero disimulando, haciéndose los indiferentes, empleando toda una estrategia sutil para recogerlas sin que lo viesen sus compañeros.

Lo sabíamos, pero sostenían aún en la prisión su rango de gente bien, y nos hacíamos los distraídos para no molestarlos.

Don Ramón, que sugería, tratando de bromear, que me canjearan por un vagón de papel de fumar, era manco. Este inválido (tenía las dos manos atrofiadas) era de origen catalán y estaba acusado, por una denuncia anónima, de haber matado a un cierto número de… obispos! Reíamos de información tan extraordinaria.

Don Ramón no podía servirse de sus manos. Era un hombre muy velloso; una especie de Diógenes moderno. Inteligente. Hablaba francés. Vivía modestamente vendiendo periódicos. Lo habían detenido en las calles de San Sebastián. Al conducirle dos guardias se encontraron con un joven que tenía la costumbre de comprarle periódicos.

—¡Eh! ¿Dónde vas, Ramón? —le gritó el joven.

—A la cárcel, creo.

Los guardias y requetés se detuvieron, sujetaron al joven por los hombros y le gritaron:

—¿Conoce usted a este hombre? ¡Venga con nosotros!

Y el imprudente fué metido en los calabozos de Ondarreta eon el que le vendía los periódicos.

Del 15″de octubre al 15 de noviembre, sólo en la prisión de Ondarreta, 800 prisioneros, en su mayoría vascos, fueron fusilados sin enjuiciar.

Muchas veces, en esos meses de soledad espantosa, he visto lucir la esperanza de una liberación. El suplicio de la esperanza para un prisionero es la más terrible de todas las torturas.

El capitán Rodríguez había sido destituído y creo que condenado por sus jefes, furiosos por sus torpezas. Por culpa suya fracasaban los posibles canjes de prisioneros, por carecer los rebeldes de prisioneros con vida. Le reemplazó un Juez de Instrucción.

Desde el 15 de noviembre los consejos de guerra funcionan. Hay menos fusilamientos. Pero entre el 15 de octubre y el 15 de noviembre, sólo en la prisión de Ondarreta, han sido fusilados, sin proceso, 800 prisioneros, en su mayoría vascos.

Después del fracaso ante Madrid matan con menos desenvoltura.

Después del fracaso ante Madrid, los rebeldes parece que matan con menos desenvoltura. Sin duda empieza a inquietarles la opinión mundial.

Soy, hasta ahora, uno que se escapa de la muerte por milagro; tengo un plazo, una moratoria para morir.

En diciembre es el teniente coronel Quintana el que me interroga. He preparado mi defensa. Estoy, como suele decirse, de ataque.

Yo tenía para probar mi inocencia:

1.ª Mi carnet de miembro de la Liga aeronáutica, que es neutral en política.

2.ª La lista de las firmas comerciales con las cuales trato para mis planeadores, en Francia, en Bélgica, en Argelia, en Túnez y en el Canadá.

3.ª La respuesta de mi proveedor de maderas “Guerner et Thiébaut”, de Bagnolet, acusándome recibo de una carta en la que anunciaba mi regreso a París durante el mes de octubre.

4.ª Mi billete de regreso Biarritz-París, valedero hasta el 18 de octubre.

5.ª La lista de los objetos que mi mujer me pedía que le llevase de Bilbao.

6.ª Los 500 francos que yo llevaba para mis gastos de viaje, que eran una prueba de mi propósito de permanecer poco tiempo en Bilbao. Los 500 francos que me escamoteó el bonito sargento de requetés la noche de mi detención.

7.ª Una maleta en la que no llevaba más que una camisa, un poco de ropa interior, cinco pañuelos y mis modelos de planeadores.

8.ª 48 fotografías de mis planeadores representándolos en todos sus aspectos; una foto de un escaparate ideado por mí y un estudio detallado de los precios de la fabricación de dichos planeadores.

Capítulo XII

Otra vez estoy abandonado en mi calabozo. El error de un requeté, el envenenamiento de un oficial, pueden hacer que me incluyan, cualquier día, entre los condenados a muerte.

Un absuelto no estaba absuelto. Los sumarios y juicios no eran más que una cosa espectacular.

El teniente coronel Quintana me parece que es un juez de instrucción honrado. Hace comprobar mis contestaciones, reclama mi maleta y examina mis papeles.

Comprueba que no he mentido y se sorprende, ante la exactitud de mis declaraciones, de que yo permaneciera tanto tiempo en prisión.

En aquel momento, sólo llevaba dos meses de cárcel:

—¡Es una equivocación! ¡Es un error judicial —exclamaba—. Es posible que sobre usted recaiga la sospecha de que haya querido ayudar a los gubernamentales, pero ninguna ley del mundo castiga la intención, en el caso de que ésta existiera en usted, y mucho menos cuando no hay pruebas.

Usted no es un espía, puesto que estaba en un barco vasco y no entre nosotros. Voy a pedir su liberación inmediatamente.

Me estrechó la mano con calor. Al día siguiente tuve derecho a una banqueta, y pude comer sin verme obligado a colocar mi plato, como hasta entonces, encima del retrete.

Me creí libre y durante un mes esperé día por día la orden de libertad.

Al otro lado de la frontera, mi mujer continuaba sufriendo el mismo suplicio.

Yo no contaba con Burgos. El general Franco y sus colaboradores se reservaban el derecho de juzgar, en última instancia, aun después de los veredictos de los Consejos de Guerra. Un absuelto no estaba, por lo tanto, absuelto. Los sumarios y juicios no eran más que una cosa espectacular. Por ejemplo, los carabineros, que habían querido conservarse neutrales, habían sido absueltos por unanimidad, por los jueces militares. La mayor parte de ellos tenían hermanos o hijos – que combatían al lado de los rebeldes. Uno de ellos consiguió con gran dificultad el derecho de ir al hospital a abrazar a su hijo, un muchacho de 18 años, requeté, herido gravemente. Fué conducido de nuevo a la prisión una hora después. Por orden de Burgos fueron retenidos en los calabozos y celdas de Ondarreta los absueltos en Consejo de Guerra.

Todavía están allí.

Es anulado, por orden de Burgos, el “no ha lugar” del teniente coronel Quintana, y a éste se le releva, por mostrar poco celo por la causa.

Por orden de Burgos el “no ha lugar”, que muy lealmente quería firmar el teniente coronel Quintana, es anulado y se destituye a aquel buen juez de instrucción. Según ellos carecía de celo por la causa. Por lo tanto, tengo que esperar.

En enero se nombra otro juez; el comandante Manuel Bartolomé.

Nuevo juez, nueva instrucción, nuevo interrogatorio. El comandante me pregunta, muy hábilmente (le ayuda un intérprete), durante más de cuatro horas. Me hace preguntas sobre los comienzos de la guerra civil; busca las maneras de cogerme en falta, me tiende trampas sutiles.

Él también se sorprende de que se haya prolongado mi detención. Está molesto. Se reconoce que todas mis declaraciones, comprobadas, son exactas.

Rechaza el considerarme como prisionero peligroso. Pide que mientras llega mi liberación definitiva se me deje circular libremente por la cárcel. Pide también mi libertad provisional. Me encuentro otra vez mecido por la dulce esperanza de la libertad, aunque sólo sea la provisional. Todo en vano.

El 13 de enero el comandante es destituido por orden de Burgos. Así sucedía siempre que los jueces de instrucción se limitaban a cumplir correctamente con su deber. Y me daba perfecta cuenta de que estos oficiales españoles, colaboradores de Franco desde los primeros días de la rebelión, estaban muy desengañados y se sentían cada vez con menos entusiasmo. Los horrores de que habían sido testiges, horrores que ellos alimentaban por la función que ejercían, los dejaban sin fuerza moral.

Ya no salgo. Lo impide Burgos. Franco me retiene. Sé que en Fráncia, mi mujer, con riesgo de su salud, ya delicada, hace gestiones en todas las organizaciones políticas para conseguir que se me defienda y que se me ponga en libertad. Ni un día pasa sin quese presente al Embajador de Francia en España, M. Herbette, M. Daguene, subprefecto en Bayona que dedica todo el tiempo de que dispone realizando gestiones en mi favor. Busca, en vano, la manera de ponerme en libertad.

Pero los diplomáticos franceses se declaran satisfechos con haberme salvado la vida. Me enmohezco solo en mi celda. Una ola de frío me hace tiritar en la tumba en que estoy encerrado. Otra vez estoy abandonado en mi calabozo. El error de un requeté, el envenenamiento de un oficial, pueden hacer que me inchyan, cualquier día, entre los condenados a muerte.

Uno más o menos. Soy un no-combatiente, y, sin embargo, debo, primero, sin que se haya manifestado ninguna protesta oficial, pasar ante el Consejo de Guerra.

Contento de haberme ayudado, el Consulado me abandona un poco. Quedo todo un mes sin recibir visita. Sé que se hacen gestiones a mi favor, hasta por las autoridades eclesiásticas, por los “ cruces de fuego”. Pero, a pesar de que algunos, como por ejemplo M. Ibarregaray, son muy atendidos por el Estado Mayor franquista, no se me deja.

M. Jean Goy, antiguo combatiente, hoy diputado, aconsejó a los rebeldes, durante una fiesta que éstos celebraron en San Sebastián, a la que asistió, que si me ponían en libertad se asegurasen de mi silencio para cuando regresara a Francia, puesto que mis declaraciones podían perjudicar a su política. Lo que, naturalmente, no fué un acicate para que me soltaran.

Yo soy, como M. Jean Goy, antiguo combatiente, y creo, en verdad, que la divisa “Unidos como en el frente” es valedera todavía. Pero M. Jean Goy tenía más interés en agradar al general Franco que en salvar a un compatriota. Una sola gestión que hubiera hecho, una palabra, y yo hubiese estado libre.

Mi moral se defiende como puede de todas esas alternativas de esperanza y de decepción; y utilizo las horas de soledad, esperando al mediodía la rátita y por la noche el paseo de la araña. Se alargan los días. Cuando son claros puedo leer en mi celda sin sufrir de la vista. Me he acostumbrado a las emanaciones del retrete, a la humedad y al olor hediondo de mi celda. Pero mientras siga encerrado no estaré seguro de que mi vida se halla en salvo. La marcha de las operaciones ha tenido siempre influencia en los jefes militares, Guardado como rehén, pueden muy bien fusilarme, como tal, un día, como represalia, o con cualquier otro pretexto, por disposiciones de Bur- 20s o de Mola.

Mientras esté solo en una celda soy un prometido

a las descargas del pelotón. Es la regla de la prisión. Los “prometidos” de la fosa común tienen derecho a la soledad.

Las divisiones entre falangistas y requetés, las revocaciones de los jueces, los cambios de personal crean tal desorden en la prisión, que yo no compartía, en el fondo de mi celda, el optimismo de los diplomáticos.

Todas las noches un requeté o un falangista leía una lista. Si el nombre estaba escrito en ella, el infortunado prisionero iba a aumentar la fila de los condenados a muerte.

Cincuenta personas de la cárcel de Lasarte, trasladadas a Ondarreta, nos han relatado los sufrimientos que han pasado. En Lasarte estaban encerrados todos los presos en un dormitorio. En esta prisión, todas las noches, un requeté o un falangista, pasaban con una lista. Después de hacer levantarse a los prisioneros, el requeté o falangista de turno les preguntaba sus nombres.

—¿Cómo te llamas tú?

Si el nombre estaba escrito en la lista, el infortunado prisionero iba a aumentar la fila de los condenados a muerte. Y la homonimia de los nombres o de los apellidos había provocado equivocaciones trágicas.

Bien pronto vi llegar a la prisión numerosos aldeanos de los alrededores de San Sebastián, acusados unos de esconder su dinero, otros perseguidos por no haber obedecido a las nuevas ordenanzas o bandos, o por no haber pagado el impuesto llamado del “plato único”, puesto en vigor por Franco, y copiado del régimen hitleriano.

Un aldeano vasco de 65 años fué detenido en unión de su hijo más joven, un adolescente de 16 años, su mujer y su hija. Se olvidaron de juzgarlos. Se lamentaban porque no sabían cuándo iba a terminar su calvario.

Les habían confiscado algunas pesetas. Era la época del general Mola, en la cual, para procurarse dinero, habían organizado la caza de las huchas y dinero escondido de los modestos aldeanos.

Al cabo de tres meses he conseguido al fin que se haga una limpieza de mi celda. Ha sido pintada a la cal y está limpia. Juzgo, por este favor, que ya no soy el prisionero maldita Pero los pintores, trabajando, han destruído a mi amiga la araña. En la vida normal ese incidente es, desde luego, insignificante; pero la soledad de una celda es hasta tal extremo deprimente, que la muerte de una araña, después de tres meses de vivir al lado de ella, da veinticuatro horas de negro abatimiento. Por lo menos me las dió a mí.

Felizmente, mi mujer ha hecho que lleguen hasta mí ropas de abrigo, y un reloj barato, comprado en un almacén de precio único. Me dice que el reloj es luminoso. La primera noche que lo tuve en mi poder me desperté impaciente por ver la hora; pero la estíera del reloj estaba tan negra como mi celda. Encendí una cerilla. Al contacto de la luz las manecillas aparecen fosforescentes; su luminosidad dura diez minutos. Es para mí una nueva diversión. De cuando en cuando enciendo una cerilla y mi reloj se ilumina. Ya tengo en mi soledad, desde este momento, un juego, un tictac, casi un corazón que late.

A los treinta y cinco marinos extranjeros les han quitado sus instrumentos de música.

Los juegos, los verdaderos juegos están prohibidos.

Los treinta y cinco marinos extranjeros han visto cómo les quitaban sus instrumentos de música y sus dominós. En el patio y en las celdas donde hay varios prisioneros, los españoles burlan la consigna, cortando pequeños cubos de jabón y con esos pequeños cubitos juegan a los dados.

Reclamo, puesto que mi suerte se mejora, puesto que ya no soy la bestia acorralada, el derecho a tener

compañeros de celda como los demás. Únicamente a

los condenados a muerte, en principio, se les tiene solos, en la prisión de Ondarreta, Esta reclusión de mal augurio dura, para mí, excesivo tiempo y me coloca ante posibles errores o impaciencias de los jefes, en una postura penosa.

El oficial de la prisión, don Benito, me da satistacción; don Ricardo, el buen vigilante, me sonríe mientras que el feroz don Miguel pone en evidencia su rabia, al verme un poco mejor tratado.

Voy a cambiar de celda, a vivir con mi amigo y su chófer, en el primer piso, en otra, estrecha, ciertamente; pero desde la cual, por el ventano, se deseubre una parte del monte Igueldo.

Obertura del capítulo XIII, el canje.
Obertura del capítulo XIII, el canje.

Capítulo XIII

Yo, no combatiente, voy a ser canjeado por un aviador alemán que asesinó a poblaciones civiles.

A un muchacho de 19 años, herido cuando iba a su trabajo, le han aprisionado también. Tiene el cráneo abierto, ha perdido la memoria, balbucea, y sigue en la cárcel.

Después de cuatro meses en mi celda, solo, como en una tumba, el verme ahora entre otros presos es casi una felicidad para mí. Me han trasladado a la celda 28, donde se hallan dos amigos de patio. Nos han enviado también un desgraciado joven de 19 años, herido en la cabeza. Jesús S… tiene el cráneo abierto de delante a atrás. Su herida supura. No hace más que balbucear. Ha perdido la memoria; no puede hablar claramente. Emite, balbuceante, algunas palabras y tiene crisis de fiebre.

Una bala perdida le hirió al entrar los rebeldes en San Sebastián. No era un combatiente; iba a su trabajo.

Su presencia entre nosotros sería alucinante si no estuviésemos acostumbrados, desde hace mucho tiempo, a todo lo peor.

Cuatro personas en una celda de dos metros por tres, tienen verdaderamente poco sitio. Estamos estrechos; pero cuando pensamos que a nuestro lado, en el mismo espacio, viven hasta diez, nos consideramos privilegiados. Además, siento la satisfacción de no estar solo.

Mi amigo G. era, antes de entrar en la prisión de Ondarreta, comerciante en Bilbao. Es un catalán amable, distinguido, meticuloso y hasta maniático cuando se trata de la limpieza de la celda.

Tiene 45 años y es de estatura baja, un poco encorvado, moreno y vivo de carácter.

Se peina todas las mañanas, con extremo cuidado, sus escasos cabellos, y sufre por no tener. cosmético para dominarlos mejor.

Se le detuvo en San Sebastián, solamente por haber dicho ante testivos que los de Bilbao no eran salvajes. Se le acusó de espionaje.

Fué conducido con él a la prisión, José, su chófer, encerrándosele sin que hubiera otra cosa que reprocharle que el estar al servicio del comerciante.

Chófer y comerciante, igualados por la desgracia, habían llegado a ser amigos.

Sin embargo, a veces, disputaban por tonterías o cosas nimias.

La estrechez de la celda y las diferencias de edad de los prisioneros eran las causas de esta crisis de malhumor.

G. tenía momentos de cólera terribles cuando dejábamos nuestras prendas de vestir o de aseo fuera del sitio determinado o si caían migas de pan al suelo.

Quería conservar su elegancia, como tantos otros prisioneros, y procuraba arreglar su ropa, usada durante toda la semana, ingeniándose para quitarle las arrugas con objeto de presentarse en el patio los domingos pareciendo más limpio. Su obsesión era la raya del pantalón. La preparaba de una manera muy curiosa. Como los otros. La mojaban el sábado por la noche y bien estirados los pantalones los ponían en la cama, acostándose sobre ellos. Así se secaban y planchaban.

Mis tres compañeros españoles, en realidad tres amigos y muy abnegados los unos para los otros, cuando reñían me tomaban como testigo y me designaban como árbitro.

Muchas veces les hacía ver que no entendía lo suficiente el español para ponerlos de acuerdo.

Me reía de sus cosas de niños grandes y mi risa los calmaba.

Admiraba a G. al verlo luchar por que su traje no “se arrugara. Lo plegaba con tanto arte y se ponía con tanto esmero la corbata que parecía impecable.

La vida en la celda con mis compañeros españoles.

No podía soportar que mi traje tuviese agujeros

“sietes” y cuando veía un roto en mi chaqueta pedía aguja e hilo para coserlo.

Un corazón de oro y un carácter tempestuoso.

José vigilaba mis zapatos y se cuidaba de su limpieza.

A los españoles les gusta tener el calzado siempre reluciente.

En el patio, cuando descubrimos desgraciados sin recursos y que desfallecían, un impulso nos llevaba a todos a hacerles llegar, por medio de los ordenanzas, algo de cuanto poseíamos: tabaco, pan, etc.; pero más tarde en la celda, nos reprochábamos nuestra prodigalidad, mutuamente, porque, a nuestra vez veíamos que se nos acababan nuestras economías de alimentación.

Al principio procuramos instalaranos lo más cómodamente posible para no estorbarnos. Nos contábamos historias. Me ayudaban a que hablase y escribiese el español; pero ya no podía cantar mis canciones favoritas.

Los tres compañeros de celda que discutían por motivos infantiles estaban de acuerdo en una sola cosa: en que no podrían escuchar sin sufrir, las canciones francesas. Tuve que modificar mi repertorio y entrenarnos en el ritmo de las canciones españolas.

Les enseñaba el francés y a excepción del muchacho herido, lo aprendían con aplicación y bastante facilidad.

Recibíamos tabaco y con mi maquinilla hacíamos cigarrillos para nosotros y para otros prisioneros. Al cabo de un mes, sin embargo, vi que empezaba a sentir la nostalgia de mi soledad. Con frecuencia me encontraba molesto ante la presencia constante de mis compañeros y envidiaba y deseaba el silencio y la meditación.

Un espacio de dos metros por tres para cuatro hombres, hace con frecuencia intolerable la promiscuidad.

A veces con el pretexto de un malestar no les acompañaba al patio. Cuando me encontraba solo tenía derecho a soñar, a canturrear en francés, a pasearme por la celda sin que mis pasos molestasen a alguno de mis compañeros.

Los días que nos llevábamos bien —los más numerosos afortunadamente— nos subíamos unos sobre los otros, por turno, para contemplar el paisaje por el ventanuco. Así podíamos ver un poco del monte Igueldo, un extremo de la plaza y el mar.

El encaramado contaba al que le sostenía sobre sus hombros todos los detalles, hasta el más insignificante, que percibían sus ojos.

En los primeros días de abril sé que se han entablado negociaciones para mi libertad.

Ya se contemplaba el paisaje transformado. Las yemas de los árboles brotaban poco a poco. Se anunciaba la primavera suavemente. Acababa de empezar el mes de abril.

Supe que en esos días se habían entablado diferentes negociaciones para conseguir mi libertad.

Quizás estuviera pronto libre.

El 10 de abril los vigilantes nos reunieron en el patio y nos preguntaron por las circunstancias en que fuimos detenidos.

Muchos estaban allí desde el comienzo de la rebelión sin” haber sido interrogados.

Una tercera parte de los prisioneros de Ondarreta tuvieron que explicar a los rebeldes el delito de que se les acusaba. Se había perdido la documentación donde constaban sus acusaciones. ¡Tan grande era el desorden!

Llegó la semana de Pascua. Desde unos días antes se nos reunía de siete a ocho y media de la tarde para que oyéramosunos sermones. Éramos cerca de 800 presos apretados en siete filas, entre las tres galerías.

Los curas nos recordaban los diez Mandamientos de la religión católica. Insistían sobre el “no matarás”.

—Nosotros, los supervivientes de Ondarreta, salvados hasta entonces de la muerte, cambiábamos con disimulo nuestras sonrisas al oír tales palabras.

El obispo dice misa en la cárcel y las familias distinguidas asisten para ver a los presos.

El domingo de Pascua día 11 de abril, se organizó una fiesta en la prisión.

La misa fué dicha por el obispo y asistieron las autoridades y las familias distinguidas de San Sebastián que, curiosas, deseaban ver a los prisioneros.

Abrimos los ojos asombrados. Vimos mujeres elegantes, hombres distinguidos; la banda municipal toca música alegre y endiablada después de la misa: pasodobles, tangos, etc.

Se nos concedió medio día de patio. Al conocer tal noticiá manifestamos ruidosamente nuestra alegría. Pero éramos tantos que no cabíamos en aquel reducido patio.

Pronto deseamos volver a nuestras celdas. Estábamos acostumbrados a dos horas de paseo. La media jornada había matado en nosotros el placer que sentíamos al encontrarnos en el patio.

Después de todo, no era más que una celda, aunque al aire libre, con muros estrechos que nos separaban de la vida social.

Al día siguiente me comunican que debo pasar ante el Consejo de Guerra.

Mis compañeros españoles afirman que no estoy presentable. En seis meses mi ropa ha padecido tantos arreglos que toda ella parece un guiñapo, un andrajo.

Se conciertan entre ellos y me ofrecen ropa interior y un traje limpio.

Es la tercera vez que en seis meses se me anuncia que me van a juzgar: la tercera vez que mis compañeros se despojan de su ropa más nueva para camhiarla por la mía destrozada para que vaya al juicio presentable.

Voy a ser interrogado. Esta vez por un nuevo juez de instrueción: el Marqués de Cubas.

¡Labre!, porque el Presidente del Gobierno Vasco ha tenido el gesto noble de aceptar que se ponga en libertad a un alemán que ha asesinado poblaciones civiles, para que un francés no combatiente vuelva a su patria.

Es el tercer juez de instrucción que reconoce mi neutralidad y mi inocencia.

Sé también por mis dos abogados, uno español y otro francés —Maitre Dolmas, de Bayona— que me van a canjear por un aviador alemán. No me atrevo a creerlo. ¡He sufrido el desengaño tantas veces!

Pero ésta es cierta. El Presidente del Gobierno Vasco ha tenido el gesto noble de aceptar el que se ponga en libertad a un aviador alemán que ha asesinado a las poblaciones civiles, para que un francés no combatiente sea devuelto a Francia.

El Gobierno vasco hace por mi país ese sacrificio peligroso. Quisiera tener la elocuencia necesaria para darle las gracias. Tiene derecho a nuestra admiración y a nuestro agradecimiento.

El canje es desigual. Esta desigualdad prueba una vez más lo humanos que han sabido conservarse los gubernamentales.

El día 22 de abril, a las 18 horas, una después de haber regresado del patio, el oficial de la prisión viehe a comunicarme que estoy libre. ¡Libre!

Estoy aturdido, No llego a darme perfecta cuenta de la noticia. Casi me desconcierto. Me preparo como un autómata.

“Al fin estoy libre.” “En la frontera vislumbro una. fina silueta: es mi mujer…” — “Pero no olvido a los marinos del “Navarra”.

El canjeo de los dos prisioneros debe hacerse en San Juan de Luz, en casa del embajador Herbette.

Bien pronto, la noticia de que voy a salir, corre por la prisión.

—¡El francés se marcha! ¡Se va don Juan!”

Cuantos pueden hacerlo se ingenian para hacerse abrir la celda, con objeto de asistir, aunque de lejos, a mi salida. <

Mis compañeros me espían. Mis tres camaradas de celda me miran —como yo les miro— durante algunos segundos, sin saber qué hacer. De pronto los tres se me saltan al cuello, abrazándome. Lloran de alegría. Se me libera. Vuelvo a Francia. En Francia voy a poder decir la verdad. Francia es un país libre y generoso. Se me escuchará: quizá vayan en su socorro. Si Francia no les ayuda es porque está mal informada. Cuentan conmigo. Esperan y confían en mí.

Han venido dos personas a buscarme. Yo reclamo que venga el Cónsul de Francia. No quiero firmar en el registro de salida sin que esté a mi lado. Me acuerdo de los prisioneros que han sido fusilados después de una falsa liberación, y desconfío.

Los dos visitantes, para tranquilizarme, me hacen ver cuál es su personalidad: uno de ellos es el agregado naval de la Embajada de Francia.

Son las seis de la tarde. La hora en que distribuyen el agua. Se abren las puertas de las celdas. Veo al pasar a casi todos mis amigos de infortunio. Los marinos extranjeros —alineados, como pueden, los diez— me miran, y el rectángulo de la puerta presenta diez hermosas cabezas, desde casi el suelo hacia el techo. Mi marcha es para todos una gran esperanza.

—¡No olvide a los marinos del “Navarra”!

No, no olvidaré a los marinos del “Navarra”. Hablaré de ellos. Me comprederán. Mis ojos prometen a todos, y yo confío en mi país, en la opinión pública, en la generosidad de los países pacíficos.

Nos espera un auto en la puerta de la prisión.

En Trún monto en el auto del agregado naval francés. ¿Es que se reflejan en mis ojos los sufrimientos que acabo de abandonar, o los llevo todavía conmigo” Las miradas de mis compañeros de viaje me obsesionan.

—¡No olvides a los marinos del “Navarra”!

En la frontera, en medio del camino, vislumbro una fina silueta femenina. ¡Es mi mujer!

Es tal nuestra alegría y nuestra emoción que no podemos pronunciar una palabra. Al fin nos decimos:

—¡Eres tú! ¡Eres tú!

Veo en su delgadez que ha sufrido tanto como yo. Vamos todos a San Juan de Luz, donde tendrá lugar el canje una hora más tarde, ante el agregado naval, entre el aviador alemán Schmidt, combatiente, y yo, Pelletier, no combatiente.

Cierro un instante los ojos. Estoy libre: no debo «olvidar. Mi alegría no es completa. Tengo que cumplir un deber y temo no tener éxito.

—“¡No olvide a los marinos del “Navarra”! —me dijeron ellos mismos.

No los olvido.

Quiero en este relato sin literatura y voluntariamente objetivo, sin odio, dar a los marinos del “Navarra” un sitio especial, un puesto de honor. Diez y ocho héroes pueden ser salvados, diez y ocho héroes, grandes como los personajes de las tragedias antiguas.

Como los marinos extranjeros, están prisioneros en Ondarreta, esperando el consejo de guerra, y al “fiscal”. El acusador va a pedir la pena de muerte contra ellos.

¿Su historia?

El “Galdamés” como el “Galerna” iba de Bilbao a Bayona llevando a bordo hombres, mujeres, niños, ancianos.

El “España”, crucero de guerra rebelde, lo descubre y abre fuego contra él sin aviso previo.

El acorazado no corría el más ligero peligro, en caso de respuesta, y se había aproximado a algunos cientos de metros del buque vasco. Los obuses del “España” seguían cayendo sobre el “Galdamés”, a bordo del cual murieron más de veinte pasajeros, de personalidad civil, y entre los muertos había mujeres y niños.

El “Galdamés”, incapaz de sostener una lucha contra un gigante de los mares que vomitaba hierro y fuego, estaba dispuesto a rendirse, cuando de pronto apareció el “brick” armado “Navarra”. Era un barco pequeño, easi una chalupa minúscula, armado con dos cañones de pequeño calibre. Fué audazmente en auxilio del “Galdamés” y atacó al “España”. Liliput contra Gulliver. El “España” dirigió sus cañones hacia la chalupa, hacia los marinos republicanos. Diez cañones arrojaban su metralla sobre la ligera embarcación y sus audaces combatientes. El “Galdamés” asistía impotente a tan desigual combate. El “Navarra”, tocado por un proyectil, empezó a sumergirse y mientras la popa se iba hundiendo en el mar, los marinos vascos, despreciando el peligro, continuaban tirando sobre el crucero,

Cuando se dieron cuenta de que su chalupa estaba perdida, el capitán y el segundo de abordo se suicidaron. Prefirieron morir a rendirse. La tripulación se arrojó al mar. El “brick” heroico, con sus dos jefes muertos, desapareció bajo las olas.

Los marinos del “España” lanzaron entonces sus botes y recogieron a bordo a los marineros del “Navarra”. El jefe rebelde, emocionado, los felicitó por su hazaña y les rindió honores militares.

Por la tarde entregó a sus jefes, a las autoridades de San Sebastián, la tripulación del “Navarra” y los supervivientes del “Galdamés”.

Desde entonces, la actitud de los rebeldes ante los heroicos marinos, cambió. Ya no se trató más de respeto y honores militares.

Fueron arrojados, en pleno invierno, con las ropas mojadas por el agua del mar, a los calabozos de la prisión de Ondarreta. Soplaban los vientos de febrero, no tenían fuego y se quedaron dos días sin comer. La primera noche la pasaron completamente desnudos en su celda, a varios grados bajo cero; lo prefirieron a conservar sobre ellos sus ropas empapadas.

Los pasajeros del “Galdamés” fueron encerrados como ellos, y todos quedaron incomunicados durante 23 días. Entre estos pasajeros había varios que lloraban la muerte de algún pariente, víctima de los cañonazos del “España”. Impresionaba ver, más tarde, a un anciano de 70 años, cuyo hijo había muerto a bordo, ante él.

He conocido en el patio a los fornidos mozos, marineros del “Navarra”. Estaban cuando se les concedió, al fin, el derecho de pasear por el patio, en un estado de delgadez espantoso. Los habían alimentado únicamente con una sopa de garbanzos.

En la época en que mi suerte iba mejorando, otros, y principalmente los marineros del “Navarra”, recorrían un calvario, repetición del mío. Yo, por lo menos, había recibido algunos socorros del consulado francés. Ellos no recibían nada.

Y los muchachos del país vasco, de 18 a 30 años, sólidos, francos, valientes, seguían dignos ante la derrota, como lo habían sido en la lucha.

Hacían frente a la muerte con calma y habían nombrado, para que los representara ante los jefes rebeldes y ante los oficiales de la prisión, a un delegado cuyo nombre será conservado por la historia: Javier Basarto.

En nombre de ellos, Javier Basarto trataba dignamente con los vencedores y sostenía que se respetase a sus camaradas. Solicitó también el honor de ser él mismo el que diese la voz de “fuego” el día en que, con sus compañeros, fuese fusilado.

Los admirábamos. Para socorrerlos habíamos formado un Comité de ayuda y les hacíamos llegar, restando algo de nuestros modestos recursos, ropa interior y alimentos.

Hablaban abiertamente de la República y no temían a los que pudiesen acusarlos y resueltamente decían, aun delante de sus guardianes o de los requetés: “No deseamos más que una cosa; oír las ametralladoras de los nuestros, triunfantes, cuando nosotros seamos fusilados.”

El comandante del “España” les había prometido que su vida estaría a salvo. ¡Promesa ilusoria! Se pedía la pena de muerte para ellos. Ningún abogado se atrevía a asumir su defensa. Rehusaron todos aquellos a quienes se designó por oficio.

Los diez y ocho héroes del “brick” “Navarra” deben pasar ante el consejo de guerra muy pronto. Ellos, por su valor, merecen otro fallo de la humanidad.

Entrego a la meditación de los gobiernos poderosos, influyentes o fuertes, esos diez y ocho nombres, prestos para la leyenda.

Javier Basarto, Mario Calmo, Enrique Manterola, Domingo Ibagaray, Eugenio de la Hoz, Antonio Santiago, Pedro Ibáñez, Francisco Quintana, Benjamín Diego, Julián Locubo, Sabino Erdardo, Gonzalo Uribari, Eliseo Fernández, David Sanz, Juan Tellechea, Pedro Torro, José Cortés.


Fuente del original: Biblioteca Central Militar / Biblioteca Virtual de Defensa, signatura FM-1154-C17, CC BY 4.0. Transcripción y edición digital: Grupo de Esperanto de Valencia, agosto de 2026. Existe también un PDF con las páginas originales y una capa de texto buscable; si lo necesita para trabajar, pídanoslo.